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El rapto de Galíndez empezó el proceso de la muerte de Trujillo

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POR MARIELA MEJÍA

El abogado e investigador estadounidense se dedicó durante más de 35 años a indagar la desaparición del profesor español durante la dictadura.

Stuart McKeever no es dominicano, pero se tomó más de 35 años de su vida para investigar un hecho de la historia del país: el rapto y desaparición del español Jesús de Galíndez durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

Este abogado estadounidense cumple 80 años en junio. Peguntarle el porqué se interesó en dedicar horas de su vida durante tres décadas a un territorio extranjero, es como pulsar un botón que acciona su voz para que cuente con ahínco la historia, esa que narra en su reciente libro de 553 páginas: “El rapto de Galíndez y su importancia en las relaciones entre Washington y Trujillo”.

Galíndez, un escritor, abogado y profesor de la Universidad de Columbia, vivió exiliado en la República Dominicana durante la tiranía trujillista entre 1939 y 1946, trasladándose en ese último año a los Estados Unidos. McKeever afirma en su libro que el europeo fue colaborador del servicio secreto estadounidense.

Entre las publicaciones de Galíndez, el investigador cita la revelación de que Ramfis Trujillo era un hijo bastardo del tirano. En el tiempo en que el abogado publicaría una tesis doctoral sobre la dictadura, fue secuestrado en Nueva York y traído a Santo Domingo el 12 de marzo de 1956.

McKeever señala en su investigación que en el rapto participaron exmiembros del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y personal corrupto de la Policía de Nueva York.

Recuerda que en marzo de 1956, la Oficina de Servicios Especiales e Investigaciones, detectives del octavo distrito del Departamento de Policía de la ciudad de Nueva York y agentes especiales del FBI, fueron asignados a investigar la desaparición de Galíndez. A pesar de que el objetivo era un posible procesamiento judicial, según las leyes de secuestro, “nunca se presentaron cargos”.

Como parte de sus indagatorias, McKeever se amparó en la Ley de Libertad de Información de los Estados Unidos y en un largo proceso de desclasificación de archivos para acceder a registros del FBI, la CIA y del Departamento de Justicia. También viajó a España y a la República Dominicana, e hizo múltiples entrevistas, entre estas al expiloto dominicano Lorenzo “Wimpy” Berry, el exfiscal asistente de Estados Unidos, Plato Cacheris, y a integrantes del Departamento de Policía.

En su libro afirma que Galíndez ingresó a la nómina de pagos del FBI como informante confidencial en junio de 1944, mientras vivía en la República Dominicana. Además, que tenía el número de identificación 580-85 y reportaba a un responsable del FBI en la entonces Ciudad Trujillo, llamado Clement J. Driscoll.

El escritor cita que, según Trujillo, Galíndez “había estado jugando uno de dos juegos en que la muerte es un riesgo ocupacional habitual” y que “si está muerto como resultado de juego sucio, él se lo buscó, y el mundo será un mejor lugar sin él”. El tirano afirmaba que se debía una disculpa a la República Dominicana por ser acusada en “forma errónea” de estar involucrada en la planificación del destino del español.

De los tantos nombres que McKeever menciona en su libro, se destaca el de John Frank, un exagente del FBI y de la CIA que señala como clave en la conspiración para raptar a Galíndez. Además, habla de Gerald Murphy, un joven piloto norteamericano que fue contratado con la historia falsa de que transportaría a un enfermo de cáncer con discapacidad y millonario hacia la República Dominicana.

Escribe también el nombre del piloto militar Octavio de la Maza, quien fue asesinado como parte de una cadena de crímenes auspiciados por la tiranía para encubrir el secuestro del jurista.

“El rapto de Galíndez empezó el proceso de la muerte de Trujillo”, afirma McKeever a Diario Libre. Entiende que el asesinato de De la Maza fue en parte de las motivaciones de un grupo, en el que participó su hermano Antonio de la Maza, para orquestar el ajusticiamiento del tirano.

McKeever recuerda que fue en marzo de 2012 que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos aprobó liberar 10 mil páginas de archivos. Cuenta que en el garaje de su casa conserva más de 30 mil documentos que compiló como fuentes de información.

“Si tuviera otra vida para vivir a lo mejor presentaría otra demanda en Washington sobre la base de que la Ley de Libertad de Información no puede proteger a una agencia del Gobierno si ésta participa en un crimen en suelo estadounidense”, afirma McKeever al contestar una pregunta sobre qué haría con los hallazgos que recoge en su obra.

DIARIO LIBRE / 22 DE ABRIL DE 2016

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