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¿Estamos ante el ocaso de la clase media?

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HOY / 6 DE AGOSTO DE 2016 / POR MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

Deseo abrir un horizonte que me permita situar en los tiempos que corren una idea de Américo Lugo. Creo que Lugo fue un pensador iluminado de la dominicanidad. Se alzaba en la cumbre del positivismo hostosiano, y pensó de manera muy radical el desgarrante destino dominicano. El historiador y poeta decía, a principios de siglo, que en la República Dominicana no había clase media. Y llamaba así a la clase intermediaria entre los que poseen las riquezas y los que trabajan. En el caso dominicano habría que agregar a los que no trabajan. En el mundo medieval español, Jorge Manrique los definía así: “Los que trabajan con sus manos y los ricos”. Pero en el mundo que nos dejó la colonización hispánica había los que no trabajan. Esos tienen su historia. Como también en la historia del derecho tenemos los bandos contra la vagancia y los intentos de agregar a la gente a la producción de bienes.

Para Américo Lugo, la falta de una clase media hacía imposible el proyecto de nación. Era necesaria una clase que ensanchara las posibilidades democráticas: creara una coerción social; que fuera un ente que motorizara el progreso. Implica esto que la clase intermediaria pudiera corregir el gobierno de unos pocos (oligarquía) por un gobierno (de todos) democracia. Es decir, una clase que posibilitara el desarrollo del Estado-nación capaz de trascender la política como cotidianidad. En fin, organizar la sociedad de acuerdo a ciertos planes que permitiría el desarrollo democrático.

Si historiamos estas ideas debemos decir que, en el país, la clase media incipiente fue la que creó el deseo de país independiente. Es la clase que piensa, actúa en la educación, es fundamental para que se organice y se expandan las redes que posibilitan un estado democrático, y en política la eliminación de los partidos personalistas, como vio Lugo en la coyuntura de la lucha nacionalista entre 1916-1930. El país nunca ha tenido hasta ahora una clase media importante. Su historia colonial es la de una república que ha podido sobrevivir en la frontera imperial. En el “abandono” de España que se concreta en las devastaciones de Osorio en el siglo XVII y en el olvido del siglo XVIII. Eso como lo han visto nuestros historiadores: Lugo fue el primero en recurrir a ese espacio de la memoria. El estudio de las despoblaciones las ciudades de la banda oeste. Luego le sigue Peña Batlle, que fue en un principio su discípulo.

La historia de la primera colonia no es más que la del saqueo y el abandono. Los colonos que se quedaron aquí fueron los que no pudieron salir en busca de mejores aventuras, cuando se les presentaron las distintas coyunturas históricas. Cuando el capitalismo europeo demandó bienes del espacio atlántico, demanda que hizo posible la colonia francesa de Saint-Domingue, y cuando ocurre la cesión a Francia en 1795; cuando un grupo de criollos intentan imitar los movimientos independentistas de América en 1821, no existía una clase media que pudiera impulsar esos cambios y ponernos a la altura de las repúblicas americanas. No teníamos más que una vetusta universidad que era un colegio medieval de la cual no podemos sacar hoy día más que un libro de lógica. Aunque debemos agradecer a Antonio Sánchez Valverde un libro penetrante sobre la realidad social de la colonia, pero encaminado a convertirnos en una colonia esclavista, “Ideas del valor de la Isla Española” (1785).

En tres siglos de dominio y abandono hispánicos no quedó nada que pueda hoy ser colocado como un hito ejemplarizador. Pocos fueron los que plantearon una postura progresista. Esta carencia la llena nuestra historia culturalista como la huida de la clase letrada, que he llamado nuestra primera ciudad letrada de criollos. Se fueron con sus esclavos domésticos, algunos, otros con su instrumental de carácter medieval. Y unos cuantos fueron a plantar bandera a Venezuela, a Puerto Rico, a Cuba y a México. Ellos no constituyeron una clase intermediaria entre la élite hatera y el pueblo llano capaz de cambiar la realidad de la Isla.

Ese papel lo realizó un grupo minoritario encabezado por Juan Pablo Duarte a partir de la fundación de la Sociedad Secreta La Trinitaria (1838). Pero su actitud decidida fue puesta en jaque por la élite gobernante bajo los haitianos. Los colaboradores de los ocupantes que más tarde se hacen los adalides de la clase hatera. La lucha encarnizada contra los trinitarios es esta historia escamoteada por los historiadores. El partido duartista fue expulsado y perseguido. La saña con que se le trató se puede ver en dos ejemplos: el fusilamiento de María Trinidad Sánchez y la muerte horrenda que se le dio a Sánchez ya sus partidarios en El Cercado.

Creo que hay que leer la muerte de María Trinidad Sánchez como el asesinato político más ejemplarizador de nuestra historia republicana. El segundo fue la muerte de Pepillo Salcedo. Pero el de una mujer, si tenemos presente el choque que debió causar en una sociedad tan pequeña como la que vivía en el Santo Domingo de entonces, fue un acto para disuadir a los trinitarios. Nótese que se comete este crimen político el mismo día de la celebración del primer aniversario de la independencia (1845). El camino de los liberales trinitarios queda cerrado. Es decir, el ascenso de la clase media a la organización del Estado nación. La expatriación y la reducción de los duartistas a las estrategias de la élite fue otro logro del gobierno fraccionario.

El asesinato de Sánchez, en El Cercado (1961), que horrorizó a elementos de las tropas españolas fue el último gran zarpazo de esa clase contra la clase media que intentaba actuar en el escenario político. Organizar el país que posibilite un ordenamiento democrático y pusiera ciertas normas que facilitaran el desarrollo económico, social y cultural de la República. Me pregunto si no habría que agregar a esto, el temor de los restauradores a mantener a Duarte en el país a su regreso y la prisa con que se le envió de retorno a Venezuela. Sé que hablar de temor en estas gentes no es lo más concreto. Puesto que el gobierno restaurador estaba constituido por los mejores. Y todos sabemos que a ellos debemos la nación que hoy tenemos, con aciertos y desaciertos.

El partido duartista se activó cuando Santana decidió anexar el país a España. El juramento Trinitario volvió a tener sentido. Duarte buscó ayuda en Venezuela y regresó a la patria. A cumplir lo que había jurado. Empeñó lo poco que le quedaba a su a familia. Y regresó junto a su hermano Vicente Celestino. Ya eran hombres viejos. Ya eran pobres, pero les sobraba valor y el cumplimiento de la palabra empeñada. Duarte enfermó en su periplo en el norte de la isla. Asistió a la muerte de Ramón Matías Mella, y a Vicente Celestino se le intentó prohibir participar en una batalla a lo que contesto: “Hay gloria para todo”. También eran prácticamente unos desconocidos para la nueva clase política. Del comercio y el corte de madera, actividades a las que se dedicaron los duartes, ya el tabaco había dominado el teatro en el Cibao.

Otros hombres con otras historias dominaban el escenario. Santiago y las ciudades puerto de Monte Cristi y Puerto Plata dominaban el país. Ya Santo Domingo tenía poco que decir en la historia. Era un viejo emplazamiento lleno de edificios vetustos. La modernidad entonces entraba por Puerto Plata. De la madera a al comercio pasará Luperón. En Santiago y San Francisco de Macorís se asentaban los Espaillat, los Grullón y los Bonó. Unirían una inteligencia a un poder económico incipiente y motorizarían los cambios extraordinarios que vivió el país en las últimas décadas del siglo XIX.
[Continuará].

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