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Guerrilla de Negros y Mulatos

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José de la Gándara

Gregorio Luperón

DIARIO LIBRE / 23 DE JULIO DE 2016 / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

El capitán Ramón González Tablas –del cuerpo de infantería español durante la Anexión y Guerra Restauradora, quien culminaría su carrera con rango de teniente general- fue uno de tres oficiales peninsulares que historiaron testimonialmente este proceso, junto al general José de la Gándara (Anexión y Guerra en Santo Domingo, 1884) y Adriano López Morillo (Memorias sobre la Segunda Reincorporación de Santo Domingo a España, 1983). Este último, un joven oficial que convivió prisionero en Jánico con las fuerzas restauradoras y terminó sus años como general de brigada orlado de méritos literarios. En su Historia de la dominación y última guerra de España en Santo Domingo publicada en 1870, González Tablas nos ofrece una verdadera perla sobre el perfil racial del pueblo dominicano y las relaciones interétnicas al refajo de las tropas peninsulares y dominicanas que estaban a su servicio. En una visión permeada por el prejuicio racial y la jerarquización social.

Como refiere Francisco Febres-Cordero Carrillo en su obra Estado y Nación, de reciente factura por la Academia Dominicana de la Historia, “las filas dominicanas estaban formadas por negros y mulatos, como fiel reflejo de la composición racial dominicana” y “desde el lado de las filas españolas constantemente salían reproches, desobediencias y burlas contra sus pares dominicanos”, razón de crecientes disgustos y deserciones que dieron fortaleza al bando nacional.

Al respecto González Tablas nos dice. “Sabido es que la raza caucasiana no puede estar jamás en fraternal concordia para formar un todo homogéneo con la raza etíope, y aquel pueblo compuesto en su mayor parte de negros y mulatos, y no así como se quiera, sino de negros a quienes habíamos revestido de los mismos derechos y consideraciones que los peninsulares, y a quienes teníamos el trato de igual a igual. Y no solamente de igual a igual, sino que antes y después de la guerra hubo por España un verdadero afán de halagar y aun adular en Santo Domingo a la gente de color que se vio tan enaltecida, que no pocas veces fue insolente.

Hemos tenido que marchar y estar a las órdenes de jefes negros; si hubieran podido sernos útiles para algo; si hubieran obtenido la superioridad y derecho de mandar por mérito; si hubieran observado a nuestra cabeza un porte mesurado y digno, o si hubieran revelado genio y lealtad por nuestra causa, en tal caso, bien hubieran mandado; pero estuvimos a las órdenes de generales que poco antes eran cocineros, y de coroneles que acababan de soltar la lezna y el tirapié del zapatero, y cuya capacidad era escasísima.”

En tono irónico alusivo al juego de potencias –en clave la emergente Unión Americana cuyos agentes eran tildados de practicar el filibusterismo en México, Centroamérica y las Antillas-, González Tablas comenta: “Quisiéramos ver a los ingleses, tan liberales en teoría, obedecer a las más delicadas órdenes de tales jefes, y quisiéramos oír a los Yankees, que no toleran gente de color en sus espectáculos, cómo calificarán nuestra religiosa y ciega obediencia.” En Santo Domingo España aseguraba no restablecería la esclavitud, pero ésta mantenía plena vigencia en sus posesiones Cuba y Puerto Rico. USA libraba la Guerra de Secesión (1861-65) que la aboliría. Su reimplantación fue arma de propaganda entre los adversarios de la anexión.

En la revista CLIO que edita con acierto, el consagrado historiador Emilio Cordero Michel hace una valiosa contribución al entendimiento de la Guerra de Restauración. Al focalizarse en el empleo exitoso de la táctica de guerrillas y emboscadas a cargo de los criollos –aprovechando el factor sorpresa y la topografía accidentada boscosa, en contraposición a la superioridad bélica convencional del ejército español. Siguiendo las “Instrucciones para la guerra de guerrillas” elaboradas por el general Ramón Mella, el Gobierno Restaurador afirmaba en comunicación de enero de 1864 que los dominicanos “serán invencibles aunque la España mande aquí 50,000 hombres”. Profecía cumplida.

En la selección de voces que hace Cordero Michel (“Opiniones de combatientes españoles y una persona sobre la guerra de guerrillas restauradora”, CLIO no. 186, Julio-Diciembre 2013) figura el general la Gándara, último capitán general de España durante la Anexión. Este opinaba que “la guerra que aquí se hace, y que es necesario hacer, está fuera de todas las reglas conocidas; el enemigo, que encuentra facilidades en todos los que son obstáculos para nosotros, las explota con la habilidad y acierto que dan el instinto y una experiencia de diez y ocho años de guerra constante con Haití”.

Añade al inventario, escasa población y agricultura, pueblos ubicados en el litoral, hacen que “la mayor parte de su inmenso territorio esté cubierto de espesos bosques que la poderosa naturaleza de los trópicos produce en estos feraces terrenos”. Pocos poblados en el interior, aislados. “No existen caminos. Apenas merecen el nombre de vereda los que ponen en contacto unas comarcas con otras, y no se concebirá fuera de aquí, que entre Santo Domingo y Santiago, las dos principales poblaciones del territorio, no exista camino… Los mejores caminos no son más que trochas, que cortan bosques impenetrables hasta para la vista del viajero”.

La Gándara redondeaba. “Tenemos, pues, contra nosotros, un clima insalubre, un territorio despoblado, sin recursos y de grandes accidentes naturales, que dificultan nuestros movimientos, los cuales además carecen de objeto contra un enemigo que no presenta punto vulnerable, que huye á nuestra aproximación, que nos deja el paso libre, para hostilizarnos por flancos y retaguardia, y que en fin, interrumpe cuando no corta completamente nuestras comunicaciones con admirable facilidad”. Así, el ejército imperial de Su Majestad luchaba contra fantasmas elusivos y certeros, conocedores de los secretos del terreno. Acostumbrados al tablero de juego en esta guerra irregular de desgaste.

Pero el principal obstáculo que se oponía al dominio del país por parte del ejército español, aparte de las condiciones naturales del teatro de guerra, “era la índole peculiar de sus habitantes”. Apelando a una memoria preparada por el general de las reservas José E. Ariza, quien ejerció mando en San Francisco de Macorís, la Gándara traza un perfil del pueblo dominicano, citando a Ariza.

“Casi todos son negros y mulatos, descendientes de esclavos, por cuya razón al anexionarse el país tuve que reducirlos á la fuerza, siendo este el único punto en que hubo derramamiento de sangre… En su mayoría son pastores ariscos. Es la más mala clase de enemigos, porque, prácticos en todos los montes, saben mantenerse en ellos con los mismos frutos naturales y silvestres; son más ágiles, más sufridos y más astutos que los dedicados a la agricultura: son hábiles en el uso de las armas por ser en general diestros cazadores, y á menudo son más valientes por la misma razón de la vida que llevan, azarosa y montaraz. Con una muda de coleta cruda, que empapan de sangre de animal para darle consistencia, pasan medio año. No llevan sombreros ni zapatos, ni más útiles y enseres que sus armas… Son desconfiados, como todos los de inmediato origen africano y sólo creen á aquellas personas que conocen mucho… El dominicano, sin distinción de colores ni de razas, es individualmente buen hombre de guerra; valiente y sobrio, endurecido y acostumbrado á la fatiga, no teme los peligros y casi no tiene necesidades”.

Al describir la guerra de guerrillas, Ariza apunta. “El dominicano es hombre de un gran valor y de una extraordinaria aptitud para batirse al arma blanca en guerra de emboscadas y sorpresas, y es por consiguiente enemigo temible en una dispersión; pero no puede apreciarse en mucho como soldado, porque realmente no lo es; no ha adquirido ni la más sencilla idea de instrucción militar; no conoce el valor de la disciplina, y así como aparece diestro en el uso del machete, nada tiene de experto en el empleo de las armas de fuego, de que generalmente está mal dotado. Son los dominicanos buenos combatientes sólo para la lucha á que los mueve el valor personal inspirado por el patriotismo ó la pasión, contra un enemigo de iguales condiciones”.

“Nunca se presenta á pecho descubierto… No nos ofrece flanco donde herirlo. Vive con un plátano… La guerra se ha hecho ya de raza. El espíritu que los anima y el único lazo que los une, es el odio á los españoles, persuadidos como están por los autores de la revolución de que nuestro objeto es restablecer la esclavitud. Así, al defenderse con verdadero encarnizamiento creen defender su familia y su persona”.

“Dotados de gran resistencia corporal, de gran conocimiento de las localidades; prácticos para andar por sus impenetrables bosques y ágiles y sagaces como los indios, son incansables para la guerra de pequeñas partidas, con que hostilizan sin cesar las marchas de las columnas y convoyes…Las guerrillas enemigas ofenden con completa impunidad la marcha de nuestras tropas desde puntos escogidos de antemano, disparando cuando les conviene y huyendo por la espesura del bosque á escoger otro punto conveniente para repetir la agresión… y el imprudente rezagado…es víctima segura de su machete”.

De su lado, González Tablas acota. “El soldado dominicano no conoce el uniforme, se presenta como estaba en sus tareas, que generalmente es destrozado, descalzo y por todo morrión un mal pañuelo atado a la cabeza. Mucho menos conoce el uso del correaje ni de la mochila; gasta una especie de esportilla, que llama macuto, que con una cuerda a modo de asa, cuelga del hombro izquierdo. En aquella especie de morral lleva todo su ajuar de campaña; el tabaco, la carne, los plátanos, alguna prenda de ropa, si por casualidad tiene, y los cartuchos; todo va allí revuelto”.

Con ese macuto prodigioso, a golpe de machete libertario, se fraguó la guerrilla restauradora de los negros y mulatos descalzos. Y otra vez flameó la tricolor en el mástil indomable de la patria.

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