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Centauros en Puerto Plata (I)

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DIARIO LIBRE / 18 DE JUNIO DE 2016 / POR CARLOS RODRÍGUEZ ALMAGUER

El 11 de febrero de 1880 atracaba en el muelle de Puerto Plata el vapor inglés Solent, procedente de Turks Islands. Los registros migratorios de las autoridades dominicanas anotaban dos nombres entre los pasajeros que ese día arribaron a la hospitalaria ciudad norteña: Marcos y Antonio Maceo Grajales, nietos de dominicanos, nacidos en Santiago de Cuba. Antonio aún traía flotando sobre sus sienes los destellos de gloria que lo cubrirían desde que, dos años antes, se había opuesto a la humillante firma de una paz sin independencia, y reivindicó en la Protesta de Baraguá la vergüenza de los patriotas que habían caído en la década heroica.

Exiliado en Jamaica desde el término de la contienda cubana, aquel mulato altivo de seis pies, siete pulgadas y doscientas cincuenta libras de puro músculo, a quien ya comenzaban a llamar el Titán de Bronce por las más de veinte cicatrices de guerra que mostraba en su sólida estructura, desandaba los caminos antillanos en busca de recursos para reavivar las llamas de la guerra por la independencia de Cuba y Puerto Rico. Había pasado a Haití con la creencia de que, siendo aquella república nacida de la rebelión general de una raza infeliz contra sus criminales dominadores y siendo él representante demostradamente digno de esa misma raza, habría de encontrar en el gobierno del presidente Salomón apoyo y comprensión para su noble causa. Acaso tenía en mente, conocedor y amante de la hermosa historia de nuestra América, el apoyo que Petión había brindado al Libertador Bolívar en su afán de construir, en el golosamente nombrado Nuevo Mundo, un verdadero Mundo Nuevo.

Sin embargo, en lugar de apoyo encontró en el gobierno haitiano reticencia, espionaje y contubernio con los representantes españoles para asesinarlo. Dos dominicanos se prestaron también para participar en aquella afrentosa intentona. Pero fueron más los que le cuidaron, admiraron y pusieron sobre aviso que, gracias a ellos, salvó milagrosamente la vida al caer en una alevosa emboscada en plena noche, mientras trataba de dejar aquel país y encaminarse a las siempre hospitalarias tierras dominicanas, donde nacieron sus ancestros. Se va a Saint Thomas tratando de burlar el férreo espionaje que lo sigue día y noche. Desde allí escribe cartas y prepara la nueva ruta hacia Santo Domingo. Aunque amaga con irse a México, en nota falsa para despistar a sus perseguidores, todos saben que su brújula marca un único destino posible: Puerto Plata, la ciudad de vocación antillanista donde habita y gobierna, por ley de la República y por su autoridad moral incontrastable, el Centauro Mayor de las Antillas: Gregorio Luperón.

Venciendo peligrosísimas conspiraciones embarca desde Saint Thomas, junto a su hermano Marcos, hacia Turks Islands. Desde allí sale hacia Puerto Plata adonde dos días antes ha llegado, avisado y listo para tramar los oscuros sucesos que acontecerán en los días siguientes, el Vicecónsul de España, Augusto Bermúdez. Amigos puertoplateños le habían escrito para que evitara cruzar el Paso de la Mona, pues es conocido que allí le esperará la muerte. Le piden que busque otra ruta, aunque le sea más cara en dineros. Debe entrar de incógnito, gracias a los entendimientos a que se había llegado con el capitán del puerto, Félix Tavarez, cuñado de Luperón. Por eso embarca en el vapor de bandera inglesa en el que finalmente llega. Recibido con amplio regocijo por dominicanos, cubanos y puertorriqueños, se hospeda en la casa de uno de los más distinguidos hombres de la guerra de Cuba, Fernando Figueredo, a cuya pluma límpida y sincera debemos la relación tremenda de aquella década fundacional en su libro Desde Yara hasta el Zanjón. Ese mismo día se verán cara a cara ambos centauros, según refleja la cronología de Maceo elaborada por Emilio Rodríguez Demorizi.

Cuenta este acucioso historiador que “Puerto Plata era, entonces, como un animado campamento mambí de cubanos, soldados de la emigración que desde 1868 comenzaron a establecerse al pié de Isabel de Torres, y que cubrían vigilantes la retaguardia de las tropas insurrectas. Distinguidas familias cubanas llenaban la ciudad (…) Francisco de Arredondo y Miranda daba clases de piano; Antonio Benítez Correoso dirigía el Colegio Municipal de San Felipe; Úrsula Godoy, ayudada en sus afanes por Federico García Copley y por su hijo el escritor Federico García Godoy, dirigía la Academia de Niñas de Santa Rosa. Había allí diversos establecimientos de cubanos: los ingenios de azúcar de Carlos F. Loynaz; la Repostería La Camagüeyana, de Cirilo Recio; el Restaurant La Habana, de Lino Castro; el Hotel domínico-cubano Unión de Cuba, luego Las dos Repúblicas, de Francisco Moroní; la Talabartería de Juan Anido; la Galería fotográfica de Narciso Arteaga; la Sastrería de Manuel Miranda; la Librería, agencia de la que Néstor Ponce de León tenía en Nueva York, la regentaba Fernando Cisneros y Correa.”

Sobre las celebraciones puertoplateñas de la causa cubana Rodríguez Demorizi nos da una pincelada ilustrativa cuando dice que “En la Iglesia Metodista, calle de Maluis, Plaza de la Logia, la cuestión cubana era tema predilecto del reverendo N. Andrews, cuyo discurso del 23 de febrero de 1873, sobre la causa de Cuba, ´del derecho y la razón contra la arbitrariedad y la conquista´, fue de los más ruidosos. En la Iglesia Católica tampoco faltaba Cuba. Cada vez que en la manigua caía algún prócer, celebrábanse solemnes funerales: los de Agramonte fueron de los más imponentes.”

De este último hecho tuvo conocimiento José Martí y en los apuntes que escribió, en los días en que preparaba la Guerra Necesaria, para un discurso en honor de Santo Domingo, confesó que “vivía yo sobre ortigas encendidas, como se vive siempre lejos del país propio, en la lejana capital de Guatemala, de aquella tierra que ostenta en sus selvas y en su escudo, el quetzal de plumaje esmaltado y alma fiera que, cuando pierde la libertad, hunde la cabeza y muere: bien así como Santo Domingo indómito, ese pueblo quetzal. Y allá en Guatemala me enseñó un buen cubano, una noche en que apretada la garganta y secos los ojos, hablábamos de las glorias y desdichas de nuestra tierra, una carta en que el caballero Luperón explicaba, con ese cariño por las causas débiles que es dote exclusiva de las grandes almas, explicaba humilde y tiernamente los impulsos que le habían movido a tributar honras fúnebres a aquel cubano de espíritu templado a fuego sobrenatural, a Ignacio Agramonte. Me puse en pie, como si Luperón estuviese delante de mí, a apretarle las manos; le di asiento en mi corazón, donde se sientan pocas gentes, y contraje con él una deuda de ternura y afecto que le pago esta noche. Gracias, dominicano generoso, en nombre del muerto. Gracias, hombre de juicio sereno…”

De esa cercanía de emociones, recuerdos e intereses se había construido el clima propicio para la estancia del Centauro de Baraguá en los predios del Centauro Restaurador. Ya estaba el Titán entre los suyos, pero las negras sombras que lo perseguían desde Haití, se movían en sigilo a su alrededor preparando la estocada traidora…

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