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¿Arruinarán las ruinas de San Francisco?

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DIARIO LIBRE / 13 DE JUNIO DE 2016 / POR JUAN LLADÓ

Ha sido con asombro y estupefacción que muchos nos hemos enterado, por anuncio aparecido en la penúltima página del Listín Diario el 31/5/16, de que el Ministerio de Turismo (MITUR) está solicitando, en el marco de su Programa de Fomento al Turismo de la Ciudad Colonial, expresiones de interés de parte de consultores para realizar el Estudio de Viabilidad y Plan de Gestión del Centro de Eventos Ruinas de San Francisco. Sin dudas, el anuncio presagia la ejecución del malhadado proyecto después de que en los meses pre-electorales desapareciera de la palestra pública. Nada más azaroso en el umbral de un nuevo período de gobierno.

Fresco en la memoria debe estar el acrimonioso debate que se suscitó, en la última mitad del pasado año, cuando MITUR reveló el diseño ganador de una licitación internacional encaminada a intervenir esas venerables ruinas con fines de su restauración. Una impresionante Pléyades de calificados arquitectos, restauradores, historiadores y pensadores turísticos se declaró en tajante rebeldía contra un proyecto que transformaría ese patrimonio monumental en una edificación moderna multiuso. Hasta el apacible capitulo dominicano del ICOMOS (Comisión Internacional de Monumentos y Sitios) y la ecuánime Facultad de Arquitectura de la UNPHU cerraron filas contra tal despropósito.

De acuerdo con los ganadores del concurso, liderados por el famoso arquitecto español Rafael Moneo, su radical diseño pretende “dotar a la Ciudad Colonial de un Centro Cultural y Eventos y de un Parque Arqueológico en el Conjunto de las Ruinas de San Francisco, de influencia metropolitana y alta capacidad de revitalización, concebido como una oferta complementaria y un referente arquitectónico y urbanístico que sitúen el lugar en el imaginario colectivo como una nueva centralidad.” Con ello buscarían “la integración funcional y socioespacial de este complejo monumental a las comunidades localizadas al norte de la ciudad, especialmente a los barrios de San Antón y Santa Bárbara…”

El revuelo conceptual que el proyecto causó localmente reflejó las vehementes contradicciones entre las diferentes escuelas de pensamiento que han surgido en los últimos tres siglos sobre lo que significa restaurar un monumento histórico. Las imperantes fluctúan entre una visión de la conservación que se limita al mero mantenimiento de los monumentos históricos y una visión de rehabilitación que permite su transformación profunda y usos compatibles con la contemporaneidad.

Con matices y énfasis diferentes, sin embargo, la mayoría de las opiniones disidentes se alinearon con la posición primigenia del famoso arquitecto John Rushkin, quien propone la “no intervención” de los monumentos históricos y defiende una restauración que no interfiera con su fisonomía original. Esta escuela de pensamiento prefiere una ruina intacta del monumento antes que cualquier intento de reconstrucción, llegando a postular que la mejor intervención es aquella que no se hace.

Independientemente de que la propuesta intervención contradiga esos principios, sin embargo, el referido proyecto debe ser desestimado por varias otras razones. Este no es compatible ni con nuestras tradiciones de conservación de monumentos en la Ciudad Colonial, ni con el aspecto genuino que hoy impera en la mayoría de los monumentos históricos de ese recinto, ni con las características del entorno donde se pretende desarrollar. Estas consideraciones solamente aportan suficiente base para rechazar de plano la radical intervención propuesta por Moneo y su equipo.

Algunos entendidos en la materia de conservación de monumentos no simpatizan con el tipo de embellecimiento que se impartió a los monumentos “restaurados” durante los diferentes gobiernos del Presidente Balaguer. Alegan que el embellecimiento le restaba autenticidad. Pero no menos cierto es que esa modalidad de restauración no desvirtuó su apariencia original ni desfiguró su compromiso con la Historia. De hecho, conservó las esencias adecuadamente. Las intervenciones pueden acusar una indiferencia benigna al impacto de la pátina del tiempo sobre su percepción pública, pero en ellas parece haberse respetado la representación arquitectónica de la época.

Aun si se desestimara el valor de mantener un patrón homogéneo de restauración en el recinto de la ciudad amurallada, la transformación de las Ruinas de San Francisco que se propone el proyecto en cuestión resulta incongruente y anómala. Los usos propuestos para al proyecto “restaurado” no serían los que imperan en otros monumentos, casi todos dedicados exclusivamente a la museografía y la exhibición de objetos y decorados históricos. Pero el criterio más trascendente para repudiar esa concepción de restauración es lo incompatible y antitético de la misma. Crear una edificación de modernidad contemporánea sobre los vestigios de un monumento colonial –sin importar su valor estético– resultaría en desconcierto de parte de los turistas que la contemplen. Estos pensaran que tal esperpento no compagina con los demás monumentos y resulta grotesco e inarmónico.

Por otro lado, igualmente improcedente sería introducir en ese entorno una edificación cuyas características no se avienen con las del entorno inmediato. El barrio que rodea las actuales ruinas está poblado de casas pequeñas y edificios bajos donde habitan familias de clase media baja con usos y costumbres barriales de mucho arraigo. La deslumbrante suntuosidad de las edificaciones propuestas, amén de los requisitos de espacio que comportan, daría al traste con el estilo de vida y la mansedumbre de ese entorno, constituyéndose así en un elemento perturbador y un flagrante atropello a los derechos de vida de sus habitantes.

Al enjuiciar el proyecto de Moneo también se deberá cuestionar la pertinencia de ubicar ahí un Centro de Eventos. La Ciudad Colonial ya tiene por lo menos una docena de auditorios que son raras veces utilizados y no se vislumbra ninguna necesidad de mayores facilidades de ese tipo. El “centro de convenciones” que actualmente se construye en los predios de la Cancillería por sí mismo hace innecesario crear más. Huelga apuntar, además, que cuando Santo Domingo cuente con el proyectado Centro de Convenciones que los hoteleros tanto demandan, ese centro será aún más superfluo.

Las consideraciones arriba apuntadas no necesariamente favorecen la tendencia que se ha observado en las últimas décadas de convertir a la Ciudad Colonial en un museo. (Existen ya 18 museos en ella.) Lo que requiere la preservación de esas ruinas es una intervención de mantenimiento que prevenga un mayor deterioro y adecue el entorno para una visitación turística sostenible. Esto es compatible con la posición que aboga por la retención de los lugareños en su hábitat actual y no tiende a expulsarlos con la “gentrificación”, como seguramente lo haría el proyecto de Moneo.

Los costos asociados con el proyecto propuesto son, finalmente, un factor que recomienda el rechazo. Los US$7 millones (o RD$322 millones) que costaría el proyecto no se compadecen con otras necesidades de la Ciudad Colonial que son más urgentes. Esos fondos podrían emplearse más provechosamente en una remodelación del Mercado Modelo, o en una intervención de los callejones y las viviendas de los barrios circundantes para hacerlos más habitables. Esto último iría en la dirección de retener a los habitantes y conservar a la ciudad amurallada como una ciudad viva.

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