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Aniversario de un patrimonio de la Nación

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Santuario Nacional Sagrado Corazón de Jesús. (Fuente externa)

Santuario Nacional Sagrado Corazón de Jesús. (Fuente externa)

DIARIO LIBRE / 11 DE JUNIO DE 2016 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

Los Mustang P-51 del Escuadrón de Caza Ramfis irrumpieron en los cielos de la comarca de modo intempestivo, hiriendo con su ruido ensordecedor los oídos y el ánimo de la población mocana.

Con vuelos rasantes, repetidos una y otra vez, pusieron en vilo a una población que parecía asociar el movimiento aéreo a la gran celebración religiosa que iba a tener lugar esa luminosa mañana del 8 de junio de 1956. Solo unos pocos conocían el motivo: el gobierno había descubierto una nueva conspiración contra el caudillo, la hoy pocas veces comentada conjura de los Cabrera, en la que estaban envueltos otros apellidos, entre ellos los Balcácer. La trama, que parece iba a tener como escenario al nuevo templo que se inauguraba, había sido desvelada en sus comienzos y no tuvo mayor repercusión que la de apresamientos selectivos y represiones al mejor estilo de la dictadura.

La megalomanía trujillista tenía, además, otra aparente razón para enviar sus temidos cazabombarderos a la villa de los Cáceres, Vázquez, Bencosme y de la Maza, donde el dictador siempre supo que existía un ambiente de animadversión a su régimen que pocos meses antes había celebrado con una feria pomposa los veinticinco años del poder omnímodo que exhibió desde sus inicios. Ese día se consagraba el Santuario Nacional al Sagrado Corazón de Jesús, la más imponente construcción religiosa de la República Dominicana, levantada chele a chele por la contribución de los feligreses y de las familias mocanas de mayores recursos económicos. El dictador y su gobierno no habían entregado un solo óbolo a esa construcción que, tal vez por esa razón, tardó diez largos años en construirse.

Desde entonces, corrieron dos rumores que nunca han sido debidamente comprobados. El primero comentaba que Trujillo al ver terminado el templo, envió a última hora un cheque de gruesa suma a través del gobernador provincial, entrega que fue ampliamente publicitada por los medios del régimen. El cheque fue retirado por la misma persona que lo había entregado al párroco, un día después. Acostumbrado a que todo cuanto se construyese en su territorio debía llevar su marca, el dictador hacía una de sus habituales travesuras. La segunda se vino a conocer muchos años después. Ante la insatisfacción creciente y el auge criminoso del régimen, que en Moca había cobrado varias víctimas, el impulsor de la construcción del templo ordenó cautelosamente al ingeniero que dirigía la gran obra arquitectónica que colocara en el espacio exterior unos dibujos o formas estéticas que, a simple vista, parecían solo parte de los hermosos detalles que adornan el templo. Estos dibujos semejan lágrimas, con las cuales el sacerdote que ideó el monumento al deífico Corazón de Jesús quiso expresar la angustia y el dolor de la familia dominicana frente a las furias del averno que representaba la tiranía.

El templo fue un sueño realizado con enormes esfuerzos por el sacerdote mexicano –nativo de Celaya, en el estado de Guanajuato- Antonio Flores, de la sociedad salesiana. Para los años cuarenta, lo que existía era una débil construcción en madera que databa de 1907. Se había obtenido ya el terreno donde se levantaría la obra, cuando a la una de la tarde del 4 de agosto de 1946 la tierra tembló y siguió moviéndose durante varios días, echando abajo las torres del templo histórico a Nuestra Señora del Rosario y otras importantes construcciones. El temblor fue de 8.1 en la escala Richter y cuatro días después, mientras el padre Pérez –el recordado Mons. Eliseo Pérez Sánchez- oficiaba una misa en el parque Cáceres, la tierra volvió a sacudirse con violencia. La gente entró en pánico, como era natural. Y las promesas de perdón fueron públicas, a un nivel de que se contaban por centenares los que cargaban pesadas piedras al grito de “Misericordia, Señor, Misericordia”. Esas piedras –más de cien metros cúbicos según se calculó después- iban a servir de zapata a la obra. Acostumbrado a los movimientos telúricos, el sacerdote mexicano no se detuvo en su desafío y preparó quinientas alcancías que distribuyó por todos los barrios y zonas rurales de la provincia Espaillat, labor que coordinó otro gran sacerdote nativo de México, el padre David Leyva, quien vino a Moca a auxiliar a su compatriota. La primera alcancía –testimonio para la historia- recogió 97 pesos.

Construir una obra de esta envergadura durante la Era de Trujillo, sin que al dictador le fuese solicitada colaboración alguna, era tarea de titanes y, sobre todo, de una comunidad aguerrida, aún cuando algunos de los contribuyentes ocupasen entonces importantes posiciones oficiales en la comarca. A los nombres de los primeros colaboradores –Antonio Manuel Cabrera, Ana Antonia Morín de Cabrera, Manuel Vinicio Perdomo, Enrique Arzeno Lora, José Antonio Viñas y Leopoldo Comprés– se fueron asociando otros más, incluso algunos provenientes de poblaciones vecinas. Cuando finalizó la construcción, el magno espacio religioso –actualmente solo comparable a la Basílica a Nuestra Señora de la Altagracia- se ofertaba no solo como una expresión de la fe católica, sino también como una extraordinaria obra de valor cultural, por su diseño, su estructura y sus impresionantes tesoros artísticos. La Puerta Mayor o Puerta del Perdón, confeccionada por la Vidriera de Arte Gianina de Turín, es una reproducción fiel de una obra del pintor alemán Cristian Vogel (donada por el salcedense Gaspar Almánzar Liriano). Bordeando esta puerta, se encuentra un mosaico de Nuestra Señora de Guadalupe y el canonizado tiempo después indio Diego, donado por la familia Rojas-Badía y diseñada en Udine, Italia. El conjunto de vitrales, ubicados en la primera como en la segunda planta, fue obra del artista italiano Paolo de Gianina. El mármol de Carrara y las lámparas de Murano ofrecen una belleza solemne a la nave central del templo, mientras las huellas del artista italiano Enrico Arrighini se encuentran esparcidas entre sus columnas, bóvedas y figuras de ángeles, y en especial en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús de mármol blanco que preside la estancia religiosa y en las inigualables estaciones del Via Crucis. Los bancos, que todavía permanecen incólumes, son de madera de roble, provenientes de la finca de don Amado Tejada, de Juan López, y confeccionadas por el ebanista Lorenzo González.

Esta gran obra, auténtico monumento patrimonial de la República, fue diseñada por el ingeniero-arquitecto Humberto Ruiz Castillo, con estudios de posgrado en Bélgica, y quien fuera el diseñador de la iglesia San Juan Bosco en Santo Domingo, y de la capilla del Palacio Nacional, obra esta última en la que fue director de diseño. Por eso, un observador habrá de encontrar en estos dos últimos templos algunos elementos que se repiten, con magnificencia, en la iglesia mocana, sin olvidar que la iglesia a Don Bosco fue idea por igual del padre Antonio Flores cuando estuvo de párroco allí a fines de los años treinta. El ingeniero Ruiz Castillo diseñó importantes residencias de Gascue, la residencia de Joaquín Balaguer en la avenida Máximo Gómez, la Casa de Caoba en San Cristóbal y colaboró en el diseño y construcción del Alma Mater de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en unión del arquitecto francés André J. Dunoyer de Segonzac, diseñador de la Basílica de Higuey, a quien, a nuestro profano entender, Ruiz Castillo superó con el diseño de la iglesia al Corazón de Jesús, de Moca, indudablemente más rica artísticamente, con mejor iluminación natural, con una torre impresionante, donde cada nivel cumple funciones específicas y con un conjunto de detalles que a su vez de servir de ornamentos visuales expresan simbolismos de particular trascendencia en el aspecto religioso. (Moca debe aún una calle con el nombre del ingeniero Ruiz Castillo, quien fuera además director de su Escuela Normal en los años veinte, como debe no una simple calle, sino una gran avenida o carretera, al padre Antonio Flores).

El pasado miércoles se cumplieron sesenta años de la consagración de este gran templo de la mocanidad, orgullo que llevan prendido a su solapa de nativos de este gran solar cibaeño, creyentes o no creyentes. Quizás haya sido ésta la única gran obra construida durante el trujillato que no llevó el sello de la dictadura. Y los Mustang P-51 que sobrevolaron rasantes la pequeña ciudad mocana el 8 de junio de 1956 no solo intentaban mostrar la fortaleza del régimen frente a los que conspiraban contra su existencia, sino la inconformidad de su Jefe por aquella celebración a la que él no quiso asistir y en la que él no puso ni un clavao. El dictador vendría a conocer la gran obra de la feligresía católica mocana un año después, en 1957, cuando Bruno Rosario Candelier con 16 años de edad, era el monaguillo mayor, y quien suscribe, con solo 7 años, el monaguillo menor, pero esa es otra historia.

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Recomendamos la lectura de “Santuario Nacional Sagrado Corazón de Jesús”. Artagnan Pérez Méndez et al. Ediciones de la Secretaría de Estado de Cultura, 2008 / 230 pp.

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www. jrlantigua.com

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