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Antonio Imbert Barrera frente a la historia

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Antonio Imbert Barrera

Antonio Imbert Barrera

DIARIO LIBRE / 4 DE  JUNIO DE 2016

No parece prudente y sabio el enjuiciamiento de los personajes históricos sin antes conocer los múltiples recovecos de que se compone la historia misma. En los caminos de la historia se entrecruzan, junto a los heroísmos, las pasiones, las ambiciones, las deslealtades, los protagonismos, pero sobre todo las circunstancias, los imponderables, los ruidos y ruindades que la acción humana deja filtrar sobre los momentos fértiles o aciagos de sus episodios.

Cada sujeto de la historia, en rol de principalía, se compone de momentos gloriosos y de espacios sombríos. Lleva el vestuario de la consagración y en otras, el atuendo de la mancha. Se engalana con la firmeza y los principios de bien, o termina emperifollado con las trampas del envilecimiento. Luce erguido y solemne en sus atributos históricos y, en otras, se puede ver curvado, encharcado. La historia dominicana está llena de esa realidad humana y, con toda seguridad, la latinoamericana y la universal. El hombre dentro de sus circunstancias. Cada uno es cada uno y sus cadaunadas, en la retórica orteguiana.

Los protagonistas históricos de mayor relevancia son hombres de luces y sombras. Las luces, si han iluminado los senderos de las generaciones subsiguientes, han de prevalecer sobre las sombras que solo quedan como hendiduras que la gris materia humana deja adosada a la naturaleza cambiante y siempre retorcida del ser y sus cuentas. En algunos, las sombras prevalecen y encanallan la historia personal y es cuando los caminos de futuro se desvían y terminan siendo un tejido de procacidades. No me muevan el altar que se me caen los santos. El dicho define el hecho. En la historia dominicana, no son pocas las heroicidades que si le agitan las faltriqueras se le desparraman los créditos.

Hay una verdad incuestionable, rotunda, que no admite apocamientos ni cuchufletas: sobre las diez de la noche del 30 de mayo de 1961, Antonio de la Maza, Salvador Estrella Sadhalá, Antonio Imbert Barrera y Amado García Guerrero se encargaron de echar el pleito que una nación a oscuras por tres decenios reclamaba. Otros más estuvieron en aquel momento histórico cumpliendo roles heroicos. Algunos más colaboraron desde distintas vertientes de valía reconocida tardíamente. Dos o tres pudieron haber estado en el lugar donde la historia fraguaba el destino de un pueblo, pero les sorprendió la iniciativa tomada al vapor a pesar de haber sido planificada por largo tiempo, pero fueron partes vitales de la historia. Uno o dos los arropó la coyuntura y no tocaron ni el pito ni la flauta, a pesar del involucramiento. Las heroicidades de la mayor parte son genuinas y no deben ser puestas en duda. Pero, aquellos cuatro mencionados más arriba fueron los que se metieron en el corredor magnicida y plantaron la semilla de la libertad, armas en acecho, bizarría al vuelo, patriotismo sin retórica, puntería sin tembleque. Este guaraguao ya no come más pollitos. La frase, aún no fuese dicha, cubre el hecho de gloria.

De todos y de los cuatro, Imbert Barrera fue el sobreviviente. Quedó vivo por cincuenta y cinco años para seguir el derrotero humano con todas sus consecuencias. Todo héroe vivo es una contingencia, es un campo de limitaciones, una botija llena de azares. Los héroes vivos son colosos con colmillos. Se quedan con sus honores al hombro o los llevan en la testa, jubilosos, pero deben lidiar a diario, más que el resto de los mortales, con las contradicciones, los altibajos, las intrigas y las furias de la especie de donde provienen. Imbert Barrera era gobernador de su nativa Puerto Plata a los veinte años. Veintiún años después, cuando ya cargaba cuarenta y uno, se enroló en la historia del final de la tiranía a la que sirvió. Y, junto a los otros, salvó al país de las garras y la garrama, de la garrapata y el garrote. Y eso debería bastar.

Cierto: la historia no lo va a poder desligar de sus resbalones y roturas, las mismas que pudieron haber extraviados las heroicidades de otros que murieron a tiempo con sus glorias sin máculas, en éste como en otros episodios de nuestra cruenta historia. Investido con las estrellas del generalato ad vitam, a la que se opuso hasta Viriato Fiallo y no pocos en los cuarteles desaprobaron, Imbert estuvo al lado de sus nuevos colegas cuando el cuartelazo septembrino, muy a pesar de sus buenas relaciones con el presidente derrocado, quien al salir a su destierro pidió ser acompañado por el héroe del 30 de mayo, y con él iba también en el barco del destierro, uno que no conspiró pero que abrevó en el hecho consumado para luego revertir su opacidad y sus dudas en la lucha intramuros del sesenta y cinco: Francis Caamaño.

Imbert estuvo en los dos Consejos de Estado, el de Balaguer y el de Bonnelly, se fotografió con los triunviros en su noche de toma de posesión y hasta miembro fue de la escaramuza gubernativa de apenas horas que presidiera don Huberto Bogaert. Cuando llegó la revolución abrileña, dice Tad Szulc que lo vio subir al boxer que trajo a los marines de visita a Santo Domingo por largos meses “con uniforme caqui y gorro de cuartel” y que allí hizo sala no pocas veces para constituirse en el salvador de la nación, en el Charles de Gaulle que dice Szulc, el mismo Imbert decía que quería ser. El poder lo perseguía o él lo cortejaba. Hay que situarse en su tiempo para entender este episodio de vida o para asimilar sus coordenadas. No lo justifico. Lo sitúo. Condenar a la vista de estos tiempos y en los pasadizos de la opinión de nuestros días, hace impreciso el examen. Imbert estaba en los antípodas del grito revolucionario de abril. Y se atrincheró, primero en el boxer anclado en Haina y luego en San Isidro. Los coroneles del MAAG, bajo las órdenes de John Batlow Martin, iban y venían con el encargo de formar una junta cívico-militar que los coroneles de San Isidro nunca terminaban de aprobar. Cambiaban los nombres, y nada. Hasta que Pimpo de los Santos Céspedes, que sabía dónde estaba el tranque, alzó los brazos gritando: “Quiten a ese jodido hombre de ahí”. Ese hombre era Imbert Barrera. El héroe nacional se había guarecido en un espacio donde no tenía ascendencia ni era respaldado. Al fin triunfó la fórmula norteamericana. El hombre de Martin tomó el control de un mal llamado gobierno de reconstrucción nacional, que siempre estuvo a merced de las decisiones de los militares asentados en la base aérea. La “operación limpieza” fue obra de estos militares, más que del propio Imbert. De cualquier modo, allí estuvo el héroe hasta que los invasores consideraron que era suficiente. “Me dicen que forme un gobierno y ahora me dice que me vayan”, gritó Imbert quien se opuso a firmar el acta de reconciliación nacional y prefirió ir con su tropa civil de gobierno a presentar su renuncia ante las cámaras. Caamaño, desde el otro lado, lo hacía delante del pueblo. Dicen que el cubano Luis Conte Agüero, a quien Imbert admiraba, escribió en la propia residencia del héroe, en la avenida Sarasota, el discurso de renuncia.

Cuando pasó esta historia, al año de Balaguer tomar las riendas, Imbert fue emboscado en la avenida Pedro Henríquez Ureña, donde logró evadir la parca que le vio tan de cerca esa vez. Tres años más tarde, un DC-9 de Dominicana de Aviación se estrella en el mar Caribe, tal vez creyendo que Imbert iba a bordo, y mueren en la tragedia, su esposa, su hija y una hermana. El héroe levantaba peñascos de odio en varios flancos. La historia no lo desligará de sus yerros, pero su contribución decisiva y valiente la noche del 30 de mayo en la eliminación del hombre que enfrentó todas las tempestades y aniquiló a amigos y enemigos sin inmutarse, borra cualquier traspié, por más hondo que este sea.

No son uno ni dos los personajes cuyos nombres llevan muchas de nuestras calles y avenidas, sin ningún honor en sus cauces humanas. No son dos ni tres los héroes sin heroicidad y los mártires sin martirio. Suman más de cuatro o cinco los héroes de toda nuestra historia con alguna pesadilla a cuestas, con algún agujero negro en sus entrañas. Imbert no es excepción. Yo dejo al tribunal de la historia sus miopías históricas y me quedo con su gloria inmarcesible, la que le merece todos los honores, la que nunca podrá negársele ni borrársela: la que escribió con arrojo, junto a los otros valientes de la conjura, la noche del 30 de mayo de 1961. Esa gloria es la que habrá de sobrevivirle.

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