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Digamos que hablemos de Puerto Rico

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Recuerdo lo que fue la Isla del Encanto hace décadas cuando entonces ya se habían tomado todo el té y el café en las tacitas de plata petromacorisanas y el país nuestro se apretujaba entre sus miserias y represiones. (Shutterstock)

Recuerdo lo que fue la Isla del Encanto hace décadas cuando entonces ya se habían tomado todo el té y el café en las tacitas de plata petromacorisanas y el país nuestro se apretujaba entre sus miserias y represiones. (Shutterstock)

DIARIO LIBRE / 16 DE ENERO DE 2016 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

Para fines del siglo diecinueve y los inicios del veinte, San Pedro de Macorís era la meca no solo de los inmigrantes barloventinos que luego establecerían la amplia y dignísima etnia cocola en territorio dominicano, sino de hombres y mujeres de países distintos y distantes –árabes, chinos, cubanos, alemanes, franceses- que allí fueron a recalar en busca de los nuevos horizontes que, en toda época, latitud y circunstancia, ansía el que sale de su patria de origen hacia un nuevo destino de vida.

San Pedro de Macorís era la tacita de plata del país: una ciudad próspera, económica y culturalmente activa, donde se instalaban los mejores bufetes de abogados de Santo Domingo y donde llegaban figuras artísticas de relieve a su célebre Teatro Colón, luminarias del arte y compañías teatrales que no pasaban por los escenarios de la capital. Para verlos había que ir a la Sultana del Este.

Los mojaítos dominicanos comenzaron a llegar a las playas puertorriq ueñas cuando avanzaba ya la segunda parte del siglo veinte, algunos para quedarse en Borinquen y los más para seguir rumbo hacia Nueva York, no siempre con éxito y en muchos casos con la tragedia de fondo. Más de sesenta años antes, sucedió al revés. Los boricuas llegaban a San Pedro de Macorís buscando mejorar su desmadrado estatus económico. Se afirma, incluso, que antes que cualquier otro grupo, fueron ellos los primeros que otearon el horizonte y arribaron primerizos al puerto petromacorisano. Eran fundamentalmente jornaleros, artesanos y comerciantes menores, salvo alguna familia pudiente que también decidió establecer raíces en aquella floreciente sociedad del este dominicano, donde la industria azucarera era un cebo para los que buscaban tener un trabajo remunerado que en su patria escaseaba. Los boricuas vinieron a cortar caña, como los haitianos más tarde. Pero, luego fueron insertándose en otros oficios y a medida que esa colonia fue ampliándose terminarían siendo reconocidos como buenos artesanos, zapateros, albañiles, panaderos, hojalateros y hasta bomberos. Pero, entre ellos hubo también destacados educadores, periodistas, constructores y promotores culturales. El carnaval petromacorisano lo inició una puertorriqueña: Anita Simón-Pietri. Desde entonces se estableció en San Pedro esa colonia de migrantes de la isla antillana que dejó una larga descendencia: los Alonso, Alvarez, Amarante, Acevedo, Binet, Corominas, Casanova, Cintrón, Charro, Lugo, Torres, Garcés, Irizarry, Mallén, Lajara, Valentín, Serrallés, Vélez, entre otros apellidos que proceden de allá.

La etnia boricua quedó bien instalada en el país y siguió incrementándose con los años. Producto primitivo de una ingenua criatura borinqueña (Vicenta Valentín) es Pedro Mir Valentín, nuestro poeta nacional. Hijo de padre boricua (Joaquín Balaguer Lespier) es el ex presidente Joaquín Balaguer. El poeta Francisco Domínguez Charro procede de esa inmigración que llegó desde Puerto Rico a San Pedro de Macorís. La incomparable actriz Monina Solá es hija de uno de esos emigrantes boricuas, Narciso Solá, quien como dramaturgo inyectó a su hija la vena teatral. El poeta Virgilio Díaz Ordóñez es también parte de los herederos de esta inmigración, como hijo de boricua, por lo que su hijo, el inolvidable narrador Virgilio Díaz Grullón tiene raíces puertorriqueñas. Lo son también la escritora Ludín Lugo, el profesor Dato Pagán Perdomo, el periodista Miguel Alfonso, el actual presidente de las Estrellas Orientales, José Mallén y uno de los volibolistas y atletas más completos que ha tenido el país, Tomás Binet. En San Pedro fue donde tuvo su nacimiento la Asociación de Cronistas Deportivos, fundada precisamente por Narciso Solá, el padre de Monina, y por Adolfo Alonso Piris. Y recordemos que Juan Bosch nació de nuevo en Puerto Rico cuando se encontró de frente con Eugenio María de Hostos, su letra y su cayado, ese otro hijo borinqueño que es nuestro por vocación y sentimiento.

Antes tal vez que la guagua aérea ruteara cada día entre Puerto Rico y Nueva York con cientos de viajeros que buscaban establecerse en el norte, oscilando entre el tumulto y el peso de la quimera, entre el compromiso con el salir adelante y la cruz secular del Ay bendito, los boricuas hicieron ruta marítima hacia el este dominicano, donde sembraron raíces, mojaron sus plantas y vieron crecer los bosques familiares, culturales y empresariales que su impronta legó a la nación dominicana. Años muchos después, comenzaron a abrir sus puertos y puertas a los dominicanos, porque también Puerto Rico –me lo recuerda Luis Rafael Sánchez- ha sido, a lo largo de los siglos, oportuna tierra de paso y socorro continuo de gentes forasteras. Sí, es cierto Luis Rafael, los borinqueños se han crecido como anfitriones, como amigos, como vecinos, como hermanos. Y la postal rota en cuatro pedazos y once mil pedacitos que es el Caribe (“Una postal con barrotes de sal interviniendo el paso”), ha sido una casa de puertas abiertas para que muchedumbres dominicanas y cubanas se hayan instalado en ella con buen pie y admirable desenvoltura, tanto que algunos aposentos como Isla Verde y Capetillo se han cubanizado y dominicanizado, respectivamente.

El anfitrionismo pues, ha sido mutuo, cuando la canícula del hambre y el terror que la desesperanza genera obliga a subirse a barcazas inseguras y sobrepobladas para alcanzar la costa puertorriqueña o, a la inversa, a incursionar en el bravío e imprevisible Mar Caribe para venir a echar la suerte en tierra dominicana, dejando, aquí y allá, estelas en la mar, sangre, sudor y lágrimas sobre la tierra que los acoge. Y aquí y allá crecen las estancias definitivas. De aquí son, en Puerto Rico, escritores reconocidos como Eugenio García Cuevas, Miguel Angel Fornerín y Carlos Roberto Gómez Beras, que allá levantaron tienda y abonan con sus talentos el desarrollo intelectual y educativo de su patria de adopción. Como antes lo fue José Luis González, que les colocó cuatro pisos a la cultura y la historia borinqueña. De allá son, los que son también un poco de aquí: Danny Rivera, Mayra Montero, y los que desde el clamor de sus parrandas melódicas y desde el sol de sus inquietudes musicales han arrebatado nuestras cuitas y nostalgias sin remedio: Daniel Santos, Chucho, Lucecita, La Sophy, Ednita, Lisette, Carmen Delia Dipini, Ruth Fernández, Cortijo, Maelo, Iris Chacón, y los que someten a gozosa esclavitud nuestras admiraciones literarias: Luis Rafael, el primero; Palés Matos, Ana Lydia Vega, Matos Paoli, Lloréns, Corretjer, Julia de Burgos, Edgardo Rodríguez Juliá, José Luis Vega, Rosario Ferré, Mayra Santos, y entre tantos ese poeta de suntuosa ortografía rota que me presentara Eugenio García y al que, desde entonces, soy adicto: Joserramón Meléndez.

Llegan noticias malas de Puerto Rico, y eso no está bien. Arriban informes descalabrantes desde Borinquen, y eso está mal. Recuerdo lo que fue la Isla del Encanto hace décadas cuando entonces ya se habían tomado todo el té y el café en las tacitas de plata petromacorisanas y el país nuestro se apretujaba entre sus miserias y represiones. La tortilla se ha virado. Y pienso ahora si tenemos necesidad, los dominicanos, de hacer algo por esa isla que nos pertenece a nosotros tanto como a ellos, como ellos son parte de nuestra historia de vida tanto como nosotros. Ser puertorriqueño es una militancia, asume Luis Rafael, quien dijo una vez que él quería ver transformada su isla en una república ejemplar, en una república de democracia templada, dirigida por un liderato sensato y con sentido de proporción. Yo no sé si acaso está llegando el momento. “El país puertorriqueño, pese a la encerrona de siglos y el acoso debilitador, conserva el pellejo duro. Huesos imposibles de roer parecen su temperamento efusivo y su jocundidad inconfundible, parecen azabaches bruñidos recetados por Changó”. Yo no sé qué podemos hacer, pero no es ser leal a la antillanía redonda que nos unifica y a la historia de inmigración que nos reúne, quedarnos como simples espectadores del duro drama puertorriqueño de nuestros días.

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