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La intelectualidad y la nación en los Henríquez Ureña

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Max Henríquez Ureña, Pedro Henriquez Ureña, Eugenio María de Hostos

Max Henríquez Ureña, Pedro Henriquez Ureña, Eugenio María de Hostos

HOY / 02 DE ENERO DE 2016 / POR MIGUEL ANGEL FORNERÍN

No creo que sea correcto afirmar que el hostosianismo saludó un programa económico que viabilizara definitivamente la República; por lo contrario, estoy seguro que el desarrollo económico se dio a expensas del núcleo duro de los discípulos de Hostos y Salomé. Las reformas que se dieron y que se discutieron en las distintas convenciones americanas (1905, 1907) y las que luego se efectuaran durante la intervención estadounidense (1916-1924), se hicieron a pesar de la oposición de las principales voces del discipulado del gran educador nacido en Mayagüez, Puerto Rico.

La posición de “la pura y simple”, en la que hostosianismo se atrincheró, fue su último grito de guerra. Ya amalgamado con el rodosianismo, como se puede leer en García Godoy y en Pedro y Max Henríquez Ureña, los intelectuales dominicanos se opusieron a la desocupación con condiciones, pero de sus mismas filas salió la solución contraria, la de Peynado H. quien en el opúsculo mencionado recogía una serie de medidas modernizantes que podrían traer inmigrantes a la República. Una de las voces que lo saludó fue la de Pedro Henríquez Ureña, quien aún joven ya se le veía como partícipe de un deseo de modernización.

La república letrada de los Henríquez Ureña no podía existir sin una participación en la vida política y cultural del país. La política los condenaba y la cultura, como ocurre ahora, no pagaba. Ni podían vivir de la educación ni de las profesiones liberales, como la de médico o abogado. La formación de sus miembros más distinguidos: Pedro, Max y Camila debía darse por la vía de la emigración o por la vía diplomática. Era el padre, Francisco Henríquez y Carvajal, quien abría esa posibilidad. En un principio era aliado de los jimenistas y, en otro, esperaba un nombramiento en una legación que le permitiera emplear como secretario a su hijo. Por mucho tiempo estuvieron fuera del presupuesto nacional y, en el caso de Pedro y Camila, su paso por la función pública fue ninguno o muy breve.

La lucha por la nación no fue para los vástagos de Salomé, si dejamos a fuera a Max, una matrícula perpetua en el presupuesto nacional (como ocurre hoy día en casos que son de todos conocidos). Pedro y Camila hicieron su vida intelectual fuera del país. Las cartas muestran lo angustiosa que fue esa vida de tropiezos y sacrificios. Todo por el arte y por la ética. Al llegar Trujillo al poder, el Santo Domingo que Max y Pedro habían dejado era otro. La modernidad traída por los estadounidenses llena de esperanza a un Max que no ve cómo seguir su vida en Cuba e invita a Pedro, que estaba en Argentina, a venir al país. Pero las opciones del autor de “Siete ensayos…” no eran muchas y cuando se decide a regresar lo hace con el ejemplo de su madre y con una nota angustiada por el extenso peregrinar y vivir la incomprensión de los otros.

Como intelectual, vino a servir a su país, con el ejemplo de su madre y la nombradía de su familia, se le recibió. Era un héroe de la cultura que llegaba a un país sediento por aprender, que veía en los libros la fuente del saber y cuyo perfil cultural todavía reinaba en el currículo y en las aspiraciones ciudadanas.

Pero la república que soñó Salomé, aquella que le inspiró su poema “Ruinas”, ya había sido borrada para siempre. La que se inaugura en 1924 tiene el germen de una neocolonia. Cosa que los de la “Pura y simple” advirtieron. Pedro Henríquez Ureña duró poco en el país. La república estaba en manos de un dictador, de un hombre sin escrúpulos, más enfocado en construir un culto a su persona que la forja de hombres libres, intelectuales, con visión económica y profundidad ética. Ahí precisamente se fundamentan las contradicciones de PHU en Santo Domingo. Él no se proponía participar en la “polis” sino en la república de las letras, en el debate del pensamiento y la cultura; pero las fuerzas, que no le permitieron desarrollarse en su ciudad, le echaron de nuevo a otro destierro. Dando paso así a las contradicciones entre el pensar y el accionar político; entre la independencia de criterio y un puesto en el aparato del Estado. En él funcionó el lado ético y lo que ha dado pie a una parte heroica de nuestra intelectualidad: emigrar para conservar el fuego del saber, en lugar de permanecer bajo el paraguas de un Dictador.

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