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Origen y trayectoria del deporte ecuestre en la República Dominicana

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Giorgia Ieromazzo, una jineta de clase internacional, que ha obtenido numerosos premios y medallas. (Archivo)

Giorgia Ieromazzo, una jineta de clase internacional, que ha obtenido numerosos premios y medallas. (Archivo)

DIARIO LIBRE / 30 DE DICIEMBRE DE 2015 / POR LISETTE VEGA DE PURCELL

SANTO DOMINGO. Corrían los años 50, época en que el dictador Trujillo recibía con placer a emigrantes europeos que le convenían al país para llenar espacios de intelectuales, artistas, médicos, y otros oficios y profesiones, todas muy en ciernes en la República Dominicana. Uno de ellos, fue don Arturo Szyklai, un militar austríaco, conocedor de veterinaria y artes ecuestres, hasta entonces desconocido en el país. “El Jefe”, aunque indiscutible amante de este hermoso y enigmático animal, nada conocía al respecto y se inclinaba, como era costumbre en nuestros pueblos, a la montura y crianza de caballos de Paso Fino: pequeños pero hermosos, cómodos de montar por sus andares fluidos, exentos de impactos en el cuerpo humano y cuyos movimientos corporales difieren del autóctono y únicamente reconocido equino utilizado para la equitación mundial, el caballo de trote. Dicha nueva raza, proveniente de los caballos andaluces, transportados al Nuevo Mundo colonizado por los españoles, quienes lograron desarrollar en estos un andar muy particular, entre el paso y el trote (pasitrote o caballo de paseo) que se acomodara para el recorrido de las grandes haciendas que florecían en todas las colonias, sobre todo, en la vasta América del Sur, muy especialmente en Perú y Colombia, desde dónde se exportaban hacia las demás colonias españolas.

Pero aclaro que esta naciente raza, el Paso Fino, no llegó a ser conocida en ningún otro continente, hasta su tímido ingreso al vecino y poderoso continente norteamericano, dígase Estados Unidos y Canadá, a finales del Siglo XX.

Por otro lado, debo explicar que fue también obra de Trujillo, quien, además de convertirse en aficionado a las carreras de caballo, imposibles de realizar para los pequeños ejemplares Paso Fino, que sólo podían acelerar su paso comodísimo, pero que no podían cubrir con su muy corto galopito, las exigencias de los galopes enormes de los caballos pura sangre de carrera inglés, cuyo nombre explica su origen en la Inglaterra del S. XVIII, cuando fueron importados a las Islas Británicas unos caballos árabes cuyos nombres eran Darley Arabian, Godolphin Arabian y Byerly Turk, de estilizados cuerpos, gran velocidad y resistencia, debidos a sus acostumbrados largos recorridos a través de las arenas del desierto del que provenían. Estos preciosos ejemplares servirían en su cruce para aligerar los muy fuertes andares de las enormes yeguas normandas autóctonas. De estos afortunados cruces surgió la nueva raza de los reconocidos corredores pura sangre ingleses, y de allí también empezó la popularidad de importar dichos caballos, que proveían atractivas ganancias económicas, a lo cual los dominicanos somos tan propensos, pero sobre todo, Trujillo, quien tanto disfrutaba de la alabanzas y actos aclamando sus “bondades” y títulos tan preponderantes que disfrutaba sin pudor alguno, en el Hipódromo Perla Antillana, aún existente.

A ese Trujillo, personaje predestinado para el cumplimiento del despiadado papel que escogió desempeñar en la historia de nuestra amada República Dominicana, también debemos la introducción del caballo internacional europeo al país.

Así empezó aquí el desconocido deporte de los reyes o deporte ecuestre, que en sus inicios no arrastró a los dominicanos, acostumbrados a los sutiles y cortos trancos del Paso Fino. Además por el desconocimiento del placer derivado del experimentar los cadenciosos movimientos de los tres aires (paso, trote y galope) que sólo ofrece el caballo al hombre, siempre que éste aprenda a conocer y adaptar su cuerpo al impacto que pueda producir el trote al cuerpo humano. Razón tuvieron los antiguos griegos al añadir a su mitología, al Centauro (mitad hombre, mitad caballo) ya que este ser, gran obra de la naturaleza, provocaba placer al alma y a los sentidos.

Para conocimiento de nuestros lectores y público en general, quienes muchas veces no disfrutan del deporte ecuestre por la total ausencia de información al respecto, deseo explicar que la representación mundial de nuestro deporte, conocida como la Federación Ecuestre Internacional (FEI), con sede en Lausana, Suiza, es la organización mundial que avala todos los concursos internacionales que deben regirse a sus muy estrictas reglas, producto de miles de años de arduo estudio, práctica y experimentación. Los concursos respaldados por esta importante Federación son perentoriamente juzgados por expertos de categoría internacional, entre los cuales tuve el honor de representar a mi país honrosamente durante 15 años en varios continentes. Entre estos concursos, se cuentan los reconocidos: Juegos Centroamericanos, Centro Americanos y del Caribe, los Juegos Panamericanos y finalmente, los muy antiguos y aún vigentes Juegos Olímpicos, originados en la Grecia de la antigüedad.

Aun convencida del poco entusiasmo que éste producía entre nuestra gente, ello no fue óbice para que me dedicara con gran interés a aprender y progresar en el deporte, con el único recurso disponible en el país del caballo pura sangre inglés, escogido entre los “algo lentos” del hipódromo, y de muchos libros escritos por los únicos eminentes exponentes europeos de esa muy antigua tradición deportiva. Es decir, que todavía en los años ’60, los Estados Unidos y Canadá se encontraban en ciernes en este deporte. Ahora sin embargo, es admirable el gran impulso de esas potencias que, sea por filantropía o por su ingente poder económico, han logrado equipararse muy a menudo, con las grandes hazañas de los ídolos europeos.

Para concluir esta explicación, que adolece de muchos detalles sobre cómo se juzga una disciplina tan artística y subjetiva, debo incluir el estado actual de dicho deporte en nuestro país. Es muy triste que las desafortunadas situaciones vividas últimamente entre los actores envueltos en el deporte nos han llevado a la condición de ser uno de los países de la región con menor notoriedad en todos los concursos. Exceptuando a Ivonne Losos de Muñiz, gran representante del Dressage (o Adiestramiento o Doma Clásica) en toda América, y quien al igual que los muy dotados jinetes de salto de obstáculos, han debido dejar el país para poder lograr sus ilusiones en tierras extranjeras. Pero parece ser que nos hemos conformado una vez más con la cultura de mediocridad y conformismo, que tristemente parece complacernos. ¡Por Dios! Llegamos a ser sede de unos notables Juegos Panamericanos en el 2003, que además de ponernos en el mapa ecuestre, tuve el gran honor de formar parte de los 5 jueces, todos reconocidos europeos y norteamericanos, con mi sola presencia “de humilde Isleña”, después de cuyo evento recibí felicitaciones de todos los extranjeros porque en nada difería con ellos en mis puntajes.

Basta por hoy. Ya todo pasó a los anales de la historia deportiva y del olvido que arrastra el tiempo, y sólo me queda la increíble experiencia cómo jineta, instructora y Juez Internacional, muy a pesar del profundo desencanto que embarga mi alma, cuando verifico la grave situación por la que atraviesa nuestro muy amado y fascinante deporte ecuestre en el país.

Estos ejemplares servirían en su cruce para aligerar los muy fuertes andares de las yeguas normandas autóctonas.

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