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General Antonio Duvergé Duval (Y4)

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DIARIO LIBRE / 7 DE DICIEMBRE DE 2015 / CRÓNICAS DEL TIEMPO / POR RAFAEL NÚÑEZ

Su vida fue una lucha constante contra todo: nació en el bosque; él y sus padres se salvaron de la ira desatada por las huestes de esclavos haitianos; vivió condenado a la miseria al tener sus progenitores que dejar los bienes en Saint Domingue para salvar la vida; el infortunio le persiguió en Puerto Rico, El Seybo y la villa de San Cristóbal, destinos en los que no pudo despojarse de las dificultades económicas heredadas, en tanto tuvo que trabajar a temprana edad para subsistir en el comercio de madera.

Luchó, no obstante, con el ardor y la voluntad de pocos hombres de su época contra el designio de ser hijo de inmigrantes perseguidos.

Sus proezas en defensa de los intereses nacionales le colocan hoy en la inmortalidad, a pesar de que terminó en el paredón como “castigo” por no doblegarse a los caprichos del general Pedro Santana Familia. El Destino, atribuirían los destinistas su arribo a la gloria; la envidia, afirmarían otros, cuando se busca una explicación de por qué fue condenado a una breve existencia, pues en el momento de su ejecución pudo seguir ofreciendo servicios al país.

A pesar del primerísimo rol desempeñado en la guerra contra Haití, el “Centinela de la frontera”, general Antonio Duvergé, fue llevado al paredón por el rencor, a los 48 años de edad, junto a su hijo Alcides, mientras tuvo que escuchar estoicamente que el mismo fallo militar condenaba a la muerte a sus otros tres retoños varones, dejado sin efecto hasta que los muchachos cumpliesen mayoría de edad.

Los generales Juan Pablo Duarte, líder y visionario de la independencia absoluta, Gregorio Luperón, héroe de la Restauración, y Antonio Duvergé, el obstáculo de los haitianos, son los trípodes en que se afincó en las primeras décadas, el ideal separatista. Los dos últimos fueron hombres de mentalidad militar. El héroe de Cachimán, El Número, 19 de Marzo y El Memiso, Duvergé, aventajó a todos los de su generación en don de mando, integridad, valor y sacrificio, pero las generaciones actuales no le reconocen su justa dimensión.

La inestabilidad política de esos años en Haití, tuvo gran influencia en los asuntos internos dominicanos. Desde el 28 de diciembre de 1806 hasta el 16 de enero de 1859, estos es 53 años, por esa nación desfilaron once presidentes, de los cuales los dos últimos de ese período, Faustin Souloque, se proclamó emperador, permaneciendo en el poder 12 años; en tanto, Fabre Geffrard le sustituye para extender su poder por ocho años.

Ese tiempo de convulsión en Haití estuvo signado por los golpes de estado, asesinatos y renuncias de presidentes. Pero iban a estar regidos, fundamentalmente, por el interés de indivisibilidad de la isla proclamado por Toussaint Louverture y secundado por sus sucesores.

Louis Pierrot, el general haitiano derrotado por el ejército dominicano al tratar de tomar a Santiago, el 30 de marzo de 1844, tenía más tarde dos motivos para intentar nuevamente la invasión de la naciente República Dominicana: la política de continuidad haitiana de unificación de la isla, y el desquite pendiente, lo que le lleva a capturar el Fuerte de Cachimán, en una nueva invasión. Pero encontró un obstáculo: Antonio Duvergé Duval.

Aquel era un poblado sin mayor relieve, pero ubicado en el camino más estratégico para lograr el asalto del sur, un sitio desértico donde el general Duvergé había sellado, el 6 de diciembre de 1844, su perfil de estratega de la guerra, que venía construyendo desde Azua y El Memiso.

En el primer encuentro en Cachimán contra los haitianos, los soldados al mando del general Duvergé se enfrentaron con el escudo que “simbolizaba la justicia de la causa dominicana y en los valientes que le rodean”. Así lo deja escrito Duvergé en el parte de guerra enviado al general Santana Familia. Las hazañas guerreras de él y sus valientes compañeros coronó la victoria, que se repitió una y otra vez.

Cachimán y 30 de Marzo son batallas que el general haitiano Pierrot habría preferido no recordar. Las líneas divisorias trazadas en el Tratado de Aranjuez fueron los puntos escogidos por Duvergé para los ataques y fortificar las defensas, a los fines de desalojar las tropas haitianas.

¿Qué llevaba a este general a convertirse en lo que fue, un fiel guardián de esos territorios?

El doctor Joaquín Balaguer en su libro “El Centinela de la Frontera, vida y hazañas de Antonio Duvergé”, hace las siguientes precisiones, que son coincidentes con el punto de vista de historiadores dominicanos: “La República Dominicana, al constituirse en 1844 en Estado independiente, reivindicó sus derechos inalienables sobre la línea de Aranjuez. La primera constitución dominicana, proclamada solemnemente el 6 de noviembre de 1844, fijó como límites de la República, por la parte occidental, los mismos que en 1776 trazaron sobre el terreno el Vizconde de Choiseul y el teniente coronel de su Majestad Católica don Joaquín García. El extremo norte de esa línea se hallaba situado en el río Dajabón y el extremo sur en el río Pedernales. Durante la ocupación de 22 años de la parte española de la isla, Haití modificó profundamente por el sur la línea de Aranjuez estableciéndose permanentemente en Hincha y Las Caobas. Después de la proclamación del Estado independiente de la República Dominicana, Haití continuó reteniendo, por la fuerza de las armas, nuevas y extensas fajas del territorio nacional”.

Enfocado más en un objetivo político y de impacto sicológico, el general Duvergé se convertiría en el único comandante dominicano en traspasar las fronteras haitianas hasta el poblado de Las Caobas, para recobrar lo que a dominicana pertenecía por derecho. Las metas alcanzadas por el gran estratega militar contaron con apoyo de su Estado Mayor, compuesto por coroneles de entereza, y adornados de valores de integridad parecidos a los de su jefe.

Los coroneles Juan Contreras y Pascual Ferrer, por ejemplo, bajo el mando de su comandante, enfrentaron con la bayoneta victoriosa en 1845 sendos intentos de recobrar el terreno perdido por los haitianos. Superiores en cantidad y armamento, las tropas invasoras dirigidas por el general Samedi Thelémaque tuvieron que abandonar la misión humillados. Su presidente Pierrot había concentrado gran parte de las fuerzas en Las Caobas y ahí se vio obligado a buscar refugio Thelémaque.

Tras esas conquistas bélicas, el general Duvergé viajó a Las Matas para cumplir con su responsabilidad de supervisar las tropas acantonadas en esa parte del sur. Parapetado en Las Caobas, el ejército haitiano diseñó una maniobra de aislamiento de Duvergé con Cachimán, para lo cual los usurpadores formaron una pinza infranqueable a sus tropas. La tenacidad de los oficiales dominicanos al mando, encabezada por el coronel Bernardino Pérez, rompió el cordón de acero de los sitiadores.

Por meses, Cachimán, el punto estratégicamente añorado y ferozmente defendido por las tropas de Duvergé, cayó en manos de los haitianos el 22 de julio de 1845. Ese éxito facilitó la entrada de los invasores por el valle de Neiba.

José María Cabral, José Joaquín Puello (también fusilado por Santana), Valentín Alcántara, Elías Piña, Bernardino Pérez y José María Pérez Contreras, entre otros bravos comandantes, fueron convocados por el carisma, la capacidad de mando y la energía de Duvergé, para asestarle a los haitianos el golpe final en La Estrelleta, en una operación astuta y enérgica que hizo tocar, definitivamente, los tambores de redención de la Patria, con la siguiente advertencia, contenida en una proclama de Duvergé, y citada por Balaguer: “Ningún derecho os asiste sobre la República Dominicana; nada tenéis que buscar en ella si no es fatigas, miserias, necesidades, quebrantos y una muerte segura que reservamos al que ose profanar nuestro suelo en el filo de nuestros machetes, en la punta de nuestras lanzas y en la boca de nuestros fusiles”.

rafaelnuro@gmail.com,

@rafaelnunezr

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