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La república letrada DE LOS HENRÍQUEZ UREÑA

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Pedro Henríquez Ureña

Pedro Henríquez Ureña

HOY / 5 DE DICIEMBRE DE 2015 / POR MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

La ciudad letrada dominicana de la década de 1870 tiene en los Henríquez Ureña a sus principales fundadores e impulsores. Además de dedicase a la política, a la educación, los negocios y la literatura fueron ellos los fundadores de un discurso nacional en el que interactuaron el positivismo de Hostos, la lucha por la independencia de Cuba y Puerto Rico y el ejemplo de José Martí.

El primer pilar de esta familia fue Nicolás Ureña de Mendoza, un abogado y poeta de origen judío sefardita cuyos ascendientes llegaron de Curazao (Hoetink). La actuación del abuelo de Pedro y Max en la política es destacada por su acción dominicanista en los albores de la República. Su hija Salomé Ureña, mujer culta, declarada poetisa a muy corta edad, encarnará los planes de reforma educativa enfocada en la mujer y, siguiendo la labor de Eugenio María de Hostos, será la forjadora de dos generaciones de maestras normales. La postura dominicanista de Salomé Ureña está íntimamente ligada a la revolución liberal de 1873, que aceleró el deseo de modernización de la incipiente burguesía dominicana que había logrado arrancarle la soberanía del país a España en 1865 y el poder a la oligarquía que, desde la independencia, estaba en manos de Pedro Santana y Buenaventura Báez.

Salome Ureña Díaz configura en su poema “Ruinas” la coyuntura que vivía el país a fines del siglo XIX, una época signada por el progreso como forma de desarrollo de las potencialidades de la República. Tal como lo había definido la sociología de Hostos buscaban el desarrollo intelectual, desarrollo económico y desarrollo moral. Esta triada como aspiración letrada se vería sumamente sometida por las condiciones sociales y económicas del país. Cierto es que la escuela hostosiana logró cambios significativos. La coyuntura de lucha por la independencia de Cuba y Puerto Rico atrajeron al país prácticas e ideas económicas que hicieron de la República un espacio abierto al Caribe con el respiro de la situación haitiana, que ya se veía transitar de una invasión armada a un intento de lograr nuevos territorios por la vía diplomática.

Desde París, Ramón Emeterio Betances proponía nuevas formas de desarrollo económico, inversiones extranjeras, ordenamiento del sistema bancario, con la creación del Banco de París; políticas de inmigración y fomento que permitieran que emprendedores extranjeros repoblaran el país, y que hubiese nuevas inversiones en la agropecuaria, nuevas formas de transporte, como las vías férreas construidas en las últimas décadas del siglo. Mientras una nueva política de ciudadanía abre las puertas a los latinoamericanos y puertorriqueños. Pero todas estas ideas se van quedando atrás por los efectos del desarrollo económico y las actividades políticas de lo que he llamado las ínsulas interiores.

La forma de vida del país, su división en pequeñas regiones económicas y políticas, dio al traste con todas las ideas de modernización y con los deseos de la incipiente burguesía en la formación de un Estado liberal. Cuando parecía que había terminado la influencia externa en las preocupaciones de los dominicanos, la espada de Damocles de las potencias europeas y de Estados Unidos amenazaba desde afuera. Las pretensiones de enajenar la bahía de Samaná regresaron al ágora y el país se ve sumido en luchas internas y en un enfrentamiento con sus deudores. Muy temprano advertía Betances desde París del interés de los norteamericanos por la bahía y de la compra en Londres de la deuda dominicana.

Pedro Francisco Bonó fue uno de los pensadores que con su agudeza crítica vio el nuevo escenario y lo que se podía prever de la República Dominicana dentro de una nueva geopolítica caribeña. Las constantes montoneras, sublevaciones de los caciques campesinos, imposibilitaban el desarrollo de un Estado nacional que pudiera usar una violencia unificada para que el racionalismo económico, cultural y educativo pudiera ser impuesto como paradigma del desarrollo. Y el clamor de Salomé Ureña en su poema “Ruinas” se quedaría como un lamento del liberalismo y de la pequeña ilustración nacionalista frente al poder de las ínsulas interiores. El centro poco pudo hacer para contener las formas de hacer política, que Bosch llegó a simbolizar en 1936 como las mañas de la mula de Fello Macario.

Cuando Eugenio María de Hostos se vio obligado a partir, ahogado por la situación moral y económica y el circo político en que se había convertido la República, Salomé encaraba la situación de la Patria desde el aula, la familia, la ausencia del padre y el hijo pródigo. En “Mi Pedro” inscribe la pedagoga el deseo de que triunfen frente a las armas los valores, el arte y la literatura. La mujer en Salomé se convierte en una luchadora por la inteligencia y se construye como una metáfora de la nación. Esos esfuerzos contrastarán con una familia disfuncional donde el padre se encontraba ausente. Este dato biográfico evoca a los padres ausentes de la patria Duarte, para la pequeña burguesía, y para la oligarquía, la madre España o Estados Unidos.

Ulises Heureaux, el dictador que se desmarcó del proyecto liberal de Luperón y Ramón Emeterio Betances, pudo contener a sangre y fuego por más de una década las revoluciones levantiscas de las ínsulas interiores; ya mediante un sistema de espionaje, ya por sus dotes de negociador o por el decreto de San Fernando que hacía fusilar a los alzados en armas, ya porque el dictador tuvo la ayuda de las formas modernas de comunicación que posibilitaron nuevas maneras de interacción social. A lo que hay que agregar, finalmente, el dominio de la opinión pública y la domesticación de los intelectuales silenciosos.

De los Henríquez-Ureña, Francisco y don Federico parecen, en un principio los más dados a colaborar con la política personalista que se desarrollaba entonces. Don Pancho parte a París a estudiar medicina a la vez que era el preceptor del hijo del dictador Ulises Heureaux. Esto le permite evadir sus responsabilidades como padre de la familia y ser un colaborador discreto del dictador. Mientras buscaba afanosamente un puesto de diplomático, su existencia estaba marcada por las veleidades que en política y en su propia vida profesional se imponían.

El cargo en el servicio exterior de Francisco Henríquez, el puesto en la Suprema Corte, y luego en la rectoría de la Universidad de su hermano don Federico, la participación de Fran en el campo comercial en Nueva York, como también ocurría con Pedro, quien luego realiza estudios de literatura en Minnesota, y será secretario de la Universidad Nacional de México; así como los estudios de derecho de Max Henríquez Ureña en La Habana, y los de literatura de Camila vertebran el discurso epistolar de “Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña”. Editada por Bernardo Vega, bajo los auspicios de la Academia de la Historia y el Archivo General de la Nación, esta obra muestra las preocupaciones de una incipiente ciudad letrada que trabaja en tres órdenes: el intelectual, el comercial y el moral o ético.

En suma, la familia Henríquez Ureña será la fundadora de la ciudad letrada que durante sesenta años se consagró a la educación, la forja de una nueva literatura, la floración de un episteme crítica y la defensa de la nación frente al imperialismo estadounidense.

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