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Mi fusilado. Entreveros de memoria de un excomandante

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Mi_fusilado_Entreveros_de_memoria_de_un_excomandante

DIARIO LIBRE / 5 DE DICIEMBRE DE 2015 / POR BIENVENIDO PÉREZ GARCÍA

¡Qué rápido ha sido todo! Mi niñez en San Antón y Santa Bárbara, mi juventud en las fiestas y coros del club deportivo, los combates del ‘65, mi matrimonio con una santiaguera, mis hijos, ya todos casados y emigrados, haciendo vida en tierras ajenas, la muerte de Sarah* y ahora tan sólo mi soledad, interrumpida por alguna que otra llamada de fuera y la visita de algún amigo que a veces quisiera ni ver.

En la estrechez del pequeño apartamento que conseguí vendiendo la otra casita, para que me sobrara algo con qué mantenerme, me pregunto si vale la pena seguir viviendo así, en estos tiempos de incertidumbre, desorden social, delincuencia y cosas nuevas que no me interesan.

¡Aah, los años de la Revolución, de la gloriosa Gesta de Abril, esos sí que fueron años! Ahí se respiraba vida, valía la pena ser hombre y luchar por los ideales de la patria liberada. Fue a cojones y a tiro limpio que me gané la comandancia de la parte media de la zona colonial, con mis ‘cigüitas’, mis comandos valientes. No permitíamos que ni los yanquis ni los vende patria del CEFA se acercaran a nuestra zona libre, constitucionalista, que representaba a todo el pueblo, a toda la patria.

A punto de que me cantaran ‘out’ en varios peligrosos momentos, no todo era tiros, pues algunas noches tranquilas hacíamos fiestas con las compañeras revolucionarias, en las que la música, los merengues nos hacían trotar, culminando en momentos de nostalgia y pesar bajo la influencia de música romántica así como himnos y marchas, como el del Catorce de Junio.

Nos reíamos con las travesuras de uno que otro miembro de nuestro comando o algún otro cercano. No olvido cuando Tano, -Catalino Aponte*- un sureño bajo mi mando que, terciado con una San Cristóbal y acompañado de dos lugartenientes, trató de confiscar militarmente la cosecha de la mata de mangos de doña Celina, una viejita de la Cambronal:

–Los soldados de la revolución necesitan los mangos de esta casa; estamos confiscando la cosecha, permiso.

Parece que Tano nunca fue bueno en matemática y el cálculo le salió mal: Poseída de una extraña energía invigorada por el intento de pelarle su mata, la vieja Celina arremetió contra él a golpes de escoba –una con un palo que parecía un brazo de niño- comentó luego Tano, entre nuestras risas. Los acompañantes, que también recibieron lo suyo en la súbita embestida, dijeron casi caerse a carcajadas al contemplar a su corpulento superior huyendo como puerquito asustado, con metralleta terciada detrás. –Tano dejó el lugar claro y no se atrevió a regresar, completaron el relato. El valiente constitucionalista, que yo mismo vi lanzarse a pecho entero y al descubierto contra unos tiradores parapetados en un zaguán de la Ravelo, los atacantes de la mal llamada “operación limpieza”, fue vencido fácilmente por el poder matronal de doña Celina y los tacazos que tal potestad le propinaba.

¿Y cómo olvidar a Pichirilo, un comandante de los ‘rolita’, justamente descendiente del Pichirilo, aquél que mató al comandante del buque de ocupación norteamericana anclado en San Pedro en 1916? Astutamente su tío abuelo ocultó su revólver en la ingle y pidió en mal inglés ver al capitán del barco para pasarle una “important information” de los “rebels”. Fue revisado de pies a cabeza y luego llevado al otro lado de la cubierta, la proa, donde se encontraba el capitán. Preguntó -“Ar yú di captan of di ship?” Al tiempo de la respuesta afirmativa, con la habilidad de un rayo sacó el revólver y le dio un tiro en el pecho, lanzándose acto seguido al agua. Hábil nadador, llegó a la otra orilla del Higuamo y se desvaneció hasta el 1924, cuando los invasores Yankis se retiraron.

Este Pichirilo de 1965, certero tirador a distancia, se tostaba a sol y resfriaba a sereno, tirado en la azotea de un viejo edifico de tres plantas que daba perfecta vista a la planta de El Timbeque, esperando a que asomara algún soldado, fuereño o no, especialmente si era gringo, que intentara subir el muro o la empinada lomita que dividía la zona constitucionalista de la ocupada a fuerza por los traidores.

–Pichirilo mismo me contó cómo en dos ocasiones soldados gringos, lenta y furtivamente escalaban la pared de la vieja fortaleza, mientras él, observaba. En completo silencio aguardaba a que el invasor se encontrara a punto de ganar la cima. La emoción o expectativa del logro, si es que la había, era interrumpida abruptamente por un tiro mortal, que lo desbarrancaba hasta llevarlo exánime al fondo.

–Se lo merecían. ¡Jodienda! que sigo dando vueltas en esas cosas, esos recuerdos que a veces se me confunden. Para qué acordarme, ya estoy viejo y esas son historias que me trago porque ahora los jóvenes ni quieren oírlas o me cambian el tema si las cuento. Lo pasado, pasado, aunque ya no veo mucho futuro. Solo espero pasar tranquilo lo que me queda de vida. ¡Ay! si estuviera Sarah conmigo, esta soledad desaparecería. Pero me resigno y trato de no preocuparme.

Sí hay algo, una cosita inquietante que me llega en cualquier momento y por cualquier motivo: en una conversación cualquiera, cuando duermo y hasta riéndome de algún chiste. Es un recuerdo que se remonta a una tarde de julio de 1965. Veo las imágenes y oigo las voces claramente…

–Comandante, encontramos a este hombre en los alrededores de Las Mercedes con La Católica y al vernos se portó raro y quiso caminar rápido. No tiene documentos.

–Ante mí presentaron a un hombre alto, de tez algo clara, delgado, fibroso, ojos negros profundo, con corte de pelo ‘bajito’, camisa manga corta color claro y pantalones oscuros. Me llamó la atención lo corto del pelo.

–¿Usted no trae documentos?

–No señor, los dejé en mi casa.

–¿Cómo se llama?

– Pedro Jiménez*

¿Vive en la zona?

–Tengo una tía en Ciudad Nueva. Vine a visitarla.

Cambié entonces de dirección, dirigiéndome a mis muchachos.

–¿Lo revisaron bien?

–Sí señor.

–¿Vieron dentro de la ropa?

–No parece tener nada.

–Revísenlo por dentro.

Sin permiso le soltaron la correa, desabrocharon el pantalón y le hicieron quitárselo junto con la camisa.

–A ver, pásenme el pantalón.

Al examinarlo, me lucía vacío, pero continué buscando al tacto en la cintura, hasta que, dentro de la pretina, en la parte posterior, sentí una ligera anormalidad. Rebusqué con los dedos debajo de esta y descubrí que una parte estaba sin costura. Introduciendo más lo que podía de la mano, atrapé con el índice y el dedo mayor como pinzas, una pequeña pieza, que al sacarla resultó ser una especie de carnet, muy bien impreso y sellado, con una firma que reconocí de inmediato; lo que ahora tenía en mis manos llevaba un encabezado: Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas y más abajo CEFA.

–De manera que me dijo que se llamaba Pedro Jiménez. ¿Por qué entonces anda usted con un carnet oficial del CEFA que tiene el nombre de José Díaz Rodríguez* y lo identifica como Sargento de la Fuerza Aérea Dominicana? El interpelado, bajando la cabeza, no supo qué responder.

–¿No va a decir nada? ¡Tránquenlo! y ya decidiremos qué hacer con un espía y traidor como él. En días anteriores habían detenido a var ios de los combatientes y colaboradores constitucionalistas, entre ellos dos de los míos, que por necesidad cruzaban regularmente la zona “desmilitarizada” al otro sector, buscando alguna provisión o materiales, visitando familia o procurando información del bando enemigo. A ninguno de ellos los he visto de nuevo y no puedo sino suponer que lo peor les ha sucedido. Sospechando de la incursión de espías dentro de nuestra zona, me puse de acuerdo con otros comandantes barriales y ordené a mis muchachos que día y noche se mantuvieran vigilantes y detuvieran a cualquier desconocido, los requisaran, detuvieran y me trajeran para interrogación. No podíamos seguir perdiendo a más de los nuestros.

No me tomó mucho tiempo determinar con mis otros dos subcomandantes lo que había que hacer: darle un escarmiento a los hijos de puta del CEFA para que no enviaran más espías saboteadores para acá.

Marcando mi Bulova las diez, esa noche me dirigí al traspatio del Comando y poniendo en formación a dos combatientes ordené fuego al espía. Fusilamiento sumario. Hice llevar el cuerpo al Opel que estaba a nuestro servicio y colocándolo en el baúl, enfilamos al Malecón. En la oscura soledad nos detuvimos frente a un gran imbornal que estaba detrás de la cinta de bancos entre los arrecifes, antes del Hotel Jaragua, para meterlo ahí y deshacernos del cuerpo. Abrimos el baúl y un enorme resorte nos saltó a los tres golpeándonos duramente. En la lucha pude sacar la 45 y le di dos tiros más: –¡A ver si ya te enfrías! Tomamos el cuerpo desmogado, y ayudados con un pedazo de varilla como palanca, descubrimos la pesada tapa de la alcantarilla, que estaba seca y lo dejamos caer. Tapamos y nos marchamos.

–¿Cómo carajo es posible que siguiera vivo ese vende patria si le habíamos dado ya dos tiros de fusil? pregunté. –Y lo que más me molesta, ¿cómo, con esos tiros, peleaba tan fieramente contra nosotros? Bueno, lo que haya sido, con esos dos tiros más de 45 ya no jode más. Volvamos.

Fuimos al Conde y encontramos un Kiosko, que con el toque de queda se atrevía a estar abierto y aún tenía refrescos fríos con los que suavizamos el trance y bajamos el susto. No dormí bien esa noche; me retorcía y daba vueltas en la cama, bien lo recuerdo, pero finalmente me tranquilicé.

Al día siguiente, más sereno ya, emprendí mis tareas de comando: asignar turnos, vigilancia, recabar informaciones. Pero esta curiosidad del coño, que surge como un gusanillo que pica, me comía más, mientras avanzaba el día y ya en la noche volví al lugar que ya quería evitar. En la desolada y oscura quietud, con solo otro testigo, mi mano derecha subcomandante, crucé el muro de asientos del Malecón y paré encima de la alcantarilla de mi fusilado. Respiré e hice señas para que los dos la levantáramos con la punta de varilla. Apunté entonces con mi linterna:

¡Nada! Ni cadáver ni nada.

–Pero, ¡qué pasó, dónde está! Sabiendo que no había llovido ni una gota en días y estando seco el hueco de la furnia vacía, no se podía desaparecer un cadáver ¡bien muerto! Pedí entonces a Dominguito*, que era más pequeño, introducirse en él. No estaba muy feliz, mi muchacho de comando, de realizar esta inspección a la que puso muchos peros y finalmente bajar, con mi ayuda.

–No hay nada aquí, me casi gritó.

–¿Estás seguro? Le pregunté. – Busca en el sifón.

–Tampoco veo nada y no sé cómo cabría. Tras ayudarlo a salir, perplejos volvimos a poner la tapa.

Desde esa fatídica, malhadada noche en que dispuse de la vida de ese espía, la aprensión me llega en oleadas de tiempo en vez. A veces siento algo extraño, un temor difuso de que el tal José, mi fusilado, aún está vivo por ahí, ¡qué disparate! O es un muerto viviente ¡peor disparate! que alguna vez, tarde o temprano, vendrá y me encontrará para desquitarse. No soy creyente de nada. Borré mi infancia con lecturas de dialéctica y materialismo histórico, pero a estos años me he ido ablandando, o no sé si cambiando. Ya no estoy tan seguro como antes. Me he sorprendido recitando un Padrenuestro o haciendo el signo de la cruz.

-Bueno, suficiente de recuerdos y temores; quizá me llamará mi hijo mayor esta noche. Mientras, me tomaré esta cenita ligera, encenderé la televisión y…

-Vaya, carajo, buena hora para tocarme la puerta e interrumpirme. ¿Quién podrá ser? Iré a ver.

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