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Exiliados Republicanos Escribidores

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Exiliados_Republicanos_EscribidoresDIARIO LIBRE / 5 DE DICIEMBRE DE 2015 / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

Como bien señala el historiador y catedrático toledano Javier Malagón Barceló –quien impartió en nuestra universidad Derecho Romano e Historia del Derecho, labor académica que continuó en Puerto Rico, México y Washington, donde llegaría a dirigir el departamento cultural de la OEA-, a los refugiados republicanos españoles recién llegados a América tras el triunfo del bando nacional en la Guerra Civil (1936/39), se les despertó una verdadera vocación por escribir. Ya sea obras literarias, políticas o crónicas de la guerra, ya artículos periodísticos que alimentaron las columnas de colaboración de los principales diarios dominicanos, cobrando en aquellos días de precariedad económica cinco pesos por artículo. Con acceso franqueado por la presencia de varios emigrados en posiciones directivas en medios de comunicación de la época, como los diarios La Nación y La Opinión.

Sobre la obra dominicana de Malagón Barceló, el historiador Constancio Cassá Bernaldo de Quirós realizó una investigación compilatoria publicada por el Archivo General de la Nación bajo el título Javier Malagón Barceló, el Derecho Indiano y su exilio en República Dominicana (2010). Allí nos narra Cassá que aquél llegó a Puerto Plata el 6 de octubre de 1939, a bordo del vapor Saint Domingue, acompañado por su esposa Helena Pereña Pamíes, doctora en Derecho y otros 28 españoles. Entre ellos figuraban los juristas Segundo Serrano Poncela, Miguel García Santesmases y su esposa, la profesora Elisa Sabes Serra, y Rafael Supervía y su cónyuge, la educadora Guillermina Medrano. También los pintores José Vela Zanetti y Ángel Botello Barros, acompañado éste por su hermana, la traductora María Ángel, y su madre Bonifacia Barros.

Graduado doctor en Derecho y licenciado en Historia en la Universidad Central de Madrid, Malagón Barceló realizó estudios de postgrado en las universidades de Bonn am Reihn y de Tübingen, en Alemania. Se especializó en Derecho Indiano bajo la tutoría del eminente historiador americanista Rafael Altamira y Crevea, con quien desarrolló una estrecha relación hasta el fallecimiento de éste en México en 1951, donde se exilió en 1944. En la Central de Madrid, Malagón fue profesor auxiliar de Derecho Procesal y auditor del Cuerpo Jurídico Militar, sumándose durante la Guerra Civil a las tropas republicanas que operaron cerca del Principado de Andorra.

Como nos dice Cassá, al igual que tantos otros que cruzaron la frontera francesa para conseguir refugio tras la derrota republicana, Malagón pasó en Francia por las consabidas peripecias. Él mismo nos cuenta: “Allí empezó para muchos la peregrinación del exilio: días de esperanza de obtener los ‘papeles’, permiso de las autoridades francesas para trasladarse del campo de concentración al puerto de embarque, y convertirse en pasajeros de ínfima clase en un trasatlántico, el La Salle u otro semejante, ya empezada la Segunda Guerra Mundial, para marchar de Francia hacia Inglaterra”.

Desde donde nuestro personaje abordaría un convoy hasta Canadá, el cual –según relato del propio refugiado- “costearía los Estados Unidos para ir a parar a las Antillas Francesas. Allí, cambio de barco a uno de cabotaje, el Saint Domingue, que tocaba en casi todas las islas de las Antillas Menores: Martinica, María Galante, Dominica, Guadalupe, Monserrat, Antigua, San Martín y Saint Thomas, donde por primera vez pisamos tierra americana. Bordeando Puerto Rico, llegamos a Puerto Plata después de 35 días de navegación y, desde esa ciudad, cruzamos la isla Española de Norte a Sur, hasta la vieja Santo Domingo, donde no sabíamos cómo podríamos sobrevivir”.

Con apenas 28 años, el refugiado y su esposa –quien organizaría con esmero la bien surtida biblioteca particular y los archivos del rector de la Universidad, don Julio Ortega Frier- se establecerían en Ciudad Trujillo, en la calle García Godoy. Aquí les nació una hija a la pareja. Durante su estancia en el país, Malagón fue incorporado como catedrático a la Facultad de Humanidades en proceso de reestructuración curricular, devengado un salario de 100 pesos, al cual se le descontaba “el módico 10%” para el Partido Dominicano. En la Universidad de Santo Domingo se desempeñó además como director técnico de su comité de publicaciones, bajo cuya responsabilidad se editaba la excelente revista periódica Anales de la Universidad de Santo Domingo, que divulgaba material académico, informes científicos y ensayos.

En adición, Malagón aprovechó su estancia en nuestro tierra (1939-46) para preparar junto al jurista y diplomático dominicano Joaquín Salazar los dos volúmenes sobre Constituciones políticas y reformas constitucionales 1844-1942, incluidos en la monumental Colección Trujillo editada con motivo del Centenario y coordinada por Manuel Arturo Peña Batlle. Dio a la estampa la obra El Distrito de la Audiencia de Santo Domingo en los siglos XVI a XIX, que publicó la Universidad de Santo Domingo en 1942 como parte de los actos conmemorativos del IX Cincuentenario del Descubrimiento de América. En misión de investigación en los archivos cubanos, localizó un documento que daría pie a una importante obra para los estudios sobre la esclavitud en las Américas, El Código Negro Carolino o Código Negro Español, 1784, impresa por Editora Taller en 1974.

Constancio Cassá Bernaldo de Quirós observa en su libro que “gracias al invaluable aporte de los profesores españoles la Universidad de Santo Domingo cobró nueva vida, pero ese grupo de intelectuales españoles pronto despertaría resentimientos entre los miembros de la reducida elite criolla que marcaba las pautas sociales de la entonces pequeña Ciudad Trujillo. Fue por eso que Ortega Frier inició una campaña, discreta pero precisa, para demostrar que su decisión de reclutarlos había sido correcta y que ese profesorado resultaría capaz y útil al país.”

“En la universidad las aulas estaban llenas de jóvenes, pero había que convencer a los estamentos de poder; comenzaron entonces las ‘conferencias’ culturales, bien en la propia universidad o en el Ateneo Dominicano. Uno tras otro, los intelectuales republicanos españoles exponían temas de interés para la intelectualidad dominicana y las conferencias sobre historia, literatura española, política y economía eran cada vez más concurridas. Y aquellos dominicanos, que al principio criticaron agriamente a los profesores españoles, devinieron amigos, y hasta protectores, de los catedráticos que había seleccionado el rector Ortega.” Tuve el honor de conocerle en Puerto Rico, en ocasión de un congreso sobre el cincuentenario de la Guerra Civil y el exilio español celebrado por la UPR.

Otro de los refugiados que alcanzaría rango literario mayor posteriormente y que vivió la experiencia del exilio dominicano, sería Segundo Serrano Poncela. Cuya trayectoria estaría marcada por la controversia acerca de su actuación durante la Guerra Civil, que le perseguiría más allá de los confines de la muerte, en relación a las famosas sacas de presos políticos de las cárceles en Madrid que culminaron en la denominada matanza de Paracuellos. Nacido en Madrid en 1912 y fallecido en Caracas en 1976, cursó Filosofía y Letras y luego Derecho. Militó en la Federación de Juventudes Socialistas (FJS), colaborando en Claridad, periódico de Largo Caballero, dirigente del ala izquierda del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la Unión General de Trabajadores (UGT), presidente del gobierno republicano entre 1936/37.

Durante la Guerra Civil, Serrano Poncela fue delegado de orden público en Madrid de la Junta de Defensa bajo las órdenes de Santiago Carrillo, secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), de las que formó parte, siendo ingresado al Partido Comunista por Carrillo. Sobre esta etapa de la vida de Serrano Poncela y Santiago Carrillo –quien encabezaría el Partido Comunista en la transición democrática española- se han escrito numerosos trabajos de investigación, imputándole responsabilidad en las órdenes para extraer prisioneros que luego serían fusilados sumariamente. Ya en el exilio, Serrano Poncela fue profesor de Literatura Española e Historia de la Cultura en las universidades de Santo Domingo, Puerto Rico, Central y Simón Bolívar de Venezuela, derivando en un reputado escritor, ensayista y crítico literario.

Aunque había escrito un ensayo político en 1935 con prólogo de Luis Araquistáin (El Partido Socialista y la conquista del poder), fue en República Dominicana que comenzó su carrera literaria. Su obra de ficción es abundante, constituida por relatos, novelas y novelas históricas, como El hombre de la cruz verde (1973), considerada como su mejor obra, sobre la Inquisición española durante el reinado de Felipe II. Editada póstumamente, La viña de Nabot (1979), una novela sobre la Guerra Civil. Entre sus ensayos, figuran El pensamiento de Unamuno (1953), Antonio Machado, su mundo y su obra (1954), Prosa moderna en la lengua española (1955), Estudios sobre Dostoievski (1972). Fue redactor de la revista literaria Panorama, colaborando con revistas del exilio como Realidad Revista de ideas, editada en Argentina y Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, publicada en París.

La leyenda negra de Serrano Poncela y la marca de un pasado que quiso borrar, le acarrearon serias dificultades. Desde Francia, cuando realizó un ejercicio crítico de ruptura con fuerzas políticas con las que participó en su actuación pública, como los comunistas. Condenando los múltiples sectarismos que hundieron el destino de la República y sellaron la derrota del bando republicano en los campos de batalla. En su vida académica –por ejemplo en Puerto Rico, donde tras salir de Ciudad Trujillo fue acogido por Jaime Benítez en la UPR y desplegaba una confortable carrera- debió escapar en varias ocasiones a la persecución de los viejos fantasmas. Esos, que como la sombra, se acuestan con nosotros en la cama. Y nos impiden conciliar el sueño.

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