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El periodismo como una de las Bellas Artes

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El_periodismo_como_una_de_las_Bellas_ArtesDIARIO LIBRE / 5 DE DICIEMBRE DE 2015 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

“Ante Chernóbil todo
el mundo se ponía a filosofar.

Las personas se
convertían en filósofos…

De pronto, se encendió
cegadora la eternidad”.

La crónica novelada es un género no-oficial de la literatura. Muchas veces se le llama simplemente “novela”. Y en muchos casos, es tal. En otros, se queda siendo simplemente crónica. Parece como si dijese algo consabido o tonto, pero no es así. La formación y experiencia periodística son, en gran medida, los contribuyentes más directos y eficaces para: primero, saber elaborar una buena crónica al margen de los consabidos esquemas del diarismo; y, segundo, para construir con esa buena crónica una escritura que termine siendo, por sus características, novela.

El embrollo me puede acarrear denostadores. Todavía algunos no bien seguros del asunto suelen disminuir los valores de una novela cualquiera adosándole el título de “crónica novelada”, de forma desdeñosa, como si acaso el rótulo rebajara la categoría creativa del producto literario. La cosa es simple, a mi parecer. Hay novelas que, aún teniendo alguna base documental, testimonial o experimental, se sustentan pura y llanamente en la ficción, que es su elemento constitutivo central. Y hay novelas nutridas por la capacidad para la escritura literaria del autor, que se fundamentan en hechos reales, no ficcionados, de los cuales sólo se hace la crónica, obviamente con el ordenamiento y lenguaje que el ejercicio literario provee.

Es, entonces, cuando el periodismo se convierte en soporte y aliado de la literatura. Hay ejemplos sobresalientes de reportajes periodísticos convertidos en obras literarias: Alexandr Soljenitsin (Un día en la vida de Iván Denisovich; Archipiélago Gulag); Gabriel García Márquez (Relato de un náufrago; Noticia de un secuestro; La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile; El asalto: el operativo con que el FSLN se lanzó al mundo); Kenizé Mourad (De parte de la princesa muerta); Javier Cercas (Anatomía de un instante; El impostor); Leila Guerriero, el mejor ejemplo actual en Latinoamérica de crónica periodística de valor literario (Los suicidas del fin del mundo; Frutos extraños; Zona de obras); Lucette Lagnado, ganadora del premio Sami Rohr de literatura judía con una diamantina novela biográfica (Cairo Suite). Incluso, la marroquí Fátima Mernissi (fallecida el pasado lunes a los 75 años en Rabat), quien en 1995 dio a conocer “Sueños en el umbral, memorias de una niña del harén”, una sacudidora historia basada en su testimonio de vida aunque, años después, ella informara que el libro era una “falsa autobiografía”, lo que, a mi juicio, no disminuye sino que acrecienta su valor literario, ya como obra de ficción.

Aquí y allá hay otros ejemplos, no abundantes. Obras de Cabrera Infante, de Vázquez Montalbán, de Vargas Llosa (Historia de Mayta; El paraíso está en la otra esquina; La fiesta del Chivo); de Edwin Disla (Manolo); Emilia Pereyra (El crimen verde, El grito del tambor); unas tienen el cariz de la crónica novelada y otras se ficcionan teniendo como base la investigación periodística o el testimonio.

La crónica novelada no es un género admitido en la nomenclatura literaria. Pero, existe. Y se adscribe a la novelística como un subgénero vivo y en auge. La crónica o el reportaje per se es herramienta periodística que bien manejada –estilo y lenguaje hacen la diferencia- puede convertirse en manjar literario (Juan Cruz: “Egos revueltos” y sus memorables crónicas en El País), y como él, Julio Llamazares, Santiago Roncagliolo y Jorge Zepeda Patterson, para quedarnos en unos pocos, que muchos tampoco son. Es en esa camada, con ribetes gloriosos, donde entra la bielorrusa Svetlana Alexievich, ganadora del premio Nobel de literatura 2015, primera periodista literaria en obtener el lauro sueco y, en consecuencia, la que al ser reconocida con el máximo honor de las letras universales permite elevar la categoría del reportaje periodístico literario, inscribiéndolo ya –o confirmándolo- como un género más de la literatura. Un acontecimiento sin dudas extraordinario que no debiera pasarse por alto.

Con el galardón concedido, han subido los bonos de Svetlana en el mercado bibliográfico. Ella es periodista de investigación, no es escritora de ficción. Bielorrusa de origen ucraniano, se hizo cronista de revistas literarias y llevó a libro sus reportajes basados en testimonios de actores y víctimas de sucesos relevantes en la historia de la antigua URSS: la segunda guerra mundial, la guerra de Afganistán, la caída de la Unión Soviética y la trágica explosión de la central nuclear de Chernóbil, ocurrida el 26 de abril de 1986, “el desastre tecnológico más grave del siglo XX”. Prohibidos sus libros durante veinticinco años en su propio país, del que tuvo que salir hacia el exilio por varios años, solo uno de sus textos fue traducido al español aunque acogido por un número limitado de lectores, muy a pesar de haber recibido premios como el Médicis, el prestigioso premio de la paz de los libreros alemanes, el premio de la crítica de Estados Unidos para libros de no-ficción, y otros más en Austria, Polonia y Francia.

Frente a los responsables de la tragedia, al silencio impuesto, al desmantelamiento familiar, a las consecuencias ocultadas, Svetlana Alexievich recompone la historia y lo hace desde las voces de quienes sufrieron los rigores indescriptibles del acontecimiento que marcó para siempre sus vidas y la de sus descendientes, todos sin poder contar su experiencia durante años.

Acabo de concluir la lectura de “Voces de Chernóbil. Crónica del futuro”, el único libro de Svetlana en nuestra lengua, aunque ya acaba de salir en España por estos días “La guerra no tiene rostro de mujer”, y ha de esperarse que termine de traducirse y editarse toda su obra que, por cierto, no es cuantiosa. La tragedia del accidente de Chernóbil, ya hoy prácticamente olvidado, se presenta en esta crónica desde las voces de algunas de sus víctimas. Seiscientos mil “voluntarios” que el régimen soviético llamo “liquidadores” fueron enviados de manera forzada a la zona accidentada; la mayoría murió al cabo de días, semanas, meses o años, según el nivel de radiación que recibieron, otros quedaron enfermos para toda su vida, casi todos los varones no pudieron procrear jamás; 485 aldeas fueron arrasadas; dos millones cien mil personas, entre ellos setecientos mil niños, viven aún en territorios contaminados. El mismo día del suceso, se elevaron los niveles de radiación en Polonia, Alemania, Austria y Rumanía; días después la nube radiactiva presentaba credenciales en Suiza y el norte de Italia; en las semanas siguientes fue llegando a Francia, Bélgica, Países Bajos, Gran Bretaña, Grecia, Israel, Turquía, entre otros. Se cree que todo el globo terráqueo quedó afectado, aún fuese mínimamente con el accidente nuclear. Un reputado endocrinólogo dominicano me decía que la alta incidencia de problemas en la tiroides que se registra en el país y en casi todo el mundo, es consecuencia del accidente nuclear de Chernóbil.

Svetlana pone a hablar a las víctimas, en el reportaje más conmovedor (hasta la angustia, el horror y el desgarro) que pueda haber leído. Frente a los responsables de la tragedia, al silencio impuesto, al desmantelamiento familiar, a las consecuencias ocultadas, Svetlana Alexievich recompone la historia y lo hace desde las voces de quienes sufrieron los rigores indescriptibles del acontecimiento que marcó para siempre sus vidas y la de sus descendientes, todos sin poder contar su experiencia durante años. “Chernóbil no solo significa conocimiento, sino también preconocimiento, porque el hombre cuestiona ahora su anterior concepción de sí mismo y del mundo… Chernóbil es ante todo catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana son eternos”. La que cuenta Svetlana es la historia omitida de Chernóbil. Le tomó casi veinte años investigarla y escribirla. Chernóbil fue el holocausto ruso. Después de Hiroshima, Auschwitz y el gulag estalinista, le sigue Chernóbil o, tal vez, esta supera a las tres anteriores. Coincidió con el derrumbe de la URSS. Se sumergía “bajo las aguas el gigantesco continente socialista” y sobre la tierra la tragedia cósmica, Chernóbil. “Dos explosiones globales”.

Las vistas de la radiación, los testimonios personales y familiares, las anécdotas -los chistes incluso-, las crueldades, los que fueron llevados obligados al peligro, las enfermedades resultantes, la literatura como coartada. Chernóbil hizo volar por los aires el imperio soviético, que escurrió el bulto frente a la tragedia. Es imposible abarcar el denso contenido de esta historia, un reportaje demoledor, una crónica devastadora que hay que leer poco a poco, trazo a trazo, voz a voz. Una historia que cubrió “de vergüenza y de oprobio” a la física nuclear (“La era de la física se acabó en Chernóbil”) y que en la pluma de Svetlana Alexievich se convirtió en un género literario, por su escritura polifónica, por ser un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo, en la voz de la academia sueca. Con Svetlana se comprueba la afirmación de Mario Vargas Llosa de que el periodismo puede ser una de las bellas artes.

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