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General Antonio Duvergé Duval (3)

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DIARIO LIBRE / 30 DE NOVIEMBRE DE 2015 / CRÓNICAS DEL TIEMPO / POR RAFAEL NÚÑEZ

El general Antonio Duvergé Duval talla su personalidad en los duros avatares de una vida familiar lacerada por la persecución, las estrecheces económicas y las inestabilidades de un hogar itinerante, obligado a cambiar de domicilio debido a las convulsiones políticas de la isla que albergó a sus padres.

Duvergé, desde el vientre de la madre, María Juana, pasó duras pruebas; conoció la condición humana a muy temprana edad cuando la vida lo llevó a contactar los más íntimos poblados sureños en labores comerciales.

La indigencia de las familias criollas sureñas fue un retrato de su propio hogar luego que sus padres salieron despavoridos de Saint Domingue. Conoció la profunda bondad campesina del hombre del montuoso sur de la República; abrevó de la sicología de los pobladores de comunas y villas que visitaba, de manera que cuando la causa nacional lo requirió para organizar legiones soldadescas bajo su mando, los hombres escogidos por él se convirtieron en el muro que contuvo las invasiones haitianas. La jefatura de los “Trinitarios” delegó en él esa responsabilidad.

Una mula fue la eterna compañía por aquellos valles y elevaciones sureños, caminos en los que terminó de cincelar el bizarro carácter del que haría gala en los momentos estelares en la jefatura del Ejército del sur, posición desde la que demostró disciplina, entrega y capacidad de gestión. Todo aquel territorio hosco y casi desértico lo atravesaba, de tiempo en tiempo, como un Cid Campeador, para generar el sostén de su familia, mientras Santo Domingo se estremecía en un tornado político de acuerdos y desacuerdos.

Como la mayoría, por no decir la totalidad, de quienes alcanzaron altos rangos en los ejércitos libertadores del siglo XlX, Duvergé adquirió una formación militar empírica, forjada en las guerras en las que se involucró, especialmente en la región sur, la que conoció al dedillo comercializando madera, previo a su incursión en los afanes militares.

Academia militar no la tuvo, como tampoco la poseyeron sus coetáneos; no obstante, Duvergé y el general Gregorio Luperón, cada cual en su tiempo, alcanzaron la estatura de formidables estrategas de la guerra, especialmente en el uso de métodos no convencionales.

La declaración de independencia de la República Dominicana, objetivo del que Duvergé no se apartó, se había fraguado bajo un acto de compromiso entre los intereses políticos, económicos y los ideales del sector de la pequeña burguesía, en el marco de una coyuntura de depresión de la economía local. La dirección política del movimiento separatista aprovechó las condiciones externas para pactar, además, con el sector reformista haitiano que luchaba por cambiar el estado de cosas prevaleciente en Haití.

Esa alianza interna de sectores sociales, políticos y económicos no fue duradera debido, entre otras razones, al arco iris de intereses creado. El afán lucrativo y los egos del caudillaje comenzaron a manifestarse con posiciones políticas que degeneraron en luchas intestinas, lo que debilitó las incipientes estructuras nacionales. Esos factores, más la fragilidad intrínseca heredada de la Corona española, fueron las causas de una guerra de 12 años con Haití.

Duvergé emerge como figura militar en ese contexto, llegando a convertirse en uno de los oficiales superiores que mayor sacrificio y entrega ofreció a la causa nacional de esos años.

No fue reclutado por los jefes políticos de la separación. Voluntariamente, Duvergé viajó desde Azua hasta Santo Domingo el 28 de febrero de 1844, no solo para ver hondear la bandera tricolor en la puerta de El Conde, sacudida por los ventarrones del mar caribeño, sino con el objetivo de ponerse a disposición del movimiento separatista. Es su espíritu guerrero y las convicciones inculcadas por su padre José que lo empujan a defender la causa nacional, sin poner condiciones ni pasar facturas como la sarta de generales caudillos que ofreció sus servicios a la República en todo el proceso de formación de la identidad nacional.

Con el entusiasmo del soldado que ama la patria recién declarada, Duvergé asumió el compromiso de convertirse en difusor de las nuevas ideas. Recorrió desde San Cristóbal, pasando por Baní, Azua, Ocoa, Neiba, San Juan y otros pueblos del abrupto sur hasta donde fuera requerida su respetada autoridad.

Roberto Cassá así lo cita: “en Baní colaboró con Joaquín Objío para pronunciar el final del dominio haitiano. Siguió hacia Azua, pensando en la preparación de la defensa frente a una previsible ofensiva haitiana. Así pues, desde las primeras horas tras la independencia, concedió prioridad al aspecto de la defensa y pasó a ser el jefe natural del incipiente ordenamiento nacional de Azua hacia el oeste”.

Las previsiones adoptadas en el terreno crearon las condiciones para que en el primer enfrentamiento con las tropas de Charles Hérard, éstas fueran derrotadas por los dominicanos, inspirados por el coronel de apellido Duvergé y la participación de Vicente Noble, Juan Esteban Ceara y Manuel Mora, quienes asumieron la dirección en el terreno ante la inexcusable ausencia del general Santana.

La del general Santana fue una actitud que los historiadores atribuyen a la postura permanente a favor del protectorado, lo que empujó al denominado “Marqués de Las Carreras”, general en jefe de las fuerzas expedicionarias- tras derrotar a las tropas haitianas en Azua- a retirarse a Baní el 20 de abril de 1844. Dejó la plaza azuana desprotegida, lo que aprovecharon para ocuparla las huestes de Charles Hérard, presidente de Haití y comandante del ejército que marchó por el sur.

El criterio de Santana y sus adláteres, entre los que se contaría después a Buenaventura Báez, era de que “…mientras más cerca de la capital penetrasen los haitianos, menos sería la resistencia de los miembros liberales de la Junta a la idea del protectorado francés”. Es la versión de un extranjero, Benjamín Sumner Welles, quien llegó a desempeñarse como asesor del presidente Franklin Delano Roosvelt en política exterior. En su obra “La Viña de Naboth”, Welles, conocedor de los temas de América Latina, da cuenta de los esfuerzos del padre de la patria, Juan Pablo Duarte, para que el general Santana tomara la ofensiva a los fines de sacar las tropas haitianas de Azua.

Por una división de los haitianos en la que el general Jean-Louis Pierrot, enviado a combatir al norte de la República donde fue derrotado por los dominicanos, se involucró en una conspiración contra Hérard que obligó a éste a que abandonara la plaza sureña para ir a defender su trono. El 3 de mayo, Hérard tuvo que dejar la presidencia, ocupada por Philippe Guerrier hasta el 15 de abril de 1845.

Santana prolongó su táctica inmovilizadora del Ejército en Sabana Buey en “espera de refuerzos de ultramar”, mientras el coronel Duvergé seguía enfrentando y derrotando a los haitianos en sucesivas confrontaciones. La victoria de El Memiso, el 13 de abril, bajo la dirección suya, retornó la moral combativa de los dominicanos. En ésa, como en otras batallas, el espíritu guerrero y de lealtad al país exhibidos por Duvergé, le colocaron en el camino de la gloria, pero también le generó la discordia con Santana, quien esperó el momento para “cobrársela”.

rafaelnuro@gmail.com,

@rafaelnunezr.

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