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¿Qué están dando esta semana? Estampas y vivencias de la Cine-Vita’ en Santo Domingo (2 de 2)

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Cine Olimpia en la calle Palo Hincado. (Fuente externa)

Cine Olimpia en la calle Palo Hincado. (Fuente externa)

DIARIO LIBRE / 21 DE NOVIEMBRE DE 2015 / POR BIENVENIDO PÉREZ GARCÍA

Nada se comparaba al disfrute de mirar en panorámica, a todo el ancho de la vista, seductoras escenas, muchas de ellas en “Technicolor”, con colores más intensos –orgullosos los nacidos en nuestra media isla de que nuestra bella María Montés fuera universalmente conocida como “La Reina del Technicolor” y luego en Cinemascope, pantalla más ancha, sin distracción de sonidos ni de la vista gracias a la oscuridad circundante, excepto la de la pantalla, despojados de molestias, sin interrupciones, que nos transportaban a otros mundos y por unos minutos, casi siempre por más de hora y media, nos convertía en co-protagonistas de los más diversos dramas y entretenimientos.

Pasando ahora a los cines de las más bajas latitudes citadinas, los del Santo Domingo sur, quisiéramos no dejar a un lado el teatro Max, en la Av. Duarte casi a esquina Av. Mella. Enorme cine de alta fachada, con amplísimo Lobby conducente a dos anchas entradas, una a cada lado. El Max era el segundo cine-teatro más grande de la ciudad. Con el mejor y más agradable sistema de poderosos, refrescantes abanicos ocultos debajo del escenario, tenía una puerta trasera de salida, conducente a un amplio callejón por el que los espectadores, cuando había función a cine lleno, podían salir más cómodamente. Uno de los atractivos de este cine eran los cucuruchos de platanitos, en papel de colores, de los que se usan para las chichiguas. Cerraditos, contenían los platanitos finos, rebanados tostaditos, que tenían extraordinaria demanda por su buen crujiente sabor. En la acera opuesta y frente al cine se podía adquirir una delicia “gourmet”: era el bar-restaurant de Camilo, nombre cristiano para un chino, que vendía bizcochos recubiertos, del que se compraban pedazos de 10 centavos y superpedazos de 20. ¿Qué hacía tan especial a estos bizcochos de chino, que mejoraban su sabor cuando pasaban dos y tres días en la vitrina antes de venderse todo? Misterio.

Todos los cines, de acuerdo a su categoría y ubicación usaban diferentes carteles para promover sus filmes, que podían variar de un arte en pendol con adornos rojos y azules en el cartel, hasta finas exposiciones de fotografías grandes, muy nítidas, a blanco y negro en brillante papel, adosadas a los porta carteles que también eran adornados con decoraciones y, escritos en bonita letra, título, protagonistas y horario de funciones. ¿Quiénes pintaban estos carteles? Pintores artesanales cuyos principales ingresos eran obtenidos con otra ocupación y que eran contratados con igualas por administradores o dueños de cine. Algunos de estos llegaron a ser tan buenos en la calidad de sus artes que fueron descubiertos y utilizados por reconocidos pintores, como lo fue Luis Peralta, que años después se marchó a los Estados Unidos en procura de mejores oportunidades para su talento. Un extraordinario artista, que de joven inició como pintor de carteles de cine fue José Maisonet, del sector de San Carlos, que de allí saltó a la preparación y decoración de sets de televisión en La Voz Dominicana. Inigualable caricaturista, este excepcional artista tenía la fama de preparar un set televisivo con pintura, incluyendo piso y paredes –sin ayuda- en media hora.

El cine Diana, en la Duarte a esquina Félix María Ruiz, hoy Av. México, ofrecía una gran variedad de películas, muchas de ellas reposiciones: Abbott y Costello, Harold Lloyd, Tarzán, y muchos domingos, dobletes para toda la familia. Uno de sus atractivos eran los helados Cremita, de máquina, que se vendían en el establecimiento de al lado.

Frente al Mercado Modelo, en la Av. Mella, se encontraba el teatro Apolo, que en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado exhibía tres y cuatro películas diferentes a la semana. Por sus tandas económicas, a éste acudía mucho público. Frente a este cine, próximo al negocio de Café Paliza, al lado del Mercado –donde las familias compraban café que era molido en el momento, despidiendo exquisito aroma y entregando el paquete sellado aún tibio, se encontraba una cafetería donde se compraba bizcochos, también a diez centavos y leche batida, a siete. La gloria de comprar batidos en aquella época era la de que, al servirnos en vaso grande de cristal, lleno hasta el borde, dejaban el vaso de la batidora al lado, para echarnos lo que quedaba de la batida que no cupo en nuestro vaso.

El moderno Lido, inaugurado con posterioridad a la muerte de Trujillo, fue al principio cine de distinción donde se ofrecieron muchas funciones y películas a las que los espectadores asistían muy bien vestidos. Poseía un lujoso lobby interior con confortables asientos donde el público podía sentarse antes o después de la película. Fue allí que se estrenó la famosa de Los Beatles “A Hard Day’s Night” y el amigo Yamil Cáceres recuerda que a la gala de estreno, asistieron en saco y corbata, personas como Don Francisco Grullón Cordero, el joven artista José Lacay y damas jóvenes de Gascue y Ciudad Nueva. En el Lido se hicieron los pre-estrenos del primer James Bond, Sean Connery. Sombra ahora, de un pasado que inició esplendoroso, desde hace años se convirtió en cine para películas de poco valor artístico o moral, sólo para el público adúltero, -perdón, quise decir adulto.

¿Recordarán algunos el Cine Encanto? Pues seguro que sí lo recordarán con el nombre que fue rebautizado: el Santomé, un lujoso cinema con aire acondicionado, en la céntrica calle El Conde. Poseía cómodas butacas Pullman, acolchadas y algo reclinadas, y piso en escalones descendentes, asegurando así que no estorbara la vista a ninguno de sus espectadores. Sus tandas Vermouth y vespertinas, sobre todo las dominicales, eran a casa llena. Llamaba la atención en la entrada, el llamativo uniforme del encargado de recibir las boletas, -al igual que los cines que veíamos en las películas- traje completo de marrón rojizo, con delgados listoncillos negros y decoración en las mangas. Lucía uniforme de un presentador o domador de circo.

Como en el Santomé, el Leonor, el Elite, el San Carlos, el Rialto y el Olimpia, los precios de admisión variaban y eran más altos en el 2do nivel; lo contrario de espectáculos en vivo, en que la cercanía a los artistas cuesta más La razón del más elevado precio en platea residía en que los novios preferían el discreto nivel del área de proyección y estaban dispuestos a pagar la diferencia. En los años 50 variaban entre 35-50 centavos, piso bajo y 50 a 65 centavos balcón No es necesaria explicación alguna.

En la entrada de todos los cines nunca faltaba, en las inmediaciones, la figura del paletero que ofrecía, además de las galletas, los chicles y mentas, dulces importados como los chocolates ‘Zero’ y las paletas rompemuelas ‘Sugar Daddy’, que nos duraba a los niños por toda la película. Cuando no había mucho dinero, las mentas, los chicles Dubble Bubble, y luego los ‘bolefuego’, primero a un centavo y luego a dos, hacían de entremés.

El Rialto, enclavado en la calle Duarte, próximo a El Conde, tenía tres niveles. La pantalla se veía algo chica en el tercer nivel, mejor conocido como ‘el palomar’. Aún así, este nivel no dejaba de tener demanda. De aspecto distinguido y con algunos toques decorativos era lugar muy visitado por familias pudientes de la capital. Fue el primero en estrenar la afamada y muy costosa película “Cleopatra” con Elizabeth Taylor y Richard Burton.

El Leonor, en la Arzobispo Nouel, no quedaba atrás en presencia y comodidades: Hermosos baños y cómodos asientos, recubiertos en grueso material sintético verdinegro jaspeado y ligeramente rugoso. El Rialto, El Leonor, el Diana, y el post revuelta de abril inaugurado Cine Triple, en el Malecón, ocasionalmente ofrecían tandas de guapos, con películas de terror que iniciaban a las 10 ó 10:30 de la noche. Artistas muy reconocidos como Christopher Lee –que recientemente estuvo de vacaciones en el país y que habla muy bien el español, Vincent Price, Peter Cushing, Boris Karloff, eran los maestros del terror gótico Los que asistíamos pretendíamos demostrar (¿principalmente a nosotros mismos?) nuestra valentía.

Además de las Carteleras, en que los diarios listaban las funciones de los principales cine-teatros de la capital, como un servicio gratuito, son de recordar los ingeniosos artes anunciando películas, que aparecían en la prensa. Para los filmes de suspenso u horror, debajo de la atractiva ilustración, en la que con seductora publicidad se describían todas las bondades del filme, figuraba una nota como la siguiente: “Recomendamos a las personas nerviosas o condición cardíaca delicada no ver esta película”, produciendo en los lectores el efecto contrario y asistiendo más personas a las tandas.

El Capitolio, en la Arzobispo Meriño, frente la Catedral, es sin tal vez, el cine teatro más antiguo que existía en la ciudad. Mi madre y tío asistían antes del ciclón de San Zenón. Funcionó ininterrumpidamente hasta su cierre, en la década de 1980. Fue allí, al principio de la década de 1950, que se presentó el famoso mago e ilusionista Fassman. Contaba el Dr. Ramón Báez Acosta, que en una de las presentaciones a la que acudió, fijada para comenzar a las 8:00 p.m. el público se impacientó cuando casi a las once no había aún aparecido. Minutos después de las once, finalmente salió el esperado encantador al escenario y advirtiendo que el público estaba molesto, se dirigió a todos y preguntó -¿Qué les pasa, por qué ese alboroto? Varios del público le gritaron, -Porque hemos esperado desde las ocho y es ahora que Ud. llega. Con calma, entonces les pregunta -¿Qué hora es? El Dr. Báez Acosta, entonces un hombre joven, consultó su reloj y vio que tenía ¡las ocho y veinte! Muchos otros del público, aún no creyendo lo que veían en sus relojes confirmaron, en respuesta a Fassman, la misma hora. –Entonces, dijo calmadamente el ilusionista, -no estamos tan tarde; comencemos la función. El futuro médico y Sindico de Santo Domingo, al salir de la formidable velada, rica en actos de prestidigitaciones y asombrosas hipnosis individuales y de grupo, consultó de nuevo su reloj, comprobando que eran ¡las dos de la madrugada!

El cine Independencia, el segundo más antiguo de Santo Domingo, ofrecía una variedad de películas latinoamericanas, excepto en las entretenidas infantiles de los domingos en la tarde. Allí se presentó el afamado niño cantante español Joselito, en el año 1959. ¿Cómo olvidar las películas, muchas, viejas reposiciones, de Resortes, Sara García, Ángel Garaza, Cantinflas, María Felix, y las de Nueva Ola mexicanas y españolas, con Enrique Guzmán, Angélica María, Alberto Vásquez, Rocío Durcal, los Hooligans, Manolo Muñoz, Maité Gaos y posteriormente, al final de los 60, las de Raphael Martos de España –“Cuando Tú no Estás”; Sandro de América –“La Vida sigue Igual”; Leonardo Favio –“Fuiste Mía un Verano”.

Fue en el amplio y moderno cine Olimpia, en la calle Palo Hincado, donde en 1960 explotó a un lado de la platea una bomba casera colocada por antitrujillistas en el año previo a su ajusticiamiento, afortunadamente, sin dejar víctimas También allí, como en el San Carlos, se presentó a Bill Haley. Bien recuerdo cuando en sus premisas se iniciaba el adolescente Freddy Beras Goico, los sábados y domingos en las tardes, en que antes o en intermedio de la película rifaba regalos y obsequios con los números del medio ticket recibido en la entrada. Freddy era muy amable y complaciente con los niños y jóvenes. Primer cine donde se presentaron películas en la técnica 3-D o tercera dimensión, que nos ofrecían impactantes efectos cuando veíamos que una enorme piedra, un león o el derrumbe de una casa se salía de la pantalla y nos caía encima. Los lentecillos de cartón con sus filtros plásticos, azul de un lado y rojo de otro, eran conservados por quienes acudíamos a estos filmes.

Películas como “Ellos las prefieren Rubias”, con Marilyn Monroe“, ”Al Maestro con Cariño”, con Sydney Poitier, “Georgy Girl”, con Lynn Redgrave, “Roldán”, una de las primeras películas de efectos especiales japonesas que llegaron al país y “El Señor Doctor”, de Cantinflas, fueron exhibidas como estreno en el Olimpia.

No podemos dar final apropiado a este recorrido nostálgico sin mencionar al cine teatro Élite, en la Av. Pasteur. Tal vez, por su distancia, y en medio de la plácida tranquilidad de Gascue, resultaba un magnético lugar para las veladas y salidas de alguna distinción, de familias y parejas. Excelentes asientos a cómoda distancia, lobby corredor para fumadores; el principal atractivo, fuera de los estrenos de excelentes filmes, eran los singulares e inigualables murales que en paredes curvas flanqueaban el amplio telón. Arte surrealista en densos y vívidos colores proceso, que representaba alegóricamente la vivencia y agonía de una tragedia social o nacional donde fragmentos de cara muy lisos con boca abierta y sin mostrar la parte superior transmitían un dolor, mientras, brazos que surgían de la tierra irreal salían, intentando algo, y al pie, una bandera, que bien pudiera confundirse con la de Puerto Rico, siendo jalada, tragada por la tierra. Para mi consternación, aunque no he entrado allí, se me dijo que en los arreglos que en la adquirida edificación se realizaran para la instalación del canal 13, se removieron los murales junto a las paredes

Muchos otros emblemáticos cines quedan sin mencionar, sobre todo los surgidos en la década de 1970, todos repletos de historias, todos con ofertas que hicieron posible la entretención y el ilusionado crecimiento de los niños y jóvenes de esas décadas, hoy los hombres que construyen el presente y futuro de nuestro país.

Todo pasa y todo queda, como le canta Serrat al gran poeta Machado. La decadencia de los cines, como los conocíamos, se aceleró al final de la década de 1980, cerrando por incosteabilidad y falta de público. Los cada vez más canales de televisión a colores, muy mejorados, los aparatos de televisión, más baratos, el telecable, las películas VHS de alquiler y venta, sellaron su destino. Esas grandes salas de sueños e ilusiones pasaron a ser templos, iglesias cristianas o locales comerciales. El espectáculo por la fe. Mejor no opino. Las multisalas de las modernas cadenas de cine parecen haber superado las dificultades que llevaron a su fin la ‘Belle Epoque’ de los cinemas individuales.

Con el permiso de ustedes, voy ahora a tomar los mandos de mi pequeña cabina de control para, arrellanándome en mi cómodo y viejo sillón, ver unas películas que grabé hace algún tiempo: una mexicana, de las de ilusión de niño aventurero, “Santo y Blue Demon contra el Dr. Frankenstein” y otra, carioca, de una sensibilidad y belleza únicas: “Orfeo Negro”. Mi corazón y yo queremos ver una vez más a la niña bailando en la loma de la fabela, la canción “Samba de Orfeu”, junto a sus compañeritos Benedito y Zeca, que con la guitarra toca y canta, como le enseñó Orfeo, para que pueda salir el Sol.

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