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Muerte de Santana “le evitó un proceso”; ¿se suicidó arrepentido el León de El Seibo?

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General Pedro Santana

General Pedro Santana

HOY / 31 DE OCTUBRE DE 2015 / POR JOSÉ BÁEZ GUERRERO

A propósito del debate sobre sacar o no del Panteón Nacional los restos de Pedro Santana, estimo que este héroe de la separación de Haití merece que el juicio sobre su vida se realice contextualizando sus actuaciones y su época. Con sus sombras, incapacidad política y vesania, Santana fue la principal espada de la guerra del 1844. Antes de evidenciarse su falta de talento de Estado, en la primera hora de la república su recio carácter impuso la voluntad dominicana ante un enemigo más fuerte y numeroso.

Presidente en tres ocasiones, prefirió un insustancial marquesado español. ¿Aprenderemos a apreciar los aspectos positivos de nuestros próceres? Llevamos más de 170 años ninguneando, menospreciando y difamando a distintos personajes.

Además, hay evidencias de que Santana quizás se arrepintió mucho de su traición, la anexión a España en 1861; tanto que su muerte tres años después puede haber sido un suicidio o asesinato aunque muchos historiadores hayan tratado de ocultar o evitar la discusión de esa posibilidad.

El deceso de Santana favoreció el regreso a la presidencia de Buenaventura Báez, puesto que ninguno de los demás jefes militares o políticos estaba, ante el pueblo, a la altura de ambos caudillos. Esa muerte, en un sentido político y biológico, fue vista como una piadosa señal de la Providencia, pues Santana había acumulado sobre sí un aplastante repudio como nunca antes visto.

Antes de cumplirse dos años de la anexión a España, Santana se había desprestigiado absolutamente. Padeció el ludibrio de que sus antiguos compatriotas ahora restauradores, en Santiago, expidieran un decreto el día de Navidad de 1863 cuyo único artículo expresa: “El dicho general Pedro Santana queda puesto fuera de la ley y por consiguiente todo jefe de tropa que lo apresare le hará pasar por las armas, reconocida que sea la identidad de su persona”.

Pocos meses después, en campaña entre Guanuma, Los Llanos y Hato Mayor, Santana cayó seriamente enfermo. Su usual mala salud estaba agravada por mal humor y desidia casi permanentes. Tuvo graves diferencias de criterio con los comandantes españoles y el 2 de junio de 1864 el general Villar, subalterno del jefe español general José de la Gándara y Navarro, le envió orden de entregar el mando de sus tropas y presentarse en Santo Domingo. La noticia empeoró su salud. El marqués de Las Carreras se sintió desconsiderado. Triste y enfermo aún, salió el 8 en una barca por el río Ozama cerca de Guerra y arribó a Santo Domingo en la tarde. Recluido en su casa en la Hostos esquina Luperón, lucía taciturno. Su tristeza enorme quizás era una seria depresión. Distaba del arrogante hatero que, dos décadas antes, a fuerza de voluntad se impuso a todos durante la separación de Haití.

Tras una semana en cama, a las 4:00 de la tarde del martes 14 de junio de 1864, sin haber dejado su lecho, falleció Santana. Sus apologistas no han podido explicar clara o inequívocamente la causa de su muerte pese a que horas antes fue examinado por su médico. Se han citado fiebres con convulsiones, derrame cerebral, ataque hepático o biliar e indigestión. Tantas versiones estimulaban la duda. Un persistente rumor de suicidio ha sido obviado por santanistas pese a una evidencia material de excelente fuente.

El suicidio lo refutó Federico Henríquez y Carvajal, quien tenía 16 años al morir Santana y le conoció como condiscípulo de su hijo natural Gerardo Zorrilla. Dijo a Emilio Rodríguez Demorizi en 1939 que Santana “murió a causa de una congestión o de un derrame” y demeritó la versión del suicidio en carta al Listín Diario del 21 de septiembre de 1926, refutando al doctor Narciso Alberti: “Para algunos se había envenenado, era un suicida. Para otros, pocos, lo habían envenenado: su muerte era un homicidio. Esas fueron meras inducciones o invenciones. Era como un arma que se esgrimía en contra de la anexión y los anexionistas y creyendo favorecer con ello la causa restauradora”.

En uno de sus libros, Rodríguez Demorizi relegó la discusión a una nota al pie de página:
“Según una apagada tradición, a la que muy pocos le habrán dado crédito, Santana se dio muerte por medio de un tósigo. Su situación política, su estado de alma en vísperas de su muerte, habrían puesto la liberadora pistola de Ferrand en manos menos firmes que las suyas. No creemos que por su mente atribulada pasase la trágica idea del suicidio, por más que él mismo declarase entonces que habría preferido la muerte antes que recibir las desconsideraciones arrojadas sobre él por algunas autoridades españolas. Sin embargo, la tradición del suicidio de Santana ha tenido propaladores como el señor Manuel Carbonell, hijo de uno de los ayudantes del Libertador. En efecto: en un “Cuaderno de apuntes” del licenciado Manuel Arturo Peña Batlle, de la época de su adolescencia, hacia 1916 (que nos obsequió hace algunos años), hay la siguiente declaración hecha a instancias de Peña Batlle: “Yo, Manuel Carbonell, de 72 años de edad, declaro que habiendo llegado Pedro Santana de Guanuma se encontraba algo enfermo y que habiendo llegado el doctor Pedro Delgado, médico asistente de Santana, le hizo esta pregunta: ¿General, cómo se encuentra? Santana le contestó: ‘así’. Le tomó el pulso; se incorporó en la cama Santana, y cuando se alejó el doctor se volvió a acostar. Como a la hora murió, entonces, yo que iba en comisión de mi padre, que era Narciso Carbonell, capitán ayudante de su Estado Mayor, lo he encontrado muerto, con un vaso en donde quedaba algo del veneno mortífero; el veneno era de color negruzco y la cantidad que quedaba en el vaso era como de un dedo. Doy fe de lo que digo. (Firmado) Manuel Carbonell de la Restauración, testigo ocular del hecho”. (Rodríguez Demorizi, “Papeles del General Santana, 2da edición”, Fundación Rodríguez Demorizi Vol. XVI, Editora Corripio, Santo Domingo, 1982. Página 33).

Rodríguez Demorizi sugiere que “la versión popular de que el general Santana se envenenó debe ser rechazada. Ningún historiador se ha atrevido a considerarla siquiera como simple conjetura. (…) murió de un terrible cólico hepático, que le había repetido dos veces, enfermedad que según su médico el doctor Delgado podía ser mortal en caso de repetirse. Justifica esta dolencia, en parte, el temperamento en veces violento e irascible del general libertador”.

Según la partida de defunción por el presbítero Jaime Agusti, en el Libro de Óbitos de la Catedral, Santana “falleció de inflamación cerebral”. El “Diario de la Marina” de La Habana publicó días después que “nada indicaba que su fin estuviera tan cercano y no fueron sus males crónicos que le llevaron al sepulcro, sino un derrame cerebral cuyos síntomas comenzaron el día antes tras almorzar”.

El biógrafo de Santana, Rafael Molina Morillo, atribuye su muerte a una enfermedad no claramente determinada, pero comenta: “Santana, íntimamente, se resiste a la idea de viajar a España en calidad de preso y trata de encontrar, inútilmente, una fórmula para hacer valer su derecho a ser juzgado en Santo Domingo. No es que tema a los jueces de la península, sino que no quiere sufrir la humillación y el escarnio…”. (Molina Morillo, “Gloria y Repudio”, Editora Nacional, 2011, página 259).

¿A quién creerle? ¿No dice el propio Rodríguez Demorizi que Carbonell era apenas uno de muchos “propaladores” de la versión del suicidio? Ante la profusión de versiones, ¿debe el historiador o el escritor serio descartar esta posibilidad? ¿“Deben ser rechazadas”, como propone Rodríguez Demorizi, tanto “la versión popular de que el general Santana se envenenó” como el testimonio escrito de un testigo presencial, Carbonell? ¿Presentaba Santana los síntomas de una prolongada y profunda depresión? Aparte de su situación política, odiado por españoles y dominicanos, Santana llevaba veinte años “con gastritis inveterada”, frecuentes ataques de disentería, reumatismo poli-articular, molestias por varicocele doble (tumor de las venas del escroto), hepatitis crónica, lumbago y dispepsia o digestión muy laboriosa. Estos diagnósticos fueron de los médicos Pedro Antonio Delgado, jefe de la Sanidad Pública; Luis Rotellini, cirujano; Jules Philippe André, profesor de medicina y cirujano; Carlos Jacobs y Federico Yllas.

Suicidio o asesinato político, ¿no sobraban motivos suficientes para ambas posibilidades?
La descripción por el testigo Carbonell, del vaso con veneno, coincide con tósigos cuya preparación era fácil y común. Los venenos para plagas eran muy asequibles. Por ejemplo, las semillas de ricino, la flor de campana y los filodendros contienen venenos mortales relativamente fáciles de extraer. El oxalato de calcio en los tallos y raíces de los filodendros, reducido y concentrado, produce convulsiones e insuficiencias renales y hepáticas mortales, más con hígados enfermos como el de Santana. La flor de campana, llamada trompeta o floripondio y usada recreativamente para infusiones alucinantes, contiene alcaloides similares la atropina y la cocaína; en alta concentración, al reducir su infusión, causan parálisis mortales al deprimir el sistema nervioso central por contener escopolamina. Las semillas de ricino, a cuyo aceite debe extraérsele la tóxica ricina, poseen un veneno tan potente que siete u ocho semillas pueden matar un caballo. Estos tres venenos son comunes en el Caribe. Al usarse contra ratas se mezclaban con melaza o azúcar quemada para ocultar su amargura y olor. Solos o combinados, son “de color negruzco”, tal vio Carbonell, y causan síntomas parecidos a los descritos por quienes vieron a Santana el día de su muerte.

Gregorio Luperón, en su biografía de Santana, resumió su fin así: “Su muerte le evitó un proceso…”. Si por obra de un milagro se libraba de ser enviado a juicio en España, ¿qué suerte le esperaba a manos de los restauradores si optaba por quedarse en su país una vez idos los españoles? Al momento de morir, ya Santana no tenía dónde estar en este mundo.

Ahora que por fin descansa en paz en el Panteón Nacional, pese a sus culpas como el bombardeo de Santo Domingo en 1857 o sus innumerables otros crímenes políticos, el general Pedro Santana merece si no la admiración al menos el agradecido respeto de los dominicanos, por su heroísmo en la guerra de 1844.

— José Báez Guerrero es periodista. Su libros “Guzmán, vida, gobierno y suicidio”, Premio Nacional de Historia 2009, y “Buenaventura Báez”, premio FIL-León Jimenes 2015, están entre las obras de mayor venta en los últimos años en Santo Domingo.

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