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Catalanes exiliados en Ciudad Trujillo

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Obra de Gausachs.

Obra de Gausachs.

DIARIO LIBRE / 31 OCTUBRE  2015 / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

En Veus de l’exili: 20 testimonis de la diáspora catalana, Josep M. Figueres nos presenta algunos casos de familias de refugiados republicanos catalanes que pasaron por la República Dominicana a partir de 1939, con estancias de duración variable. El grueso de ellas con la mira puesta, como destino final, en otros países de clima político más benigno y mayor tamaño. Como fuera México, cuyas autoridades ofrecieron múltiples facilidades a las instituciones republicanas fraguadas en el exilio. Y aprovecharon con mayor tino el excepcional flujo de talentos profesionales, técnicos, magisteriales, académicos, científicos, literarios y artísticos, que representó esta emigración forzada por las circunstancias de la Guerra Civil y su desenlace desfavorable al bando republicano.

Un caso ilustrativo de la diáspora catalana es el de Marina Fournier, quien afirma en su testimonio sentirse mexicana, al referirse a su vínculo vivencial como refugiada en esa nación. De padre socialista participante en la Guerra Civil, Claudi Fournier, hijo a su vez de francés y madre catalana. Para evitarse problemas con las autoridades francesas y orillar cargos de deserción militar, Fournier utilizó en Francia el nombre falso de Francisco López durante el proceso de acogida y depuración en ese país. Tras lo cual, los Fournier enrumbaron hacia la República Dominicana. En su exilio, el padre hablaba constantemente de la idea de retornar a España para reconquistar el poder y reimplantar la República, bajo la premisa de que la patria se hallaba ocupada.

“Se nos va a criar con la idea de una España que no existía y que a la postre nunca existió”, dice Marina Fournier en sincera confesión. Un fenómeno bastante generalizado de los exilios prolongados y que documenta con crudo sentido del humor el genial trasterrado en México Max Aub, en su deliciosa obrilla La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco. En la que narra las interminables tertulias de café del exilio republicano en su obsesiva idea de la inminencia de la caída del régimen franquista. Un régimen que sólo empezó a morir, porque ya la biología no daba para más, con la emisión del último bostezo del Caudillo de España, “por la Gracia de Dios”.

La hermana de Marina, Pilar Fournier, quien nació en la República Dominicana en 1946, afirmaba que su padre, como sabía francés, pasaría a enseñar esa lengua en el país. En el desarrollo de su experiencia laboral, terminaría siendo inspector general de toda la Escuela Normal. “Cuando regresaba de clases –relata-, venían todos los negritos a la casa y él les preparaba las lecciones”. Según su testimonio, los Fournier se irían del país porque su padre escribía y hablaba en clases sobre el régimen del dictador Trujillo. Y llegó un momento en el que temió por su vida. El gobierno le iba a dar 24 horas para que abandonara el país. Partieron a Guatemala, de donde saldrían en noviembre de 1949 rumbo a México.

Otra experiencia ilustrativa del éxodo catalán la ofrece Rosa María Durán, quien nació en Barcelona y tenía 9 años cuando estalló la guerra en 1936. Dos años después, en 1938, sufrieron los bombardeos a la ciudad. Su padre era miembro del partido Esquerra Republicana Catalana -organización política que en los últimos procesos electorales ha logrado las mayores votaciones en Cataluña. De la Ciudad Condal fueron a parar a Montpellier, donde sobrevivirán gracias a la pesca. De allí, salieron a Marsella-Casablanca-México, embarcándose en el buque Nyassa. Al arribar al puerto de Veracruz, se encontraron que México había cerrado su frontera. Sólo Santo Domingo la tenía abierta, según este relato, “porque quieren gente blanca, porque no quieren a los haitianos”, se afirma.

En nuestro país los Durán residieron durante dos años, 1941 y 1942. Originalmente los enviaron a San Pedro de Macorís a trabajar en una colonia agrícola y les ofrecieron tierra a título concesional. Pero aun así, estiman que dicha experiencia equivalió a vivir en una jungla, al tomarse en cuenta la perspectiva de personas que no sabían trabajar la tierra y que no eran de origen campesino. Consideran que aunque en el Este no había fieras, “sí había fieras vegetales, insectos, arañas y enfermedades transmisibles terribles. Todo apuntaba a un desastre imponente. Pero a nosotros se nos van a presentar coincidencias que van a permitir que yo ejerciera de profesora de la Escuela Normal en Macorís –nos dice Rosa María Durán. Vamos a acabar mudándonos a Ciudad Trujillo, en un bungaló a la vera del mar. Se estaba muy bien en República Dominicana, pero no se podía hacer nada. Así que nos fuimos a México.”

Otro ejemplo testimonial de una historia de vida de catalán llegado a estas tierras bajo la Era de Trujillo es el de Antonio Ordovas, natural de Barcelona, quien nació en 1922. De padre ferroviario y madre analfabeta, estudió comercio. En 1937 ingresó en calidad de tesorero en las Juventudes Libertarias. En 1939 estuvo en el campo de concentración de Argelés en Francia y un año después embarcó en La Salle hacia Ciudad Trujillo. Aquí permaneció hasta el 1942, dedicándose a la agricultura. Más tarde viajó a Santiago de Cuba, en donde residió un año. Por razones políticas se trasladó a México, residiendo allí durante 20 años, casando con mexicana. Laboró para los laboratorios Carnot y se afilió al PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), el partido de los comunistas catalanes. En 1966, de retorno, se instalaría en España con su familia.

La ficha de Vicenc Riera Llorca nos dice que nació el 1903 en Poblesec de Barcelona y estudió en el Colegio Sant Pere Claver de los jesuitas. A los 13 la vida lo llevó a trabajar como contable en un taller de ebanistería, en lugar de seguir estudios eclesiásticos con la Compañía de Jesús. A los 25 se vinculó a la revista El Cor del Poble, al Ateneu Polytechnicum y a la Unión Socialista de Catalunya. En 1932 laboró como funcionario de la Comisión de Política Social del Ayuntamiento de Barcelona y entró al consejo de redacción del diario L’Opinió, colaborando con el semanario La Rambla. En 1937 fue secretario del consejero de Agricultura de la Generalitat, el gobierno catalán. También jefe del Servicio de Publicaciones de la Consejería. Sirvió como enlace entre las unidades en el Estado mayor del XVIII Cuerpo del Ejército.

Atravesó la frontera francesa hacia el exilio en febrero de 1939, pasando por varios campos de concentración, de los que logró salir. En París fue acogido por la Federación Internacional de Periodistas. Al estallar la guerra mundial decidió abandonar Francia. En diciembre de 1939 llegó a Ciudad Trujillo. Conforme este relato, la situación del país era entonces caótica, sin contar con la infraestructura adecuada para recibir a los exiliados. Riera Llorca –autor de una excelente novela testimonial de su experiencia dominicana publicada hace unos años por la Fundación Cultural Dominicana- colaboró en el diario La Nación y en Germanor, una publicación del exilio. Debido a que la situación en la República Dominicana se tornaba cada vez más difícil se embarcó hacia México en 1942, con la asistencia económica de la Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles (JARE). Allí trabajó como corrector en la imprenta de Avellí Artís Balaguer y junto a otros exiliados se sumó al Orfeó Catalá. En La Nostra Revista, fundada por Balaguer y de la cual se publicaron 72 números, Riera fue el secretario de redacción.

Algunos viajeros de esta ola de refugiados no tuvieron igual suerte al llegar a nuestro país. Como lo revela la historia de Manuel Martínez Roca, quien nació en Barcelona en 1920 y realizó estudios comerciales. En 1934 se afilió a la UGT (Unión General de Trabajadores), ingresando dos años más tarde a la JSU (Juventud Socialista Unificada) e incorporándose al ejército republicano. En 1939 cruzó a Francia, donde pasó por los campos de refugiados de Saint Cyprien y Fort de Collioure. En 1940 salió desde Burdeos hacia Santo Domingo, pero no pudo desembarcar debido a un incidente que impidió que los pasajeros de ese último contingente masivo ingresaran al país, siguiendo en ruta hacia México. En esa nación trabajará en una empresa yesera. Al finalizar la II Guerra Mundial viajó a Francia enviado por la JSU, dedicándose a realizar tareas políticas. En 1949 regresó a México y trabajó con el reconocido editor Juan Grijalbo, nacionalizándose mexicano. Martínez Roca terminaría convirtiéndose en un exitoso editor de gran prestigio, con sello propio y sedes empresariales tanto en México como en Barcelona.

Otros catalanes meritorios, como el maestro de la plástica Josep Gausachs, permanecieron entre nosotros. Sembraron su huella profunda en el alma dominicana. Enseñaron a otros artistas a través del ejercicio del magisterio tenaz e inteligente, laborioso y visionario. Desarrollando un discipulado que ganaría los niveles de la excelencia, como lo evidencia la maravillosa obra de Gilberto Hernández Ortega y Clara Ledesma, expuesta actualmente junto a la suya en la Galería Bellapart, con el acierto curador de la crítica e historiadora del arte Myrna Guerrero. Fomentaron, estos Gausachs, exposiciones colectivas junto a los dominicanos. Y plasmaron en los lienzos, en murales y esculturas, la verdadera fisonomía de nuestro pueblo, formado predominantemente por negros y mulatos. Algo que el ojo criollo no veía, en una distorsión insólita de los colores de la carne. Para así des alienarnos un poco y ayudar a encontrarnos a nosotros mismos. Sólo mirándonos atentamente ante el espejo.

En Veus de l’exili: 20 testimonis de la diáspora catalana, Josep M. Figueres nos presenta algunos casos de familias de refugiados republicanos catalanes que pasaron por la República Dominicana a partir de 1939, con estancias de duración variable. El grueso de ellas con la mira puesta, como destino final, en otros países de clima político más benigno y mayor tamaño. Como fuera México, cuyas autoridades ofrecieron múltiples facilidades a las instituciones republicanas fraguadas en el exilio. Y aprovecharon con mayor tino el excepcional flujo de talentos profesionales, técnicos, magisteriales, académicos, científicos, literarios y artísticos, que representó esta emigración forzada por las circunstancias de la Guerra Civil y su desenlace desfavorable al bando republicano.

Un caso ilustrativo de la diáspora catalana es el de Marina Fournier, quien afirma en su testimonio sentirse mexicana, al referirse a su vínculo vivencial como refugiada en esa nación. De padre socialista participante en la Guerra Civil, Claudi Fournier, hijo a su vez de francés y madre catalana. Para evitarse problemas con las autoridades francesas y orillar cargos de deserción militar, Fournier utilizó en Francia el nombre falso de Francisco López durante el proceso de acogida y depuración en ese país. Tras lo cual, los Fournier enrumbaron hacia la República Dominicana. En su exilio, el padre hablaba constantemente de la idea de retornar a España para reconquistar el poder y reimplantar la República, bajo la premisa de que la patria se hallaba ocupada.

“Se nos va a criar con la idea de una España que no existía y que a la postre nunca existió”, dice Marina Fournier en sincera confesión. Un fenómeno bastante generalizado de los exilios prolongados y que documenta con crudo sentido del humor el genial trasterrado en México Max Aub, en su deliciosa obrilla La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco. En la que narra las interminables tertulias de café del exilio republicano en su obsesiva idea de la inminencia de la caída del régimen franquista. Un régimen que sólo empezó a morir, porque ya la biología no daba para más, con la emisión del último bostezo del Caudillo de España, “por la Gracia de Dios”.

La hermana de Marina, Pilar Fournier, quien nació en la República Dominicana en 1946, afirmaba que su padre, como sabía francés, pasaría a enseñar esa lengua en el país. En el desarrollo de su experiencia laboral, terminaría siendo inspector general de toda la Escuela Normal. “Cuando regresaba de clases –relata-, venían todos los negritos a la casa y él les preparaba las lecciones”. Según su testimonio, los Fournier se irían del país porque su padre escribía y hablaba en clases sobre el régimen del dictador Trujillo. Y llegó un momento en el que temió por su vida. El gobierno le iba a dar 24 horas para que abandonara el país. Partieron a Guatemala, de donde saldrían en noviembre de 1949 rumbo a México.

Otra experiencia ilustrativa del éxodo catalán la ofrece Rosa María Durán, quien nació en Barcelona y tenía 9 años cuando estalló la guerra en 1936. Dos años después, en 1938, sufrieron los bombardeos a la ciudad. Su padre era miembro del partido Esquerra Republicana Catalana -organización política que en los últimos procesos electorales ha logrado las mayores votaciones en Cataluña. De la Ciudad Condal fueron a parar a Montpellier, donde sobrevivirán gracias a la pesca. De allí, salieron a Marsella-Casablanca-México, embarcándose en el buque Nyassa. Al arribar al puerto de Veracruz, se encontraron que México había cerrado su frontera. Sólo Santo Domingo la tenía abierta, según este relato, “porque quieren gente blanca, porque no quieren a los haitianos”, se afirma.

En nuestro país los Durán residieron durante dos años, 1941 y 1942. Originalmente los enviaron a San Pedro de Macorís a trabajar en una colonia agrícola y les ofrecieron tierra a título concesional. Pero aun así, estiman que dicha experiencia equivalió a vivir en una jungla, al tomarse en cuenta la perspectiva de personas que no sabían trabajar la tierra y que no eran de origen campesino. Consideran que aunque en el Este no había fieras, “sí había fieras vegetales, insectos, arañas y enfermedades transmisibles terribles. Todo apuntaba a un desastre imponente. Pero a nosotros se nos van a presentar coincidencias que van a permitir que yo ejerciera de profesora de la Escuela Normal en Macorís –nos dice Rosa María Durán. Vamos a acabar mudándonos a Ciudad Trujillo, en un bungaló a la vera del mar. Se estaba muy bien en República Dominicana, pero no se podía hacer nada. Así que nos fuimos a México.”

Otro ejemplo testimonial de una historia de vida de catalán llegado a estas tierras bajo la Era de Trujillo es el de Antonio Ordovas, natural de Barcelona, quien nació en 1922. De padre ferroviario y madre analfabeta, estudió comercio. En 1937 ingresó en calidad de tesorero en las Juventudes Libertarias. En 1939 estuvo en el campo de concentración de Argelés en Francia y un año después embarcó en La Salle hacia Ciudad Trujillo. Aquí permaneció hasta el 1942, dedicándose a la agricultura. Más tarde viajó a Santiago de Cuba, en donde residió un año. Por razones políticas se trasladó a México, residiendo allí durante 20 años, casando con mexicana. Laboró para los laboratorios Carnot y se afilió al PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), el partido de los comunistas catalanes. En 1966, de retorno, se instalaría en España con su familia.

La ficha de Vicenc Riera Llorca nos dice que nació el 1903 en Poblesec de Barcelona y estudió en el Colegio Sant Pere Claver de los jesuitas. A los 13 la vida lo llevó a trabajar como contable en un taller de ebanistería, en lugar de seguir estudios eclesiásticos con la Compañía de Jesús. A los 25 se vinculó a la revista El Cor del Poble, al Ateneu Polytechnicum y a la Unión Socialista de Catalunya. En 1932 laboró como funcionario de la Comisión de Política Social del Ayuntamiento de Barcelona y entró al consejo de redacción del diario L’Opinió, colaborando con el semanario La Rambla. En 1937 fue secretario del consejero de Agricultura de la Generalitat, el gobierno catalán. También jefe del Servicio de Publicaciones de la Consejería. Sirvió como enlace entre las unidades en el Estado mayor del XVIII Cuerpo del Ejército.

Atravesó la frontera francesa hacia el exilio en febrero de 1939, pasando por varios campos de concentración, de los que logró salir. En París fue acogido por la Federación Internacional de Periodistas. Al estallar la guerra mundial decidió abandonar Francia. En diciembre de 1939 llegó a Ciudad Trujillo. Conforme este relato, la situación del país era entonces caótica, sin contar con la infraestructura adecuada para recibir a los exiliados. Riera Llorca –autor de una excelente novela testimonial de su experiencia dominicana publicada hace unos años por la Fundación Cultural Dominicana- colaboró en el diario La Nación y en Germanor, una publicación del exilio. Debido a que la situación en la República Dominicana se tornaba cada vez más difícil se embarcó hacia México en 1942, con la asistencia económica de la Junta de Ayuda a los Refugiados Españoles (JARE). Allí trabajó como corrector en la imprenta de Avellí Artís Balaguer y junto a otros exiliados se sumó al Orfeó Catalá. En La Nostra Revista, fundada por Balaguer y de la cual se publicaron 72 números, Riera fue el secretario de redacción.

Algunos viajeros de esta ola de refugiados no tuvieron igual suerte al llegar a nuestro país. Como lo revela la historia de Manuel Martínez Roca, quien nació en Barcelona en 1920 y realizó estudios comerciales. En 1934 se afilió a la UGT (Unión General de Trabajadores), ingresando dos años más tarde a la JSU (Juventud Socialista Unificada) e incorporándose al ejército republicano. En 1939 cruzó a Francia, donde pasó por los campos de refugiados de Saint Cyprien y Fort de Collioure. En 1940 salió desde Burdeos hacia Santo Domingo, pero no pudo desembarcar debido a un incidente que impidió que los pasajeros de ese último contingente masivo ingresaran al país, siguiendo en ruta hacia México. En esa nación trabajará en una empresa yesera. Al finalizar la II Guerra Mundial viajó a Francia enviado por la JSU, dedicándose a realizar tareas políticas. En 1949 regresó a México y trabajó con el reconocido editor Juan Grijalbo, nacionalizándose mexicano. Martínez Roca terminaría convirtiéndose en un exitoso editor de gran prestigio, con sello propio y sedes empresariales tanto en México como en Barcelona.

Otros catalanes meritorios, como el maestro de la plástica Josep Gausachs, permanecieron entre nosotros. Sembraron su huella profunda en el alma dominicana. Enseñaron a otros artistas a través del ejercicio del magisterio tenaz e inteligente, laborioso y visionario. Desarrollando un discipulado que ganaría los niveles de la excelencia, como lo evidencia la maravillosa obra de Gilberto Hernández Ortega y Clara Ledesma, expuesta actualmente junto a la suya en la Galería Bellapart, con el acierto curador de la crítica e historiadora del arte Myrna Guerrero. Fomentaron, estos Gausachs, exposiciones colectivas junto a los dominicanos. Y plasmaron en los lienzos, en murales y esculturas, la verdadera fisonomía de nuestro pueblo, formado predominantemente por negros y mulatos. Algo que el ojo criollo no veía, en una distorsión insólita de los colores de la carne. Para así des alienarnos un poco y ayudar a encontrarnos a nosotros mismos. Sólo mirándonos atentamente ante el espejo.

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