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Tomás Bobadilla y Briones (1)

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DIARIO LIBRE / 26 OCTUBRE 2015 / CRÓNICAS DEL TIEMPO / POR RAFAEL NÚÑEZ

Desde el 30 de marzo de 1786, hasta el 12 de diciembre de 1871, vivió un hombre, parido por el vientre del sur profundo dominicano, cuyo accionar en la vida política estuvo enfocado en dar riendas sueltas a sus cualidades innatas en sus tiempos de gloria, de modo que fuesen la carta de presentación cuando tocase la hora de exhalar su último aliento, que ocurrió en Puerto Príncipe.

Acerca de la casa donde vivió y murió, de los ritos funerales y el destino final de sus huesos, tirados en un olvidado cementerio de la capital haitiana, se sabe muy poco. La vida de aquel culto dominicano discurrió como el aceite, junto con todos pero no coaligado, al tiempo que no asumía compromisos más allá de lo razonable.

A los haitianos, en los 22 años de dominación, le puso sus ilustrados conocimientos y destrezas a su servicio. Con los Trinitarios, cuando olfateó que la causa independentista saldría por la puerta grande, inclinó su opinión y prestigio para apoyarlos, de lo que resultó ser él, no Juan Pablo Duarte ni otro de sus compañeros, el primer rector de la Junta Central Gubernativa.

Cuando llegó el momento de la victoria independentista, defendió los intereses de los conservadores, liderados por Pedro Santana Familia. Quienes habían sido sus aliados en la causa por la separación de Haití en 1844, vieron impotentes cuando éste recogió sus bártulos, una vez se dio cuenta de que las legiones santanistas marchaban desde el sur para arrebatar el poder.

Escurridizo y voluble, cuando los liberales de Juan Pablo Duarte se vieron indefensos producto de las pugnas contra Santana y los suyos, aquel hombre que había conspirado para instaurar la Independencia Efímera con José Núñez de Cáceres, en 1821, flotó como el corcho y se alió a quien entonces representó el conservadurismo, “El Marqués de Las Carreras”, a los fines de perpetrar un golpe de mano a los “Trinitarios”.

Como el sebo, adecuado para la conservación de la epidermis, este conspicuo conocedor de los temas de Estado, se inscribió en el proyecto anexionista impulsado por Santana. En esos días de triunfos del santanismo, Bobadilla y Briones, un especialista de las intríngulis de los asuntos de Estado, puso a disposición de esa causa todas sus dotes intelectuales para que la Patria a la que él había arrimado el hombro en la etapa final de nacimiento, cayera nueva vez en las manos de la Corona española.

Todos los gobiernos, criollos o extranjeros, fueron sus aliados. Un hombre sin causa, con un solo principio: el de la oportunidad. Fue de los primeros servidores gubernamentales formado en el conocimiento de los vericuetos de la administración pública, experto para sortear todas las tempestades. Con una naturaleza especial, cuyas luces y conocimientos le forjaban un aura de imprescindible, Tomás Bobadilla y Briones navegó los mares políticos más procelosos.

Su vida política, zigzagueante, imprime el sello del tipo de político vernáculo, aquel que pulula en los recovecos de los gobiernos y partidos políticos.

El “transfuguismo”, aunque es un concepto de los nuevos tiempos, la práctica viene de lejos, de los días en que se alzaba la Patria para dejar evidenciados a quiénes estaban comprometidos con ese sueño acariciado por la juventud o, contrariamente, a los que se colocaban al lado de los intereses del protectorado o de la anexión, que medraban para mantenerse como el aceite.

Desde Juan Pablo Duarte, que le dio el mote a Bobadilla y Briones de pandora porque era una caja de sorpresas, pasando por Santana, Báez, José María Cabral, José Desiderio Valverde y hasta la mismísima Isabel ll, la dueña del trono español, advirtieron de la brea que estaba hecho el neibero Bobadilla y Briones. Resbaladizo es la definición, sin que su conocido perfil reste mérito a un hombre profundamente ilustrado, avezado y de modales principescos.

Esa cualidad tornadiza le permitió siempre estar a la mano en la toma de decisiones de los jefes políticos del momento. Su discurrir en cargos públicos se inició a la temprana edad de 25 años como escribano público, en 1811. No bien concluyó con esas funciones, buscó ocupación en el Arzobispado de Santo Domingo durante el gobierno de Pedro Valera, desempeñándose como secretario.

Cuando las tropas haitianas invadieron nuestro territorio el 9 de febrero de 1822, bajo el mando de Jean-Pierre Boyer, Bobadilla y Briones se las arregló para ponerse al servicio de los invasores. Fungió como fiscal de El Seibo y Azua y posteriormente formó parte de la Comisión de Instrucción Pública. Pero aquellas dos designaciones no iban a ser las únicas que Bobadilla y Briones aceptó en la administración de Boyer, sino que fue nombrado notario público de Santo Domingo.

El mismo personaje que aupó la Independencia Efímera con Núñez de Cáceres, en 1821, formó parte luego de una Comisión Investigadora para juzgar a quienes se atreviesen a hacer causa común con los separatistas contra Haití. Quien resultara acusado y evidenciado como participante del proyecto duartiano previo a la gesta independentista de 1844, sería juzgado. Y así actuó Bobadilla y Briones, como veremos en este serial de uno de los políticos más escamosos de nuestra historia.

El prolífico escritor Gustavo Mejía Ricart le llamó el “Fouché dominicano” al describir la personalidad y el talante de aquel político, que no descolló como una figura de principalía, pero su mano se movía como serpiente por los entretelones del poder.

“El Fouché dominicano- refiere Mejía Ricart en su “Historia de Santo Domingo”- no se equivocaba en su nueva metamorfosis. Herard (Charles) desbarató todos los planes: encarceló a Mella; desterró a Duarte; mas Bobadilla siguió sirviendo los intereses de éstos, cerca de los afrancesados y los fundió con los duartistas, y cuando se dio el grito del Baluarte, aquel exclamó en medio de la vacilación “Dios, Patria y Libertad, República Dominicana”.

Fue ese personaje, a quien Mejía Ricart compara con el “genio tenebroso” francés, Joseph Fouché, el que firmó el Acta de Separación de España, el 16 de enero de 1844, y se le atribuye participación principal en su redacción. Se las arregló para permanecer en la nómina pública.

En los primeros años de la República, Bobadilla y Briones pasa por importantes cargos como Relaciones Exteriores, en dos oportunidades; ministro de Interior y Policía; miembro de la Cámara Baja, de la cual fue su presidente; senador y presidente de ese órgano legislativo; presidente de la Suprema Corte de Justicia; participó junto a otros en la negociación para la firma del “Tratado de paz, amistad, comercio, navegación y extradición” con el gobierno de los Estados Unidos.

Su estatura intelectual alzó tanto vuelo como su capacidad de elasticidad, conforme a la circunstancia. Sus rasgos y conductas están recogidos en decenas de historias, narradas por contemporáneos y por letrados de estos tiempos que se ocuparon de escudriñar este camaleónico político criollo.

rafaelnuro@gmail.com @rafaelnunezr

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