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Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (6)

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DIARIO LIBRE / 5 DE OCTUBRE DE 2015 / POR RAFAEL NÚÑEZ

“La suprema cualidad del liderazgo es incuestionablemente la integridad. Sin ella, ningún éxito real es posible. Dwight Eisenhower.

En la formación de un liderazgo, del tipo que sea, confluyen múltiples factores, determinantes para que una persona explote sus potencialidades y alcance su desarrollo y el de la causa. En la política, en la ciencia, en la música, en la pintura, en los deportes, en los negocios, en la paz y en la guerra, la Humanidad ha conocido grandes liderazgos.

Es infinita la lista de hombres y mujeres que han ejercido influencia con su carisma, capacidades cognitivas, creatividad, dimensión humana e inteligencia emocional.

El liderazgo se ejerce directa o indirectamente, con pequeños o grandes grupos humanos. Los hay que son íconos en sus respectivas ramas, pero todos tienen un factor en común: tomar un sentimiento o necesidad en un momento determinado para relatar una historia, encarnarla y seducir a las sociedades para que sigan las pautas trazadas por el hilo conductor de ese relato.

Utilizando todo el arsenal lingüístico del que disponemos, los líderes comunican sus ideas para convencer a sus seguidores acerca de sus creencias, con una visión clara del presente y del porvenir. La fuerza en el relato de sus historias juega un papel fundamental para lograr el éxito de sus proyectos.

De lo que se trata es de crear narraciones convincentes a partir de su propia personalidad, a los fines de conectar con el público.

En ese campo, el catedrático de la facultad de Pedagogía de la Universidad de Harvard, Howard Gardner, concede primerísima importancia a la construcción de la historia.

Razona Gardner en su libro “Mentes líderes, una anatomía del liderazgo” que: “el término historia es la mejor manera de transmitir una visión clara de la vida. Sostengo que la historia es una forma cognitiva humana básica; la ingeniosa creación y expresión de historias constituye una parte fundamental de la vocación del líder. Las historias hablan a ambas partes de la mente humana, la racional y la emotiva. Creo, además, que son las historias de identidad- narraciones que ayudan a los individuos a pensar y a sentir quiénes son, de dónde viene y adónde se encaminan- las que constituyen el arma más poderosa del arsenal literario del líder”.

Las sociedades de la primera y segunda República, por ejemplo, se embarcaron en la creación de un proyecto de Nación y un Estado: el dominicano. Esa es la historia, de la cual se conoce que sus protagonistas conocían, ya porque vivieron bajo la sombrilla de algunos modelos, o porque se inspiraron en aquellas naciones paradigmáticas a través de lecturas, donde se planteaba el camino que debía seguir el pueblo dominicano.

Cuando se produjo la anexión a España, 1861, Gregorio Luperón no estuvo entre los líderes principales que encabezaron aquellas primeras insurrecciones, pero su carisma de líder, su inquebrantable entusiasmo patriótico, su elevada moral y su honor, combinado con su desprendimiento, lo llevarían a convertirse en la espada que albergó la esperanza de los restauradores.

En las batallas, haciendo resistencia a las tropas españolas, Gregorio Luperón fue conquistando espacio y confianza entre los compañeros de mayor nivel. Para 1863, La Espada de la Restauración se había ganado el respeto, hasta ostentar el rango de general en jefe del gobierno provisorio. Fue en esa función en Cotuí, en una circunstancia muy particular entre muchas otras por las que atravesó, que Luperón dio a conocer su estirpe humana, su sinceridad y su desapego a los rangos o los cargos.

Varias comunicaciones intercambiadas con los responsables militares del Gobierno Provisorio y con su presidente, José Antonio Salcedo, relativas a temas propios del mando y las malas interpretaciones de órdenes al parecer no recibidas, dieron pie a que en el cantón de Barranca Bermejo, donde había avanzado Luperón, se presentara el propio Salcedo a comunicarle su destitución.

Manuel Rodríguez Objío, su compañero de jornada, escribió que a la llegada del general Salcedo, Luperón instruyó a 3 mil hombres bajo sus órdenes hacerle los honores correspondientes a Salcedo, como presidente del Gobierno Provisorio. El general Presidente le inquirió sobre las medidas de guerra tomadas por él, a lo que éste le manifestó que si tenía órdenes especiales del gobierno superior, tuviese la bondad de dárselas a conocer. Salcedo le comunicó que quedaba separado del cargo de general en jefe.

La respuesta del general Luperón, conforme al relato de Rodríguez Objío, no tiene fue humilde: “Soldados: El benemérito General José Antonio Salcedo, Presidente del Provisorio, y uno de los valientes héroes de la Restauración, viene a ocupar mi puesto; yo espero que le acompañaréis y le acataréis como a mí mismo. ¡Viva el Presidente Salcedo!”

Lo soldados respondieron que se retirarían si Luperón no estaba al mando, actitud que fue recriminada por el fiel soldado puertoplateño, que debió escuchar, no obstante, que Salcedo le acusara de que se trataba de un montaje preparado por él de antemano. Un día después de ese lamentable incidente, el 1 de septiembre de 1863, Luperón envía a Benito Monción la siguiente misiva:

“Mi muy querido compadre Benito: no he recibido carta suya y eso me es sensible. Ud. sabe que cuando dimos a la luz esta revolución, nuestro fin fue grande y patriótico: salvar nuestra Patria de la tiranía. Hemos sacrificado nuestros míseros intereses; hemos jugado nuestras vidas y parece ser que el beneficio será para aquellos que nada han hecho y que nosotros verdaderamente hemos salvado.

“Los hombres que están a la cabeza del Gobierno por nuestra voluntad y acuerdo, tratan ya de perdernos: he recibido la orden de abandonar este punto, confiriéndose a Pepillo Salcedo todas las facultades de que se me había investido; descubro en este acto desconfianza o envidia, ya no ser porque la salud de nuestra Patria peligra, habríame alejado de aquí y producido de este modo una gran deserción. Vele pues por mí, que si bien no tengo ninguna ambición, tampoco soy insensible al ultraje inmerecido ni a la ingratitud villana. Haga Ud. sentir lo que merece más, no sea que, como en la primera época de la República Dominicana, se hagan desaparecer a sus fundadores. No olvide que aquellos caudillos fueron, unos proscritos, otros fusilados y otros pospuestos por el tirano Santana y sus esbirros; quizás eso mismo se intente hoy y espere para Ud. lo que en mi vea. Nosotros nos hemos jurado y nos debemos una mutua protección y Ud. sabe que yo moriría por Ud. Escríbame y cuente con su amigo de corazón, G. Luperón”.

A pesar de la desconsideración a que fue sometido al despojarlo del mando, aquel general no desenfocó su atención del máximo interés, una respuesta que dan los grandes líderes cuando vuelan por encima de las nimiedades. Eso nos enseñó el general Gregorio Luperón: colocar el interés nacional, resumido en la historia de la identidad dominicana, por encima de su orgullo o de las ambiciones personales.

rafaelnuro@gmail.com,

@rafaelnunezr

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