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El Exilio Republicano en América

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Cartel de la Guerra Civil Española. (Fuente externa)

Cartel de la Guerra Civil Española. (Fuente externa)

DIARIO LIBRE / 3 DE OCTUBRE DE 2015 / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

La guerra civil española (1936-39) fue uno de los episodios históricos más sangrientos y crueles, con un saldo superior a 150 mil soldados muertos de ambos bandos, el republicano y el nacional. A los que habría que agregar unos 25 mil extranjeros que perdieron la vida en la península ibérica, participando en las brigadas internacionales a favor de la república y en los contingentes militares alemanes e italianos que apoyaron a Franco. En cierto modo, fue también un conflicto bélico “de baja intensidad” en el cual midieron fuerzas la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la Unión Soviética de Stalin. Antes de declararse la “gran guerra” que asoló a Europa y se irradió hacia África y el Pacífico como escenarios de la confrontación mundial entre las potencias del Eje y los Aliados.

Junto a este balance, se estima que la represión desatada por las dos facciones confrontadas en España en sus respectivos territorios de dominio, generó más de 100 mil bajas adicionales, conforme señala Stanley G. Payne –un historiador norteamericano especialista en la materia- en su más reciente libro La Guerra Civil Española, matizado en su interpretación por un acentuado revisionismo crítico. No sólo fue Lorca, el poeta granadino fusilado sin ton ni son, al pregón de “masón, rojo y maricón” por milicias de asalto derechistas, cuando la vida le sonreía plena de proyectos, precedido el crimen por el de su cuñado, el alcalde socialista de Granada.

Sino también los curas ejecutados que sumaron varios miles y los presos políticos trasladados en las famosas sacas practicadas durante la defensa de Madrid y liquidados a la sombra de comunidades más discretas, como Paracuellos de Jarama situada a 20 kilómetros de la capital, enterrados en fosas colectivas. Aparte de esta cifra global, figuran en la cuenta civiles inocentes que, como pérdidas colaterales, sumarían otros 12 mil.

Cuando Franco proclamó que la guerra “había terminado” no fue un ramo de olivo el que le extendió a los vencidos. En cambio, sí produjo una Ley de Responsabilidades Políticas bajo cuyo mandato se procesaron varios cientos de miles de personas que poblaron los centros de reclusión para fines de depuración. De las cuales unas 51 mil fueron sentenciadas a la pena de muerte, a una parte le fue conmutada la condena, ejecutándose en por lo menos 28 mil casos.

Como consecuencia de este panorama desgarrador, a medida que la guerra se extendía por el territorio de la península y afectaba la vida normal de las poblaciones, se fue generando una corriente de emigración forzada que se precipitó en los días finales, cuando ya era inminente la caída del último bastión de resistencia republicano. Se produjo así un verdadero éxodo masivo que alcanzó más de medio millón de personas que huyeron, cruzando los Pirineos, rumbo a Francia para buscar refugio. Estimándose que unas 275 mil pasaron por campos de concentración habilitados en territorio francés para brindar acogida a estos contingentes y proceder a su depuración.

El historiador Payne considera que el grueso de este movimiento de refugiados regresó a España a medida que la situación se normalizaba bajo el régimen nacional, quedando un saldo de unos 170 mil exiliados, que otros autores han cuantificado en 200 mil. Constituyendo así la masa de lo que se conocería como la España Peregrina, que daría título a una importante revista del exilio publicada en México desde 1940, que reuniría a las más relevantes plumas de la intelectualidad hispana y americana.

A fin de brindar auxilio a los republicanos y canalizar su reubicación hacia otros destinos en Europa, el norte de África y América, el gobierno republicano en el exilio bajo la dirección de Juan Negrín, radicado inicialmente en Francia, organizó en febrero de 1939 el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE). Esta entidad se ocuparía de diligenciar el traslado de los refugiados, realizando los arreglos de transporte, visado en las naciones de acogida y facilitación de dinero para sufragar los gastos básicos de mantenimiento. En paralelo, bajo la orientación política del líder socialista Indalecio Prieto –rival visceral de Negrín en el seno del Partido Socialista Obrero Español-, se creó en París la Junta de Asistencia a los Republicanos Españoles (JARE), cuyo cuartel general pronto se trasladaría a México. Ambas entidades proyectarían una de las líneas divisorias, dentro de otras múltiples contradicciones, que erosionaron la legitimidad de la república española. Devorada por sus propias fuerzas internas y por estrangulamiento de sus adversarios nacionales e internacionales.

Como antesala de esta iniciativa coyuntural española, a requerimiento del presidente Franklin D. Roosevelt, en julio de 1938 se había reunido en el balneario francés de Evian una conferencia internacional con acreditación de 32 naciones. Cuyo propósito era tratar los problemas generados en Europa por la presión de los refugiados por motivos étnicos y políticos. Particularmente, por los judíos que habían escapado o trataban de hacerlo de la persecución nazi en Alemania y Austria (anexada por los alemanes en marzo de 1938), en ejecución de las directivas judenfrei y judenrein sobre “limpieza étnica”.

Aunque resultado del encuentro se creó un Comité Intergubernamental para los Refugiados (ICR), la mayoría de los representantes a la conferencia mostró su reticencia a aceptar cuotas mayores a las ya establecidas en sus respectivas políticas de visado. La República Dominicana, en cambio, interesada en ese momento en atraer hacia su territorio inmigración europea, fue de las pocas naciones americanas –junto a México y Chile- que concretó su apertura e hizo público su deseo de recibir entre 50 mil y 100 mil refugiados, a condición de no incurrir en los gastos que tal movimiento demográfico representaba.

En el caso de México, donde unos 20 a 25 mil repatriados españoles fueron acogidos entre 1939 y 1942, el presidente progresista Lázaro Cárdenas –quien nacionalizó la industria petrolera e impulsó la reforma agraria- abrió las puertas del país para brindar albergue a esta inmigración. Que el filósofo español José Gaos identificó como de transterrados, al evocar las raíces comunes que vinculan la cultura de ambas naciones. Esta presencia de una población integrada por profesionales de diferentes campos, intelectuales, educadores, periodistas y editores, técnicos especializados, artistas y operarios calificados, representó una inyección de renovación en la sociedad mexicana. Máxime en un momento en que las instituciones del estado benefactor que edificó el Partido Revolucionario Institucional en su larga hegemonía demandaban cuadros entrenados y políticamente motivados.

La huella de ese exilio fecundo se encuentra en la portentosa UNAM, en la excelencia académica del Colegio de México y el Instituto Politécnico Nacional. En el quehacer editorial fundamental del Fondo de Cultura Económica que ha difundido en Latinoamérica lo mejor de la literatura en economía, historia, sociología, antropología, psicología y filosofía, amén de clásicos del pensamiento universal. En la pujante industria cinematográfica mexicana que aprovechó en sus estudios el talento de figuras como Luis Buñuel. En la ciencia, la arquitectura y el urbanismo, así como en la industria, entre otras dimensiones.

En el caso de Chile, Pablo Neruda jugaría un rol destacado. Cónsul general en Madrid, estableció durante la república lazos muy estrechos con la intelectualidad y los artistas españoles, así como con personalidades extranjeras radicadas en ese momento en la capital española favorables a la causa republicana. Se integró a las tertulias y su hogar, la Casa de las Flores, fue centro de ellas. García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Manuel Altolaguirre –con quien editaría la revista Caballo Verde para la Poesía-, Octavio Paz, David Alfaro Siqueiros, la pintora argentina Delia del Carril, con quien luego casaría, animaban estos encuentros. Poéticamente su compromiso quedó sellado con su dolorida obra España en el Corazón.

Cesante en sus funciones, regresó a Chile y obtuvo que el presidente Pedro Aguirre Cerda del triunfante Frente Popular que integraba a radicales, socialistas y comunistas, lo nombrara en 1938 cónsul especial para las migraciones con sede en París. Realizando una labor ciclópea, el tenaz Neruda logró transformar un paquebote francés con capacidad para 97 personas, el Winnipeg, y en él transportar a más de 2 mil refugiados españoles que arribaron a Chile desde Francia el 3 de septiembre de 1939.

En nuestro caso, en los buques Flandre, Saint Domingue, De la Salle y Cuba, se efectuaron siete viajes transportando contingentes que oscilaron entre 120 refugiados, el menor, hasta 900, el mayor, para totalizar 3,132 en este registro de llegada masiva de repatriados. Tocando muelle tanto en Puerto Plata como en Ciudad Trujillo, entre noviembre de 1939 y mayo de 1940. Un octavo viaje con carga masiva, efectuado por el vapor Cuba que arribó en julio del 1940 con 600 refugiados, se vio precisado a enrumbar hacia México como destino final. De manera individual, en otros viajes, llegaron al país nuevos refugiados. No sólo españoles, sino gente de diversas nacionalidades, que se alejaba de Europa por las persecuciones debido a razones étnicas, como eran los judíos, políticas, tales demócratas liberales, socialistas y comunistas o simplemente por motivos de la atmósfera de guerra que ya se respiraba en forma amenazante.

Aunque Vicente Llorens, en su obra pionera Memorias de una emigración. Santo Domingo 1939-1945, afirma que comparada con México la emigración republicana que llegó a nuestro país fue de tercera, lo cierto es que para nosotros fue como un regalo caído del cielo. Una lluvia refrescante en lo educativo y cultural, un bálsamo que nos abrió los poros para oxigenarlos con ideas nuevas. Un verdadero remeneón que nos caló hondo y aún reverbera en nuestras conciencias. Cuando todo era sólo Dios y Trujillo.

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