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Claudio, el único de los Caamaño que fue antitrujillista

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Claudio Antonio Caamaño Grullón, cuando conversaba con la periodista Angela Peña. Aracelis Mena

Claudio Antonio Caamaño Grullón, cuando conversaba con la periodista Angela Peña. Aracelis Mena

HOY / 03 DE OCTUBRE DE 2015  / POR ÁNGELA PEÑA

Contaba 19 años cuando en 1958 lo apresaron por promover una huelga contra el profesor Teófilo Carbonell en el taller de dibujo de la Universidad de Santo Domingo, en protesta por supuesto maltrato a los estudiantes. Lo llevaron al Servicio de Inteligencia Militar donde le interrogó Cholo Villeta, hermano de su abuela paterna, Rafaela Mella, quien lo protegió momentáneamente.

Porque luego, la familia de Claudio Caamaño tuvo que sacarlo de la Capital debido a su decidida oposición al régimen de Trujillo pese a haber sido sobrino del general Fausto Caamaño, incondicional servidor del sátrapa e hijo del capitán César Caamaño Mella, definido por el hijo como “un cuadro del trujillismo”. Suspendió los estudios en tercer año de ingeniería civil.

Rompía parquímetros, quiso ingresar a la aviación para disparar al tirano desde los aires, entró a pescozones a un busto de bronce y a una placa con loas al dictador que se exhibía con orgullo en la casa familiar y decía a sus hermanos menores que Trujillo era asesino y ladrón.

Acechaba al generalísimo en el parque Colón para ejecutarlo, porque un día lo vio pasar en su vehículo solo con el chofer y prácticamente se mudó a la histórica plaza con una escopeta 12 recortada envuelta en rollos de papel. Pensaba lanzarse al mar por el muelle después de eliminarlo para que dijeran que se ahogó. Era gran nadador y experto en pesca submarina. El tirano nunca volvió por el lugar.

Ya el padre lo había abofeteado por los términos despectivos en que se expresaba del llamado Jefe.
Confinado en La Majagua en la finca de su abuelo César Caamaño Medina, “un trujillista fanático”, escribía a su primo Francisco Alberto Caamaño denunciando las arbitrariedades del régimen y este le aconsejaba no meterse en problemas. “Cuando apresaron a los del 14 de Junio me dijo que pensaría bien lo que yo le decía”, cuenta.

Claudio, quien afirma que todos los Caamaño eran trujillistas menos él, aclara que durante la dictadura fue primer teniente pero solo para participar en los desfiles como ayudante de su padre. Recibía 30 pesos de sueldo.

En la adolescencia se reveló el carácter rebelde que le ha acompañado hasta el presente. Antonio Imbert Barrera, gran amigo de su padre al igual que su hermano Segundo, quiso que reingresara al Ejército como segundo teniente después de la Revolución y no aceptó, en cambio accedió a incorporarse a los Cascos Blancos como asistente de Caamaño Deñó.

Asegura que este Cuerpo no era represivo. “Es una fama que se le ha dado. No existía un organismo para dispersar manifestaciones y los norteamericanos, quienes crearon esa entidad en 1962, se lo plantearon al Consejo de Estado”, explica.

Agrega que antes de ellos “las Fuerzas Armadas no sabían bregar con multitudes, lo que hacían era matar mucha gente”. Dice que la única vez que liquidaron gran cantidad de personas fue en Palma Sola, masacre que no justifica.

Además de Chile vivió en Panamá entrenándose para practicar interrogatorios “civilizados, no a palos” y a su regreso estuvo entre los fundadores del Escuadrón contra Homicidios junto a Caamaño. “Fui las dos manos para Francis”. Revela que el futuro líder de abril cambió con él su vieja mentalidad. Bajo el mando de este primo inseparable estuvo en Radio Patrulla y participó como instructor de los sargentos. Fue subjefe de Homicidios.

Luchó junto a él para evitar el Golpe de Estado contra Juan Bosch; conspiraron con éxito para destituir a Belisario Peguero y al Triunvirato y para desatar la Revolución de 1965.
La conjura contra Peguero le representó 20 días en la cárcel para oficiales.

Abril y después
Claudio Antonio nació en Santo Domingo el 21 de febrero de 1938. Su madre era Antonia Grullón Morel. Estudió con los salesianos y en La Salle y concluyó el bachillerato en La Romana porque su padre fue jefe militar del Este. Ingresó a la Universidad en 1955 y tuvo como condiscípulos a Emerson Caamaño, Francisco José García Juliao, Asdrúbal Domínguez, José Israel Cuello y Freddy Caamaño Deñó, entre otros.

Peleó con vehemencia en la Revolución, en la que fue cuarto hombre de confianza del Presidente en Armas y Jefe de Inteligencia y Contrainteligencia.

Expresa gratitud a los doctores Eduardo Segura, José Bidó Burgos, Manuel Lozano, Paliza, Rafael Camasta, Wilson Javierre, Bienvenido Peña Jiménez, Jorge Asjana, Leonel Lembert Morales, Danilo Acosta Vásquez, Denis Ríos, Acosta Angomás porque le han curado tanto en la guerra como recientemente en la operación de un aneurisma abdominal de la aorta.

Sergio fue su nombre de guerra. No se entregó cuando quedó solo en las montañas. La historia de su sobrevivencia es de película. Herasteide Paniagua fue la valiente mujer que lo acogió y ocultó hasta que Radhamés Gómez Pepín, Juan José Ayuso y monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito le consiguieron asilo en la embajada de México.

Volvió a Cuba en junio de 1975 y vino en una segunda guerrilla con Manfredo Casado Villar y Toribio Peña Jáquez. “Manfredo tenía cientos de armas escondidas y le dije que él y yo teníamos que unirnos para enfrentar a Balaguer”. Tras la búsqueda del arsenal Casado cayó en un arroyo de Los Limones y se rompió las costillas. Fue llevado al hospital y en menos de media hora descubrieron a los otros. Después de dos años en solitaria los deportaron a España. Retornaron a Cuba.

El asesinato de su hijo Claudio Francisco fue un golpe emocional insuperable. Dejó de dormir, la presión arterial se disparó y de su deplorable condición de salud surgió un aneurisma que él desconocía padecer “porque eso no da síntomas”. “¡Tienes que operarte ya! Si explota no duras vivo ni cinco minutos”, le dijo el doctor Paliza.

El 23 de junio salió perfecto de la cirugía para la que le aconsejaron mucha fe en Dios y las oraciones de la familia. Claudio sigue en la montaña, pero en la paz de una elevada casa de Carretón, Baní, desde la que se aprecia el encanto de sus cultivos.

“Según los médicos que me atendieron los aneurismas matan el 32 por ciento de la población mundial y aquí solamente se trata el tres por ciento. Son asintomáticos, los tratamientos caros y ningún seguro los cubre. En República Dominicana no hay una fundación, solo se salvan los ricos que se van a Estados Unidos, el resto se muere caminando”.

Envió una carta al presidente Medina expresando que el Estado debía ayudar a la población y solo respondieron a su caso. A pesar del aporte debió hipotecar un solar.
Ahora Claudio está empleado en otra lucha: lograr “que se creen instituciones para que los dominicanos no mueran de aneurisma”.

De casi todos sus compañeros de guerrillas recibió apoyo y solidaridad; de Holguín Marte su cuchillo y su cantimplora; Payero Ulloa le entregó antes de morir los que consideró eran sus bienes más valiosos: cien mil pesos, un reloj “Rolex” que aún conserva, una caja de fósforos y un peine.

a.pena[@]hoy.com.do

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