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Crónicas del tiempo: General Gregorio Luperón (5)

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DIARIO LIBRE / 28 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR RAFAEL NÚÑEZ

“Lo más prudente que puede hacer un hombre sensato y no muy intrépido cuando se encuentra con otro más fuerte que él es evitarlo y, sin avergonzarse, aguardar un cambio hasta que el camino vuelva a quedar libre”. Stefan Zweig.

Las ejecuciones y los abusos de general Pedro Santana Familia irritaron a los pobladores y motivó a los grupos liberales exiliados en Puerto Príncipe a organizar la resistencia, en tanto en la frontera, los generales José María Cabral y Francisco Sánchez hostigaban la autoridad española y se rebelaban contra sus decisiones.

La utilización del territorio haitiano de parte de los patriotas dominicanos se materializaba, debido a la tregua que, ante las constantes incursiones haitianas, había declarado el presidente de Haití, Fabré Geffrardb en febrero de 1859, quien adopta la táctica de apoyar las revueltas en la parte española. La consuetudinaria intención haitiana de unificación de la isla sólo fue postergada en ese corto período, no así descartada en años sucesivos.

Buenaventura Báez, uno de los actores políticos de primera fila en los años de la primera y segunda República, ejerció su primer mandato desde 1849 hasta 1853 y en su segundo período (1856 al 1858), llegó aupado por seguidores y por el propio Santana; pero sería expulsado de la isla al término de éste, en medio del descrédito generalizado por haber empeorado la situación de la moneda inorgánica, con la cual compró la producción récord de tabaco del Cibao, hecho que le granjeó antipatía en toda la región norte con los productores de la hojab porque los hizo quebrar. Lleva en sus hombros, además, el lastre de haber apoyado el proyecto de anexión, estando en el exilio.

En el ámbito político, rivalizaba con Santana Familia en el odio que había cosechado entre sus conciudadanos. Y sobre este último, Frank Moya Pons hace la siguiente observación: “El odio que a Báez le tenía la elite cibaeña, era solo comprable al odio que Santana despertó entre los restauradores a medida que la guerra fue cobrando intensidad. Santana era temido y en el Cibao se sabía que si lograba romper la resistencia restauradora en el Sillón de la Viuda, las consecuencias iban a ser fatales para todos los que dirigían la revolución”.

La precariedad económica y la apariencia ruinosa de la ciudad de Santo Domingo, comparable solo con el estado en que se encontraba el país siglos atrás, no fueron signos de buenos augurios ni para los soldados españoles enviados desde las capitanías generales de Cuba y Puerto Rico, ni para la gran cantidad de colonos llegados a la isla en numerosas expediciones, atendiendo a las Reales Ordenes para poblar la parte de Santo Domingo.

Santana, que había fracasado en la administración de su primer período, no creyó nunca ni siquiera en el “Protectorado”, que era en principio la intención de los españoles. De ahí que decidiera impulsar el proyecto de anexión.

El estadounidense Samuel Hazard, quien en febrero de 1871 fue integrado a la Comisión del Congreso de los Estados Unidos que investigó la viabilidad del proyecto baecista para anexar de nuevo el país, en su libro “Santo Domingo, su pasado y presente”, hace una valoración de Santana. Después de recorrer de palmo a palmo la isla para hacer no solo una descripción política, económica y social, sino geográfica, Hazard habla así del “Marqués de Las Carreras”: “Incapaz de mantener la paz entre los partidos de la isla, sin medios ni recursos para su gobierno y el progreso del país, hostilizado constantemente por los haitianos, que en toda ocasión y bajo cualquier pretexto buscaban una excusa para enfrentarse a los dominicanos y recuperar la posesión de la totalidad de la isla, Santana, descorazonado del estado de las cosas y creyendo en la necesidad de un poder fuerte para preservar la individualidad del territorio dominicano, se arrojó repentinamente, casi sin consultar al pueblo dominicano ni a su Gabinete, en brazos de España, entregándole en mayo de 1861 la posesión de todo el sector español de la isla.”

Entendía Hazard que “pese al nombre de Presidente, Santana fue de hecho el dictador de la isla, cuya voluntad constituía la ley suprema”. Es compitiendo espacios con figuras como Pedro Santana Familia, Buenaventura Báez, con los generales José María Cabral, Gaspar Polanco, Santiago Rodríguez, José Antonio Salcedo y Benito Monción, que Gregorio Luperón se abre paso y convierte el filo de su espada en la esperanza de libertad del pueblo dominicano.

Aquella determinación de salir de Jamao, entregar sus responsabilidades a su patrón Pedro Pablo Dubocq, con la gratitud como estandarte, a los fines de abrir trocha por el camino de la guerra, fue tomada en el momento en que Gregorio, el indomable, impregnado de energía y amor patrio, empezaría a escribir su destino, que fue de general de la Patria.

A las primeras rebeliones contra la anexión santanista se iban a sumar decenas y decenas de levantamientos en todo el territorio nacional: Moca, Puerto Plata, Guayubín, Capotillo, La Canela, San Francisco de Macorís, Santiago, Dajabón, Azua, Monte Plata, San Pedro de Macorís, Bayaguana, Sabana de la Mar, Montecristi, San Juan y Yamasá.

No solo fue el hecho de la anexión en sí, que ya era demasiado para los dominicanos que habían vivido 17 años de independencia, sino que se agregaron las medidas adoptadas por las nuevas autoridades españolas, que no tomaron en cuenta para nada el criterio de quien los había traído de vuelta, Pedro Santana Familia, sino que afectaron el interés por el cual todos los pueblos del mundo se revelan: la economía de sus bolsillos.

Una de las disposiciones tomadas por la autoridad monárquica en abril de 1861, consistió en no aceptar ni amortizar el desacreditado papel moneda, hechura santanista y baecista, que la gente tenía bajo el colchón o en botijas guardado y se había deteriorado por el uso. Otro factor negativo subyacente fue que España pronto olvidó las promesas hechas a Santana y su gabinete.

Como elemento a tomar en cuenta que incidió en la Guerra de la Restauración aparece el tema racial. Una de las esperanzas que se habían cifrado los dominicanos que formaban parte del Ejército criollo, tenía que ver con las nuevas designaciones, las cuales no recayeron en ninguno de ellos. Desde las Capitanías Generales de Puerto Rico y Cuba llegó una retahíla de oficiales y sentaron sus enaguas en los anhelados puestos de mando.

Acostumbrados como estaban en Puerto Rico y Cuba a tratar a los criollos como esclavos, la actitud de estos nuevos mandantes no fue diferente. Esto generó un nuevo temor entre los dominicanos: el miedo de que se impusiera ese sistema de explotación esclavista. El presidente haitiano, Fabré Geffard, en una alocución el mismo día de la anexión dominicana, también lo advirtió a los haitianos con estas palabras: “sabéis que esa bandera (la española) autoriza y protege la esclavitud de los hijos de África.”

Samuel Hazard, quien conocía las realidades de Cuba y Puerto Rico, escribió en la precitada obra acerca del sentimiento generado contra España en el Caribe, de la siguiente manera: “Recuerdo bien que, hallándome en Cuba por aquel entonces, la sangre se helaba en las venas con los informes de la cercana isla de Santo Domingo, y los habitantes de la hermosa isla de Cuba temían entonces que en poco tiempo estas escenas de crueldad y opresión españolas fueran a tener lugar en sus costas, tiránicamente dominadas por los españoles.”

Esas condiciones crearon el caldo de cultivo para que surgieran los liderazgos restauradores, entre los cuales el general Gregorio Luperón descolló por su inteligencia, habilidad, honestidad y, sobre todo, carácter.

Rafaelnuro@gmial.com,

@rafaelnunezr.

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