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Personajes y calles de mi vieja ciudad (14 de 15)

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HOY / 26 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR CARMEN HEREDIA DE GUERRERO

El 1959 fue un año de grandes acontecimientos y expectativas. El primero de enero una noticia sorprendió al mundo, el triunfo de la Revolución cubana. Desde hacía tiempo aquellos señalados como anti-trujillistas eran acusados de comunistas, y luego de este acontecimiento la situación se tornó mucho más delicada, peligrosa. Sin duda había una ebullición soterrada, un despertar, especialmente en la juventud, aunque otros se empeñaban en mantenerse aislados, indiferentes, sin enterarse de nada, alguno diría luego que “nunca había oído hablar de La 40”.

En aquellos días, en voz baja, comentábamos con amigos de confianza de mi padre, asiduos a nuestra casa, las noticias que de manera clandestina habíamos escuchado la noche anterior transmitidas por Radio Rebelde de Cuba, o desde Venezuela, donde se encontraban muchos exiliados; pero no siempre era posible oírlas claramente, pues había mucha interferencia, justo para evitar que fueran escuchadas. En los grupos de jóvenes los comentarios eran cada vez más frecuentes como frecuente era el paso de los “cepillos” con los caliés”, al acecho siempre cual serpiente venenosa, de alguna presa.

En la calle Enrique Henríquez 38 vivía la familia Villanueva Martínez, cuyos dos hijos han sido grandes artistas, Rafael, músico excelente llegó a director de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y Eduardo, intelectual brillante, bailarín y coreógrafo, fue de los iniciadores de la danza moderna en el país, y primer director del Ballet Clásico Nacional. En la esquina Enrique Henríquez con Doctor Delgado vivía la familia Vallejo Ruiz, con sus dos hijos, Gunther y Gretchen y al lado acera norte, la familia Chalas Valdez, su hijo, nuestro amigo Fernandito, cayó preso a finales de ese año.

Siguiendo la cuadra, estaba la casa de la familia Dargam Kourie, y sus tres hijos, Miguel Angel, Miriam y Roberto. Don Miguel era agrimensor y muy estimado por todos. En la siguiente casa vivía la familia García Sugrañes; el padre García Jumillas, era médico y laboratorista, sus hijos son el reconocido pediatra Manuel García Sugrañes, y Francisco, odontólogo. Más adelante vivía la familia Mañón Caolo, y sus hijos Tamara y Nelson, reconocido médico hematólogo. Al lado de esta casa había un taller de mecánica, propiedad de don Fernando Mañón. Más adelante la familia Guerra Guerra, don Ignacio, doña Chita y sus dos hijos, Ignacito y Annerys.
En la cuadra sur de la Enrique Henríquez, esquina Doctor Delgado operaba el colegio

“Perpetuo Socorro”, y luego estaba el consultorio del doctor Juan Díaz, uno de nuestros más famosos oftalmólogos. En la casa esquina con Bernardo Pichardo, vivía la familia Mejía Lluberes, padres de Rafael – Baby- quien también cayó preso junto a otro amigo, George Taulé. Otras familias que recordamos de esta calle son los García Dubus –Alonso, y los Esteva Castillo.

El mes de junio marcó un antes y un después; los rumores se esparcían por la ciudad, recuerdo que mi padre estaba en Santiago y regresó el día 21, nos contó que la situación estaba muy difícil, y que se había producido un desembarco, pero no sabía precisar el lugar. El Gobierno mantenía control absoluto de los medios de comunicación, con sus programaciones regulares. Algunos amigos de mi padre y jóvenes del vecindario como Isaac Read Hoepelman, Bosco Guerrero, Romeo Holguín-Veras, acudían a nuestra casa a comentar las noticias. Cuando los rumores se hicieron cada vez más fuertes, el Gobierno ofreció informaciones, y presentó por televisión al comandante cubano Delio Gómez Ochoa, admitiendo con breves palabras el fracaso de la expedición. Fue uno de los sobrevivientes de aquella gesta
Aun me parece escuchar al locutor de La Voz Dominicana, que tras decir cada uno de los nombres de los jóvenes expedicionarios del 14 y el 20 de ese terrible mes de junio, agregaba con énfasis macabro la palabra, ¡muerto! El patio de nuestra casa colindaba con el de una casa de la Leonor de Ovando, donde vivía un famoso “capitán”, quien instaló un radio con bocina y rodeado de algunos acólitos cada vez que mencionaban la palabra muerto, se producían aplausos y ¡bravos!. Aquello era un episodio dantesco, mi padre cerró todas las puertas y se refugió con nosotros en una habitación, visiblemente deprimido. Otro momento amargo fue la intervención del piloto Juan de Dios Ventura Simó, leyendo una declaración a la que fue obligado, pero él tendría menos suerte, muriendo en manos de los esbirros. Ciertamente, las invasiones habían sido un fracaso militar, pero significaron el inicio del fin de la satrapía trujillista, aunque aun pasarían muchas cosas más.

Pero la vida inexorable continuaba, justo el día 14 de junio, se presentó en Bellas Artes, la obra “Carlota” de Miguel Mihura. Días después de los aciagos acontecimientos, el 27 de junio tuvo lugar el recital del pianista húngaro György Sandor, traído por la Sociedad Pro-Arte

El 3 de mayo se presentó un concierto con la Sinfónica Nacional con música exclusivamente de compositores dominicanos que dirigieron sus propias creaciones. En ese año 1959, el Teatro de Bellas Artes estrenó dos obras de dramaturgos dominicanos, el 9 de febrero “Las Manos Vacías” de Máximo Avilés Blonda y “Prometeo” de Héctor Incháustegui Cabral, el 10 de septiembre.

Pero la música nuestra, el merengue, saturaba el ambiente, nuestro ritmo folclórico había sido utilizado como uno de los medios para alabar a Trujillo; luego de las invasiones de junio, un merengue sonaba a todas horas por las emisoras y en todas las fiestas, no era otro que aquel compuesto por Luis Kalaff, para burlarse de los expedicionarios y de los exiliados que buscaban fondos para combatir la dictadura, el tristemente recordado “Recogiendo limosnas no lo tumban”.

Los presos estaban a la orden del día y se comentaba un día y otro también, sobre la muerte de alguno. Una mañana muy temprano vinieron a nuestra casa nuestros vecinos de enfrente don Joaquín Lugo y su hija Margarita, quien en medio de gritos desgarradores le pidió a mis padres que fueran a ayudarlos, pues le habían dejado en la galería de la casa a su esposo muerto, el abogado Fernando Tavárez. Ver aquel cadáver fue algo indescriptible, el dolor, la indignación, se apoderó de todos; a sus dos pequeños hijos inconsolables, los llevamos a nuestra casa, mientras se lavaba el cadáver. Habíamos oído en nuestros pocos años hablar de estas barbaridades cometidas por la dictadura, pero verlo, palparlo, fue algo desgarrador y ha permanecido vivo en nuestros recuerdos. Margarita había nacido en Puerto Rico y pudo salir del país con sus dos hijos, para no volver jamás.

Un joven muy prometedor vivía en la calle Leonor de Ovando. Era Bernardo Defilló Martínez, estudió medicina y es un reconocido cardiólogo e internista. Otra familia residente en esta calle era la Gómez Doorly y en la esquina con Las Carreras, vivían la señora Mireya Ramos y sus hijos. Doña Mireya era hermana de Benjamín Ramos, quien sería dirigente del Movimiento 14 de Junio, y al que veíamos con frecuencia en aquella casa.

En las tardes como de costumbre, acudíamos a Bellas Artes, donde para ese entonces estaba ubicada la Academia de Ballet “Magda Corbett”, antigua “Flor de Oro Trujillo”, que se convirtió en privada, luego de ser despojada del subsidio estatal. A la salida de las clases nos reuníamos un grupo de jóvenes amantes de las artes para compartir sueños y esperanzas, que nuestra conciencia de la realidad que vivíamos nos mostraba lejanos, pero alcanzables. Éramos una juventud atrapada, pero no resignada.
El grupo estaba integrado por nuestro compañero de Academia Miguel Alfonseca, primer gran bailarín que tuvo el país; otro bailarín recién llegado, Rafael Campuzano, apasionado y vehemente, Ramírez Conde –Condecito- pintor, José Casanova, estudiante de teatro, Margarita Ramírez, bailarina, y Elsa Nuñez, la gran figura de nuestra plástica, quien se unía al grupo para mostrarnos los dibujos con figuras de bailarinas que había realizado mientras ensimismada, nos veía practicar. Recuerdo sus ojos de mirar ingenuo, asombrados siempre ante tanta ignominia.

En aquellas reuniones Miguel y Rafael nos mantenían informados de todo lo que estaba sucediendo y recuerdo que el profesor Máximo Avilés Blonda llegaba y de manera sutil, trataba de dispersar el grupo, por temor, y nos decía, que los artistas de Bellas Artes estaban siendo “observados”, y tenía razón…

cheredia[@]hoy.com.do

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