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Rechazó, contra insistentes propuestas, crear una junta militar, quería a Bosch

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Miguel Ángel, Rubén Alejandro y Rosanna. Sentada Lilliam Aurora de Hernando.

Miguel Ángel, Rubén Alejandro y Rosanna. Sentada Lilliam Aurora de Hernando.

HOY / 20 SEPTIEMBRE, 2015 / POR ÁNGELA PEÑA

La Revolución de Abril se inició y se expandió gracias a su intrepidez y su carácter, su poder de mando y su disciplina y la decisión ya incubada en interminables encuentros de derribar al Triunvirato. Fue la cabeza de esa conspiración que consumió sus fuerzas y afectó su salud sin que la enfermedad lo venciera.

“Tenía que estar presente en las reuniones todos los días, a veces hasta las 3:00 y las 4:00 de la madrugada porque me llamaban para darme datos y nombres de oficiales y clases mientras civiles con entusiasmo me ofrecían participar”, escribió.

“¡Lo que va es el regreso de Bosch y el que quiera otra cosa puede levantarse e irse!, aclaró en momentos de tensión cuando algunos de sus compañeros mostraban interés en la formación de una junta militar. Porque su compromiso era continuar las gestiones del coronel Rafael Tomás Fernández, extrañado del país al ser descubierto.

Enfrentó a Rivera Cuesta, pudo distraer las sospechas de Donald Reid que lo acusó de querer tumbar su Gobierno pero el 22 de abril ya estaba en casa de Alfredo Licairac con los principales jefes constitucionalistas trazando los planes de la Revolución que estalló dos días después. “El lunes 26 el coronel Caamaño tomaría la fortaleza Ozama y yo el Palacio Nacional”.

El día que demostró su capacidad de planificador y su autoridad fue el 24, cuando el sargento Pedro Lantigua Bravo le informó la ocurrencia de cancelaciones en las filas rebeldes. Ordenó al capitán Mario Peña Taveras hacer presos a los oficiales de la jefatura de Estado Mayor, incluyendo al general Marcos Rivera Cuesta. “¡Tráigalos a la oficina que yo voy a apresar al mayor Trifilio Estévez!”, determinó.

Mandó a Peña Taveras a llamar a José Francisco Peña Gómez para que informara en Tribuna Democrática lo que estaba pasando.
El entonces teniente coronel Miguel Ángel Hernando Ramírez, con cuyo nombre será designada una calle de Santo Domingo por su actuación en la Guerra Patria de 1965, dejó consignada su responsabilidad en ese acontecimiento en conferencias y discursos y la transmitió a sus descendientes que cuentan las hazañas del padre y esposo.

Al agradecer un reconocimiento en la Academia Dominicana de la Historia, declaró su satisfacción por haber asumido “el principal rol protagónico en el proceso conspirativo que estalló ese glorioso 24 de abril”.

De su participación, su vida, su ejemplo conversan la viuda, Lilliam Aurora Aybar y sus hijos Rosanna, Miguel Ángel y Rubén Alejandro llorosos al recordarlo no solo por el amor que le profesaban sino porque aún está reciente su muerte a la que precedieron doloras afecciones.

Tras la alocución de Peña Gómez, declaran, “papi se llevó a los prisioneros al kilómetro 25 para sublevar al batallón Francisco del Rosario Sánchez”. Llevó presos a los miembros del Estado Mayor.
Con las tropas en posición defensiva, Hernando Ramírez se dedicó a detener a los vehículos procedentes del Cibao y les quitaba las llaves para interrumpir el tránsito.

Explicó que su intención era crear confusión para que se propalara lo que se estaba produciendo, a fin de que la ciudadanía “tomara conciencia y los opositores del triunvirato comenzaran a actuar y de esta manera hacer fácil la caída del Gobierno”.

Los aviones de la Fuerza Aérea comenzaron su vuelo amenazante sobre el campamento 16 de Agosto “pero no consiguieron sus propósitos, los que estábamos allí no éramos gente que se asustaba por nada”.

Ocupación de Ciudad Nueva

Ordenó al capitán Héctor Lachapelle ocupar Ciudad Nueva, donde estaban el comercio, los bancos, las comunicaciones, el hospital Padre Billini “y además para fines tácticos, las calles estrechas no permitirían que nos atacaran con tanques ni con carros de asalto y si lo hacían con infantería se convertiría en un suicidio porque ellos no estaban preparados para combatir calle por calle ni casa por casa”, manifestó el general, quien ya había ordenado tomar a Radio Santo Domingo a las cuatro de la tarde.

Rechazó una invitación de Antonio Imbert para reunirse con él y delegó el encuentro en el coronel Caamaño, pero el general insistió el 25 “y lo rechazamos nuevamente a él y al coronel Rafael Valdez Hilario que querían ofrecer sus servicios”. También a Enrique Pérez y Pérez, Luis José Domínguez Taveras y Cuevas Mayor, quienes le visitaron para convencerlo de formar una junta militar.

Designó a Caamaño, Giovanny Gutiérrez y Vinicio Fernández para recibir el Palacio y el 26 le insistían en la propuesta de una junta militar, esta vez proveniente del general de los Santos Céspedes, quien le dio diez minutos para que accediera “so pena de ametrallar el Palacio Nacional”. Hernando le respondió que comenzara a ametrallar.

Bartolomé Benoit y Pedro Medrano Ubiera también fueron emisarios para esos fines.

La Casa de Gobierno fue ametrallada “y en el transcurso de la guerra Benoit declaró, “entre otras mentiras”, que había visto a Hernando en el Palacio junto a Ernesto Che Guevara y que este era quien dirigía la Revolución. Diezmado por la hepatitis, el 27 de abril Hernando Ramírez decidió entregar el mando al coronel Caamaño.

Se reintegró a la contienda sin haberse recuperado “y Caamaño quería entregarle el Gobierno y él le dijo: “Imposible, a la Revolución no le conviene. Ya se ha logrado un líder”.

En una entrevista, Hernando Ramírez exclamó: “Si no es por mí, no hay revolución en el país”.

Miguel Ángel nació en Jarabacoa el 10 de abril de 1929, hijo de Ramón María Hernando Matos y Roselia Ramírez. Son múltiples sus estudios militares tras el bachillerato, los nombramientos, condecoraciones y otros reconocimientos.

Estuvo casado con Lourdes Holguín, madre de sus hijos Ángel Rafael y Miguelina. Casó por segunda vez con Lilliam Aurora con quien procreó a Rosanna, Miguel Ángel, Brenda Isabel (fallecida), Carlos Alberto, Rubén Alejandro y Eduardo José. Después de la contienda fue enviado a Barcelona y luego le designaron agregado militar en Ecuador, Brasil, España y Colombia. “Fueron 13 años de exilio” enfatizan sus hijos. Agregan que recibieron de su padre el legado de la humildad, la responsabilidad, la justicia y la serenidad en situaciones incontrolables. Admiran su valentía, liderazgo y temple.

“Era honesto, íntegro y le enfermaba la corrupción. El apellido Hernando es humilde pero de principios”. En sus últimos días fue administrador y gobernador del club Naco. Falleció el 30 de julio de 2012.

a.pena[@]hoy.com.do

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