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¡… Y el premio cayó en…! Vivencias y anécdotas de juegos y jugadores

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DIARIO LIBRE / 19 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR BIENVENIDO PÉREZ GARCÍA

“La necesidad tiene cara de hereje… el que juega por necesidad pierde por obligación… Juego echado, dinero perdido”… son refranes que usamos con frecuencia en nuestro país, mientras que al tiempo practicamos de manera incesante, casi religiosa, las aficiones al juego en muchas y diferentes formas, sean estas apuestas de gallos, juegos de baloncesto, de casinos, de dados y cartas callejeros, de béisbol de grandes ligas mundiales y locales, de carreras de caballos, de perros o galgos, de loterías extranjeras, rifas comerciales a los consumidores y clientes, los Lotos, la Lotería Nacional y otros más discretos e ilegales.

Ese consuetudinario, casi atávico, impulso al juego en el que parte no desdeñable de la población rural y urbana desde tiempo atrás gastaba, no solamente lo que le sobraba, sino hasta buena parte de lo que le hacía falta, ya era anotado por Don Pedro Francisco Bonó, considerado el primer sociólogo dominicano, como una de las causas del atraso de nuestra sociedad en la segunda mitad del siglo XIX. Bonó escribió sobre cómo el juego y las apuestas afectaban la economía hogareña y la prosperidad de la nación, distrayendo las energías y recursos necesarios para el bienestar de sus familias y en general de la sociedad

Consciente de esta inevitable tendencia un benefactor religioso y humanitario, el padre Francisco Xavier Billini, procuró encausar parte de los dañinos efectos del juego abriendo una lotería dirigida por él mismo, para dedicar sus beneficios al hospital de pobres y de insanos, que había fundado, así como para obras de caridad como la Casa de la Beneficencia. Nos relataba el bien recordado profesor Antonio Paredes Mena que sus abuelos veían al Padre Billini en persona llevar las fracciones y boletas de la “Lotería de la Beneficencia” a comerciantes, funcionarios del gobierno, y en general a toda persona con algún recurso o medios, convenciéndolos de comprar un abono, siendo el predecesor de la que, años después de su fallecimiento, convirtiera el gobierno en la Lotería Nacional, que anunciaba y promovía sus sorteos “para obras de beneficio e interés social”.

Ya para la década de 1920 la Lotería Nacional era una bien establecida institución realizando sorteos con hasta 20,000 números. A mediados del pasado siglo, “la amiga del pobre y el rico” enraizó aún más la proverbial cultura del juego, estimándose que para 1955 la mitad de la población adulta y productiva del país jugaba algunas fracciones o pedazos de números casi semanalmente.

Prosperó a partir de allí, de manera extraordinaria, todo un enjambre de vendedores de Lotería, que fueron conocidos como billeteros y quinieleros y tomó posición casi formal toda una cultura y rituales alrededor del juego, con ribetes anecdóticos, humorísticos, ridículos y hasta tragicómicos.

Los quinieleros y billeteros escogían libremente sus medios y maneras de vender: algunos preferían exhibir sus fracciones u hojas de billete y tiras o pedacitos de quiniela en sus ´burros´ todavía visibles en la Av. Indepedencia en las proximidades del cementerio y otras calles y pueblos del país. Éste es una especie de marco de madera con cuerdas horizontales atesadas que sostenido por detrás con un largo palo sirve de escaparate fácilmente movible. Los números eran en esas pasadas décadas -y son todavía- colocados y exhibidos en estos, conforme a un arreglo intuitivo dictado por premoniciones personales, rumores, sueños, propios o revelados por figuras conocidas en el arte de la adivinación o simplemente por capricho.

Por experiencia, avezados psicólogos de pueblo, los billeteros conocían la psiquis de los jugadores y usaban todo tipo de artilugios para atraerlos e interesarlos por sus números. Algunos colocaban varios de sus billetes al revés, con los números hacia dentro, logrando la curiosidad del comprador que deambulaba por alguno de los muchos puntos donde se congregaban hileras de bille-quinieleros con sus burros, como en frente al parque Independencia, la Avenida Duarte casi a esquina Mella, en la Ave. San Martín esquina a doctor Delgado, en el hoy Parque Enriquillo, antes Julia, la parte norte de la Duarte, cerca del Mercado Nuevo, el mercado de Villa Consuelo, y alrededor de otros 20 puntos más, cerca de las líneas de mayor circulación en Santo Domingo. Cuando el curioso jugador preguntaba cuál número era el que estaba oculto –a veces con sus propias manos medio volteándolos y atisbando, invariablemente se le contestaba, -“No. Ese ya está vendido” o -“No. Ese yo no lo vendo” Aguijoneado, el “marchante” intentaba convencer al dueño vendedor que se lo cediera, ofreciendo algo más de dinero, lo cual casi invariablemente ocurría, yéndose el jugador con una esperanza más cierta de sacarse el premio y quedando el bille-quinielero satisfecho de haber conseguido algo más por su número.

Otros billeteros colocaban sus hojas, tiras y fracciones en orden a un confuso arreglo de precios en que los billetes y quinielas más caros se encontraban, bien en la parte superior o bien debajo, obedeciendo a las casandras y pitonisas que anunciaban, a veces por radio, las “vigas” de la semana, es decir los números más propicios a salir premiados.

La época del transistor popularizó desde finales de los años 1950 receptores portátiles ligeros y baratos, algunos en estuche de cuero y compactos y los más en hermosos y ligeros estuches plásticos, rojos, azules, con botones y un mango o asa encima que resultaban muy cómodos de usar y escuchar los sorteos. Por muchos años fueron –y todavía son- popularmente conocidos- estos receptores japoneses y orientales como radios-billeteros El domingo se seguía comprando y vendiendo con radios encendidos y sorteo en marcha.

Una amiga de la familia, María Soñé, gustaba de comprar quinielas los domingos con el sorteo ya comenzado a fin de aprovechar los precios que iban en baja a medida que progresaba el canto radial de los números. Las quinielas resultaban ganadoras con los dos últimos números del primero, segundo y tercer premio desde el 00 al 99, además de las “aproximaciones” del primer premio y las “colas” del primer y último número de la rifa de ese día En varias ocasiones uno de los números escogidos por ella era justamente “cantado” en el momento de recibirlo, como ganador. por la radio, y la suerte y dicha de María dependía de en cuáles manos se encontraba en ese instante el número comprado. Cuando éste se encontraba aún en manos del bille, abruptamente éste lo retiraba diciendo ¡No, ya no está en venta! devolviendo el dinero. Si ya estaba en manos de María, el vendedor intentaba retirarlo, pero María en movimiento relámpago lo ponía fuera de su alcance y guardaba, por lo que en retaliación, si había algún dinero que devolverle éste le espetaba, con rostro agrio “¡No hay devuelta!”

La situación se ponía un poco difícil cuando el número ganador se encontraba justo entre las manos del quinielero y nuestra amiga, produciéndose una especie de entrabe, un tirijala del que no siempre salía victoriosa.

Cuando ya habían salido dos o a veces hasta los tres premios mayores circulaban los compradores de remates con fundas bolsitas o macutos, comprando la totalidad de los billetes o quinielas no vendidos en un burro a precios mucho más deprimidos.

Entre muchas clases y tipos de vendedores de billetes y quinielas, algunos tenían una primera o segunda ocupación, principalmente los días de semana. Varios colmados tenían su rinconcito-por supuesto, siempre del lado de adentro del mostrador- donde exhibían los números a los parroquianos que acudían a comprar., otros tenían quehaceres más tranquilos, como nuestro barbero Don Emilio, en la calle Trinitaria, que tenía su burro de billetes y quinielas dentro de su pequeño establecimiento justo al frente de la posición de la silla giratoria en que más colocaba a sus clientes para ser recortados. De tanto ver, si tenían con qué, muchos se llevaban una fracción, hoja o tira..

Un recurso de venta utilizado por los pregoneros ambulantes consistía en levantarse en la madrugada para, recorriendo la ciudad, susurrar repetidamente en las ventanas de las habitaciones de las casas y sus callejones los números que llevaban en mano, para luego, ya con el sol fuera, pregonarlos a lo largo de las viviendas donde los habían susurrado y que las más de las veces eran adquiridos por las amas –y hombres de casa- con la seguridad de que ese número les había sido “revelado” en sueños..

Otro amigo de la familia, el Señor Espino, fue presa de un frenesí, una alegría incontrolable cuando se sacó tres fracciones del primer premio. Con mucho pesar nos contó que cuando ·”confrontó” su billete y vio que tenía el primer premio no podía evitar la trepidante emoción que le hacía temblar y frotar sus manos nerviosamente cuando sostenía sus fracciones mientras gritaba, ¡me lo saqué, me lo saqué! para cuando recobrara el control, contemplar su premio completamente deshecho, hecho virutas en sus manos.

No todos los jugadores reaccionaban de igual manera. Cuenta un buen amigo de la infancia, que enterado por la radio de que el número de billete que su tío Federico había comprado a un billetero ambulante mientras paseaban juntos, había sido “cantado” por la radio con el primer premio. Habiendo memorizado el número desde que su tío lo comprara, corrió hasta su casa para informarle, diciéndosele allí que se estaba recortando el pelo. A la misma velocidad fue a la barbería encontrando efectivamente al tío Federico y dándole jadeante la buena noticia. Lentamente Federico levantó el delantal y buscó en el bolsillo de su camisa, sacó el billete y le preguntó con parsimonia al sobrino -¿Cuál dices que salió? Mi amigo le repitió el número y mirando a su hoja de billete abierta le dijo: -Ah, sí… este es el número, guardando de nuevo serenamente el mismo en su bolsillo e impasiblemente continuando recibiendo su corte de pelo.

No había coincidencia o casualidad que los “vendedores de premios” no aprovecharan para convencer a los clientes de que estas eran un signo o una señal de que el premio ‘los estaba buscando’ a ellos por lo que debían comprarlo y llevárselo: ya fuera el terminal de la placa del automóvil o vehículo, el día del mes, el nuevo año, los eventos y aniversarios, las fechas de eventos y tragedias. Siempre caía un desprevenido al hechizo de la “coincidencia” señalada por el billetero.

Una especie de profesión que se convirtió en muy popular fue la de los “arregladores de sueños”, hombres y mujeres que adquirieron fama de interpretar lo soñado por los jugadores consuetudinarios u ocasionales que acudían invariablemente a consultarles. Muchos de los arreglos de sueños se realizaban sin cobrar, pero para aquellos arregladores que la dicha o la habilidad les permitía arreglar y dar números ganadores con más frecuencia era habitual que el beneficiario le regalara parte de lo ganado. En las librerías populares y Kioskos no faltaban renovados ejemplares de folletos y libritos de interpretación de sueños que eran muy vendidos y algunos programas de radio se atrevían a incluir, entre sus primicias, recomendaciones de jugar específicos números, muy especialmente en las lecturas de los horóscopos. “de la suerte y el destino”.

Los bille-quinieleros eran también consumados jugadores y muchos quizá ejercían esta ocupación esperanzados no sólo de estar cerca del premio sino también confiados que el azar, o su intuición un día les permitiría tener y retener no solo premios importantes, sino el mayor, como en efecto sucediera con alguna frecuencia . Forma tal vez algo inteligente de jugar mucho sin gastar tanto. Tengo grabado como película en mi mente, una mañana de domingo que pasando por el Parque Independencia contemplé una escena que me pareció confusa, en la que un hombre maduro, algo gordo, corría de un lado a otro entre los billeteros mientras intentaba dar saltos que su pesada humanidad reducía a cortos brinquitos. El hombre, luego supe, era un billetero; no hablaba, mientras todo el conjunto de dueños de burros billeteriles reían, celebraban y le daban fuertes palmadas en la espalda. Finalmente me enteré que tenía sin vender, las entonces cuatro hojas del premio mayor.

Por un tiempo la Lotería Nacional y algunos mayoristas aceptaban de los detallistas billeteros la devolución de un limitado número de billetes no vendidos, si estos eran entregados justo antes del inicio del sorteo. Por muy corto tiempo al principio también permitieron que se les devolviera los números no vendidos con inmediata posterioridad al sorteo, pero pronto hubo que suspender esta concesión porque algo extraño sucedía: de todos los números de hojas devueltos nunca se encontraba ninguno agraciado siquiera con un premio ordinario.

Un vecino de la calle Espaillat en Ciudad Nueva, cuyo nombre sólo recordaba mi madre fallecida, que en su viudez y con no poca edad vivía solo y estaba algo despistado compró por el año 1957 toda una hoja de un número de la Lotería Nacional entre los varios que le ofrecía habitualmente en la puerta de su hogar aquel billetero ambulante. A la semana siguiente el billetero tocó de nuevo a su puerta procurando su buena propina por haberle vendido el Primer Premio del domingo pasado. Desconcertado y no recordando dónde lo había puesto por un buen rato buscó el billete por toda la casa, teniendo casi a la hora, que decirle al vendedor que lo había perdido. El ducho pregonero no creyó la historia y se fue no sin antes pregonarle una sarta de improperios y calificativos de los que los más pequeños y moderados fueron “viejo ladrón, mentiroso y cuentista”.

Una familia Santos, que residía en la calle Barahona, compuesta del jefe de familia, su esposa, dos hijas y un varón, todos ya adultos, brincó casi hasta el techo de zinc cuando la radio cantó, algo así como en agosto de 1959 el número que el señor Santos, con lo poco que disponía, había comprado íntegramente: cuatro hojas, a mediados de esa semana anterior. -¡Ya no tendrás que preparar esas ollas de dulce! Así gritaba eufórico a su mujer, -¡Ni ustedes tendrán que salir a venderlos a la gente de la calle y colmados! exclamaba a sus tres hijos. El premio mayor, cuyo valor era suficiente para comprar una casa de ensanche, y vivir con una renta decente si se empleaba apropiadamente era pues, su liberación definitiva de la pobreza.

Pero la euforia, el inusitado contento de tan mayúscula suerte no se apagó. El afortunado Santos ofreció, tan pronto cobró el gordo de la Lotería, una fiesta a calle semicerrada a todos los vecinos el fin de semana siguiente; además compró ropa nueva para él, su esposa e hijos, adquirió estufa, nevera y hasta televisión y nuevo juego de aposento y sala. A partir de entonces empezó una nueva modalidad de hacer fiestas los viernes sábados y domingos en la que él y su varón ingerían abundantes dosis de ron y una vez así, botaban el seguro, regalando propinas y no en pocas ocasiones se les vio volteando –tumbando- de mala manera bandejas de dulces de las manos de vendedores ambulantes, tal vez en repudio a tan malos recuerdos cuando los vendían, para luego sacar dinero y pagarles por toda la bandeja tumbada

En menos de un año la famita Santos había acabado todo lo recibido del premio mayor y una vez más se les vio elaborando y vendiendo en bandejas sus dulces por las calles de la ciudad.

Por su parte los jugadores usaban –y todavía usan- todo tipo de recursos mañas, supersticiones, fetiches y rituales para escoger y adquirir sus números de lotería. Muchos acostumbran a “taparse” es decir, a cubrirse con varios otros números como su aproximación superior e inferior así como su inverso o al revés al número al que le han puesto más pesos. Otros rezan, hacen oraciones específicas, compran aguas mágicas de las que se adquieren en las botanas de los mercados (como la de la suerte, y la de la abundancia) se ponen la ropa interior invertida el día que salen a comprar, escogen al bille o quinielero más gordo, al más bajito al más oscuro, al de la camisa más colorida, al que viste más pobre o modestamente, al que les ‘resplandece’ más los ojos y hasta cuando un determinado billete o quiniela “les brilla”… No pocos jugadores fueron víctimas de la treta del billete “accidentalmente” caído al suelo mientras pasaban, el cual casi invariablemente compraban, por supuesto al precio que fijara su vendedor.

No sólo los vendedores usaban ardides para atraer o engañar al jugador sino también viceversa. En más de una ocasión escuché la historia de algún billetero ambulante haber sido víctima de un adulto recostado en un balcón o galería que llamándole, mientras pasaba, se interesaba por ver sus números y, escogiendo alguno, le decía que le esperara para traerle el dinero, entrando a la vivienda. Tras larga espera el billetero se desesperaba y tocando a la puerta entreabierta sin recibir respuesta abría la misma para descubrir consternado la casa completamente vacía.

Ahora que se han multiplicado las loterías con sus modalidades de juego y las bancas de apuestas han llenado todos los sectores y vecindarios de las ciudades y pueblos del país, y hasta se juega y apuesta a todas las loterías por Internet, la figura del billetero quinielero se va lentamente desvaneciendo, permaneciendo sólo en algunos puntos de Santo Domingo y quizá en un solo lugar en cada pueblo. Los números de los Lotos y toda la parafernálica y creciente variedad adquiridos y escogidos a la carta por el jugador a través de los ordenadores de las bancas y puestos han ido desplazando las fracciones o abonos fijos, impresos, aunque todavía mucha vida menguante les queda.

Recordamos, sin embargo, con nostalgia, toda una época llena de vivencias y episodios anecdóticos de un país donde siempre, como decía Don Pedro Francisco Bonó se jugaba “hasta la picá de ojos”, con sus habituales y variados tipos de jugadores y vendedores siempre aspirando, siempre esperando, que el premio, sea cual fuere, cayera en sus manos.

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