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Personajes y calles de mi vieja ciudad (13)

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HOY / 19 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR CARMEN HEREDIA DE GUERRERO

En el año 1958 nos mudamos a la calle Las Carreras. Dejábamos atrás, entre los muros de nuestra vieja y amada Ciudad Colonial, los recuerdos de infancia y primeros años de adolescente; pero no nos fuimos, la ciudad seguía siendo parte de nuestro diario vivir, El Conde seguía siendo nuestro Conde y asistíamos a nuestro amado Instituto Salomé Ureña, en la Padre Billini.

Nuestra casa en Las Carreras estaba ubicada entre las calles Enrique Henríquez (antigua La Vega) y Leonor de Ovando, en el sector conocido como Ensanche Lugo; justo frente a nosotros vivía don Joaquín Lugo, su esposa Celia, su hija Margarita, casada con el abogado Fernando Tavares, y sus dos pequeños hijos.

Al lado norte de la casa está un edificio de cuatro plantas, ocupado entonces, el primer piso por la familia del doctor Guillermo Maggiolo, famoso gineco-obstetra; el segundo por el Dr. José Joaquín Pérez, reconocido abogado; el tercero por la familia de Mario Alvarez Dugan –Cuchito- prestigioso periodista, y en el cuarto piso vivía Efraim Castillo, prestigioso intelectual y publicista. Siguiendo la cuadra hacia el norte, estaba la casa de don Amancio Estrada, esposa e hijos; al lado los Read Hoepelman, en la esquina con Enrique Henríquez, la familia formada por Rafael Félix Carías –Ítico- y Nadia Díaz, -prima nuestra- y sus tres hijos, y en la otra esquina la familia Espinal Miranda, cuyos hijos, Luisa, José Manuel y Miguel, se han distinguido como ingenieros, aquí y en Puerto Rico.

La música llenaba toda esta cuadra. Provenía de la casa del lado sur de la nuestra, en la esquina Leonor de Ovando, donde vivía la familia del reconocido músico don Luis Mena, junto a su hija Elila Mena, una de nuestras más grandes pianistas, y los hijos de esta, los Valdez Mena. Oscar Luis, fue otro destacado pianista y Francisco –Frank- es un excelente cirujano ortopeda. Madre e hijo se turnaban en la práctica del piano por horas y horas.

En la cuadra entre Leonor de Ovando e Independencia, acera oeste, en la casa de la esquina, vivían las Hermanas Dujarric y la familia Rivera Pina y su hija Margarita. Más adelante estaba la casa de dos plantas de don Emerito Lugo, su familia ocupaba la primera planta. Don Emerito era presidente de la Agencias Pereyra, representantes de los acondicionadores de aire “Amana”, luego, la segunda planta fue ocupada por los Cáffaro Durán, cuyo hijo Erasmo –Niní- aun “Por amor”, sigue deleitándonos. En la casa del lado vivía la familia Ibarra Ríos. Sus hijos, Nurys, Julio, fue un prominente abogado, y Luis Eduardo, amigo entrañable, estudiante universitario, cayó abatido en diciembre de 1963 en “Las escarpadas montañas de Quisqueya”.

La esquina Las Carreras con Avenida Independencia, era otro espacio lleno de música que brotaba de un piano maravilloso, tocado desde su casa por el gran pianista Manuel Rueda, quien además de músico fue escritor y dramaturgo. Frente a esta casa en la Independencia, estaban los Helados Cremita, y al lado, El Restaurant Lina, el más reputado de entonces.

En la acera este, en un moderno edificio de varias pisos, ocupaba el primero la Ferretería Mateco, frente al cementerio viejo; al lado en Las Carreras, la familia Cambiaso, más adelante la familia formada por el doctor Manuel Sánchez y Sánchez- Don Bi- y doña Rosa Pérez y sus seis hijos, Rosa Emilia, María Trinidad, Fernando y Manuel –médicos- y Juan y Frank –ingenieros. Más adelante vivían los Báez Ortiz y los Taulé Mañón. Yoryi, Jassen y Maxim

La calle Enrique Henríquez se inicia en la Mariano Cestero, en la esquina del antiguo teatro Independencia. En su primera cuadra, acera sur, quedaba la panadería Carbonel, de don Teófilo Carbonel, y al lado el “Colmado Gigante”, que para esa época lo era. Al término de esta primera cuadra la calle se bifurca, justo en el ángulo que forma una casa de dos plantas, donde operaban las oficinas representantes de los famosos productos Dr. Scholl. En ese punto al sur nace la calle Leonor de Ovando.

En la primera cuadra de esta calle vivían las familias Arias Lora, padres del famoso doctor Ney Arias Lora, pionero de la neurocirugía en el país; los Ferrúa Lluberes, padres de Giovanny, columnista y crítico, y al frente los Ferrúa Barrúos.

El auditorio del Instituto Salomé Ureña, seguía ofreciendo conciertos y funciones de teatro. Nuestro profesor Manuel Marino Miniño nos incentivaba a que asistiéramos, siendo esta vez más enfático, porque él dirigiría el concierto y se presentaría además una joven promesa del canto lírico. Nos entusiasmamos y asistimos esa noche del 14 de marzo del 1958 y escuchamos por primera vez a la que sería una de las glorias de nuestra lírica, la soprano Ivonne Haza. Ese mismo mes, día 21, fuimos a oír un concierto en Bellas Artes a cargo de la famosa pianista española Alicia De Larrocha. Recuerdo a mi madre entusiasmada hablando del maravilloso concierto con su amiga y vecina Elila Mena.

En la calle Leonor de Ovando en la cuadra entre Las Carreras y Bernardo Pichardo, vivían en la acera sur la numerosa familia Peña Valentín, al lado la familia Ruiz Biaggi y sus tres hijas, Maritza, condiscípula y amiga de siempre, Patria y Nelly, su padre don Prosper Ruiz Coén, para ese año era subsecretario de Educación y después ocupó el cargo de director general de Bellas Artes. En la siguiente casa la familia Vasallo Velázquez. En la acera norte la familia Caolo Moreta, y al lado Gisela Lluberes, casada con el capitán Soto Perelló.

En aquellos años estuvieron de moda los clubes juveniles, también se acostumbraba celebrar bailecitos en casas de familia. El 14 de septiembre de 1958 tiene un significado especial para mí. En la casa de Diana Cambiaso se estaba celebrando un bailecito de “despedida de las vacaciones”. En medio del baile, los muchachos salieron a recibir a un amigo que llegaba de los Estados Unidos, se trataba del joven Héctor Juan Bosco Guerrero De Castro. Al entrar a la casa nos fue presentado, no sé si fue “amor a primera vista”, pero sí para siempre. Bosco fue a vivir a la casa de su tío Sócrates Guerrero Noyer, en la Enrique Henríquez No.15. Luego de estudios de Arquitectura en New York, inició la carrera de Derecho, fue líder estudiantil y político, fundador del periódico universitario “Fragua”.

El acontecimiento artístico más importante de ese año fue la presentación del Ballet de Washington que traía como bailarines invitados a dos de las más grandes figuras de la época, Alicia Alonso e Igor Youskevitch. No habiendo en la ciudad un teatro apropiado para un evento de esta envergadura, se escogió al Teatro Agua Luz, en el que se montó una gran tarima. El lugar no era el más adecuado, pero ninguno más hermoso. Las luces y las fuentes le daban un toque mágico al espectáculo, brillando Alicia Alonso e Igor Youskevich al interpretar el Cisne negro y luego en el Adagio del segundo acto de El Lago de los Cisnes. El Ballet de Washington presentó también Las Danzas Polovetzianas del Príncipe Igor, cerrando una noche inolvidable.

Finalizando el 1958 asistimos al Auditorio de Bellas Artes, a un concierto de la Sinfónica Nacional en el que la estudiante de piano Frida Marión Landais, alumna de la profesora Aida Bonnelly de Díaz, interpretó el concierto en Mi bemol, de Mozart. La crítica alabaría su interpretación.

Aquel nuevo vecindario era maravilloso, hicimos grandes amigos que aun conservamos, aunque otros ya se han ido. Los jóvenes todos universitarios, se reunían en las esquinas, sentados en las verjas de las casas, especialmente en la esquina de Las Carreras con Leonor de Ovando, a conversar y ver pasar a las jóvenes, pero en aquellas reuniones se hablaba de muchas “cosas”.

Un sonido particular le había dado a la ciudad un toque patético. Era el producido por los carros Volkswagen, que circulaban llevando su carga inefable de temidos “calieses”; muchas veces se detenían junto a los grupos de jóvenes para requerirles los tres golpes: la cédula, la Palmita –carné del Partido Dominicano, de Trujillo- y el del Servicio Militar Obligatorio; el temor se iba apoderando de todos…

cheredia[@]hoy.com.do

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