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Imágenes de ciudad de Santo Domingo en su literatura

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Imagenes_de_ciudad_de_Santo_Domingo_en_su_literaturaHOY / 19 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR MIGUEL ÁNGEL FÖRNERÍN

Por lo menos en su narrativa, la literatura dominicana nació con vocación regional. Tómese “El montero”, de Bonó, o “La fantasma de Higüey”, de Angulo Guridi, y tendrá en estos primeros gestos literarios diversos retratos de un tiempo espacio que se distancia de la Ciudad. Aunque ella está tan presente en el relato histórico que apenas podemos desligarla de su cuadrícula. Pedro Mir cuenta en “Tratado elemental de la ciudad”, que aparece en “Tres leyendas de colores” (1968), la relación furtiva de un español y una india que, al poseer el oro, corren del Cibao hacia el Sur, según debe contar fray Batolomé de las Casas. Por otra parte, leí que María Ugarte encontró los legajos que dan cuenta del traslado de la ciudad de la ribera oriental a la parte occidental donde antes hubo un sembradío de yuca. Esta imagen se sobrepone en la mente a la hermosa calle de Las Damas que describe Tulio María Cestero en “La sangre” o de forma central en “Ciudad romántica”.

La calle de Las damas es esa que hoy recorren poetas ebrios y turistas atolondrados, es la misma que, junto a la Torre del Homenaje, aparece en los versos de Juan Pablo Duarte cuando buscaba registrar la persecución de los trinitarios que, como ocho míseros, deberían partir hacia extranjeras playas. La ciudad de los trinitarios nadie la ha dejado tan fresca en la memoria que Troncoso Sánchez en “Vida de Juan Pablo Duarte” (1976), acontecimiento que también narra Rosa Duarte en “Vida del General Juan Pablo Duarte”. Además narra Troncoso Sánchez la playa de Güibia, los lances amorosos, la rosa en la chaqueta y el mote de ‘ filorios’ les daban los prohaitianos a los jóvenes duartistas. Otras imágenes, no menos románticas, nos la da Bernardo Vega de los dibujos de Théodore Chassériau quien, a mediados del siglo XIX, trazó sobre el lienzo la belleza del puerto visto desde Sans Soucí. Más allá, al este el mercado o al norte del río Ozama, la casa majestuosa de Don Diego Colón, que en un tiempo fue ruinas y establo de Ulises Heureaux.

La ciudad asediada por piratas o descrita en los tiempos del gobernador Osorio por Carlos Esteban Deive, primero en “Las devastaciones” y luego en “Viento negro, Bosque del Caimán” como por las letras barrocas de Federico Jovine Bermúdez en “Osorio” y Emilia Pereyra en “El grito del tambor”.

La ciudad decaída durante la restauración que nos narra vívidamente Angulo Guridi, es la ciudad de Santana, Alfau y un grupo de generales que le pusieron precio a la patria. Y que solo tiene en las letras una voz femenina alta, que integra la nación, es la ciudad de “Ruinas” de Salome Ureña Díaz. Es también la ciudad antillana de los Hostos, Baldoriot y de Castro, quienes fundaron escuelas, lograron una nueva ciudadanía antillana y soñaron con la independencia de Puerto Rico. Tengo entonces otras imágenes, las que el doctor Heriberto Pieter nos da en sus memorias: de la juventud capitaleña bajo las montoneras; la miseria en la vida de un zapatero remendón, como era el padre del médico que se graduó a París, como las distintas imágenes que nos da otro médico, Francisco Moscoso Puello, en “ Navarijo”.

Pienso en las imágenes de la ciudad que encantaron a César Nicolás Penson en “Cosas añejas”, “Las vírgenes de Galindo”, “Barriga verde”… En todas sus celebraciones como las narra Emilio Rodríguez Demorizi en “Música, baile y folclore en Santo Domingo”. Pienso en una fiesta que leí en “La sangre” o en “Ciudad romántica”, pienso en las carnavales de la ciudad o en las festividades de San Andrés. En la gente de Engombe y de Los Mina narradas como esa otredad que llegaba a la ciudad deseosa de vender su pequeña cosecha.

No menos dejan de ser pródigas las huellas gráficas de Virgil Díaz, en “Lilís y Alejandrito”, con ubicaciones muy precisas, y por supuesto, las memorias de la ciudad de Damirón en “De soslayo”, imágenes vívidas de la ciudad letrada, las aventuras de los postumistas, de Moreno Jimenes, quien entraba y salía en busca de las esencias telúricas de la dominicanidad.

Recuerdo la ciudad en “Rufino”, de García Godoy, como la ciudad ocupada por las ínsulas interiores; como la llegada de Cesáreo Guillermo o algunos de los fusilamientos de Lilís detrás de la puerta del Conde cuando era un vertedero y la hacienda La Primavera no había sido explotada por el puertorriqueño Pedro Lluberes para expandir la ciudad hacia el oeste en lo que será Gascue. No sin antes dejar atrás dos imágenes interesantes: el poeta Humberto Doucoudray saliendo en un barco del muelle de Santo Domingo y un personaje que regresa a la ciudad desde el extranjero y su desencuentro en “Inexorable” de Arturo Roque Freites.

La entrada de tropas en “Los carpinteros” de Balaguer y las descripciones de los edificios coloniales en “Ciudad romántica”, del mismo autor. Interesante visión de un cibaeño sobre la ciudad cuando otro, el santiagués Mario Fermín Cabral, proponía el cambio de nombre por ciudad Trujillo. Es la ciudad que aparece en “ Los enemigos de la tierra”, de Requena, y en los cuentos de Marrero, en “Balsié”, como en “En busca de enganche” que muestra al campesino como una otredad, más allá, “Juan mientras la Ciudad crecía”, de Carlos Federico de Pérez, quien describe los estragos del huracán San Zenón.

La ciudad de los años treinta y el cuarenta narrada en las memorias de dos petromacorisanos, Orlando de Haza y Alburquerque Zayas Bazán. La juventud de los cuarenta y el fin de la guerra, luego vienen hermosas imágenes en los cincuenta ya construida la Ciudad Universitaria y unas nuevas representaciones de espacio de cultura moderna con el piso que le ponen los exiliados españoles y cuyas improntas encontramos en los relatos de Almoina, del vasco Jesús de Galíndez ,y las memorias de Hans Weiss Delgado, para terminar en el relato de Ramón Francisco que nos da el sentido espacial de la ciudad y como se fue agrandando.

La literatura en la década del cincuenta o es muy regionalista en la colección de cuentos. “Cibao”, de Hernández Franco, o en “Punto Sur” , de Lacay Polanco. También es muy existencialista en Teté Robiou y en los cuentos de Díaz Grullón de “Un día cualquiera” y tendrá una referencialidad clásica en “La ciudad inefable” de Franklin Mieses Burgos. Es también la ciudad de Lacay Polanco en “En su niebla”, con la calle El Conde sus grandes tiendas que ya Mir había retratado en sus primeros versos. “En su niebla” Ernesto Lasalle, definitivamente enamorado de Mabel, es un personaje que se enclava en la ciudad, en los bares y tertulias donde acudían los poetas, como en La Cafetera, con la presencia de Franklin Mieses Burgos, pero es interesante la narrativa sobre Ciudad Nueva que variadas referencias tendrá en la narrativa de la Guerra de Abril y en los cuentos de René del Risco y Bermúdez. Es la ciudad en que el poeta refiere una casa con balcón frente al mar y algunas fotos de La feria de la Paz.

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