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Claudio relata cómo cayó Caamaño en la montaña

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Lloré, nunca me he perdonado ese muerto…”

Lloré, nunca me he perdonado ese muerto…”

HOY / 19 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR ÁNGELA PEÑA

La delación de un chofer y un diario que llevaba Hamlet Hermann contraviniendo instrucciones de Caamaño, permitieron la localización y el conocimiento de pormenores de los combatientes de la guerrilla de Caamaño.

“Llevábamos excavados más de 25 hoyos cuando oímos una balacera, se trataba de un pelotón que vino tras nuestras huellas. Caamaño ordenó: ‘¡No dispare nadie!’. Ante ese evento abandonamos los mulos, porque ya se sabía que éramos nosotros, a Lalane lo habían herido en dos partes”.

Claudio Caamaño Grullón hace la narración refiriéndose a la búsqueda de alimentos supuestamente enterrados y agrega que el conductor del concho los había visto salir de El Cercado el 3 de febrero en la tarde, y lo contó en el parque de Ocoa. El policía de la plaza lo interrogó. El día 5, cerca de las 11:00 de la mañana los encontraron.

“Yo curé a Lalane con hojas pues tuve que dejar mis medicinas en el barco, se le infectó un pie pero cuando lo matan estaba casi recuperado”, significa.

En cuanto a los enlatados revela que el sujeto designado por Amaury Germán para esa operación “lo engañó y esa fue la falla más grande que tuvimos”.

Se vieron obligados “a entrar al poblado de Las Cuevas a buscar comida, porque nuestro objetivo era llegar a la parte sur de la cordillera Central, entre Padre las Casas y San Juan de la Maguana”. Ahí no encontraron nada, agrega, porque los guardias se llevaron todo. “Una señora había escondido un puerquito y nos lo preparó”.

Ya los perseguían a pie y en helicópteros miembros de las Fuerzas Armadas, el Ejército, la Policía, perros de caza, aviones “dirigidos por norteamericanos que vinieron a analizar el área”.
Otro pequeño pueblo al que llegaron fue desalojado y de ese salieron a la carretera San José de Ocoa-Constanza donde les sorprendió la primera emboscada.

Se refiere al diario de Hamlet: “Supieron cuántos éramos, por dónde caminábamos, nos mencionaban por los pseudónimos. Hamlet escribió ese diario estando prohibido por Caamaño, nadie más lo hizo, después oíamos a los guardias hablando de nosotros”.

Relata que Hermann abandonó sus apuntes “en Cuesta la vaca, como a tres kilómetros al norte de Las Cuevas, en un momento en que Caamaño determinó que dejáramos objetos que no fueran imprescindibles…”.

Al escuchar a los militares pronunciar sus sobrenombres, Caamaño preguntó enfático, con la vista puesta en Hamlet, quién dejó escritos, narra Claudio. Porque “desde Cuba él vivía hablando de que había que apuntarlo todo”. “Hamlet guardó silencio pero luego tuvo que reconocerlo y Caamaño le llamó la atención de manera tan fuerte como lo hizo con el bote, advirtiéndole que se preparara para un castigo ejemplar, que eso ameritaba un Consejo de Guerra. Lalane también estaba muy molesto”, afirma. Los combates impidieron cumplir ese propósito, declara.

Esclarece que ya los habían detectado “pero con el diario conocieron lo que habíamos hecho desde el primer momento, por él, que anotaba a escondidas el día a día”.

Hamlet “fue un elemento problemático desde Cuba, donde llegó hablando de una famosa Curva Sintótica que se inventó dizque para mejorar las condiciones de los ejercicios y los tiros… Le pusieron el sintótico”, comenta.

Asegura que no se comportaba “como lo que era, un raso, pensaba que debía ser comandante y era un combatiente más, Caamaño y Lalane José eran los jefes”.

Al hablar del triste final de Ramón Euclides Holguín Marte, también lamenta el proceder de Hamlet. “Se nos murió porque lo dejamos solo para buscar alimento, el 20 de febrero. Se movió y cayó de cabeza por un arroyo, se desnucó. Le sobé su fusil, le puse un tiro en la recámara para que si lo encontraban no pensaran que lo mataron, era también un homenaje a él. Después volvimos a buscarlo pero cuando Hamlet se entregó en Villa Altagracia llevó al lugar a Ramiro Matos y ellos movieron el cadáver”.

La emboscada

Se encontraban a 13 kilómetros al sur de Alto Bandera cuando los sorprendió una emboscada y Caamaño ordenó que atacaran lateralmente para que Mario Nelson Galán Durán, jefe de vanguardia “rezagado cerquita del fuego”, pudiera salir.

Era la noche del 15 de febrero, señala. Caamaño mandó asestar a los militares un golpe fuerte denominado Propaganda Armada. El camión donde aquellos iban se estrelló y se incendió. “Murieron 24, de 26, se apeó uno y le tiramos con la profunda pena de haber matado a un dominicano que cumplía con su deber”.

Bajo llovizna caminaron toda la noche y se detuvieron a esperar que amaneciera y a descansar hasta el mediodía pero a las 10:45, cuando Claudio fue a tocar a Payero, su relevo, escuchó un disparo que lo alcanzó en el pómulo y en la nariz. Provino de un guardia que estaba a 12 metros de distancia “y me tiré boca arriba y le disparé”. Era integrante de los Cazadores de Montañas y al único que hirieron gravemente con granada fue a Lalane.

Precisa otros combates, tácticas, retiradas hasta que llegó a un firme y escuchó a los militares decir “de voz en voz”:

“¡Dos muertos y Caamaño ta cogío, herido, ya esto se acabó!”.
Quedaron Hamlet, Galán, Payero, Holguín y él. Avanzaron hasta un camino vecinal y detrás de ellos pasó un vehículo. Se detuvo y los de adentro saludaron a Carlos Castillo Pimentel. “En el monte, en el silencio, se oye todo y escuché a mi primo preguntar: ‘¿A dónde me llevan?”.

Castillo Pimentel, explica, “era el jefe de los Cazadores de Montañas, los que más nos combatieron. Se fue”. Los militares a bordo querían asesinar al prisionero pero Claudio supo después que Castillo lo había impedido cuando se retiró donde sus jefes, quienes lo hicieron preso pues la orden era matar a Caamaño.

“A Caamaño lo llevaron a Nizaito, no lo interrogaron. Beauchamps Javier le dio un cigarrillo pero ni comida, ni agua, ni lo curaron. Volvieron y lo asesinaron. Era el 16 de febrero, 6:47 de la tarde. La orden la llevó Ramón Emilio Jiménez. Participaron, además, Enrique Pérez y Pérez y Ramiro Matos”, asegura.

Holguín murió en el arroyo Los Limoncillos. “Me senté a su lado pidiéndole que me dijera qué pasó. Había recogido hojas para hacerle un té. Comencé a tirarlas y a culparme: si se hubiera quedado uno con él, no se cae. Lloré, nunca me he perdonado ese muerto, nos entrenamos para protegernos unos a otros”. Un mes después cayeron Galán Durán y Payero Ulloa en una emboscada en Los Mogotes. Claudio quedó solo, herido, en la montaña.

a.pena[@]hoy.com.do

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