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General Gregorio Luperón (3)

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DIARIO LIBRE / CRÓNICAS DEL TIEMPO / 14 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR RAFAEL NÚÑEZ

Para quienes pugnaban desde los primeros años porque la nacionalidad dominicana surgiera fortalecida, su propósito chocó con fuertes obstáculos, algunos propios de las condiciones del medio y otros, resultante de las gestiones de fuerzas adversas que impulsaban la anexión del país pura y simple o colocarlo bajo el protectorado de cualquiera de las potencias beligerantes con influencia en la región.

Las primeras décadas de lucha por la creación de un Estado y Nación fuertes, fueron tiempos de guerras e inestabilidad, debido a la actitud entreguista de sectores conservadores, por las constantes pugnacidad entre los bandos políticos y, además, debido a que la parte española de la isla careció de una clase social que sustentase e impulsase semejantes ideales.

Gregorio, un mulato de cualidades humanísticas escasas, que se forjó desde muy joven en el trabajo y luego en las luchas políticas, fue el resultado de las condiciones sociales y materiales de la época. Su vida y su accionar estuvieron regidos por la visión liberal de “Los Trinitarios”, identificados con el pensamiento preconizado por Juan Pablo Duarte, que tiene su origen en los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVlll, que se escenificaron en Estados Unidos y Francia.

Su carisma y arraigo, su personalidad y carácter, lo construiría con el paso del tiempo, pues para la fecha de la anexión en 1861, Gregorio no era una figura preponderante entre aquellos que enarbolaban la guerra contra España. No fue un hombre culto, hecho que reconoce su propio compañero de batalla Manuel Rodríguez Objío cuando señaló: “Bastáronle algunas ligerísimas indicaciones para aprender a leer, escribir y contar, tan imperfectamente como debe presumirse.

“…Su inteligencia se desarrollaba con los años, y aunque comprimida por un escenario rústico y limitado, Luperón a los diez años gozaba ya, en aquellos pasajes, de una consideración que podríamos llamar prematura”.

No se le puede atribuir a Luperón, y mucho menos a Rodríguez Objío, el querer pasar por debajo de la mesa el criterio de que la “Espada de la Restauración” fue un hombre de gran formación académica porque no lo fue.

Tres días después de arriada la bandera dominicana de los sitios públicos, en 1861, la “Gaceta de Santo Domingo”, órgano oficial del gobierno español, publicó el siguiente editorial laudatorio del que es pertinente extraer algunos párrafos para tener una idea de los criterios que prevalecían entre los representantes de la monarquía española: “La gloriosa bandera de España, ese símbolo de civilización que durante más de tres siglos ondeó sobre nuestras torres y fortalezas, ha sido izada de nuevo sobre esta isla antillana, la favorita de Isabel Primera, la predilecta de Colón, y de ahora en adelante bajo la protegida Isabel Segunda, la Magnánima, hoy una vez más nuestra Augusta Soberana.

“Como resultado de este acontecimiento el pueblo dominicano ha visto la realización de sus esperanzas más fervientes y de sus aspiraciones más reales y nobles y en verdad, el acto en que fue proclamada nuestra transferencia política no habría podido ser más espontáneo ni habría podido haber satisfecho más plenamente los deseos sinceros de este pueblo.

“Desde el alba del lunes, 18 de marzo, día señalado para efectuarse este cambio, grandes muchedumbres circulaban por las calles de la capital, evidenciando la proximidad de algún gran suceso; a las siete de la mañana la Plaza de Armas estaba invadida, puede decirse en verdad, por toda la clase de individuos, y un poco más tarde empezaron a llegar las tropas que guarnecen la Capital, todas sus armas, acompañadas por sus generales y oficiales respectivos.

“….La gran importancia de la alocución de don Pedro Santana, los nobles sentimientos que se reflejan en ella y el tremendo entusiasmo con que las muchedumbres reunidas en la Plaza de Armas la escucharon y la acogieron, probaron más allá de toda duda cuán espontáneo ha sido el movimiento, y cuán bien merecida ha sido la confianza que el ilustre defensor de la libertad nos inspira a todos”.

¿Y qué dijo, pues, Pedro Santana, ante aquel momento infausto para la Patria? Un párrafo de su intervención es elocuente: “Sí, dominicanos, desde hoy podéis descansar de las fatigas de la guerra, podéis dedicaros con infatigable energía a labrar el porvenir de vuestros hijos. España nos protege, su bandera, nos cobija, sus armas repelerán a nuestros enemigos; ella no descuida nuestras labores, y juntos las defenderemos; volvemos a forma una sola familia, un solo pueblo, como en realidad siempre hemos sido”.

Aquellos planes anexionistas, sin embargo, fueron advertidos en las filas de los liberales. Desde el púlpito, en una solemne misa a propósito del 17 aniversario de la separación de Haití, celebrada en la Catedral el 27 de febrero de 1861, don Fernando Arturo de Meriño, que se desempeñaba como vicario general y gobernador eclesiástico de la Arquidiócesis de Santo Domingo, lo denunció. Meriño, en esa eucaristía tildó esos esfuerzos de egoístas y fanáticos, cito: “…Si, señores, y por eso hay tantos males que deplorar y tantas decepciones vergonzosas que afligen. El egoísta es un monstruo que viola sin respeto hasta los mismos sentimientos que la naturaleza inscribió en el corazón de la humanidad y huella todos los santos deberes que la sociedad y la moral le imponen. No es ni buen padre de familia, ni buen hijo, ni buen hermano, y traiciona la amistad con descaro y ve perder a su patria con impasibilidad estoica. Extraño a todo sentimiento noble, no es capaz de experimentar nunca el amor que debe a su patria mucho menos sacrificarse por ella. Qué! ¿el bien público podrá interesar a aquél que todo lo ve en sí y todo lo quiere para sí? Su reposo, su fortuna, sus días ¿va él a perderlos por sus conciudadanos? No: los héroes que han muerto en los campos de batalla y que la historia ha inmortalizado, no son para él sino estúpidos hincados con el necio fanatismo”. (“Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos”, General Gregorio Luperón, tomo l, pág. 70).

Obviamente, la jugada de Pedro Santana de anexar el país no estaba desconectada de un plan geopolítico macro regional: coincidía con las estrategias de las potencias europeas en procura de preservar o conquistar territorios en el hemisferio americano. España, Inglaterra y Francia, por un lado, incursionaban con frecuencia en aventureros proyectos para apropiarse de extensos territorios en América Latina. Claro está, la crisis de las papeletas inorgánicas era otro factor interno, pues Santana y sus funcionarios entendían que España les ayudaría a solucionarla.

Estados Unidos, por su parte, en la fecha cuando se produjo la anexión a los españoles, esto es el 18 de marzo de 1861, hacía 14 días que había investido como presidente a Abraham Lincoln; posteriormente, ese país se debatiría en una guerra civil, iniciada en Carolina del sur y posteriormente imitada por diez estados sureños, para lo cual retiraron a sus representantes del Congreso y se separaron de la Unión.

Con aquellas acciones se dio pie para que el 12 de abril se iniciara la Guerra Civil estadounidense, que culminaría en 1865, el mismo año que se produjo la retirada de nuestro territorio de las tropas españolas.

Desde 1861, año de la anexión, hasta 1865, el de la retirada de los españoles, se produjeron acontecimientos en el país en los que el joven Gregorio se involucró con pasión.

Cuando llegó a Puerto Plata después de tres días de camino desde Jamao, encontró el hecho consumado y se negó a firmar el Acta de Anexión. Pasó a Montecristi en la goleta “La Esperanza”, pero de regreso a su provincia natal, naufraga y se refugia en Esterobalsa, donde residía el prócer José Antonio Salcedo (Pepillo).

rafaelnuro@gmail.com,

@rafaelnunezr

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