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Mitos y rituales en la ciudad de Marcio Veloz Maggiolo

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Marcio Veloz Maggiolo (n. Santo Domingo, 1936). (Fuente Externa)

Marcio Veloz Maggiolo (n. Santo Domingo, 1936). (Fuente Externa)

EL CARIBE / 5 DE SEPTIEMBRE DE 2015 / POR PEDRO DELGADO MALAGÓN

Alguien dijo que el escritor malo nace, no se hace. Pero el buen escritor, como el buen músico o el buen escultor, es el fruto de un trabajo sin pausas. Marcio Veloz Maggiolo es novelista, poeta, cuentista, dramaturgo, pintor, periodista, arqueólogo, antropólogo, historiador. Sus novelas y relatos constituyen la obra narrativa más sólida y extensa realizada por dominicano alguno de cualquier época. Marcio es el auténtico biógrafo de la ciudad de Santo Domingo. Nadie como él conoce las gentes y las calles, los árboles y los tejados, los arrecifes y los misterios de esta urbe de piedras y desdichas. Con la obra Ritos de Cabaret, Marcio extendió el ciclo de su novelística urbana, al mismo tiempo que rasgaba los habituales límites del género. Propicia es la ocasión, así, para regresar al hechizo apasionado d estas páginas, cifradas por el lenguaje de nuestro mayor novelista.

En tanto el mito es idea en la que se cree (intocable, carne sólo de palabras), el rito es acción que se perpetra, que se ejecuta, que se cumple. El mito es elocuencia desasida de acción. El rito es energía cargada de religiosidad. En Marcio, el destino brota del vientre de la nostalgia y la brisa es tan sólo el aliento vano y turbulento de una vellonera. Con parejo fervor, Marcio nos propone los ritos y los mitos de su íntima realidad, y con ello crea la épica de un universo humano y mitológico que nos contiene a todos.

Pero escribir una novela no es únicamente crear una atmósfera e instalar unos personajes. Ni acaso bastará con relatar eficazmente una historia. Será todo eso y más que eso: la novela ha de ser un mundo cerrado, la historia mitológica de un mundo consistente y real. Sancho Panza o Julien Sorel o Aureliano Buendía son tan agudamente reales que nos podemos mirar en sus rostros; tan vitalmente imprescindibles que otra sería nuestra existencia sin la de ellos.

Ahora, con mayor lucidez que nunca, Marcio acomete la tarea, en efecto mítica, de dotarnos de una mitología. Y Villa Francisca será Comala exorcizada por el deseo, Pedro Páramo/Papo Torres recorrerá aguas arriba el manso río de sus amores preteridos, en tanto Susana de San Juan recobra en Emencia la augusta juventud de sus ardores y el hijo de Pedro Páramo se enfunda el pantalón prostibulario de Papo Junior.

Y, así, en aquel mundo que se desdobla en Villa Francisca y Uvero Alto, con sus antihéroes de carne y ensueño, en la dualidad extrema que polarizan Paco Santamaría y Papo Junior, Marcio propone la más intensa y alucinante metáfora existencial de la vida dominicana durante este siglo.

Ritos de Cabaret (o, quizá, Mitos de Cabaret) es un relato de flaquezas y dignidades, de sumisiones y noblezas humanas. Papo Torres es el creador del “paso cruzado en goce del bolero-son”, y su invención tiene “la misma grandeza y veracidad que cualquier batalla o que cualquier libro de filosofía”. Paco Santamaría desposará a Emencia Vargas, “pálida y azulosa a veces”, con “unos dedos largos como las ramillas finas del bambú; de él será, además, “el tesoro de su pubis azul como el azul de las espumas atlánticas”. Papo Junior, el principito, aspirará la fragancia incestuosa de Amparo, de “muslos gruesos y brillantes, como untados de barniz transparente”. En Caminati-Iriarte, hombre-mujer, “cronología gemela y contradictoria”, emergerá el mito platónico de la totalidad primordial.

De Cocuyo, el “descendiente de los ruedos minoicos, el digno hijo de hombre y bestia… el toro salpicado de canciones”, el “minotauro de inteligente pasado”, apenas quedará la fatigada tristeza de su muerte, mientras “su piel va quedando como cubierta de flores”. Con Barzizón Torpedo, brujo “empedernido en sexo”, ya “convertido en parte de una enredadera de bejuco de monte”, con dos búhos enanos que, dentro de su calavera, le prolongan la “mirada irredenta”; y con Fantina, la bruja de 145 años, cuyo cuerpo se fue “afinando, afinando, hasta transformarse en un largo bastón sobre el cual se apoyaba el árbol en el que el esqueleto de Barzizón residía”, llegarán los turbios años de la venganza, los días confusos de la “terrible armonía que pone viejos los corazones”.

Tiempo después, en 1980, Papo Junior será el “dueño inaudito de uno de los burdeles más preclaros de la ciudad”, en el que “grandes automóviles de diputados y senadores, de ministros y hasta presidentes se aparcaban en los alrededores del lugar”, y donde él, con su “poloshirt de cuello tortuga” y su “gran cadena de oro colgando sobre el cuello”, oficiaba los ritos cotidianos con una fotografía de Dámaso Pérez Prado al fondo y con Emencia, mujer de él y de su padre; ahora y para siempre en los veinte años, libre ya de la incesante transparencia de nunca haber sentido el amor, rescatada ya del oprobio senil de Paco Santamaría.

Más que una novela dominicana, Ritos de Cabaret constituye una novela caribeña. Su texto es un cañamazo trenzado con briznas de materialidad esencial, pero traslapado por el hilo incesante del hechizo, por la fibra centelleante de esta mágica realidad a las orillas del mare nostrum. A través de la onomástica del relato, inclusive, el mote común (Papo, Samuel, Amparo, Toño, Vizcaíno) ha de corresponder al personaje surgido de la carne, mientras el vocablo de sonoridad evocadora (Caminati-Iriarte, Barzizón Torpedo, Fantina, Emencia) se aloja en la epidermis del sueño.

Este relato de Marcio Veloz parece proceder de muchas voces y de muchos tiempos. En él se percibe el rumor metafísico e intemporal de la memoria colectiva. Pero esta saga de hombres pequeños barruntará, además, la utopía. Y tanto el recuerdo colectivo como la quimera del caribeño residen, no cabe duda, anudados en el intocable, en el ingrávido territorio de la música; mas no en la inspiración musical de vasto aliento, sino en ese rosario de fáciles melodías, cantadas por todos, recordadas por todos, que dicen acerca de nuestra manera de amar, de sentir o de vivir lo cotidiano.

A través de la música, Marcio Veloz propone un segundo texto, una lectura homóloga de sus Ritos de Cabaret. Imbricada la canción hasta formar un prolijo mosaico, un vasto collage en el que cada pieza preexiste a la lectura del texto escrito, esta novela de Marcio Veloz podría ser cantada y bailada. Como ha dicho su autor, Ritos de Cabaret es una novela rítmica. Más que en los Tres Tristes Tigres o en La Guaracha del Macho Camacho o en Boquitas Pintadas o en Sólo Cenizas Hallarás, en Ritos de Cabaret la música actúa como el narrador omnisciente, ubicuo y perspicuo que brinda el acceso a la narración prescindiendo de personajes y descripciones, sólo a través de una lectura concatenada de canciones. Marcio nos plantea, inclusive, a la manera borgeana, las leyes de una súbita novelística, las reglas para construir un relato aleatorio basado únicamente en las infinitas posibilidades combinatorias de textos de boleros. Y esto, por el momento, ya resulta bastante.

Según Oscar Wilde, la música nos revela un pasado personal que hasta ese momento ignorábamos, y nos mueve a disfrutar placeres que no conocimos y a lamentar pecados que nunca cometimos. Siento, así, que este relato de Marcio, esta auténtica tropo-novela, nos hace a todos más nobles y más remotos, más sensibles y más puros. Desconozco, si acaso existe, cometido más suntuoso para cualquier literatura.
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Fragmentos de la presentación de
Ritos de Cabaret, novela de Marcio Veloz Maggiolo;
Casa de Teatro, octubre de 1991.

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