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Ovni y extraterrestres a la vista. Avistamientos y experiencias dominicanas (2 de 2)

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Ovni_y_extraterrestres_a_la_vista_Avistamientos_y_experiencias_dominicanas_2_de_2DIARIO LIBRE / 29 DE AGOSTO DE 2015 / POR BIENVENIDO PÉREZ GARCÍA

Hay una cierta innegable correspondencia entre los inicios de la era de aviación, a principios del siglo XX y la multiplicación de los avistamientos de naves y objetos extraños en el cielo. Similarmente, los llamados monstruos y criaturas avistadas en Norte, Suramérica, Europa y Asia por muchos siglos, a partir del primer tercio del siglo XX fueron metamorfoseados por la imaginación colectiva en seres extraterrestres, aunque con el ingrediente de las características de sus ropas y adminículos extraños. Esta correspondencia, lejos de desacreditar la totalidad de experiencias OVNI y encuentros con alienígenas, como resultado del cambio de percepción y paradigmas que tuviéramos con el primer aeroplano y la búsqueda de vida en otros mundos, -es decir de nuestra transición de lo mágico-religioso a lo científico,- da mayor peso y credibilidad a aquellas evidencias certificables y corroborables entre las muchas falsas alarmas y confusiones con animales y fenómenos atmosféricos. El auxilio de los accesibles y casi universales medios de grabación digital, en celulares, iPods y las llamadas tabletas, muchos con superior definición o nitidez ha permitido ir ampliando las evidencias de que, salvo locura o estupidez generalizada, sí, ciertamente tenemos visitantes -¿y residentes?- de otro lugar, tiempo o dimensión que no es el nuestro.

Pero, a pesar de la tendencia o moda perceptiva de OVNIS y extraterrestres que se iniciara en el pasado siglo, como consignáramos en el artículo anterior, antiguas crónicas y escrituras conservadas revelan que el conocimiento, encuentro y experiencias de –fuera o más allá de la Tierra es antiquísimo. Conforme a las escrituras encontradas de la desaparecida cultura sumeria, su pueblo fue instruido por los Anunnaki, término que significa ‘los que vienen de arriba’, y se estima floreció hace unos 4,000 años A.C. o más atrás. Pocos vestigios de sus conocimientos han podido recuperarse, tales como una descripción, casi perfecta, del orden, proporción y coloración observada desde el exterior, de los planetas del sistema solar, algo que apenas sería empezado parcial y toscamente a ser conocido hasta ya entrado el siglo XVII de nuestra era. En cuanto a su coloración externa, ésta no sería determinada cabalmente hasta la era de los poderosos telescopios y las sondas espaciales de finales del siglo XX.

En 1951, el Dr. Pompilio Brower, médico que ocupara posteriormente importantes cargos públicos, entre ellos, la cartera de Salud Pública, reputado aficionado a los estudios de geología y coleccionista excepcional de piezas de ámbar, organizó una excursión a Valle Encantado, Constanza, más precisamente en la porción conocida como Sabana Sin Provecho, motivado por las posibilidades de obtención de materiales de ámbar y las tradiciones comentadas de los extraños fenómenos que ocurrían en esa apartada, remota zona del país. Penetrando en el Valle Encantado y ya al borde de la Sabana Sin Provecho, acamparon y levantaron tienda. Tras descansar esa noche del trayecto por la escabrosa zona de montes y montañas, que sólo puede ser transitada a pie, al día siguiente intentaron proseguir, pero algo extraño dice el Dr. Brower les sucedió. Sentían que no podían continuar, como si una pared invisible, pero tampoco sentida por ellos, les impidiera reemprender la marcha a su destino final. En esas consideraciones se encontraban levantando el campamento cuando todos vieron en pleno día una especie de carromato antiguo, como del tiempo de la colonia, llevando carga de alimentos, siendo arrastrado por unos indígenas, concretamente tres. La visión pasó delante de ellos, y duró unos pocos segundos. Fue en esta región de abundantes colinas bajas, donde uno de los hermanos Blanco Fombona, llegados de Venezuela en 1929, y uno de ellos editara una revista en aquellos tiempos, desapareció sin dejar rastro y no se encontró más. Los lugareños que viven en las proximidades del Valle, dicen -todavía- que en ese lugar suceden cosas extrañas “el que va por ahí corre peligro” y no lo transitan. Don Pompilio, erudito, voraz lector y estudioso de fenómenos, explicaba que en esa zona existe algo así como ‘una ventana dimensional’ que en determinadas circunstancias o factores fortuitos se abre al pasado. En otra observación en la que no llegara a abundar en detalles señaló la parte posterior de la Loma de La Culata, o el vallecito que sigue a La Loma, en Constanza, como otra ventana dimensional que igualmente al azar puede abrirse, aunque hacia el futuro. Precisamente esta zona y sus proximidades han sido ricas en avistamientos de objetos voladores desconocidos.

Algunos investigadores, periodistas, y uno o dos escépticos, -algo necesario para legitimar o validar todo experimento o investigación de campo, han intentado organizar excursiones al Valle Encantado, la última de la que tenemos conocimiento, en 1989, y por una razón u otra, quizá entre ellas, lo remoto e inaccesible de la zona, no se han podido materializar.

El padre del periodista investigador y actual diplomático Víctor Grimaldi, tras residir por una serie de años en el exterior, finalmente regresó de retirada a su país, estableciéndose cerca del sector de La Caleta, a no mucha distancia del Aeropuerto Las Américas. Corría el año de 1974, cuando en la noche divisó un objeto muy diferente a un avión, que cruzaba los cielos a baja altura, y apreció que a la distancia bajaba aún más, como aterrizando. Curioso y acompañado de un vecino con el que había entablado amistad, se internaron en la maleza, en la dirección donde suponían quizá había aquello aterrizado. En la nunca concluida lucha que tenemos los humanos entre el temor a lo desconocido y el impulso de conocerlo, avanzaban sigilosamente entre las altas hierbas, arbustos y bejucos hasta que, a buena distancia distinguieron un discreto fulgor. Al acercarse en el mayor silencio y agazapados, observaron por entre los arbustos un claro en cuyo medio estaba estacionado un platillo de mediano tamaño, unos 5 metros de diámetro, tal vez. Si chocante fue lo que vieron, más alarmante les resultó observar a dos seres de pequeña estatura, muy parecidos a los humanos, agachados, ocupados en lo que parecía ser una compostura de su vehículo o quizá también una recarga de energía, pues con un objeto sostenido en sus extremidades superiores descargaban algo que despedía luz y tenues chispas por abajo del artefacto. Con asombro, pero con mayor persistencia aún, contemplaron su labor, en su calcular, por aproximadamente 30 minutos, hasta que, temerosos de ser descubiertos, se retiraron en igual sigilo. Dos días después, Grimaldi regresó –de día, por supuesto– al lugar donde vio la increíble escena y en el claro encontró la marca del contorno redondo del platillo, aplastada y semi-chamuscada. El señor Grimaldi produjo esta declaración años después, bajo solemne juramento a un gran amigo, pues no quería que su experiencia quedara sin conocerse.

Algo que con respeto menciono fue la experiencia, nunca bien aclarada, ocurrida con posterioridad a la desaparición del conocido comunicador Freddy Miller, atribuida a un crimen, presumiblemente de Estado. En septiembre de 1972, el entonces asegurador, que sólo consigno con la inicial R., en un viaje que hiciera por Palenque, en la provincia San Cristóbal, para visitar uno de sus potenciales clientes, encontró a un lado de la carretera una figura desconocida que le detuvo y dijo:- Hola, yo soy Freddy Miller, estoy aquí, y deseo que sepan que no estoy muerto. Hablando perfecto español y vestido con algún tipo de uniforme, continuó diciéndole que antes era tan humano como él, y había sido rescatado por extraterrestres años atrás, a punto de ahogarse, mientras pescaba. -De hecho estoy acompañando a estas personas que no son de la Tierra, señalando a otros dos humanoides vestidos como él, que más atrás, a cierta distancia observaban, con piel verdosa clara, -quienes fueron los que me invitaron y desde entonces me encuentro con ellos. Ahora estamos aquí, porque están estudiando y tratando de componer una falla en el interior de la Tierra. Mira, allá en esa colina ¿la ves? está la nave. R. alcanzó a ver a la distancia, semioculta en una parte de loma, algo que no podía confundirse con una construcción u objeto por él conocido, de forma ovoide. Se despidió, le dio la mano y dijo –Ahora me tengo que ir.

Por la naturaleza clandestina en que operan, no se han documentado ni difundido bien los casos de avistamientos que han observado viajeros ilegales en su travesía a Puerto Rico. En la década de 1990, fueron varias las confidencias de algunos de estos viajeros, algunos detenidos y devueltos, que en la noche observaron objetos voladores luminosos haciendo piruetas y vertiginosos movimientos de vuelo, imposibles para aviones o vehículos aéreos, tales como giros instantáneos de 90 grados o zambullirse en línea recta u oblicua en el agua –algo todavía irrealizable. Un recuento anónimo de uno de los desaprensivos jefes de lancha reveló que en una oportunidad, mientras se encontraba cruzando el canal en la oscuridad, emergió desde la profundidad de las aguas una especie de platillo que bamboleó seriamente el bote, elevándose a increíble velocidad hacia el cielo.

Quizá no todos los extraños seres avistados sean meros visitantes, sino que algunos de ellos pueden ser residentes. En julio de 1989, y en medio de las largas tandas diarias de apagones en Santo Domingo, que en ese tiempo obligaban a modificar los hábitos nocturnos, una dama muy cercana a mi familia, se quedó, tras los deberes de hogar, sentada, descansando en el balcón de la segunda planta de su residencia de la Virgilio Díaz Ordóñez esq. Max Henríquez Ureña. En silencio recibía, en medio de la oscuridad el frescor de la noche, cuando sintió las pisadas sobre el césped de alguien que intentaba cortar el paso desde la Virgilio Díaz hasta la Max Henríquez, en dirección oeste, cruzando la propiedad que no tiene muros ni barreras. No hubiera resultado nada extraño el paso de un joven que distinguió, como de unos 19 o 20 años desde el balcón, hasta que vio sus ojos. Presa de terror se escurrió resbalándose en su asiento para no ser vista, mientras la juvenil figura, normal en toda su anatomía excepto por sus ojos, que despedían una luz rojiza, continuaba desplazándose a paso moderado hasta perderse de vista en la calle. Temblando, se levantó y atrancó bien las puertas tardándose mucho en dormir.

Una honorable y cristiana familia, los Bueno, residentes en el Ensanche Ozama, tuvo una vívida y desconcertante experiencia, con su hermana adolescente, Rosa*.

En 1974, el 7 de julio, la noche presentaba un calor tan insoportable que ni siquiera los abanicos podían menguar. Transpirante, el hermano mayor, Amable* un ingeniero en ciernes se levanta para tomar agua en la cocina, cuando desde detrás siente que su brazo es asido fuertemente y al voltearse instintiva y violentamente –¡qué susto!… es Bethania*, su hermana, quien ya tenía el índice en los labios ordenándole silencio, y a seguidas pidiéndole que la siguiera a la habitación de Rosa. A oscuras, tan pronto Amable cruza el umbral del aposento de su hermanita nota cómo entre los espacios de la persiana de aluminio se introducen no dos, sino tres haces de luz finísima, tan sólidos como si pudieran tocarse, dirigiéndose paralelamente en formación triangular, casi unos tres metros, hasta la frente de Rosita, que dormía profundamente. Asombrado al ver los tres hilos de luz, rojo uno de ellos, verde y violeta lo otros dos, agachado se dirige a la persiana con temor, y sin procurar despertarla, la cierra, ‘cortando’ así los hilos luminosos. Rosita siguió durmiendo, pero a sus hermanos les costó mucho volver a cerrar los ojos esa noche.

Era el final de julio, tal vez el 29, cuando, durmiendo Amable, tuvo una urgente sensación de querer despertar. Ojos abiertos y mente consciente, percibió un extraño y ominoso silencio, como impuesto, que acallaba todos los pequeños ruidos y sonidos nocturnos que le eran familiares. Cuidadosamente se levantó, y dirigió a la sala, y cuál no fue su sorpresa, al encontrar allí a su hermana Bethania, también levantada, quien le dijo en voz baja, -Rosita no está en su cama.

Viendo la puerta frontal cerrada y con el pestillo pasado, se dirigieron a la parte posterior de la casa, descubriendo desde antes de entrar a la cocina que la puerta al patio había sido abierta. En silencio y con aprensión los hermanos se acercaron lentamente a la puerta hasta asomarse y ver algo sin explicación, ni en ese entonces, ni ahora

-“…lo vimos con toda claridad: Bethania y yo cruzamos la puerta y ahí, a unos tres metros de nosotros estaba Rosita, pero… no estaba en el suelo, estaba… ¡en el aire! Vimos lo que luego entendimos era la mitad de un giro de 180 grados que Rosita, con los ojos cerrados, efectuaba con todo su cuerpo, que antes suspendido, cabeza abajo, pies arriba, volvía a su posición normal, y se posaba suavemente en el suelo ante nuestra vista.

Nos relataba años después, Amable –¿Cómo explicar lo que sentí en ese momento? Miedo, asombro, impotencia ante algo que se me escapaba y estaba precisamente afectando a mi querida hermanita. Bethania sólo me miraba en silencio con los ojos desorbitados, mientras Rosita, ya pies sobre el suelo seguía durmiendo. No sé cuántos segundos pasaron, tal vez uno o más minutos. Cuando salimos de nuestra rigidez y no sin cuidados empezamos a despertarla. Rosita parecía estar muy somnolienta, como quien quisiera volver a dormir. Le explicamos que la habíamos encontrado en el patio y lo sucedido, incluido su desafío a la gravedad. Ella escuchaba en silencio. Al preguntarle qué soñaba, nos confesó que no era como un sueño, pues estaba recibiendo clases, enseñanzas de otros seres, no humanos.

-¿Qué cosas te enseñaban? –Pues las recordaba, pero ahora no las recuerdo– fue su respuesta.

Desconocidos o inexplicados como resultan estos fenómenos, que parecen desafiar la física, el sentido común y las creencias generalizadas, mejor prosigamos nuestro recorrido existencial, balanceando las necesarias cotidianidades de nuestras vidas, aunque siempre con un sesgo de mirada, atentos a lo que aún no entendemos.

* Los nombres han sido cambiados por razones de privacidad.

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