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1965: “Desbrozando el Camino de la Historia”

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Tanque americano ocupando El Conde. (Fuente externa)

Tanque americano ocupando El Conde. (Fuente externa)

DIARIO LIBRO / 29 DE AGOSTO DE 2015 / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

En las secciones finales de la obra de René Fortunato, Una Primavera para el Mundo. La Revolución Constitucionalista de 1965, se recogen escenas contrastantes de las escuálidas manifestaciones promovidas por la Junta de Reconstrucción Nacional presidida por Imbert en la Feria y la concentración de renuncia de Caamaño, con una Fortaleza Ozama –rebautizada el 16 de agosto del 65 como Plaza de la Constitución– rebosante de gente. Las fotos son de una elocuencia aplastante, hablando por sí solas. En la antigua Feria de la Paz hoy Centro de los Héroes, algunos empleados públicos cariacontecidos con rostros de marcar tarjeta, esparcidos en la explanada dejando grandes huecos, escuchaban a oradores importados como el cubano Luis Conte Agüero. En la Fuerza, símbolo de la tradicional imposición del sable sobre la pluma en el decurso de nuestra historia, una muchedumbre motivada variopinta, compacta, que llenaba la plaza y escalaba las murallas y la Torre del Homenaje, plena de juventud. Desplegando a los vientos banderas libertarias.

Una pieza singular en la obra de Fortunato es el discurso pronunciado por Francis Caamaño ese 3 de septiembre, que se publica íntegro, junto al de Aníbal Campagna –senador por Santiago en 1963 electo en la boleta de Unión Cívica-, presidente de la Asamblea Nacional, del mismo día. Se trata, el de Caamaño, de un texto repleto de frases hermosas, cinceladas para quedar registradas en los murales de la historia, en el que se advierte –como sucede con los discursos de muchos líderes- la concurrencia de los mejores talentos que le rodearon en aquellos dramáticos días. Impera un concepto lincolniano de la soberanía popular como fuente de la autoridad, pero llevado al contexto de democracia plebiscitaria que se experimentó en la Zona Constitucionalista. “Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le pertenece”.

Allí figura el pueblo como actor central de la historia y constructor de su futuro. Se consigna la acción abortiva de la intervención extranjera, violando principios básicos de convivencia internacional consagrados en tratados. Se enfatiza el carácter nacional de la causa y el sesgo de la actuación pretendidamente arbitral de EEUU en el conflicto, “al salvaguardar los peores intereses y las más ruines ambiciones”. Resalta en la pieza un rasgo de franca sinceridad ante las masas concurrentes: “No pudimos vencer, pero tampoco pudimos ser vencidos”, debido a la resistencia. Apuntándose además la naturaleza transaccional del arreglo final.

El último capítulo del libro cubre el regreso de Bosch el 25 de septiembre, segundo aniversario del golpe de Estado que puso fin a su mandato en 1963, recibido con una colorida manifestación en el Malecón, en el Placer de los Estudios. Disturbios y protestas populares en la avenida Duarte. El cobarde ataque al Hotel Matum en Santiago el 19 de diciembre para liquidar la cúpula constitucionalista. Y la salida de Caamaño al exterior el 22 de enero de 1966, al igual que otros oficiales constitucionalistas designados como agregados militares en las legaciones diplomáticas dominicanas en América y Europa. Unas fotos excelentes son más elocuentes que las palabras. Un tanque americano domina la entrada a la calle El Conde por la Palo Hincado, con el Baluarte de fondo, como señal inequívoca de la imposición yanqui.

Como es sabido, los acuerdos pactados en la mesa de negociación que dieron origen al Acta Institucional –que Hugo Tolentino y un servidor, entre otros, compaginamos en una imprenta detrás del Cuerpo de Bomberos de la Mella- y que viabilizaron el gobierno de García Godoy, fueron incumplidos en aspectos sustanciales. En lugar de la reintegración efectiva a los cuarteles, los militares constitucionalistas fueron concentrados en un campamento en Sans Souci encuadrados bajo la designación de Brigada Mixta General Gregorio Luperón. Los oficiales más señeros fueron expatriados, colocados en cargos diplomáticos.

Fui testigo de excepción del trato humillante que se le dio al primer grupo de oficiales constitucionalistas que salió del país, porque estuve en el avión que los condujo a San Juan de Puerto Rico. Extraídos del campamento 27 de Febrero por helicópteros americanos; subidos al avión mediante un aparataje nocturno en medio de la pista de carreteo, uniformados y sin equipaje; separados en una fila en el aeropuerto de San Juan para ser vacunados pues carecían del Certificado de la Cruz Roja Internacional requerido entonces; deambulando al día siguiente por las tiendas de la Ponce de León para comprar ropa, maletas y artículos de aseo personal. Para desde allí partir, cada cual, a su destino diplomático final.

Y esto sólo fue el comienzo, pues sabemos que la reintegración pactada no se cumplió. Un grupo de jóvenes cadetes que se habían sumado al movimiento constitucionalista –con el que conviví en Santiago de Chile- fue enviado por García Godoy a la Escuela Militar, al igual que Claudio Caamaño a la de Oficiales de Carabineros. Al triunfar Balaguer en las elecciones del 66, el gobierno dominicano deshonró el acuerdo, siendo suspendido pese a la generosidad de las autoridades chilenas. Algo similar habría sucedido con un grupo enviado a Francia a la Escuela Militar de Saint-Cyr.

A su vez, conforme a relatos de beneficiarios de esa operación y del propio Sacha Volman al autor, suboficiales y alistados desmovilizados fueron extraídos mediante un programa que dirigió el rumano-americano Volman, consistente en otorgarles visas (al parecer operando una suerte de consulado oficioso) y facilitarles viáticos, alojamiento y trabajo en New York. En actos recientes de reparación histórica, el gobierno dominicano ha reintegrado y pensionado a la vez a determinados sobrevivientes de esta depuración represiva efectuada en las filas militares tras el conflicto del 65. Otros combatientes menos afortunados quedaron aquí marcados y algunos fueron cazados por sicarios paraoficiales.

Como se conoce, las elecciones del 66 se celebraron en junio y las ganó Balaguer. Mi madre me escribió a Chile y me dijo que votó por Bosch, tal como lo habría hecho yo. Pero que “los trujillistas habían vuelto a gobernar”, refiriéndose a lo que Miguel Alfonseca literariamente retrató en un cuento magistral titulado Los trajes blancos han vuelto, en alusión al uso común de esta vestimenta de gala por la burocracia del Jefe bajo su Era. Apenas era el comienzo de los terribles 12 años. Un nuevo modelo desarrollista autoritario se implantaría desde la Colina de San Carlos bajo la sombrilla de la Comisión Nacional de Desarrollo con el embajador John Crimmins ocupando un puesto al lado del presidente Balaguer, mientras la represión dura castigaba al PRD y a la izquierda más radical.

Antonio Guzmán, cabeza de la fórmula inicial que se negoció directamente con EEUU para poner fin al conflicto bélico del 65 y compañero de boleta de Bosch en las elecciones del 66, debió esperar hasta el 78 (13 años después), para desbrozar el camino despolitizando e institucionalizando las FFAA, con la ayuda de un presidente decente como Jimmy Carter y del Comando Sur con asiento en la Zona del Canal de Panamá. El auxilio de Carlos Andrés Pérez en Venezuela –nuestro proveedor de petróleo- y de la presión de una Europa dominada por los partidos de la Internacional Socialista. Aun así, Guzmán debió aceptar el “fallo histórico” que despojó al PRD de 5 curules y le dio el control del Senado a Balaguer. Por vía de consecuencia, el dominio sobre el Poder Judicial y la Junta Central electoral. Todo ello, para poder sentarse en la codiciada “silla de alfileres”.

Uno de los logros del “Presidente agricultor”, sería otorgar “bandeja de plata” al grueso del generalato politizado que heredó de Balaguer. Aunque simbólicamente, también la reintegración a las filas de las FFAA de oficiales constitucionalistas como Núñez Noguera y la consolidación de la presencia de otros como Montes Arache y Lachapelle Díaz. Junto a lo cual habría que resaltar la liberalización política que permitió el retorno de los exiliados, el resurgimiento de los sindicatos, la competencia democrática en y entre los partidos, así como una mayor libertad de expresión sin riesgo de perder la cabeza, como fueran los casos de los periodistas Orlando Martínez y Goyito García Castro.

En el plano bibliográfico, el libro de Fortunato –con primorosa impresión- se suma a la amplia producción existente sobre la materia, que tuvo en la obra de Franklin J. Franco, premiada por Casa de las Américas, uno de sus primeros hitos. Con aportes singulares de periodistas que cubrieron los eventos: Tad Szulc, Marcel Niedergang, Dan Kurzman. Otros como Draper, Selser, Gutiérrez, Newton. Los testimonios de Brugal Alfau y del dominico Zapico. Las monografías académicas de Moreno, Lowenthal, Chan, Wilson, Slater, Gleijeses. Los enfoques militares de Palmer, Yates, Shoonmaker, Greenberg. Las compilaciones documentales de Grimaldi, Bernardo Vega, Rodríguez Demorizi.

Los valiosos ensayos y testimonios de Ferreras, Gautreaux, Claudio, Hamlet, de la Rosa, Lipe, Fidelio, Arlette, Iván García, Jorge Blanco, Lachapelle, Lajara Burgos, Peña Gómez, Molina Ureña, Teresa Espaillat, Margarita Cordero, Núñez Fernández, Raful. Las fotografías de Milvio Pérez, Pérez Terrero y Thimo Pimentel. El aporte de Mercader. Las visiones desde Cuba compiladas por Gregorio Ortega y Antonio Ricardi, y desde Moscú por Vladimir Zhukov. El excelente seminario organizado por las FFAA bajo Soto Jiménez en 2002.

Hace ya 50 años –y medio siglo sí es algo para las personas y los pueblos- un guardia de línea dura transfigurado por la coyuntura en inspirado líder de la Revolución de Abril, dejó plasmada esta sentencia: “luchamos así con bravura de leyenda, porque íbamos desbrozando con la razón el camino de la historia.”

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