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Ulises (Lilís) Heureaux Level (6)

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DIARIO LIBRE / CRÓNICAS DEL TIEMPO / 24 DE AGOSTO DE 2015 / POR RAFAEL  NÚÑEZ

El calendario marcaba 22 de diciembre de 1893. Las Clavellinas, en Azua, era entonces un poblado remoto de escasa población, situado al noroeste de la bahía de Ocoa.

El prisionero había sido un hombre de confianza del Presidente de la República, un personaje clave de las negociaciones para los empréstitos asumidos por el dictador.

Aquel recluso especial, no mostraba rostro de perturbación después de un año de cautiverio, y no había razón para que lo tuviera cuando fue subido a la goleta “Presidente”. El mandatario, que dispuso su encierro sin mediar un juicio imparcial, hizo costumbre “pasearlo”, grilletes incluidos, a los fines de tenerlo cerca para evitar su evasión.

El viaje desde el puerto de Santo Domingo, de donde partió tras ser sacado de un solitario calabozo de la Fortaleza para llevarlo hasta aquella remota comunidad, constituía para él un bálsamo, una mejor opción.

La humedad en los muros, el goteo por una fisura en la pared, y el tintinar de las llaves del carcelero cuando éste se acercaba a colocarle una vasija conteniendo alimento, era su realidad día tras día en aquella ergástula con olor a orina fermentada.

Generoso Eugenio de Marchena pagaba con su encierro en el calabozo “El Aljibe” la negativa a retirar su candidatura a la presidencia de la República en las elecciones de 1892, como habían hecho los demás, persuadido él de que Ulises Heureaux Level no presentaría su postulación para la primera jefatura del Estado, como prometió.

Encerrado en el cuarto de máquina del cañonero presidencial, De Marchena siente más sosiego con las oscilaciones de la embarcación, que con la soledad incierta de los silenciosos muros de aquella fortaleza.

Cuando la goleta arribó al muelle azuano, Heureaux hizo que el recluso, su antiguo hombre de confianza, fuera montado “al pelo” en el caballo, que con los cascos derribaba cactus y guasábaras en una carrera presurosa hasta Las Clavellinas.

Ese cantón fue el mismo donde un 19 de marzo, 48 años antes, acampó uno de los regimientos fusileros dominicanos que hizo añicos la expedición haitiana en la batalla heroica de Azua.

Mucho antes de comenzar a despuntar como líder, este presidente, de origen extranjero y extracción social cuasi indigente, sabía de sus extraordinarias cualidades y limitaciones. Heureaux estuvo consciente desde que ascendió a un puesto público sobre la importancia que, en medio de las turbulentas circunstancias políticas y económicas del país, él, más que cualquiera de sus coetáneos, estaba llamado a dirigir los destinos de la nación.

–En esta ocasión –dijo alguna vez Heureaux– creo firmemente que mi humilde persona es una necesidad para la paz, digo esto porque estoy persuadido de que ni el gral. Luperón ni ninguna otra entidad política tiene a su disposición los elementos tanto de paz como de turbulencia que puedo disponer y, convencido de lo primero, porque soy el que manejo la política del país y hasta cierto punto conozco la opinión de los hombres importantes de toda la República, no necesito hacer ninguna profesión de fe para dispensarles la confianza que ellos buscan. Eso lo pronunció en 1888, ya consagrado como caudillo.

Cuando pensaba así, Ulises Heureaux Level no era arrogante ni presumido. En 1886 ya había vencido a Casimiro Nemesio de Moya, tildado éste por Tulio M. Cestero en su novela “La Sangre” como un hombre de “… atractivo talante, laborioso e inteligente”. A los Moya, como a muchos otros, Heureaux también los venció.

A los 30 años se había ganado el respeto de su mentor, general Gregorio Luperón, del resto de los generales, de la emergente clase dominante capitalista de la industria azucarera y de la propia población.

Así actuaba Heureaux, convencido y a su antojo. A Generoso Eugenio de Marchena, pues, lo puso de “ejemplo” ante los políticos que le adversaban, particularmente el puñado de generales expatriados que conspiraba desde Haití y otras islas, entre los cuales se contaba la espada de la Restauración, general Gregorio Luperón.

Aquel día, Heureaux arribó a Las Clavellinas en un brioso caballo tan negro como él. Vestía atuendo de campaña, un sombrero panamá y pantalones de dril. Entregó las riendas del animal a un asistente militar. Bajo un árbol, esperaban amarrados el joven Carlos Báez y otros sospechosos de emboscar y asesinar al general Joaquín Campos, delegado de Lilís en Azua.

Generoso Eugenio de Marchena no sabía de la conspiración contra la vida del representante del gobierno, pero fue buen pretexto de Heureaux para justificar el horrendo asesinato político contra él y el grupo.

-Llévenlo con los demás- habría ordenado el Presidente. El 22 de diciembre de 1893 fue fusilado el hombre avezado, inteligente y laborioso que negoció para Heureaux el primer empréstito con la compañía holandesa Westendorp. Con su muerte, terminaron los caprichosos “paseos” que el dictador le ofrecía a su excolaborador en el barco.

De Marchena fue sacrificado en Las Clavellinas no solo porque se había atrevido a sostener una candidatura a contra pelo de Heureaux, sino por una segunda razón: el hecho de que fue partidario de la aplicación de un plan para reformar el sistema financiero dominicano con el apoyo de las potencias europeas.

Después de ganadas las elecciones, calificadas de fraudulentas por De Marchena, Heureaux dejó sentir su diferencia de criterio con éste, lo que generó uno de los primeros conflictos de su administración con el poder europeo, pero de lo que se trató fue de buscar apoyo financiero con los norteamericanos.

En su nuevo gabinete no designó a De Marchena, pero el exfuncionario se iba a valer de su posición de gerente financiero del Banco Nacional de Santo Domingo, de capital francés, para contravenir las aspiraciones del dictador, aduciendo que éste se había atrasado con el pago de los préstamos personales y le congeló otros fondos que tenía Heureaux. La respuesta la dio el Presidente en Las Clavellinas.

Heureaux buscaba la buena voluntad de los Estados Unidos, nación que trabajaba para ampliar y fortalecer su influencia en América Latina, una coyuntura que usó a su favor en un conflicto internacional que se complicó con la presencia de dos buques franceses en las costas dominicanas.

Cuenta Sumner Welles en “La Viña de Naboth” que de uno de los buques de guerra franceses descendió el almirante Abel de Libran, que de inmediato se trasladó al Palacio Nacional a exigirle al presidente Heureaux, en no buen tono, que el dinero tomado del banco por una orden de la Suprema Corte de Justicia, que favoreció al mandatario, fuera depositado a resguardo de una tercera potencia, bajo custodia de su Consulado.

–¿Almirante, está usted familiarizado con la teoría de Darwin?, le preguntó el singular mandatario dominicano. El alto cargo militar francés quedó sorprendido con la pregunta porque a su entender, nada tenía que ver con el tema en cuestión.

Luego de pedirle excusas al almirante por no hacerse entender, el dictador se la formuló de otra manera: ¿Usted cree en el origen de las especies?, a lo que el propio presidente Heureaux se respondió:

“Yo sí creo en ella, y estoy convencido de que el negro desciende de los monos, y usted sabe, almirante que cuando un mono agarra una cosa jamás la suelta”.

Hábil, antojadizo, despiadado. “…Un aventurero procaz; un aparecido siniestro del lodo de las revoluciones”, fue la definición que Eugenio Deschamps le escribió en una misiva del 28 de octubre de 1893. Así dirigió el país Ulises Heureaux Level: fusilando, encerrando y desterrando a quienes se le opusieron, un arquetipo de la intolerancia y del abuso de poder.

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