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Personajes y calles de mi vieja ciudad (9)

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Instituto de Señoritas Salomé Ureña. Fuente externa

Instituto de Señoritas Salomé Ureña. Fuente externa

HOY / 22 DE AGOSTO DE 2015 / POR CARMEN HEREDIA DE GUERRERO

En septiembre de 1956 nos graduamos de octavo curso. Con tristeza dejamos el Colegio La Milagrosa, al que habíamos asistido. Ingresé a realizar el bachillerato al Instituto de Señoritas Salomé Ureña, ubicado en la calle Padre Billini. Se cerraba nuestro primer ciclo de estudios y nos sentíamos felices, atrás quedaban los años de infancia, entrábamos a la adolescencia, etapa llena de sueños e ilusiones. Sin embargo, no éramos ajenos al mundo que nos rodeaba, no podíamos serlo dadas las características de nuestra familia. Por las mañanas veíamos con temor a nuestro padre, que mano temblorosa, buscaba en el periódico El Caribe la temida columna “El Foro Público”, una especie de paredón civil. Aparecer en ella era caer en desgracia; ya mi padre había sido víctima de aquella ignominia propia de esos años de tiranía, de aquella sociedad sometida en que vivíamos.

El Instituto de Señoritas fue fundado por La insigne poeta y educadora Salomé Ureña el 3 de noviembre de 1881. Su primer local estuvo en la Isabel La Católica 308, casa anexada hoy al Instituto Duartiano. En 1887 se graduaron las primeras maestras normalistas: Mercedes Laura Aguiar, Altagracia Henríquez, Catalina Pou, Luisa Ozema Pellerano, Leonor Feltz y Ana Josefa Puello. A la muerte de su fundadora el instituto llevó su nombre.

En octubre de 1956 iniciamos nuestro bachillerato, al venir de un colegio pequeño, el Instituto de Señoritas Salomé Ureña nos parecía inmenso, con sus más de mil alumnas procedentes de colegios y escuelas públicas. El amplio local de dos plantas contaba con aulas con capacidad para 60 estudiantes, un espacioso patio con canchas para voleibol, un bien equipado laboratorio y gimnasio y, sobre todo, un magnífico auditorio, el más importante de la ciudad por muchos años, hasta la apertura de Bellas Artes.

Pero lo verdaderamente inmenso y trascendental del Instituto era su personal docente, lo que aseguraba la calidad de la enseñanza, convirtiendo al Instituto de aquella época en la mejor escuela que haya tenido este país. Aquellos profesores abnegados que nos nutrieron con su sabiduría, jamás podrán ser olvidados. Recordaremos por siempre a doña Carmita Henríquez, Ivelisse Prats-Ramírez, Consuelo Olivier Vda. Germán, Josefa Caratini, Adria Elsa Sánchez, Marcela Sánchez de Vargas, Veronesa Ricart Lluberes, Aidita Regús, Argentina Montás, Cecilia Bergés de De la Rosa, Padre Miguel Sanz, Ruth Nolasco, Máximo Avilés Blonda, Ignacio Coradín, Cándida Noboa, los profesores de idiomas Cynthia Dickinson –inglés- Francois Bahuaud –francés, y el profesor Adriano Hernández profesor de Educación Física y deportes, y Caridad Cabral –Cachita- profesora de música. La directora del Instituto era doña Celeste Montás de Hued, quien había sustituído a su hermana, doña Urania Montás Coén. Las encargadas de disciplina eran doña Lulyn Cuesta de Pellerano y Flérida Aguiar –Fleridín- y la secretaria Ana María Herrera Cabral, quien luego llegaría a directora.

Contaba el Instituto con grupos artísticos, un coro dirigido por Montserrat Playá, un grupo folclórico, por Eugenia Giró y una banda de música organizada y dirigida por el maestro Manuel Simó, quien además enseñaba música a las integrantes de la banda. El maestro Simó nos escogió como batutera. Todos los días un grupo de estudiantes en formación, se colocaba en la calle frente al Instituto para izar la bandera, al toque de trompeta ejecutado por la alumna Luisa Lembert Muñoz.

En el año 1957 la profesora Carmita Henríquez y el profesor Máximo Avilés Blonda, realizaron con el coro del Instituto y el acompañamiento al piano de la profesora Cachita, el montaje y adaptación de la zarzuela de Ruperto Chapi “El rey que rabió”. Las protagonistas fueron las alumnas Amelia Cordero y Anilda Lockward, quien interpretó el rol masculino. El Instituto tenía además una especie de cooperativa llamada “Ahorro Escolar”, que consitía en comprar sellos por cinco o diez centavos, que se pegaban en una libreta, el dinero era devuelto a las estudiantes cuando concluían sus estudios, recuerdo al graduarme de Bachiller en Filosofía y Letras, me fue devuelto el ahorro de cuatro años, sesenta y ocho pesos.

El Instituto participaba en los desfiles, casi todos en homenaje al “Jefe”, los pelotones de estudiantes en uniforme de gala blanco y sombrero, marchaban en perfecto orden, presididos por la excelente banda de música, más bien parecía una academia militar. La asistencia a los desfiles era obligatoria, una vez reunidas las estudiantes en el auditórium para escuchar la exhortación de alguna profesora sobre la obligatoriedad de asistir a uno de tantos desfiles, una alumna condiscípula nuestra, hija de un exiliado antitrujillista, simplemente señalando el retrato del Generalísimo, que presidía el escenario, dijo que ella no iría a esa marcha. El miedo se apoderó de todas, pero la intervención de las profesoras cambiando el tema rápidamente, disipó el ambiente. La osadía de la alumna fue superada por la discreción, tolerancia y grandeza de aquellas maestras, que supieron sortear el difícil momento, pasando aquello sin consecuencia alguna para la alumna. Para mi generación, el haber estudiado en el Instituto Salomé Ureña fue un verdadero privilegio y como dicen los primeros versos de su himno, compuesto por Ramón Emilio Jiménez: “Son tus aulas escuela querida, envidiable remanso de paz. Tu recuerdo en el alma se anida, en las horas de grato solaz”.

Frente al Instituto vivía la familia Lamarche Rey, el padre don Rogelio Lamarche Soto, era un reconocido médico y profesor universitario, fue además vicerrector académico. Sus cuatro hijos se han destacado en sus diferentes profesiones: Carlos, reputado cardiólogo; Eduardo, ingeniero; María Elena, bioanalista, e Ivelisse, técnica en computación. En esa misma cuadra estaba la casa del Doctor Víctor Perrotta Miraglia, donde su esposa, la doctora Faride Salomón Saba de Perrotta, tenía instalado su laboratorio

En ocasión de celebrar su XV Semana Aniversaria, La Voz Dominicana transmitió por televisión el 1 de agosto de 1957 la opera “La Traviata”, con un elenco exclusivamente de dominicanos. Los roles principales fueron interpretados por la soprano Violeta Stephen –Violeta- y el tenor, Rafael Sánchez Cestero –Alfredo-. Participaron además Tony Curiel, Armando Recio y Elenita Santos. Al igual que el año anterior, la opera fue dirigida por Vito Castorina, producción de René Contín Aybar y Dirección técnica, Freddy Miller.

En la calle José Gabriel García entre Santomé y Espaillat vivía la familia Mere Montalvo, su hija María Cristina Mere de Farías se ha destacado en las letras como narradora y poetisa. En esta misma cuadra residía la familia Valera Benítez, cuyos cinco hijos fueron jóvenes revolucionarios. Rafael Valera Benítez, sufrió persecución y encarcelamiento, luego del ajusticiamiento del tirano, se distinguió como abogado, ocupando el cargo de Fiscal Nacional, en el histórico juicio que se les siguió a los ejecutores del vil asesinato de las Hermanas Mirabal. Una de las facetas más sobresalientes de Rafael Valera Benítez fue la de poeta. Perteneció a la llamada Generación del 48. Ingresó al Cuerpo Diplomático y ocupó cargos en distintos países. Fue autor del libro “Complot Develado”, en el que relata las atrocidades de la 40.

En la calle Arzobispo Nouel, entre Sánchez y Santomé, se encuentra la Iglesia del Carmen y su famosa Gruta de Lourdes. El Bar América en la esquina Santomé, rápidamente se convirtió en un lugar muy visitado, por sus sabrosos helados acompañados de tostadas crocantes. Entre Espaillat y Palo Hincado, estaba el Estudio Fotográfico Oliva, allí fuimos retratados mi hermano y yo cuando hicimos la Primera Comunión. En los altos del Estudio estaba instalada una pequeña clínica de uno de los grandes maestros de la medicina dominicana, el eminente cirujano Francisco Hernández Alvarez. En esa misma cuadra en la acera de enfrente, estaba la tienda “Zebra” que vendía ropa de niños, la Optica Félix, y el Instituto Americano del Libro.

En la calle Espaillat, cerca de El Conde, vivía un personaje bastante joven, de figura endeble y marcado estrabismo; solo se le conocía por su apodo, temido por todos, era un reconocido calié, le llamaban “El azote de la calle El Conde”…

cheredia[@]hoy.com.do

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