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Eugenio María de Hostos: dominicano de sentimiento (1 de 2)

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Eugenio María de Hostos (Fuente externa)

Eugenio María de Hostos (Fuente externa)

DIARIO LIBRE / 15 DE AGOSTO DE 2015 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

“Dominicano de sentimiento… cubano de obligación… puertorriqueño de nacimiento… latinoamericano de origen y devoción y aspiración”. Tal se define a sí mismo Eugenio María de Hostos, una personalidad que en la medida en que uno lo lee y relee, como cuando se lee en las escrituras de quienes le conocieron o admiraron, concluye en que contenía no solo una mente dispuesta siempre a la valoración de los conocimientos y al contagio de la sabiduría, sino un corazón indomable entregado a causas de discernimiento y positivismo detrás del cual se alinearon mentes lúcidas que oteaban el porvenir con ojos de águila, mientras en la acera de enfrente observaban, recelosos, gente que dudaba o que no tenía bien claros los horizontes de la patria.

Hubo uno de sus grandes amigos, de los que nunca estuvo detrás, a sus espaldas, ni siquiera al frente, sino justo a su lado, Federico Henríquez y Carvajal, que lo definía desde su experiencia de amistad y desde el hondón de su alma: “Era bueno. Era sabio. Era justo”. Probablemente, de una persona modélica, que quisiéramos tener siempre como paradigma, no habría que decir nada más. Bueno, sabio, justo. A la posteridad, le cabría añadir: incomprendido. Y con estas cuatro señas, se retrata el carácter y la dimensión del apóstol. Construir el evangelio de la razón, anunciar la epifanía del pensamiento, profetizar tiempos áureos de bienestar en las mentes y de salud en la conciencia, es apostolado. Y los apóstoles nunca son asimilados del todo no solo por las masas ignaras sino también por los bienpensantes que anidan en lo profundo de sus sapiencias y en las hondonadas de sus corduras, temores al devenir, vacilaciones frente a las contingencias de lo inexplorado, aprensiones a la practicidad de las ideas pregonadas.

Ha sido siempre así y no fue distinto con el ilustre autor de Moral Social. Don Federico, al recordar a quienes se sentaron en las aulas a escuchar las cátedras de Hostos, anota que “sus lecciones y conferencias, sus libros, nacidos al calor simpático de su fecundo y amable espíritu, penetraron sin esfuerzo en el entendimiento y el alma de sus discípulos y de sus oyentes adscritos a los estudios sociales, jurídicos y económicos”. Y entre esos alumnos primeros de Hostos en su Escuela Normal y en sus cátedras de Sociología, Derecho Constitucional, Pedagogía, Moral (“lecciones orales, a veces dictadas a vuela pluma”), se encontraban nombres que, desde sus diversos futuros, alcanzarían alta nombradía en el campo de la intelectualidad, de las profesiones, de los estudios históricos y del comportamiento cívico: Eliseo Grullón, José María de Castro, José M. Pichardo, Emilio Prud’homme, José María Cabral y Báez, Américo Lugo, Cayetano Armando Rodríguez, Rafael J. Castillo, entre otros más. Cuando obligado por circunstancias adversas hubo de partir a Chile (“en hora infausta, levantaba otra vez su tienda de peregrino del ideal”), dejaba atrás “una verdadera familia de maestros”, según el reporte de don Federico. A más de los ya mencionados, figuran en esa lista de privilegiados del ideal hostosiano: Félix Evaristo Mejía, Francisco J. Peynado, Arturo Grullón, Federico Velásquez, Rodolfo Coiscou, Miguel Saviñón Sardá, Bartolomé Olegario Pérez, Anacaona Moscoso, Andrés Julio Aybar, Rafael Alburquerque, Rafael M. Moscoso, Jacinto B. Peynado, entre otros que constituyeron, al decir de don Federico, “un núcleo de obreros intelectuales, nutridos de sanas doctrinas”.

Esos, los discípulos. Pero, ¿quiénes estaban en la acera de enfrente? Se suele mencionar solo a la Era de Trujillo como culpable de la desintegración educativa hostosiana, lo cual es cierto, pero solo parcialmente, pues el apóstol tuvo siempre, aquí y allá, opositores, algunos alejados de la sofocadora malicia del denuesto o la inquina, otros perversamente dispuestos a socavar el ideal enarbolado por el Maestro. Mucho antes de la dictadura, “la acción edificante del método normalista” fue acosada por una corriente opositora que logró que el gobierno abrogara la ley de normales de 1879, y la Escuela Normal hostosiana se transformó, bajo otras premisas muy diferentes, en Colegio Central de Santo Domingo, dirigido por un hombre respetado y prudente, pero adversario del criterio positivista, Manuel de Jesús de Peña y Reinoso. Cuando, en enero de 1990, Hostos regresa al país luego de once años de ausencia, el Normalismo era un grupo activo de mucha representatividad, fortalecido por las promociones del instituto fundado por Salomé Ureña. Hubo fiesta y hosannas a su llegada al puerto, pero en las sombras o a las claras otro grupo no menos importante se abocaba a la tarea de impedir el avance de las ideas pedagógicas, científicas, que lo eran también morales y cívicas que conformaban “las doctrinas del plan de civilización de la Escuela Normal y del Normalismo”. No hemos podido identificar a quien se refiere don Federico cuando afirma que “la opinión que le era adversa, antinormalista, tuvo un campeón venido de fuera y desconocedor del medio (que) echó mano de un estribillo, grato al fanatismo y a la intolerancia religiosa, para salirle (a Hostos) al paso y ver de obstaculizar la marcha serena y consciente de la obra del Normalismo”.

Pero, es que desde siempre Hostos fue zarandeado por sus oponentes. En 1888, “el fanatismo de los ultramontanos y los manejos políticos del tirano Heureaux”, en palabras de Pedro Henríquez Ureña, lo hicieron salir del país. Cuando retornó, dice el gran humanista, “encontró más viva y abierta oposición que antes”. Max Henríquez Ureña también consigna esta realidad opositora: “El Mal vela siempre y, más astuto que el Bien, ocupaba las alturas. El error, revistiendo formas diversas, amparándose de fuerzas diversas y enconado, amenazó de destrucción su obra”. Camila Henríquez Ureña, que de los tres hermanos es quien hace la mejor disección del suceso hostosiano y sus resultados y consecuencias, parece copiar a su hermano Pedro cuando afirma que “las pasiones mezquinas, la intransigencia, la incomprensión… el ultramontanismo le hizo oposición acérrima” a Hostos. Su discípulo, Félix Evaristo Mejía, quien fuera de la promoción de los primeros normalistas, al referirse a la resistencia que algunos influyentes de la época hacían al espíritu normalista fundado por Hostos, señala que sus defensores se vieron obligados a “acallar los recelos y el prejuicio, y acudir al remedio de cierta depresión moral creada por éstos. El malestar seguía llegando, enconado, de los opositores, y urgía contenerlo, en parte por lo menos”. Otro discípulo, Arturo Grullón, que terminaría siendo médico de cabecera del Maestro, anota en su relato recordatorio de la obra hostosiana que este “tuvo opositores, contradictores, enemigos muchos, y algunos de singular prestancia, honradez completa y de insospechable sinceridad”. Y entre estos nombra al padre Billini, al doctor Alfau y Baralt, al novelista Manuel de Jesús Galván y a Fernando Arturo de Meriño. O sea, quienes se oponían a su labor pedagógica eran intelectuales probados y ciudadanos de altos vuelos. Cierto, pues: Trujillo, con la recomendación de dos prestantes intelectuales, Manuel Arturo Peña Batlle y Joaquín Balaguer, hizo desaparecer definitivamente la enseñanza hostosiana de la escuela dominicana en la década de los cincuenta, pero antes, y siempre, durante el desarrollo de su labor pedagógica para implantar el conocimiento, la razón científica y el estudio de los fenómenos sociales, Hostos tuvo opositores permanentes, que terminaron desalentando a su propio discipulado. Y esto debe consignarse igualmente para que la realidad histórica se asuma en su totalidad y no parcialmente: cuando la progresista ley de normales fue rehabilitada, el país estaba sacudido por pasiones políticas desbordadas, el orden social de la entonces aldea dominicana era inestable y las esperanzas estaban dormidas. Entonces, dice don Federico, “sobrevino la desgana, escasearon los recursos, cundió el desaliento, y no escaso número de adeptos se declaró en receso forzoso o en voluntaria huelga”. Esto quiere decir, los discípulos en buen grupo se dieron por vencidos. Había llegado, al decir de Max, “la hora de los supremos desengaños… enemigos cobardes salieronle al paso. Sus discípulos se dispersaron en el agitado campo de la política, y cuando se creyó llegada la hora de las grandes redenciones, el estruendo de la lucha fratricida asordó los aires, y la guerra civil devastó de nuevo los campos de la patria”. La pedagogía hostosiana operaba con lentitud y desgano, cuando Trujillo le dio el golpe de gracia. Sucumbió definitivamente en los cincuenta, pero venía a marcha forzada y en devenir anfractuoso desde los mismos inicios del siglo veinte.

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