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El factor separador: que Haití suba y no que Dominicana baje (2 de 4)

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DIARIO LIBRE / 11 DE AGOSTO DE 2015 / POR EDUARDO GARCÍA MICHELL

Aparte de la historia, que ha traído distanciamiento y antagonismo, la lengua, cultura, educación, costumbres y organización social son muy distintas en la República Dominicana que en Haití.

La sociedad dominicana ha alcanzado un grado de movilidad muy diferente al que prevalece en Haití. Ha elevado sus conocimientos, creado una base profesional y técnica de envergadura, aunque todavía con debilidades notorias; desarrollado un tinglado empresarial amplio, emprendedor y con aspiración de calidad mundial, si bien necesitado de mayor capacidad de absorción y difusión de innovaciones y tecnología.

Ha visto surgir una clase política con vocación democrática, anclada en la escuela retrógrada del clientelismo; un Estado que se ha fortalecido, que requiere consolidar la institucionalidad para convertirse en funcional.

Nada de lo anterior ha ocurrido en la nación vecina.

Si bien es cierto que ambos son pueblos pobres, la República Dominicana ha alcanzado niveles cercanos a los de clase media mundial, pero Haití permanece en niveles extremos, muy bajos.

De lo que se trata entonces es de que Haití suba, no de que la República Dominicana baje al tener que hacerse cargo de los problemas de la nación vecina, de su población marginada, pobreza extrema, ausencia de educación y alarmante situación de salubridad.

La República Dominicana tiene que luchar por sacar de las condiciones de pobreza a su propia gente y no admitir que ingresen o permanezcan en suelo patrio inmigrantes indocumentados aún más pobres, ni mucho menos permitir que adquieran el derecho a la nacionalidad pues eso terminaría conduciendo a la conformación de una sola nación de marginados que comparten una isla, excluidos del tren de la historia.

A eso hay que oponerse con determinación.

Es cierto que muchos de los indocumentados o ilegales fueron traídos por el sector público y privado para que trabajaran temporalmente en determinadas obras, pero se han quedado. Ha sido el producto, por un lado, de la necesidad de encontrar medios de vida, y por otro, de la ambición en busca de beneficios de corto plazo.

El grueso de la inmigración ha venido por su propia cuenta, cruzando con impunidad la demarcación fronteriza, como quien pasa de la sala al patio de su casa, amparado en la negligencia culpable de las autoridades de turno.

Hay quienes se benefician de esa anomalía, mientras otros muchos se perjudican.

Se benefician quienes contratan a los inmigrantes indocumentados para eludir pagar salarios más altos, mantenerse en la informalidad sin pagar impuestos, y evadir su inscripción en la seguridad social.

Esos nunca han sentido ni siquiera rubor por poner en peligro a su país a cambio de obtener oportunidades individuales de negocios.

Se perjudican los dominicanos que pierden sus oportunidades de trabajo por la competencia desleal de una mano de obra indocumentada; los que ven disminuir su salario real por el desplazamiento de la curva de oferta de trabajo ensanchada por la avalancha de inmigrantes; y todos aquellos que tienen que irse del país porque han perdido la esperanza de vivir dignamente en su tierra.

O sea, se ha estado produciendo, ante la indiferencia de tantos, un trueque de bolsillos llenos a cambio de facilitar la inmigración ilegal, acción que con el paso del tiempo ha estado creando condiciones que inducen a reclamar como un derecho de los descendientes de esos inmigrantes, nacidos o no en territorio dominicano, pues es casi imposible verificarlo, que se les otorgue la nacionalidad dominicana.

Y no debe seguir permitiéndose que eso siga ocurriendo, pues de prolongarse más va a conducir a la desaparición de la patria de Duarte y a que los dominicanos de origen sean extranjeros y minoría en su propia tierra.

La República Dominicana se ha comportado como una nación insolvente, rayando con lo fallido. En general ni el Estado dominicano ni la clase política se han colocado a la altura del interés nacional.

Pero lo que más se resiente, cruje y se sacude es la cualidad soberana, que tanta sangre y dolor costó conquistar a este pueblo, que siempre ha procurado gobernarse a si mismo imponiéndose a las calamidades y estrecheces con tal de evitar tener que vivir de la falsa caridad de potencias insaciables, voraces y discriminatorias de la diversidad racial.

Por tanto, léanlo bien, tomen nota y actúen con prontitud: los tiempos mandan cuidarse en salud. Se impone, entre otras muchas otras cosas, modificar la Constitución para eliminar el ius soli y sustituirlo por el ius sanguini como requisito único para obtener y ostentar la nacionalidad dominicana.

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