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Personajes y calles de mi vieja ciudad (6)

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Flor de Bethania Abreu . Fuente externa

Flor de Bethania Abreu . Fuente externa

HOY / 1 DE AGOSTO DE 2015 / POR CARMEN HEREDIA DE GUERRERO

Para el año 1955 comencé a asistir a conciertos con mis padres. La noche del 7 de enero de ese año fuimos al Palacio de la Dirección General de Bellas Artes –actual Museo de las Casas Reales- a escuchar el recital que ofrecía por primera vez la soprano dominicana Teresa Montes de Oca, acompañada al piano por el maestro Manuel Rueda. Acostumbrada a oír discos de grandes divas, aquel recital me impactó. Al ser el primero, es un recuerdo imborrable. El recital, muy aplaudido, fue recogido por la prensa para la memoria histórica. Teresa Montes de Oca fue la primera soprano dominicana en cantar en la Scala de Milán.

La Semana Santa en aquellos años era solemne, las procesiones salían de diferentes iglesias acompañadas de multitudes de fieles, pero el Jueves Santo era un día de visitas a los “monumentos”, que cada iglesia se empeñaba en poseer el más hermoso. A partir del Jueves Santo solo se escuchaba en las emisoras música clásica, lo que contribuía al recogimiento de esos días. Lo negativo fue que el pueblo identificó esta música como “música de muertos” y fue perdiendo el placer de escucharla.

Para estas fechas se encontraba en el país la Compañía de Alejandro Ulloa, el gran actor español, lo que hizo de esta Semana Santa algo especial. En el patio del antiguo Colegio De la Salle, en la Padre Billini esquina Hostos, presentaron una representación de la Pasión de Cristo. Fue todo un acontecimiento y el amplio espacio se vio colmado de público. La interpretación de Cristo por Ulloa, y la última escena en la cruz, fue un momento memorable; mi hermano Mario, que había estado husmeando durante los días de ensayo, quedó impactado. A partir de entonces el teatro sería parte de su vida.

En la calle Macorís, de apenas una cuadra, entre Padre Billlini y Arzobispo Nouel, vivía la familia Vicioso González y sus cinco hijos; el mayor de ellos, Abelardo Vicioso González -Papo-, fue un distinguido abogado y político, pero sobre todo fue un reconocido poeta. Formó parte de la llamada “Generación del 48”.

En la calle Arzobispo Portes tenía su domicilio la numerosa familia Ruiz Oleaga. El padre, don Manuel Ruiz Tejada, prominente abogado, jurisconsulto y profesor, ocupó muchos cargos, entre ellos presidente de la Suprema Corte de Justicia y Presidente interino de la República en 1970. Llegada de San Francisco de Macorís, la familia Abreu Javier se aposentó en la Arzobispo Portes. La madre Zulema Atala Javier fue una de las grandes damas de nuestro teatro y como de casta le viene al galgo, su hija Flor de Bethania Abreu ha sido primera actriz, directora y profesora de teatro. Siguiendo esta calle, entre la 19 de Marzo y el Callejón de Regina vivía la familia Domínguez Guerrero. Su hijo Asdrúbal fue uno de los más importantes dirigentes estudiantiles, y otro de sus hijos, Iván, ha sido un consagrado profesor de piano

Era costumbre en las escuelas y colegios izar la bandera antes de entrar a clases, luego se cantaban los himnos a nuestros patricios, hermosa manera de fortalecer la identidad y el amor a la Patria a los educandos, porque como dice el himno a Duarte “En la fragua de la escuela nuestra Patria fue forjada”. Desafortunadamente esta bella práctica ha ido desapareciendo.

Muchos planteles escolares tenían sus coros que participaban en las veladas e investiduras. En esa época el movimiento coral era apreciable, instituciones y clubes sociales poseían sus propios conjuntos vocales, y esto motivó a las autoridades de la Secretaría de Educación y Bellas Artes a la creación del Coro Nacional. La pianista Haidee Tallaj, directora del coro de nuestro colegio –al que nunca pertenecí-, invitó a los estudiantes para que asistieran a la primera presentación del Coro oficial; la noche del 26 de mayo de ese año 1955, en la Dirección de Bellas Artes, escuchamos el naciente Coro, bajo la dirección del español Juan Urteaga. Fue una noche memorable.

Procedentes de San Pedro de Macorís, llegó a residir en la calle Duarte don Angel Severo Cabral, su esposa Gelín Gil y sus tres hijos. La menor, Fedora, fue mi condiscípula durante el bachillerato. Don Severo fue un abogado y luchador antitrujillista, por lo que sufrió cárceles y persecuciones. Su mayor hazaña fue haber participado en el complot que terminó la histórica noche del 30 de mayo, con el ajusticiamiento del tirano. Desafortunadamente, tras años de interregno, y luego de terminada la Guerra de Abril, una turba fanatizada le hirió, y cuando fue introducido a la ambulancia, un exaltado, o un sicario, le dio el tiro de gracia.

La familia Cuello Her nández también vino a vivir a la calle Duarte. El padre, don Antonio Cuello, era propietario de la librería y papelería “Editorial Duarte”, localizada en la Arzobispo Meriño esquina Mercedes. El hijo mayor, José Israel, además de ingeniero, fue un combativo dirigente político, y el menor, Rafael –Rafuchi- se graduó de físico nuclear en la Universidad de Roma.

El 1955 fue un año bastante agitado, la propaganda sobre la inauguración de la llamada “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre” para conmemorar el 25 aniversario del Gobierno de Trujillo era intensa, se esperaba que acudieran muchos mandatarios y miles de visitantes extranjeros -lo que no sucedió- y se exhortaba a los ciudadanos a comprar y colocar en su casa, “en lugar visible”, la famosa placa en la que aparecía la cara del dictador junto a la frase que decía: “En esta casa Trujillo es el jefe”. En la nuestra, dicha placa nunca fue colocada.

El hotel San José quedaba en la calle Duarte entre Arzobispo Nouel y El Conde, en la primera planta había pequeños establecimientos, entre ellos la Línea Duarte, cuyos carros viajaban al Cibao. Mi padre, debido a sus negocios, utilizaba sus servicios frecuentemente. Una noche el abuelo Mariano, ya bastante entrado en años, enfermó, y mi madre, preocupada, decidió ir en compañía del mi hermano Mario a buscar un médico, que no fue otro que el doctor Viriato Fiallo, cuya residencia estaba cercana a la nuestra –aun no teníamos teléfono-. Eran aproximadamente las once de la noche cuando regresaron con el doctor, que luego de examinar al abuelo diagnosticó “pulmonía doble”, le dio algunos medicamentos y se marchó.

En la mañana, cuando nos disponíamos a ir al colegio, llamaron a la puerta, al abrirla me asusté, cuatro policías preguntaban por mi padre, les dije que no estaba, entonces mi madre, que había oído las voces, se aproximó y les dijo que estaba de viaje en el interior del país. No obstante, penetraron a la casa y advirtieron que en la sala no estaba la famosa placa. Al preguntar por ella, mi madre les dijo que aún no la habían comprado. Decidieron irse dejando una orden para que mi padre se presentara en la Policía Nacional. Pasada la una de la tarde regresó mi padre, enterado de lo que había sucedido, se dirigió a donde lo reclamaban. Al llegar lo condujeron al despacho, de un general…que luego de hacerle algunas preguntas le dijo: “puede marcharse”.

Sentado mi padre en un banco del parquecito Duarte, descansando de tan aciago día, se le acercó un militar que él conocía, y le dijo que la denuncia que había contra él era “por estar realizando en su casa reuniones a altas horas de la noche, con desafectos al Gobierno”, pero que la denuncia había pasado por sus manos y él intervino a su favor. Siempre le estuvimos agradecidos por este noble gesto al general Manuel García Urbáez –Billía-. No era difícil imaginar de dónde provenía la denuncia, -el famoso calié alemán de la calle Macorís-. Dadas las circunstancias, mi padre consideró que era necesario tener un teléfono. Así llegó a nuestra casa el 7444…

cheredia[@]hoy.com.do

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