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Personajes y calles de mi vieja ciudad (5)

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1. Iglesia Regina Angelorum. 2. Tamara Toumanova. 3. Fray Vicente Rubio. 4. Rafael Bello Peguero. 5. Aristides Incháustegui. 6. Capilla de San Andrés. 7. Erwin Walter Palm y Hilde Domin. 8. Octavio Mejía Ricart. Fuente externa

1. Iglesia Regina Angelorum. 2. Tamara Toumanova. 3. Fray Vicente Rubio. 4. Rafael Bello Peguero. 5. Aristides Incháustegui. 6. Capilla de San Andrés. 7. Erwin Walter Palm y Hilde Domin. 8. Octavio Mejía Ricart. Fuente externa

HOY / 18 DE JULIO DE 2015 / POR CARMEN HEREDIA DE GUERRERO

El entonces organista de la iglesia del Convento, Rafael Bello Peguero, fundó en abril de 1953 la “Schola Cantorum” de Santo Domingo, coro integrado por unos treinta jovencitos. Los asiduos feligreses acudían con entusiasmo a la Misa dominical y a los cultos de Semana Santa, que el coro había embellecido con sus voces. Entre los miembros del coro se encontraban el tenor Arístides Incháustegui y Erasmo Cáffaro –Niní-dos de nuestros más importantes cantantes.

Un acontecimiento dancístico sin precedentes lo constituyó la presentación en el Teatro Olimpia, en abril de 1954, de una de las más célebres bailarinas de ballet de la época y de todos los tiempos: Tamara Toumanova; traída por la Sociedad Pro-Arte, la bailarina vino acompañada de su pianista, el maestro Guillermo Iscla. Aquella noche inolvidable selló nuestro amor por la danza; su interpretación de “La muerte del Cisne”, conmovió a todos.

Ese mismo año llegaron a la iglesia del Convento, tres frailes: Armando Tamargo, Vicente Rubio y Acacio Fernández. Vinieron a restaurar la orden de los Dominicos, ausentes del país tras la dominación haitiana en 1822. Los nuevos sacerdotes sustituyeron al padre Diego Mateo, quien gozaba de gran simpatía entre los niños, pero los nuevos frailes pronto se ganarían el aprecio de toda la feligresía. Junto a los tres dominicos llegó también el padre Vicente Beltrán de Heredia, historiador y profesor de teología, quien vino a dictar una Conferencia sobre la autenticidad de la bula “In apostolatus culmine”, que consagra la primacía a la Universidad de Santo Domingo. Su célebre conferencia tuvo lugar en el Aula Magna de la Universidad, donde fue investido Doctor “Honoris Causa”.

El Padre Vicente Rubio, además de su ministerio, desarrolló una gran labor educativa y fue un investigador de la Historia Colonial. El Sermón de las Siete Palabras que pronunciaba los Viernes Santos, era muy esperado, pues a pesar de la represión, hacía duras críticas de forma metafórica al régimen dictatorial.

En la calle Padre Billini, entre Hostos y Arzobispo Meriño, vivía la familia Camilo Redondo. Allí nació en abril de 1954, Michel Camilo, el que sería uno de nuestros más grandes pianistas y compositor, reconocido mundialmente.

Pasear por las calles de la ciudad era un verdadero placer, oportunidad para saludar amigos y conocidos. La calle Puerto Plata, luego nombrada Parmenio Troncoso De la Concha, como tal, es poco conocida, para todos ha sido y seguirá siendo, El Callejón de Regina. Pero más que callejón es una pequeña plaza al lado de la centenaria iglesia de Regina Angelorum.

Al final de la plaza vivía la profesora Oliva Pichardo de Del Campo, primera directora de la Escuela Elemental de Música, creada en 1947. El Colegio Santo Tomás en la esquina Padre Billini, fundado por don Parmenio, era dirigido entonces por el profesor Ramón Yañez. En esa calle vivió también Parmenio García Troncoso –Payeyo- gran amante del teatro, con la obra “Picnic” de William Inge, introdujo el “teatro arena” en el país. Ido a destiempo murió en 1958, a los 22 años.

En la José Reyes esquina Padre Billini había una imprenta propiedad de don Bienvenido Gimbernard, pero lo curioso era que el ruido que salía de allí no era el de las máquinas en movimiento, sino el divino sonido de un violín, allí practicaba por largas horas el hijo del dueño, el laureado violinista Jacinto Gimbernard Pellerano.

En esta calle quedaba el Colegio Santa Teresita, de las hermanas Minetta y Lourdes Roques Martínez, fueron verdaderas educadoras y señaladas anti-trujillistas, sus hermanos Ricardo, Benicio, Rolando y Elíseo, tomaron el camino del exilio. Ricardo estuvo involucrado en la expedición de Cayo Confite y Rolando en la del 14 de junio. El colegio era mixto, y allí estudiaron los hijos de muchos antitrujillistas.

Al lado del colegio vivía la familia Mejía Ricart – Guzmán, y sus hijos: Magda, Marcio, Tirso y Octavio. Don Gustavo Mejía Ricart, fue abogado e historiador, sus hijos Marcio y Tirso han sido distinguidos profesionales del derecho y la medicina, también políticos: su hijo mayor, Octavio, médico, especializado en Europa y Estados Unidos, con un brillante porvenir, ofrendó su vida en aras de la Patria, héroe y mártir del 14 de junio de 1959.

En la esquina con Arzobispo Nouel quedaba la Perfumería de Charles De Mondesert, representantes del famoso perfume “Shalimar de Guerlain”, el preferido de las jóvenes y no tan jóvenes de la época. En la esquina Nouel con Arzobispo Meriño quedaba la Línea Studebaker, que viajaba al Este del país. Había allí un personaje muy popular que vendía periódicos y revistas extranjeras, apodado “Macalé”. También era muy popular el colmado de “Piloña”, en la esquina Nouel con Sánchez, porque su propietario, un español llamado Angel González del Valle, gozaba de la estimación de los vecinos, especialmente los días en que escaseaba el menudeo.

En la calle Sánchez entre Padre Billini y Arzobispo Portes, vivía la familia Renta Fiallo, padres del mundialmente famoso diseñador Oscar de la Renta. En la misma cuadra residía la familia formada por el licenciado Manuel A. Amiama –Cundo- su esposa, doña Belem de Castro Cabral, y sus hijos, Luis Manuel, Octavio y Mercedes. Don Cundo, abogado, jurisconsulto, intelectual y periodista, ocupó varios cargos, entre ellos, magistrado de la Suprema Corte de Justicia. En su casa tenía lugar una tertulia muy concurrida, a la que asistían funcionarios gubernamentales, así como personalidades del arte, la literatura y la ciencia.

Mi padre comentaba que entre los contertulios había una pareja de alemanes judíos, que habían llegado al país en 1940, huyendo de la persecución nazi, ellos eran Hildegard Löwenstein y Erwin Walter Palm; ambos se habían insertado en nuestra sociedad aportando sus conocimientos. Walter Palm era arqueólogo, investigador y filólogo, fue catedrático de la Universidad, y sus trabajos sobre la Ciudad Colonial, recogidos en su obra “Los Monumentos Arquitectónicos de la Española”, publicado en el 1955, sirvieron como base para que se declarara nuestra Ciudad Colonial, “Patrimonio de la Humanidad”. Su esposa Hildegard estudió leyes, especialista en economía, ciencias sociales y filosofía, luego se convirtió en poetisa adoptando el pseudónimo de Hilde Domin en agradecimiento a nuestro país por su acogida. Hoy una calle lleva el nombre de Walter Palm, y Hilde al regresar a su país, después de la guerra, fue reconocida como una de las mejores poetisas de su tiempo.

En la calle Santomé con Padre Billini quedaba la “Panadería Quico”, del señor Quico Caro; en la esquina sur, veíamos siempre a un jovencito tocanto piano, se trataba de Luis José Mella Castro, músico, compositor y excelente arreglista, fue de los precursores de los musicales en nuestro país. En la Santomé vivía el Dr. Perdomo, excelente ginecólogo, y al lado, la familia Perrotta Humeau, padres de Odette, Elizabeth Janet y Annette. Elizabeth llegó a ser Primera ballerina. Más adelante estaba la casa de la numerosa familia Pichardo Vicioso. Uno de los hijos, Miguel, ha sido pianista, director de coros, estudió composición en Kiev.

En la esquina Santomé con Nouel ha estado siempre el hospital Padre Billini. La historia de este centro y la capilla de San Andrés anexa, se remonta al año 1562. En 1586 fue saqueada por el corsario inglés Francis Drake. El sacerdote Francisco Javier Billini la reconstruyó en 1879, convirtiéndola en casa de beneficencia.

En la época que nos ocupa era de los principales centros hospitalarios de la ciudad, donde laboraban reconocidos médicos, como el Dr. Homero De Pool, quien me operó allí de las amígdalas. Pero además de los distinguidos galenos, había un personaje muy popular que deambulaba por ese y otros hospitales, siempre vestido de negro, con sombrero y maletín en mano, le decían “Doctor Anamú”, y es que al parecer en su delirio médico, recomendaba las infusiones del anamú como la panacea de todos los males…

cheredia[@]hoy.com.do

 

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