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El joven héroe que se suicidó por amor

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El_joven_heroe_que_se_suicido_por_amorDIARIO LIBRE / 18 DE JULIO DE 2015 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

Eran treintañeros, algunos bordeando los cuarenta, los conjurados que participaron en el tiranicidio del 26 de julio de 1899 que puso fin en la esquina de las calles Colón y Libertad de la ciudad de Moca a la dictadura lilisista.

De las tres principales figuras que impulsaron la conspiración, solo José Brache tenía 31 años de edad; los otros dos, Mon Cáceres, tenía 33, y Horacio Vásquez, el mayor del grupo, 39. El resto, eran todos jóvenes adultos: Manuel Cáceres (hermano de Mon), Domingo Pichardo, los hermanos Blas y Vicente de la Maza (este último padre de otro tiranicida, Antonio de la Maza Vásquez), los hermanos Diocleciano y Dámaso Cabrera, los hermanos Juan María y Eduardo Contín, José Francisco Pérez, José Baldomero Amarante, Manuel de Jesús Montalvo, Azael Rodríguez, David de León, Casimiro Cordero (abuelo del político vegano Rafa Gamundi Cordero) y Pablo Arnaud (abuelo del fenecido dirigente político Winston Arnaud y bisabuelo del joven diputado Wellington Arnaud). De Pablo Arnaud se afirma que cubrió la retaguardia del grupo de avanzada que terminó con la vida de Ulises Heureaux (Lilís), que fue quien fabricó las balas de plata que utilizó Mon en su revólver para contrarrestar la superchería popular que afirmaba que Lilís era un protegido de espíritus y bacás, y Joaquín Balaguer asegura en su libro “Los carpinteros” que cuando Mon huyó del lugar del tiranicidio llevaba en la grupa de su caballo a Pablito Arnaud.

En el grupo solo habían dos muy jóvenes, Ramón y Jacobo de Lara Cabrera. Este último, responsable de iniciar las acciones que darían fin a la era de Lilís, apenas tenía 17 años. Arrojado, impulsivo, Jacobito, hijo del dueño de la casa donde tuvo lugar el encuentro de Lilís con los comerciantes mocanos Manuel Cabrera, Fenelón Michel, Otilio Guzmán, Manuel de Jesús Pichardo, José Brache y el propietario del negocio Jacobo de Lara, sin tomar en cuenta que hasta su padre podía ser víctima del lance, realiza el primer disparo con el fusil que portaba en ese momento, hiriendo al dictador en la nuca y en la oreja derecha, cayendo éste de bruces entre las patas de sus propios caballos. Luego, Mon Cáceres completa el objetivo descargando su arma sobre el cuerpo de Lilís, mientras el dictador herido, mascullando una inaudible jaculatoria vudú, mueve constantemente su sombrero sobre su rostro tratando de espantar la mala suerte que se le venía encima, práctica brujeril que no le da resultado. Finalmente, José Brache, vacía su revólver sobre el pecho del dictador, quien finalmente termina su vida recostado sobre la guásuma que estaba plantada en uno de los laterales de la casa de Jacobo de Lara.

Cuando en septiembre, los héroes y conjurados del 26 de julio arriban gloriosos a Santo Domingo, el presidente Jimenes ofrece cargos públicos a muchos de ellos, incluyendo a los jovencitos Ramón y Jacobito de Lara, pero el padre de éstos los rechaza debido a la juventud de los mismos. Eran casi niños aún. Dos años después, cuando Jacobito tiene apenas 19 años, enamorado hasta el delirio de la joven Emilia Michel, a quien apodaban Millo, traslada su temperamento arrebatado al drama del amor y convierte una vida pródiga en tragedia que terminará con la existencia de su amada y con la suya propia.

Emilia Michel era una joven de hermosura impresionante. Joaquín Balaguer, que narra el suceso, la define: “De tez blanca, de color castaño la cabellera ondulosa, de finas líneas el óvalo perfecto del rostro incomparable. Pícara, traviesa, envolvía a todos al pasar en la malla de su coquetería. Se sabía bella y le agradaba, como a todas las beldades, sentir a muchos admiradores a sus pies, cautivos de sus ojos, pendientes de sus gracias y rendidos a sus encantos”. Esa fue, al fin, su perdición. Jacobito la amaba apasionadamente. “Mi carácter exaltado y vehemente, excitado por sus desdenes, hizo de los primeros tiempos de mi juventud un penoso martirio”, se sincerizará Jacobito ya en la cárcel frente a la escritora Virginia Elena Ortea, de quien se ha dicho que estaba prendada de la cautivadora personalidad del héroe y homicida.

El romance de Millo y Jacobito tuvo constantes altas y bajas. Confirmaron sus amores, pero con frecuencia surgían los rompimientos y los afanes de reconciliación. “Yo era incapaz de ausentarme de Millo voluntariamente por un solo día”, afirmaba. “Nuestras relaciones duraron poco; no había paz entre su carácter travieso y despreocupado de muchacha mimada y bonita, y mi amor, exigente y profundo”. El joven se dedicó a disfrutar de diversas aventuras amorosas, mientras Millo era enviada por sus padres a Santiago de vacaciones. Cuando Millo regresó a Moca supo que Jacobito se entretenía con otras féminas (“Siempre había quien le llevara una historia que tendiera a desunirnos; a mí, cada día hubo quien renovara la amargura que rebosaba en mi alma con chismes, que yo, en la ceguedad de mi amor apasionado, creía en el primer momento…”). Coqueta y sabiéndose bella, para molestar al hombre que realmente amaba, Millo da vueltas con sus amigas en el Parque Central de Moca donde los jueves y domingos eran días de retreta. Balaguer narra: “En una de sus vueltas alrededor de la glorieta, alguien se detuvo un instante ante ella y lanzó a sus pies un requiebro. Era un galán apuesto, fornido como un efebo circense, hermoso como un apolo de piel morena. En los labios de ella traveseó una sonrisa y en sus ojos brilló un resplandor fugaz, parecido al del relámpago en el cielo de la noche. Nadie atribuyó importancia a esa travesura inocente. Pero de pronto, del seno de la semioscuridad reinante (el parque entonces -1901- se alumbraba con farolas de gas), bajo las arboledas del parque, surgió alguien que se plantó ante Emilia Michel. Hosco, inconocible, amenazante. Se oyeron varios disparos y la joven, bañada en sangre, se desplomó en brazos de sus amigas”.

A Virginia Elena Ortea, Jacobito le cuenta en la cárcel de Puerto Plata donde estaba encerrado por el homicidio: “La caída, desde la altura de mi esperanza, al antro de los celos y la desesperación, fue rápida… La sangre subía a mi cerebro con oleadas ardientes… ni una vez obtuve el alivio de una atención de mi amada… cuando encontré por la calle un corrillo en que se decía que ella, mi adorada, amaba a otro… Yo no sé… corrí al parque. Allí estaba ella; él, de quien yo estaba celoso, no muy lejos, gozando del bien de mirarla, bien que era mío, mío solo… me sentí enfermo y pensé salir de aquel infierno, en volver a mi casa… la encontré en mi camino, impávida, risueña, mientras yo me sentía devorado por todo el rencor furioso de un loco… No sé lo que hice… No sé cómo pasó la catástrofe. No oí las detonaciones ni supe cuando atenté a mi vida con el último disparo”.

Millo amaba a Jacobito. Balaguer escribe la metáfora de su muerte señalando que, ya inerte, su rostro sonreído parecía decir: “¿Por qué, amado mío? ¿Por qué hieres a quien tanto te ama”. Jacobito, en la cárcel, revela a Virginia Elena Ortea que él supo luego que Millo había dicho a sus amigas que antes de arreglarse definitivamente con él iba a castigar sus infidelidades haciéndolo desesperar por tres días. El lo supo cuando ya no había remedio.

Jacobito de Lara, el jovencísimo héroe del 26 de julio de 1899, cercenaba ahora una vida, justamente la de la mujer que amaba, a causa de su amor desbordado y de su espíritu irremediablemente celoso. “La misma arma que sirvió para abatir al déspota, fue usada por Jacobito para rasgar el pecho de Emilia Michel”. Ella era una imberbe. El apenas tenía 19 años de edad. Un adolescente que en la descripción de la escritora que lo visita en la prisión, tiene en su faz aún “el brillo y hermoso sonrosado de la infancia”, de “ojos grandes y brillantes” que “no miran con la malicia del astuto ni tienen la vaguedad del criminal; sólo vi en ellos una tristeza profunda y mucha luz al animarse hablando del desgraciado suceso, luz que brillaba húmeda por reprimidas lágrimas, cuantas veces nombré a su malograda novia”. Antes de cumplir los veinte años de edad, Jacobito de Lara terminaría suicidándose en la cárcel de Puerto Plata, según se dice con un revólver que -insólitamente- se le había permitido poseer en la celda a causa de estar preso en la ciudad de donde era oriundo el dictador cuyo cuerpo cargado de medallas con su traje de orlas doradas su bala primera había precipitado sobre los equinos para que Mon Cáceres terminara de completar el suceso heroico y el país dominicano iniciara una nueva historia en los albores del siglo que llegaba.

(Recomendamos la lectura de: “Los carpinteros”, Joaquín Balaguer. Editora Corripio, 1984/ “El ajusticiamiento de Lilís”, Adriano Miguel Tejada. Comisión Permanente de Efemérides Patrias, 1999/ “Crónica puertoplateña: interview interesante de Virginia Elena Ortea”. Museo Héroes del 26 de julio. Publicación No. 1. Argos, 2015).

www. jrlantigua.com

Eran treintañeros, algunos bordeando los cuarenta, los conjurados que participaron en el tiranicidio del 26 de julio de 1899 que puso fin en la esquina de las calles Colón y Libertad de la ciudad de Moca a la dictadura lilisista.

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