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Turismo y la maléfica muralla

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Muralla construida frente a la Fortaleza Ozama.| Fotografo: Martín Castro

Muralla construida frente a la Fortaleza Ozama.| Fotografo: Martín Castro

DIARIO LIBRE / 06 DE JULIO DE 2015 / POR JUAN LLADÓ

Quienes se oponen al derribamiento de la muralla que cubre la fortaleza Oma argumentan que la edificación es un patrimonio del pasado. Por Juan Lladó 

Don Bernardo Vega, presidente de la Academia Dominicana de la Historia, desató hace unos años un debate público cuando pidió que se demuela la muralla que cubre el lado sur de la Fortaleza Ozama en la Ciudad Colonial.

Construida en los tiempos de Trujillo por el arquitecto puertorriqueño Félix Benítez Rexach, las razones que le dieron origen ya no son válidas puesto que ahora es solo una reliquia histórica de los tiempos de la tiranía y, al no tener otro uso que el de lastimar la pupila de quienes por allí transitan, la muralla debe ser demolida para atender los exigentes requisitos del desarrollo turístico capitalino.

En un artículo memorable publicado el 23 de enero de 2011, en la sección Areíto del periódico HOY, Bernardo Vega pedía sonoramente el derribamiento de esa abúlica y anodina muralla. Con el sugestivo título de “¡Tumbe ese muro, Señor Ministro!”, y haciendo un símil con la petición histórica que hizo Ronald Reagan al entonces Secretario General del Partido Comunista ruso Mihail Gorbachov, Vega emplazó al ministro de Cultura de entonces para que tomara esa medida. Pero lamentablemente no ha ocurrido aquí lo acontecido en Berlín cuando en 1987 los berlineses derribaron el suyo a mandarriazos.

La petición de Vega se basó en el deseo de que se expusiera el maravilloso farallón que la muralla tapa. Cuando no existía la muralla se podía divisar esa zona hermosa que enriquecía el paisaje del puerto de Santo Domingo y permitía observar los cañones coloniales del fortín. Trujillo sacrificó la estética, según Vega, por dos razones: 1) para evitar cualquier intrusión en la Fortaleza Ozama, en aquel entonces un recinto donde se guardaban los presos políticos, y 2) para impedir el contrabando de mercancías que llegaban al puerto, en aquel entonces el principal del país. Desde entonces el Paseo Presidente Billini quedó preso de la mácula de esa infame pared.

Obviamente, ya la justificación trujillista no es válida para tener ahí ese adefesio. Ni la Fortaleza es un recinto militar ni por el puerto viene carga contrabandeable. Solo los conservacionistas resabiosos que exigen conservar todo el pasado se oponen al derribamiento (Vega propuso complacerlos dejando solo un pedazo en pie). Pero el ministro de Cultura de entonces escurrió el bulto solicitando públicamente a una pléyade de historiadores y arquitectos pronunciarse sobre el asunto. Pocos lo hicieron pero fueron suficientes para paralizar al ministro, y ahí está la pared todavía.

El criterio fundamental de los que se oponen al derribamiento es que la muralla es un patrimonio del pasado. Tal simplista posición parecería proponer que todo los vestigios del pasado se preservaran solo porque son expresiones del pasado, como si la realidad se construyera con ese limitado aporte y no importaran otros insumos. Si pensáramos así, la estatua de Trujillo que había en San Cristóbal y que fuera derribada a mandarriazos por las turbas después del ajusticiamiento, tendría también que ser preservada. Nada más insensato y aberrante.

Las reliquias del pasado que debemos preservar son aquellas que, por sus características y simbolismo, tienen un extraordinario valor identitario. Pero aquellos iconos, figuras y sitios del pasado que han estado asociados con la parte más deleznable de la naturaleza humana, no deben requerir el homenaje implícito en su preservación. Mal pudiéramos defender la preservación de las manifestaciones del régimen tiránico cuando en todos los demás lugares del mundo los pulverizan cuando el oprobioso poder que las ampara ha desaparecido. Basta con que se ocupen los museos.

Es cierto, sin embargo, que algunas de las murallas más famosas de la humanidad que todavía hoy quedan en pie son notables atractivos turísticos independientemente de que hayan o no estado asociadas con regímenes tiránicos. La Gran Muralla China, las murallas de Jerusalén, Troya y de Babilonia, por ejemplo, podrían verse como símbolos de un pasado barbárico (ver las diez más famosas en www.youtube.com/watch?v=kBIwzAQFzd4).

Pero esas murallas tienen características tales que las hacen atractivos turísticos muy singulares, mientras la “muralla de Trujillo” no tiene nada que la redima en ese sentido porque ni siquiera es parte de la Ciudad Colonial y, además, no sirve para nada.

Algunos de los que se han opuesto han lamentado el desperdicio del considerable espacio existente entre la muralla y el farallón e instan a rescatarlo (“ponerlo en valor”). Pero es difícil concebir cuáles usos serían placenteros para nacionales y visitantes cuando el espacio en cuestión sería un estrecho callejón que, al encajonar los sentidos, produciría desconcierto y ahogaría por completo el disfrute estético. Ni siquiera un parque ecológico sería posible, a pesar de la exuberante vegetación ahí imperante. Pero aun si algún genio concibiera un uso aceptable para ese callejón, lo importante ahora es qué se necesita para conjurar un grave problema que atañe a la emblemática Ciudad Colonial: el problema de los parqueos. Esa situación debe solucionarse para beneficiar el flujo turístico.

Son muchas las voces que se quejan amargamente por la falta de parqueos en la Ciudad Colonial. La actual intervención de que actualmente está siendo objeto no incluye la creación de los parqueos necesarios, aunque el Ayuntamiento del Distrito Nacional esté construyendo uno en el área de la Atarazana. Para conjurar el problema varios arquitectos nacionales han vislumbrado parqueos soterrados. Uno de ellos se construiría en la Plaza España, otro en el mismo Parque Colón y un tercero en la misma Fortaleza Ozama. El acceso a ellos se conseguiría a partir de la Avenida del Puerto.

Los parqueos soterrados, sin embargo, podrían no ser los mejores para acoger grandes autobuses como los que se estarán desplazando desde Bávaro-Punta Cana y otros polos del país hasta la ciudad capital. Si demoliéramos la maléfica muralla objeto de estos comentarios conseguiríamos un espacio adecuado para parquear 30-40 autobuses de gran tamaño a cielo abierto. Y si se optara por construir el parqueo soterrado debajo de los espacios vacíos de la Fortaleza Ozama, la entrada al mismo podría habilitarse mediante un acceso que se haga disponible en el área de la actual muralla.

He ahí entonces la razón de peso para demoler la maléfica muralla. El peso es tal que se superpone y suplanta el afán de los ultra conservacionistas. Necesitamos el espacio para acotejar a nuestros visitantes extranjeros y asegurarnos de que su experiencia de la Ciudad Colonial sea placentera. Ojalá y el actual ministro de Cultura aquilate esa necesidad y derrumbe ese odioso esperpento.

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