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Montes Arache, líder excepcional

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Grupo de Hombres Rana en una acera del parque Independencia. Desde la izquierda, Alfredo Liberato, Tico Guzmán, Teófilo, “Papito Montes Arache”, Manuel Ramón Montes Arache, Isidoro Quezada, Aníbal López, Vidal Familia, Alcides Pérez.

Grupo de Hombres Rana en una acera del parque Independencia. Desde la izquierda, Alfredo Liberato, Tico Guzmán, Teófilo, “Papito Montes Arache”, Manuel Ramón Montes Arache, Isidoro Quezada, Aníbal López, Vidal Familia, Alcides Pérez.

HOY / 14 DE JUNIO DE 2015 / POR ÁNGELA PEÑA

El bombardeo aéreo de las fuerzas de San Isidro en el puente Duarte destruyó la defensa militar de los constitucionalistas, dirigidos por el coronel Holguín. Murieron los defensores de dicha plaza de artillería y quedaron múltiples heridos. Los Hombres Rana estábamos presentes en esa batalla en la que cayó en combate uno de los nuestros, Tomás Torres. Se produjo una debacle”.

Aníbal López inicia así el recuento de ese momento en el que Manuel Ramón Montes Arache demostró su excepcional liderazgo, valor patriótico y poder de convencimiento.

El comandante de los temidos Hombres Rana tomó un megáfono y llamó al pueblo a no dispersarse. “Teníamos una artillería en la plaza La Trinitaria y él invitó a un grupo de jóvenes a tomar las armas para seguir el combate. Detuvimos el avance de las guarniciones del CEFA”, agrega.

Al atardecer de ese 27 de abril Francisco Alberto Caamaño advirtió “que ya era muy reducido el grupo de resistencia y al detenerse el bombardeo improvisó una arenga”, significa Aníbal.

-¡Hemos sido diezmados! ¡Exhorto a los compañeros oficiales que puedan asilarse que lo hagan!

López relata que tomó a Montes Arache por un brazo y le preguntó: ¿Y qué va a ser de nosotros?”. Y Montes Arache se dirigió a Caamaño:

-¡Francis, escucha lo que dicen los soldados¡ ¿Cuál será su destino? ¡Vamos a luchar o a morir!

-¡Vamos a pelear hasta morir o triunfamos todos!”, dice Aníbal que reaccionó el líder máximo de la Guerra.

“El ejército de San Isidro avanzó hasta la escuela Perú y esa noche Montes Arache, con 15 o 20 Hombres Rana puso en práctica su decisión de pelear hasta la muerte si era necesario. Nos reunió en la calle Barahona y ordenó: ‘¡Hay que tomar la escuela Perú!’. Ya las tropas del CEFA tenían ahí un control de mando y él advirtió: ‘si dejamos que se acantone el grueso de la milicia seremos sus víctimas, ¡vamos a desalojarlos!”.

Cuenta que entraron, sacaron las huestes y ocuparon el plantel.

Al día siguiente se produjo la ocupación norteamericana y Montes Arache no mostró desaliento como otros revolucionarios.

Según López, les animó a no decaer con estas palabras: “¡Vinieron a matarnos, a usurpar nuestra nación, debemos enfrentarlos; el soldado está para cuidar la Patria, ahora más que nunca tenemos que defenderla!”.

Aníbal refleja en sus narraciones gran admiración por su comandante y el valor que este transmitía a su equipo cuando les hablaba. Cumplían sus mandatos sin vacilación, con entrega. Montes no mostraba temor ante ninguna situación. Es probable que su intrepidez, unida a que contaba con los oficiales mejor entrenados de la República, a juicio de Aníbal, influyeran para que Caamaño lo nombrara ministro de Defensa.

“Montes era quien controlaba los comandos, formaba la avanzada para impedir que entraran tropas enemigas. De él surgió la idea de la formación de comandos y en cada uno apostaba un Hombre Rana”, manifiesta. Otra de sus obras, añade, fue la creación de la Escuela de Comandos que dirigía Noboa Garnes. Funcionaba en el antiguo Conservatorio Nacional de Música, hoy sede del Ministerio de Cultura.

“En el asalto a la fortaleza Ozama peleamos los Rana, los comandos del 14 de Junio, Pichirilo, Víctor Ramírez, del comando Eugenio María de Hostos y los civiles”.

Detalla la llamada “Operación limpieza” para explicar cómo actuó Montes frente a esta acción de los norteamericanos “que instalaron un corredor desde el puente Duarte hasta la Pasteur, donde estaba su embajada, y que dividió en dos la ciudad. Esta operación, dirigida por el Gobierno de Reconstrucción Nacional, acompañado por los yanquis, ocasionó una gran matanza en la parte norte”. Montes Arache “preparó comandos para impedir que entraran al perímetro, asesoró a los combatientes sobre cómo hacerlo”.

En el parque Independencia. “Un convoy de las tropas norteamericanas se disponía a atacar, iba rumbo al parque Independencia con cuatro jeeps de asalto y dos camiones. El comando de San Carlos los dejó entrar en la 30 de Marzo, no le disparó para agarrarlos en su territorio”.

Agrega que “Montes Arache y los Rana, que estábamos en el parque Independencia, los agarramos en dos fuegos, capturamos tres jeeps, resultaron seis muertos y 10 heridos, quedaron tres vivos y los llevamos a la calle Pina esquina Padre Billini donde estaba el Comando Constitucionalista, luego se los entregaron a la OEA”.

Por la avenida Duarte, señala, “entró otra columna norteamericana que ocupó el teatro Max, los Hombres Rana, el comando de Barahona y Pichirilo los atrapamos y capturamos tres jeeps, un camión, ahí también resultaron unos cuantos muertos, la otra parte retrocedió”.

Aníbal acompañaba a su jefe en uno de esos jeeps que al igual que su AR-15 fueron quitados a los intrusos.

En otros reportajes se publicarán más testimonios de López sobre el coraje, el liderazgo y la efectividad de las determinaciones tomadas por Manuel Ramón Montes Arache en el asalto al Palacio Nacional con el que estuvo en desacuerdo porque cinco días antes hizo un asalto sorpresa y ya esas tropas estaban alertas, entre otros argumentos. “Sabía que no iba a ser un triunfo, estaba pesimista. Caamaño iba y Montes lo detuvo: “¿Tú te estás poniendo loco?”.

Y comenta: “Claro, Montes Arache tenía que ir, era el Ministro de la Guerra, debía morir ahí”. Y a continuación describe las estrategias y posiciones del jefe de los Hombres Rana en ese hecho del que salió herido.

También narra la participación de Montes los días 15 y 16 de junio, fechas “de la gran ofensiva” de los invasores; lo que pasó el 29 de ese mes; por qué colocó cañones antiguos en sitios fundamentales de la ciudad y mandó a la población a vestir de negro y el uso que daba a las luces de bengala de los yanquis.

También ofrece pormenores de los sucesos del hotel Matum que son imborrables en la memoria de este leal y certero combatiente que escapó milagrosamente de la muerte. Allí se apreció con mayor claridad el arrojo y la audacia de Montes Arache porque todos los ataques que cita Aníbal les tomaron por sorpresa. Pero él se agigantó dirigiendo, protegiendo a Caamaño, atacando al enemigo camuflado y a los infiltrados, “raneando”, disparando, gritando sus ordenanzas en el lenguaje propio de los militares que Aníbal repite como si las escuchara hoy. Abundan los “San Antonio”.

López declara que Montes Arache “tuvo el privilegio de tener bajo su mando al grupo mejor entrenado de todas las Fuerzas Armadas. No quedó un compañero sin respaldarlo, contrario a Caamaño que era Casco Blanco y nosotros tuvimos que tomar la fortaleza donde él era su comandante porque sus tropas no lo acompañaron”.

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