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¡El mar se está metiendo!

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Ilustración  Ramón Sandoval

Ilustración Ramón Sandoval

DIARIO LIBRE / 14 DE FEBRERO DE 2015 / POR BIENVENIDO PEREZ GARCÍA

El día que el mar entró a Santo Domingo

El terremoto del domingo 4 de agosto de 1946, minuto después de la una de la tarde, y sus muchas réplicas, algunas bastante fuertes, ocurridas en los días siguientes, tuvieron un profundo efecto en la población capitaleña, todavía impregnada de gran fervor religioso, al considerar estos como una señal de advertencia o castigo que requería acciones y testimonios espirituales de desagravio. Justo toda la mañana de ese día se había celebrado un nuevo aniversario, el 450, de la fundación de la Ciudad Primada de América, pocos años antes despojada de su insigne nombre, Santo Domingo.

Procesiones diarias, a partir de las cinco de la tarde por las calles principales; misas, ofertorios y rosarios caseros se sucedieron a partir de aquel 4 de agosto, en búsqueda de la protección Divina.

Aún ignorando en ese entonces y por mucho tiempo los capitaleños los verdaderos terribles efectos que este movimiento telúrico produjo con el tsunami que le siguiera en Nagua, arrasando con el poblado de Matanzas, que ahogó y desapareció a cientos de personas –una maniobra de supresión de información que fue moderada y manipulada por el régimen de Trujillo para minimizar el fenómeno- los habitantes de la entonces Ciudad Trujillo sentían gran aprehensión y temor desbordándose en rumores y exageraciones sobre los daños y efectos del terremoto en la capital. De varios fallecidos, no más de dos, los comentarios los multiplicaron por muchas docenas de muertos en desplomes de casas, que nunca ocurrieron: de un resquebrajamiento en la puerta principal de la Iglesia de Las Mercedes se propagó que una pared entera de ésta se había desmoronado, así como el desplome de monumentos como el Obelisco. Cualquier cosa en esos días podía suceder.

Fue entonces que el domingo siguiente se produjo un nuevo fenómeno con efectos para los capitaleños tan o más terribles que el terremoto anterior.

Han surgido muchas historias, y leyendas urbanas alrededor del origen y detalles del primer episodio de histeria colectiva del país del que se tenga noticia, atribuyéndolo a diversas causas. La verdadera génesis de este episodio, sin embargo, ha podido ser rastreada. Conforme a los testimonios recogidos de las personas más serias y ecuánimes que estuvieron ese día allí entre las más de tres mil personas atestadas en la celebración de la misa en el malecón a partir de las 8 de la mañana de aquel domingo11 de agosto de 1946, (y no el 8 de agosto como erróneamente se ha comentado) cerca de las 8:23 uno de los congregados tuvo uno de sus ocasionales ataques de epilepsia, cayendo al suelo entre convulsos retorcimientos. Ante el desconcierto de quienes le rodeaban un conocido del afectado que estaba próximo advirtió a viva voz: ‘¡Apártense, que le ha entrado el mal !

Uno de los presentes, que no estaba tan próximo ni podía ver al epiléptico, escuchó la advertencia y gritó ¡El mar está entrando! ¡El mar se está metiendo! ¡Juigan! Como esperando una orden todos los que le oyeron empezaron frenéticamente a correr mientras muchos repetían para abrirse más el paso, ¡quítense que el mar se metió! El efecto fue no solo inmediato sino acumulativo y la avalancha humana corría a todo punto posible hacia el lado opuesto al mar, al norte, llevándose de encuentro, todo lo que –y a todo a quien- le obstaculizaba por no llevar su paso en la acelerada carrera a la salvación. El espectáculo era espantoso: Mujeres, ancianos y niños caídos, estropeados, heridos, lastimados y hasta malamente pateados y pisoteados.

El reconocido intelectual y crítico de arte Don Pedro René Contín Aybar se encontraba presente entre el público en ese piadoso acto religioso cuando se produjo la multitudinaria histeria incontrolable cayendo al suelo ante la marejada no marina, sino humana, personas que en pánico corrían a todos lados, dañándole severamente una pierna y produciendo una lesión que le acompañaría permanentemente.

Algunas damas, congeladas tal vez por la terrible visión de la entrada del mar, incapaces de correr, se hincaban en aceras o calles y con los brazos en alto pedían misericordia, mientras que otras se atrevieron a viva voz a confesar pecados, tal vez convencidas de la inevitabilidad de su muerte.

Un amigo de mi tío Luis Manuel García, de apellido Camacho, le narró ese día su experiencia: “Me encontraba cerca de mi bicicleta participando un poco alejado de la “misa de desagravio” cuando empezaron a gritar que el mar estaba entrando. Sin preguntar nada monté inmediatamente en la bicicleta, rodeé el Parque Independencia pasando como un cohete frente al Altar de la Patria y puse la segunda a mi Raleigh, para subir lo más rápido posible la (calle) 16 de agosto cuando a la mitad de la subida empecé a sentirla más pesada y vi, y oí, siempre de reojo y sin voltearme, cómo el agua ya estaba llegando a las ruedas; me desesperé y empecé a dar pedales aún más locamente hasta alcanzar la iglesia de San Carlos. Ahí fue que me detuve explotado de cansancio y fue entonces que me volví para ver el desastre del maremoto. Para mi asombro la calle, las casas estaban ¡sin una gota de agua, completamente secas!”

Fue mucha la curiosidad de las personas que salieron de sus casas a lo largo de la 16 de Agosto, la 30 de Marzo, la Palo Hincado al escuchar los barullos indistinguibles y lamentos de quienes corriendo trataban de ganar las partes más altas de la ciudad. Algunos abandonaron sus casas y se unieron al tropel de escapistas mientras que otros, mirando hacia el malecón se encogían de hombros o advertían ¡Pero no se ve nada! ¡No hay agua! Aunque no eran escuchados.

El sistema represivo, de muy eficiente organización, recibió en el momento señales confusas de lo que sucedía y acaso interpretando la poblada como algo que pudiera estar relacionado con un atentado contra el régimen a los pocos minutos empezó a apresar personas que estaban difundiendo en la calle la entrada del mar.

Al final las autoridades tuvieron la necesidad de identificar y encontrar a dos personas (al parecer no afectos al régimen), que usaron como chivos expiatorios para tratar de dar un mal cierre a un fenómeno no comprendido en ese entonces. Fueron apresados y condenados a seis meses de prisión acusados de alterar la paz pública y de vagancia.

Sobre el temblor del 4 de agosto que tuvo numerosas réplicas en los días siguientes, muchas personas que habían ya experimentado otros sismos menores, años atrás, observarían y comentarían que éste fue diferente pues las sacudidas que sintieron fueron mayormente verticales, es decir, con violentos empujes y sacudidas hacia arriba y abajo y no con el efecto mecedora, que es más bien -hacia un lado y hacia el otro-. Asunto para discusión y entendimiento de sismólogos.

Este gran movimiento telúrico tuvo su epicentro en el Atlántico, a unos 60 kms. Al noroeste de Samaná en lo profundo de la Trinchera de Puerto Rico (posteriormente conocida como Fosa de Milwakee). El tsunami de Nagua-Matanzas se produjo por el nuevo reacomodamiento de las placas tectónicas del Atlántico y de Las Antillas y cuyo vacío creado momentáneamente al ocupar violentamente el mar la nueva brecha abierta retiró de las costas de Nagua el agua que al volver arrasó esa población.

Como aún lo más trágico puede traer consigo algo de valor, tal como anteriormente el Ciclón de San Zenón originó poco después el establecimiento de una oficina de observación y anticipación metereológica, el terremoto de 1946 movió a las autoridades al establecimiento de la primera oficina de atención sísmica. Por su parte, la entonces Secretaría de Obras Públicas dictó las primeras normas y requisitos de resistencia sísmica para las edificaciones del país.

¿Qué ocasionó este singular fenómeno de histeria colectiva?

Poco se ha querido conjeturar sobre lo que sucedió y por qué, ese 11 de agosto de 1946. Para los más, la entrada del mar, vista, creída y hasta sentida por muchos de quienes estuvieron allí en el Malecón hasta ahora ha constituido una nota jocosa o anecdótica, una curiosidad en vías de desvanecimiento, de extinción de la memoria. Es sin embargo sensato, elaborar y ofrecer consideraciones un poco mejor revestidas de reflexión inteligente, no sólo para entender lo sucedido sino también para dejarnos la noción de certidumbre de que éste no fue un fenómeno único y que bien podría repetirse, en otras modalidades. Consideraremos pues como origen que:

  1. El nerviosismo que se apoderó de los habitantes de Santo Domingo a raíz del terremoto suscitó una ola de rumores sin fundamentos ¡Se murieron 200 personas en la capital! ¡Se cayó el Obelisco! ¡Se destruyó la Iglesia de Las Mercedes! ¡El mar va a entrar como en Nagua! Había una predisposición colectiva a que algo malo, muy malo podía pasar y que pasaría.
  2. El estado de opresión implantado por el omnímodo gobernante era en ese momento y desde hace años algo ya visiblemente sentido y omnipresente en el espectro social y cotidiano de los ciudadanos. Ya era habitual la admiración fingida y el temor oculto al tirano. Se le había dado ya su nombre a la ciudad, con motivo de sus actividades de reconstrucción con posterioridad al Ciclón de San Zenón, a un posible exarca del infierno ¿Enviaría Dios otro desastre para castigar a los que lo premiaron con el, por él buscado, dudoso honor de ser el primer contemporáneo en occidente al que se le concede en vida el nombre de una ciudad capital?
  3. La atmósfera se oscurecía más por la llamada “crisis del centenario”, es decir del primer centenario de la fundación de la República Dominicana, en 1844, cuyos efectos en poca circulación de dinero y carestía de productos, entre otras causas por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, colocaron a amplios sectores de la población en la línea de pobreza y a otros muchos en sórdida miseria.

Los fenómenos de alucinación e histeria colectiva según los estudiosos del fenómeno requieren de un previo ámbito escénico y una atmósfera de actitudes y expectativas sociales que hayan alimentado un imaginario colectivo.La profunda reverencia religiosa prevaleciente, la manipulación política de lo mágico religioso inaugurada por el gobernante dictador (y que iniciara cuando después del San Zenón, llevó en su propio vehículo presidencial la imagen de la Virgen de La Altagracia de vuelta a su Santuario en Higüey) la ocurrencia de una nueva calamidad de la naturaleza como lo fue el terremoto de 8 grados en la escala Richter en agosto de 1946, tan sólo necesitaba un detonante, una especie de fulminante, no importa lo pequeña de la chispa para desencadenar las ideas ominosas ya compartidas en el subconsciente colectivo. En nuestro caso el mar entró en la realidad de los asistentes a la misa del Malecón aquel 11 de agosto, cuando según los psiquiatras consultados, el detonante fue un adulto paranoico, dotado, como otros paranoicos inteligentes, de carisma y poder de persuasión para hacer creer lo que al oír repitió con toda convicción. ¡El mar está entrando, se está metiendo!

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