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La revolución ignorada (3 de 3)

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DIARIO LIBRE / 14 DE FEBRERO DE 2015 / POR JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

Hubo un tiempo, que ya hoy no se resalta tanto, en que los estudios históricos hicieron un tránsito metodológico que permitió una evaluación renovada y crítica de todo el amplio proceso iniciado desde el periodo anterior a la Conquista, con la sociedad taína, hasta la etapa pre-democrática, incluyendo lo que siguió después.

Fue el tiempo en que se comenzó a desmontar la historiografía servida por largos decenios en las aulas de Bernardo Pichardo, para dar paso a un examen más objetivo digamos que, por razones que sobra explicar, al ejercitado durante los largos años de la dictadura.

La metodología marxista promovió ese tránsito, sin duda alguna, lo que dio paso al surgimiento de nuevas voces historiográficas que asentaron un conocimiento más verosímil de los procesos sociales y económicos que acompañaron el surgimiento del pueblo dominicano. Cuando decimos metodología marxista, estamos hablando de un componente ideológico que fue sustancial en este proceso de análisis de la realidad histórica que, en su momento, servía al propósito de consumar a futuro los objetivos de las leyes marxistas. De modo que había que determinar claramente cuáles historiadores representaban esta corriente, imbuida del materialismo histórico, y cuáles mantenían sus reservas y optaban por una visión menos ideologizada o, simplemente, manejada con otras premisas y enfoques.

En ese terreno, Frank Moya Pons fue, para no pocos, el “historiador de la burguesía”, porque su crónica histórica se sustentaba en criterios menos ideologizados y tenían, por tanto, otra dirección. Creo que ya hoy esas calificaciones están fuera de uso y los historiadores de uno u otro bando intercambian juicios, evaluaciones y datos sin reparar en lo que fue, a partir de los sesenta, una práctica asumida y divulgada fundamentalmente desde la universidad estatal. A unos y otros, si acaso constituyeron grupos, se les reconocen sus aportes a la conformación de un criterio histórico mucho menos ditirámbico, fantasioso y encomiástico –según el caso- que el promovido durante la dictadura y, obviando el salto hostosiano, desde mucho antes.

Moya Pons salta al ruedo en 1977 cuando publica su todavía apreciable y fundamental “Manual de Historia Dominicana”, obra galardonada en el concurso del centenario de la muerte de Juan Pablo Duarte que organizara la Academia Dominicana de la Historia. En esas páginas, tan consultadas y leídas durante más de tres decenios, están los prolegómenos –coherencia elogiable- de la tesis que pregona hoy el reputado historiador en su nueva obra “El Gran Cambio”, que analiza la transformación social y económica operada en la República Dominicana, y cuya base parte de que en nuestro país se produjo una revolución capitalista que se inició en los finales del siglo diecinueve y que se ha ido extendiendo y consolidando hasta nuestros días. “Hasta hacerse indetenible”, asegura Moya Pons.

Cuando leí el texto –obviando en primera vuelta las fotografías que acompañan la exquisita edición, patrocinada por el Banco Popular- me aseguré de que, como libro de encargo, esta historia no resultase demasiado lisonjera o apañada. Buscaba el juicio con aval académico que certificase un parecer que vengo manejando desde hace años, sobre todo cuando comparo nuestra vitalidad socio-económica con la de otros países que, antaño, estaban por encima del nuestro y poseían niveles de desarrollo que, entonces, nos parecían inalcanzables, y hoy no pueden ponerse a nuestro lado en la mayoría, y en algunos casos, en la totalidad de los componentes sociales. Afirmo que encontré lo que buscaba en este texto y suscribo la tesis de su autor: el país dominicano ha llevado a cabo, casi sin proponérselo en esos términos, una revolución capitalista que ha permitido que todos los índices de desarrollo que anduvieron por el suelo durante mucho tiempo se hayan disparado y producido una nueva República Dominicana.

Sostener este criterio, y respaldarlo, puede generar, si no lo ha generado ya, escozor en algunos estratos que no han de aceptar esta afirmación, sobre todo porque una tesis de este tipo –demostrada contundentemente con cifras y avances tangibles- implica la derrota de pareceres que, por muchos años, apostaron al crecimiento de otra realidad. Moya Pons, empero, conecta su tesis con la evaluación histórica que ha venido desarrollando desde hace treinta y ocho años. El es, pues, el triunfador, frente a la derrota de los que se arriesgaron con otras premisas.

Los hechos hablan por sí solos. No es solamente lo que observamos a simple vista, en la metrópoli capitalina o en la mayoría de los pueblos de la República. Es lo que dicen las estadísticas y lo que muestra la propia experiencia de cada uno de los que ya pasamos la cincuentena. No sé si como afirma Moya Pons, esta revolución se inició en el periodo finisecular, sobre todo si partimos del hecho de que es en la etapa posterior al

lilisismo

–decapitado en el año final del siglo antepasado- cuando comienzan a esbozarse algunos elementos de desarrollo en aquella gran aldea que era la sociedad dominicana de entonces. Moya tiene sus explicaciones al respecto. Lo que sí puedo afirmar es que, en el curso de los últimos cincuenta años (y creo que acentuadamente en los últimos treinta, con un progreso sostenido desde hace quizás menos de veinticinco años), esa revolución capitalista tomó su curso y prohijó un desarrollo que abarca prácticamente todas las esferas, incluso aquellas en las que todavía nos falta por crecer más y mejor.

No puede rebatirse con argumentos sinceros la realidad de que hoy se dispone de un mejor sistema educativo, público y privado, que con el que se formó nuestra generación. Son más los que se educan, más los que viajan, más los que obtienen títulos profesionales, más los que comercian, más y mejores rublos de exportación cuando hasta hace poco dependíamos casi exclusivamente de la zafra azucarera. Tenemos una mejor y más diversificada producción agropecuaria, una mejor cartera empresarial de servicios, mejores carreteras, uno de los mejores sistemas de comunicación de América Latina, un sólido sector bancario y financiero, una infraestructura general de grandes proporciones. Recordemos que cuando el gobierno de Juan Bosch, cincuenta años atrás, la aspiración era la Presa de Tavera para asegurar los regadíos en la labranza de las ubérrimas tierras cibaeñas. Que todavía, en fecha más cercana, se originó una disputa colosal entre partidarios de una misma tendencia política, por la ya olvidada Presa de Madrigal. Hoy tenemos las presas y sistemas de riego que el país productivo aspiraba, mientras continuamente se siguen levantando infraestructuras viales, educativas, financieras, industriales, turísticas, marítimas, de toda índole, que aseguran el sostenimiento de esa revolución capitalista que ahora es tesis irrebatible del otrora “historiador de la burguesía”. Basta ver la cantidad de centros comerciales de primer mundo que poseemos –si acaso existe ese término todavía con el empantanamiento económico y político en que se encuentra la vieja Europa, tenida como símbolo del primermundismo durante décadas, y el propio Estados Unidos con sus aciertos y desaciertos navegando juntos en su océano de posibilidades-, el parque automovilístico, el crecimiento industrial, la cantidad de móviles en posesión de miembros de todos los núcleos sociales, y tantos etcéteras que confirman la tesis trabajada con esmero por Moya Pons durante varios lustros y que ahora ha sido plasmada en el libro puesto a circular en diciembre pasado.

El nuestro es un país mejor –donde todo ha crecido-, no solo al que conocieron nuestros padres y abuelos, sino al que nosotros mismos conocimos cuando jóvenes, y aún más, cuando ya entrábamos en la adultez. Para llegar aquí, ciertamente, nos hemos visto obligado a cruzar muchas barreras, a superar no pocos tropiezos, a levantar ánimos vacilantes, a no caer en aventuras totalitarias aun cuando algunos periodos gubernativos transitaron por ese territorio, a no sufrir largas hecatombes de miseria y de falta de libertad de expresión que hoy lastiman a pueblos y naciones en muchas partes del mundo. Nos falta rebasar algunos tramos en esta carrera del desarrollo, pero las líneas están fijadas y el destino se nos muestra promisorio. Urge vencer los fatalismos, el

malditismo

trujillista, la opacidad que niega todos los progresos, la pobreza que nos circunda que es tarea inaplazable, la inseguridad ciudadana que nos acorrala, la forja de un emprendedurismo eficaz entre los jóvenes, junto al fortalecimiento institucional que ha permitido el desarrollo de un dominicanismo plural que, como afirma Moya Pons, “dista mucho de la centralización que heredaron los dominicanos en 1961”. Un “dilatado y rico pluralismo” –en el criterio del historiador- que constituye “uno de los pilares fundamentales de la democracia que vive hoy la República Dominicana”.

(EL GRAN CAMBIO. La transformación social y económica de la República Dominicana. 1963-2013. Frank Moya Pons. Banco Popular Dominicano: 2014. Curaduría fotográfica: Jeannette Miller. Diseño y Producción: Lourdes Saleme. Edición en español, inglés y francés. 391 pp).

El nuestro es un país mejor -donde todo ha crecido-,  no solo al que conocieron nuestros padres y abuelos,   sino al que nosotros mismos conocimos cuando  jóvenes, y aún más, cuando ya entrábamos en la adultez. Para llegar aquí, ciertamente, nos hemos visto obligado a cruzar muchas barreras, a superar no pocos tropiezos, a levantar ánimos vacilantes…  

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