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Balaguer, López y el campesino dominicano

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HOY / 07 DE FEBRERO DE 2015 / POR MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN

No es exclusivamente por el estilo que Joaquín Balaguer tiene una opinión muy especial de los trabajos de José Ramón López—pues considera que su manera de escribir resulta algo pedestre—, sino porque “¿Dónde encontrar otro escritor dominicano que haya puesto en movimiento igual número de ideas o que haya vertido en sus obras tan copioso caudal de observaciones originales?”(239). No hay dudas de que Balaguer se ha propuesto recuperar la ideología detrás del discurso de López y ha dejado de lado la importancia estética para centrarse en el contenido de la obra, en una crítica estilística y binaria. El primer párrafo de su escrito es propio de un discurso que marca la oralidad tribunicia de Balaguer; las preguntas asoman para exaltar la importancia de López como promotor de ideas ligadas a lo nacional: “¿Dónde encontrar a un escritor que se haya dedicado con más sagacidad al estudio de las realidades nacionales?” (ibid), se pregunta.

A pesar de la diferencia que tiene con su prosa, entiende el autor de “El Cristo de la libertad” que López cambia sustancialmente la ensayística dominicana al dejar atrás el estilo ampuloso (“de artificio verbal”) para reemplazarlo por “el análisis documentado y la expresión conceptuosa” (ibid.). Otra virtud del libro consiste en la aplicación de las ideas “al examen de los fenómenos característicos de la evolución dominicana”. Hasta ahí Balaguer ha sacado la modernidad de López en cuanto escritor. El estilo directo, casi inglés. Y el estudio positivista y cientista que inicia en su libro “La paz en la República Dominicana”, en el que se vale de la estadística para fundamentar sus ideas sobre el mundo laboral dominicano.

Balaguer dará a López un espacio entre los escritores de ideas por encina de ningún otro. Lo coloca como el primero que se dedica a asociar sus ideas con lo nacional dominicano. Es el que deja atrás la visión bucólica, “las candideces líricas” y “las efusiones sentimentales” (ibid.); es López quien hace el esfuerzo por “exponer las bases de nuestra formación nacional” y logra explicar “científicamente nuestra historia”. Balaguer no lee a López, lo resume y lo acepta. No busca las ambigüedades de sus posiciones. En ambos ensayos se funden en el discurso de la recuperación, que es, a fin de cuentas, la creación de un símbolo, el nombre de López, la fuerza de sus ideas, unidas a la historia, la sociedad, la ciencia, la razón y la modernización. Pero no lee profundamente al pensador positivista. Recupera y selecciona sus ideas, aquellas que mejor convienen al proyecto trujillista y balaguerista.

La exaltación y aprobación de la figura de López lleva a Balaguer a ver en su obra un idealismo emersoniano y a quien intenta dar un sentido positivista a la producción literaria. Entonces, ¿cómo concebirlo cual si fuera un pesimista? Si ya había dicho que en López, desde el comienzo despunta con singular relieve la personalidad del sociólogo…que no fue un escéptico “ni comulgó, como ciertos profetas que ya desde entonces vaticinaban la caída del país” (241). Concluye Balaguer señalando el carácter liberal de la personalidad de López y su apego a la realidad, no a la utopía materialista de los que acompañaban a las cigarras con sus cantos. Se nota que por contraste, Balaguer elogia a López para detractar a sus contemporáneos. Y, ¿a quién puso Balaguer al lado de López? Pues colocó a Pedro Henríquez Ureña, a Américo Lugo y a Federico García Godoy. Pero el materialismo y la utopía que veía en algunos de estos hombres, lo compensa con el apego a lo nacional, al nacionalismo de López.

Hay que anotar que cuando Balaguer escribe esta segunda nota sobre López, Pedro Henríquez Ureña había dejado el barco del proyecto trujillista (que se encontraba en Argentina donde publicó Balaguer esta obra), y que la figura de Américo Lugo combatía solitariamente las fuerzas del dictador y sus pretensiones de construirse en el nuevo padre de la Patria dominicana a través de una historiografía que lo situara en la historia reciente, escrita por el más preclaro hombre de letras. La exaltación de López en “Semblanzas literarias” no es gratuita. Balaguer siempre estaba jugando a la política. López no era pesimista en este escrito de Balaguer; era el transformador de la literatura de ideas en la República Dominicana, un liberal y un modernizador positivista.

El elogio de López que realiza Balaguer va a pasar de las ideas al estilo, del escritor de ensayos al periodista, del modernizador al sociólogo. Por lo que tenemos en López a uno de los más preclaros pensadores de lo nacional a principio del siglo. Su agudeza histórico-literaria y social se encuentra en hacer un planeamiento correcto sobre el problema del mestizaje, la desaparición del indio y el origen, no racial, sino económico de los problemas dominicanos. Balaguer hace una lectura pormenorizada de “La alimentación y las razas” y de “La paz en la República Dominicana”. Este último es destacado por la tesis de López sobre el origen y el daño que hacen al país las revoluciones.

El discurso contra las revoluciones era un discurso recuperable por la dictadura. Trujillo había trabajado en la arena política y militar en su esfuerzo por terminar con la manigua. El último caudillo regional fue Desiderio Arias, destruido por Trujillo para establecerse él como el único caudillo de la nación. Lo que no recupera Balaguer del discurso de López es su convencimiento de que detrás del caudillismo se encuentra el autoritarismo. Esto se puede leer en el capítulo VII de “La paz en la República Dominicana” donde López señala:

“Exacerba los males permanentes, consuetudinarios que sufre el pueblo dominicano el falso concepto del principio de respeto a la autoridad que predomina entre nosotros. Lo que en todos los países civilizados es principio de respeto a la ley representada por el funcionario, aquí el espíritu feudal lo ha convertido en respeto al individuo funcionario, casi siempre distanciado –y a menudo divorciado-por la ley” (La paz, 151).

Pero es en el primer capítulo donde López le da voz al pueblo, un ente que ve hambriento, sucio, sin nutrición “para el cuerpo ni para el espíritu”. Dice el pueblo, en una construcción alegórica: “—Está bien. Yo quiero la paz, yo quiero el orden. Yo quiero que mis días se deslicen tranquilos al sol de mi trabajo, a la sombra de mi hogar, al amparo de mi derecho. Pero diles a los usurpadores, a los explotadores, a los tiranos inconscientes por la tradición y a los tiranos conscientes por soberbia y por codicia, que no abusen de mí…no soy un ciervo de la gleba sino un ciudadano igual a ellos” (ibid.).

Este programa de la modernidad social y política, el programa del liberalismo positivista del siglo XIX, no podía ser aceptado por un pensador como Balaguer de otra manera que no fuera ambigua. En él estaba la lucha del campo contra la ciudad y el deseo del campo de integrarse a la polis, bajo el derecho natural, no sobre la base divina de dominación que enarboló la nobleza europea. Pero hay algo más, López no podría ser un pesimista. En este mismo libro se declara un iluminado del porvenir. Un progresista a carta cabal. [A Virtudes Uribe].

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