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Aquella tregua de Navidad

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DIARIO LIBRE / 27 DE DICIEMBRE DE 2014 / POR BIENVENIDO PÉREZ GARCÍA

Cuando hace 100 años la Navidad llegó a la guerra.

 En 1914 los grandes intereses de dominación y hegemonía entre las tradicionales y las emergentes potencias industriales y económicas del mundo aprovecharon el naciente furor nacionalista y étnico de países centroeuropeos y la muerte del Archiduque Francisco Fernando heredero del trono de Austria y su esposa por un fanático serbio como un efectivo detonante para justificar alianzas buscando contener la pujante industria metalúrgica del entonces imperio alemán, la más avanzada del mundo. El imperio tenía ya la vanguardia en fabricación y exportación masiva del mejor acero, el producto de mayor importancia estratégica industrial y militar, tanto para el desarrollo del bienestar de los pueblos como para consolidar su poder bélico por aire, mar y tierra.

Fue así que Inglaterra, Francia, Rusia, -esta última sólo en los primeros dos años y posteriormente los Estados Unidos, a los que se habían sumado también, Italia y Japón– no perdieron tiempo en organizar frentes bélicos a fin de proteger su industria y participación dominante de mercado. La guerra, que escaló y afectó de una forma u otra al resto de los países se convirtió en Guerra Mundial, en 1914, con el uso del poderío explosivo ya entonces altamente desarrollado de devastadora artillería pesada, los novedosos vehículos de guerra motorizados, las nuevas formas de trampas con las novedosas minas, el uso de gases tóxicos y letales usados indiscriminadamente, como el sarín y otros dispositivos que utilizados por ambos frentes contuvieron los avances obligando a todos los bandos a cavar trincheras, larguísimos corredores que en profundas y diseñadas zanjas a veces separadas del enemigo tan sólo por menos de doscientos metros sirvieron por meses y luego por años, de líneas de detente, albergue, enfermedad, vida y muerte de tantos seres humanos atrapados en un limbo, sin esperanzas concretas, sin tiempo, muchos esperando lo peor… hasta aquel diciembre de 1914.

En aquel lugar de Ypres, en Bélgica, muchos alemanes, desde esa tarde empezaron a cantar villancicos, entre ellos “Stille Nacht”. Al otro lado, en la trinchera enemiga los soldados ingleses, reconocieron la melodía y a su vez respondieron entonando “Silent Night” hasta que en un momento prácticamente se hicieron cónsonos, vocalizando “Noche de Paz” en un mismo compás.

Algo mágico entonces sucedió: uno de los soldados alemanes saltó de su trinchera y se dirigió a la de los ingleses, llegando hasta el pie de ésta sin que fuera repelido con balas y saludándoles les gritó ‘Frohe Weihnachten!’. Tomados por sorpresa y al tiempo agradados, varios soldados británicos le respondieron por igual: ‘Merry Christmas!’ Al ver cómo su compañero de armas todavía de pie se volteó, sonrió y levantó ambos brazos, docenas de alemanes salieron de las zanjas y caminaron hacia el enemigo, brazos abajo y sin armas; los reales soldados de Su Majestad entonces empezaron también a emerger de la trinchera y primero por docenas empezaron a saludarse con apretones de manos deseándose mutuamente Felices Pascuas. El entusiasmo fue creciendo hasta caer totalmente la noche y los oficiales subalternos, que al principio no habían participado en el singular encuentro se unieron al prodigioso milagro presos, según relatara el último de los sobrevivientes, de una sensación misteriosa de alegría convencidos de que algo sagrado, grande e inexplicable se había apoderado de sus corazones y les había hecho cesar, les había extinguido todo odio, todo deseo beligerante de hacer daño y los impulsaba a unirse, a sentirse todos una misma familia alrededor del acontecimiento, La Natividad, que recordaban y por el que se felicitaban.

Muy pronto las largas trincheras de todo el entorno se contagiaron y al oír de los encuentros, por cientos, soldados británicos y alemanes ocuparon el espacio entre trincheras que llamaban “tierra de nadie”, intercambiaron modestos regalos, como cigarrillos, dulces, fósforos, volvieron a cantar en pequeños grupos, se regalaron souvenirs, como botones decorados de sus chaquetas militares, se consolaron y presentaron respetos por las víctimas de ambos bandos, se permitieron recoger y enterrar a sus muertos dispersos en la tierra de nadie y juntos participaron en las breves ceremonias de inhumación. Algunos se mostraron fotos de sus familias, lloraron al recordarlas y se intercambiaron direcciones postales. Otros jugaron varios partidos de fútbol.

Ese 24 de diciembre fue una verdadera Noche de Paz, en medio del fragor de la guerra. No se disparó un solo tiro en toda la noche y de lejos sólo se escuchaban los disparos de la artillería francesa en una región próxima. Este especial estado de paz y confraternidad duró por días, y en algunos puestos hasta por semanas. Cuando los distantes altos mandos alemán e inglés fueron enterados se indignaron y a través de sus generales y mariscales reprendieron a los altos oficiales de sus respectivos ejércitos por haber permitido “el ablandamiento de sus tropas”.

Pero ya la magia se había producido y reverberó por mucho tiempo después. Se supo luego de la guerra que en las deflagraciones de artillería en meses posteriores estos se cuidaban mucho de no inferir severos daños humanos, y eran dirigidos más bien a las instalaciones, equipos y arsenal enemigo respectivamente. No faltaron excusas de la artillería de uno u otro bando cuando por error o accidente las bajas humanas eran cuantiosas.

Dentro del espanto cruel, indiscriminado de tantos países involucrados en la guerra más horrorosa de la humanidad, que cobrara más de nueve millones de insustituibles vidas, una gota de milagroso bálsamo contagioso cayó hace cien años la Nochebuena de 1914 en Ypres. Fue verdaderamente, una Noche de Paz.

Ese 24 de diciembre fue una verdadera Noche de Paz, en medio del fragor de la guerra. 

No se disparó un solo tiro en toda la noche y de lejos sólo se escuchaban los disparos de la artillería francesa en una región próxima. 

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