Tel: 829-256-9034 | Mail: info@culturadominicana.com.do

Memorias de Transterrados

0
Fernandez Granell "Cronista de Indias", 1944.

Fernandez Granell “Cronista de Indias”, 1944.

DIARIO LIBRE / LECTURAS CONVERSANDO CON EL TIEMPO / 17 DE ABRIL DE 2010 / POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

Transterrados, así bautizó el filósofo español José Gaos (1900-69) a sus colegas intelectuales que arribaron a México a partir de 1939, acogidos por la sociedad y el Estado de esa nación hispanoamericana tras la derrota de la República. Los refugiados no llegaron a una tierra del todo extraña, ajena a su cultura de referencia. No en balde España había conquistado, a fuerza de espada y cruz -y de la lengua castellana que lo envuelve todo- el solar de los aztecas. Ese espejo cultural en el que se pudieron mirar -desconocido previamente por los recién llegados- facilitó la pronta integración de los nuevos habitantes a tareas fundamentales en el ámbito de la educación, la industria editorial, la prensa, el urbanismo, el desarrollo de instituciones gubernamentales y el fascinante mundo del cine. El Estado benefactor que la revolución mexicana edificaba, con su lógica progresista, halló talentos ideales en estos transterrados para integrarlos a su usina modernizadora. Muchos de los que se radicaron en México o en otros países pasaron antes por la puerta de América y luego contaron sus historias.

Ese fue el caso de la profesora Guillermina Medrano, primera mujer concejal del Ayuntamiento de Valencia en 1936, perteneciente a Izquierda Republicana y casada con el abogado Rafael Supervía, representante de la Junta de Liberación Española y director de Democracia, órgano de los republicanos y socialistas en Ciudad Trujillo. Pedagoga exiliada, fundó en 1941 el Instituto-Escuela, con el concurso de familias dominicanas y extranjeras y la participación de otros educadores refugiados (Emilia Benavent, Fernando Blasco, Vicente Ruíz, María López, Alfredo de la Cuesta), inspirada en la Institución Libre de Enseñanza de España, no sin antes trabajar como técnica en la Secretaría de Educación y docente en la Escuela Normal de Señoritas. Tras seis años en nuestra tierra, se trasladó a final de 1945 junto a su esposo a Washington, donde ambos laboraron por casi cuatro décadas en colegios y universidades hasta su jubilación. Una evaluación de la Oficina de Educación de EEUU reportó en 1944 que el Instituto-Escuela era “el centro con métodos más modernos del país”.

Resulta obvio que entre las familias dominicanas que concurrieron a la realización de este proyecto figuró la de Abad (don Babá) Henríquez de Castro (ligada a la educación por varias generaciones), quien aparece en múltiples referencias como director fundador de la entidad, rol que desempeñó hasta sus últimos días. Los terrenos del ensanche La Primavera -donde funcionó un hipódromo y luego un campo de béisbol en el que jugaban los equipos Licey y Escogido- pertenecían a su padre, Enrique Henríquez Alfau, quien los urbanizó. El edificio del Instituto-Escuela, ubicado en la Hermanos Deligne con Santiago, fue concebido y construido en 1943 por el arquitecto catalán Tomás Auñón, también refugiado, autor del Monumento Trujillo-Hull del Malecón y de la casa de los Molinari, quien tras su fructífera estancia dominicana se radicó en México. En este contexto, la profesora Medrano debió ser la directora técnica del plantel y don Babá su director gerente, como lo era en los 50, cuando Consuelo Nivar desempeñaba el rol técnico.

En su testimonio de esta experiencia pedagógica, Guillermina Medrano relata: “Aunque nuestro visado no incluía la República Dominicana, la posibilidad de un descanso en la tierra que descubrió Colón, después de una larga travesía de escasez, incertidumbre y peligro, nos aconsejó aceptar la invitación de un empleado de emigración para quedarnos en ese país. En París apenas había yo conocido la existencia del dictador Trujillo a no ser por unas caricaturas publicadas en un periódico humorístico con motivo de su viaje a Francia el año 1939. El poético nombre de Puerto Plata, lugar de nuestra llegada, era de buen augurio. Atrás quedaba España sometida a una cruel dictadura; en Francia, miles de compatriotas, amigos y compañeros de lucha en lo que pronto iba a convertirse en persecución nazi, pero nosotros…estábamos a salvo. Guiados por el egoísta y humano sentido de conservación, América nos ofrecía un porvenir incierto pero la esperanzadora visión de una vida de trabajo y libertad. Llegábamos derrotados pero con nuestros ideales más firmes que nunca.

“Nuestro destino inicial era México y, pensando transitoria la estancia en la República Dominicana, nos trasladamos a la capital para orientarnos antes de proseguir nuestro viaje. En el automóvil que nos llevó de Puerto Plata a la entones Ciudad Trujillo -viaje que diezmó nuestros muy reducidos recursos económicos- hicimos amistad con un alto empleado de la Secretaría de Educación que, al conocer mi preparación en ese campo, me indicó que pasara a verle lo antes posible porque tenía la seguridad de que una persona con mi preparación iba a tener cabida en el sistema educativo del país. Así lo hice y, a los pocos días de nuestra llegada, fui nombrada profesora de la entonces Escuela Normal de Señoritas, donde tuve la fortuna de encontrar profesoras dominicanas que fueron, durante toda mi estancia en aquel país, mis más generosas y queridas amigas.

“Unos meses después, con la colaboración de cuatro educadores españoles que buscaban trabajo como todos nosotros, pasé a formar parte de una sección técnica dependiente directamente del secretario de Educación. Su misión era estudiar el sistema educativo en vigor y aconsejar los cambios necesarios para mejorarlo. Como primera mujer exiliada trabajando para un organismo oficial, mi participación fue breve. Mi propuesta de creación de un Centro de Adaptación Social para los muchos niños repetidores de curso que asistían a la escuela presentando problemas que requerían asistencia especial, no tuvo buena acogida. El Jefe, como se nombraba a Trujillo en la República Dominicana, no aprobó mi propuesta: ‘en su tierra no había niños anormales’, fue su comentario. Decidí entonces dejar el cargo oficial y establecer un centro privado. Así nació el Instituto- Escuela.

“Con la ayuda de varias familias dominicanas y extranjeras y, sobre todo, con el entusiasmo de varios refugiados españoles, maestros como yo, se iniciaron las clases. Teníamos recientes las experiencias del Instituto-Escuela de Valencia y queríamos organizar un centro que, dentro de las limitaciones que imponía el régimen trujillista, formara estudiantes que pudieran adquirir una conciencia social basada en el conocimiento de otras formas de vida, una inteligencia con espíritu solidario pronta a la comprensión y al respeto a los derechos humanos y un cuerpo fortificado en los deportes. En resumen, esperábamos crear un centro educativo que iniciara una etapa de renovación pedagógica. En un medio donde la historia estaba sometida a vanagloriar la vida y obra de Trujillo hubo que proceder con cautela. El Método Montessori en nuestro kindergarten, clases de educación rítmica, inglés, pintura y declamación se incluían en el programa. Un laboratorio de Ciencias y uno muy sencillo para selección del alumnado, junto con un taller para artes manuales integraba el material de que disponíamos para nuestra labor. Frecuentes visitas a lugares de interés histórico, entonces muchos de ellos en ruinas, ampliaban nuestros programas de historia.

“Si el profesorado, digamos estable, fue importante para nuestra labor no lo fue menos la colaboración desinteresada de amigos exiliados. Mencionaré a Emilio Aparicio, director del Teatro-Escuela de Arte Nacional años más tarde, que tuvo a su cargo las clases de declamación y la organización de veladas artísticas y sencillas representaciones teatrales que organizábamos frecuentemente. Clases de pintura estaban a cargo del excelente pintor José Vela Zanetti; la primera exposición de dibujos infantiles por él organizada traspasó los límites de nuestra escuela. Margarita Fuerst, exiliada austríaca, fue nuestra profesora de danzas rítmicas…; pero lo que considero nuestro mayor éxito fue la creación del Teatro Guiñol”.

Que se debió a exiliados, principalmente a un matrimonio: Amparo Segarra y Eugenio (Fernández) Granell. “Amparo vistió los muñecos y formó parte de la improvisada compañía. Alfredo Matilla, abogado y crítico de arte, nos divirtió con las aventuras de su creación: ‘La bruja Pirulí’. Alberto Paz contribuyó con su romance ‘Tristán e Iseo’, pero el alma del Guiñol, desde la preparación y decorado del escenario clásico a la adaptación de diálogos y entremeses cervantinos, se debió a Eugenio Granell. Artista por los cuatro costados, autor reconocido, músico, pintor de cosas fantásticas, surrealista en su obra y en su vida y, sobre todo, hombre de una actitud ética y moral ante la vida…, nos trajo, con el Guiñol, el sentido del humor y la alegría de que tan necesitados estábamos, más los grandes que los chicos, en aquellos momentos. Nos hubiera gustado llevar el Guiñol a los más apartados rincones de la República Dominicana pero ello, por obvias razones, quedó solamente en proyecto.”

En su reflexión a vuelta de medio siglo, la pedagoga transterrada piensa que si hoy tuviera la oportunidad de crear una obra educativa basada en la filosofía de la Institución Libre de Enseñanza de España y del Instituto-Escuela, poco tendría que añadir. Avances científicos, exploración espacial, medicina, tecnología, deterioro mediambiental. Los alumnos tendrían su computadora. “Pero básicamente seguiríamos nuestra aspiración de formar seres humanos con sensibilidad para aportar su esfuerzo y capacidad de lucha contra la pobreza que azota al mundo, con el corazón limpio para resistir el uso de las drogas, con altos ideales semejantes a los que nos condujeron a nosotros, exiliados españoles a América, para defender el derecho a pensar libremente. Me cabe el orgullo de decir que, entre aquellos alumnos del Instituto-Escuela hay varios que supieron asimilar nuestros postulados y son hoy día elementos muy valiosos en su país.”

Share.

About Author

Leave A Reply