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Bosch bajo la lupa americana

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Bosch y J. F. Kennedy el 10 de enero de 1963

Bosch y J. F. Kennedy el 10 de enero de 1963

DIARIO LIBRE / 25 DE OCTUBRE DE 2014 / POR JOSÉ DEL CASTILLO

Al cumplir 60 días el gobierno de Bosch, el 28 de abril de 1963 el embajador John Bartlow Martin –“procónsul del Imperio” le llamó Jimenes Grullón- dirigió un memo de 34 páginas a sus superiores en Washington, transcrito en Kennedy y Bosch de Bernardo Vega. “¿Cómo le está yendo?”, se pregunta para responder a seguidas: “Tuvo un mal comienzo aún antes de tomar posesión –su airado discurso del 17 de febrero asustó a la gente, así como las disposiciones en el borrador de la Constitución acerca de la propiedad privada, la educación laica, los sindicatos y los latifundios. Trató de hacer enmiendas –pronunció un discurso inaugural moderado, habló ante la Cámara Americana de Comercio, dijo públicamente que ‘Comunismo significa muerte, guerra, destrucción y la pérdida de todas nuestras posesiones’ y elogió a los Estados Unidos al firmar el acuerdo final sobre los $22 millones de la cuota azucarera”.

 

Empero, “estas medidas no tuvieron éxito. Hoy, lejos de disminuir, las críticas a su régimen están aumentando…La clase gobernante anterior se le opone” (Consejo de Estado y los cívicos, con arraigo oligárquico y en la clase media). “Las Fuerzas Armadas están cada vez más preocupadas, pero todavía dan muestras de apoyarlo. La Iglesia está cada vez más en contra. Las clases más bajas, que lo eligieron, probablemente continúan con él… ¿Cuánto tiempo esperarán?” Según Martin, todavía no arrancaban los programas para proveer empleos. Mientras, las clases alta y media, y los militares, se quejaban sobre la alegada indefinición del presidente respecto al comunismo, su infiltración en el gobierno, el regreso de exiliados reputados comunistas y su uso de edificios públicos. Bajo este ruido serían comunistas el secretario de Interior Domínguez Guerra y el de Industria Diego Bordas.

 

La retórica conservadora incluía la acusación de dar la espalda a EEUU y a la Alianza para el Progreso a favor de Europa, cancelar el contrato con la Standard Oil para la refinería, aceptar con renuencia los contratos azucareros del Consejo de Estado, ceder a los trabajadores en desmedro de los negocios. Y para colmo, gobernar con “unos don nadie” e “invasores-exiliados”. Lo que en lenguaje cívico de la época era calificar al de Bosch como un gobierno de “la chusma y los extranjeros”, dada la presencia en su equipo de un buen número de exiliados y colaboradores extranjeros. Para Martin, “muchos de sus críticos simplemente rehúsan aceptar el hecho de que perdieron las elecciones”.

 

Vale resaltar que Bosch, antes de asumir, en gesto conciliador ofreció posiciones ministeriales a los partidos que perdieron las elecciones, al igual a sus aliados VRD de Ornes Coiscou y Partido Nacional de Virgilio Vilomar, a fin de constituir un gabinete de unidad nacional. Ninguno de sus adversarios aceptó. Fui testigo directo del ofrecimiento de la secretaría de Educación al Dr. Jimenes Grullón, de Alianza Social Demócrata –fundador del PRD en el exilio-, canalizado por el cordial Dr. González Tamayo, vicepresidente electo, quien recibió a cambio la promesa de una “oposición constructiva” de parte del líder aliancista, en presencia del poeta Mieses Burgos, secretario general. Ornes, aspirante a tres posiciones y poder de veto, se quedó fuera. Vilomar cubrió su cuota con el Lic. Silvestre Alba de Moya en Trabajo.

 

En el equipo de Bosch, conforme al informe de Martin, había “mucho talento, pero necesitará tiempo para emerger”. Del Consejo de Estado sobrevivían el secretario de las FFAA, Víctor Elby Viñas Román, conservado “a petición nuestra”. Amigo de EEUU aunque no incondicional, el embajador lo describía discreto, “nunca me ha mentido o evadido una pregunta directa”. En un almuerzo le refirió que no esperaba cambios en los mandos. Que había investigado denuncias infundadas de infiltración comunista en los rangos bajos. Y que las cosas con el nuevo gobierno iban “bien –hasta ahora”. Viñas era concuñado de Antonio Guzmán, vegano como Bosch y secretario de Agricultura, conocedor de la materia. “Un gran terrateniente” que quizás “esté fuera de tono con los objetivos declarados por el gobierno”, en obvia alusión a la reforma agraria, prioridad señera.

 

El otro sobreviviente era Andrés Freites Barrera, secretario de Relaciones Exteriores y anterior embajador en Washington del Consejo. Ex gerente de la ESSO en el país y hombre de negocios –como Gianni Vicini y Manuel Tavares Espaillat- que la embajada tomó en cuenta para el complot del 30 de mayo. “Su nombramiento fue una sorpresa. Se rumora que fue una jugada para calmar a Imbert, su primo. Más probable fue una jugada para complacer a los E.U. y aplacar a la comunidad empresarial”. En sus cautivantes memorias, su cónyuge Antonia Vásquez narra que Bosch le ofreció el cargo a Freites durante la recepción que éste le brindara en nuestra sede en Washington, en enero del 63, cuando el presidente electo se entrevistó con Kennedy. Según Martin, el canciller veía inevitable la confrontación con la izquierda. Aspiraba “calmar a los oligarcas”. Creía que si Freites fuera más influyente, “podría ser un aliado útil, un puente entre Bosch y la oposición”. Pero en temas claves de política exterior, como el de Haití, el presidente era su propio canciller. Héctor García Godoy sería el siguiente canciller.

 

Con buena calificación en el memo de Martin figura Abraham Jaar, secretario de la Presidencia. De unos 45 años, delgado, inteligente, “creyente apasionado de la causa de Bosch, con aspecto de hombre sufrido”. Abuelo palestino, padre comerciante en Santo Domingo, al igual que un hermano. Cirujano con 14 años de exilio en Caracas, aficionado a la hípica, reputado como recaudador de fondos para la campaña y enlace con Betancourt. “Es el amortiguador de Bosch y ahora controla todas las citas…Bosch confía en él. Busca el anonimato. Es amistoso conmigo y con los Estados Unidos y me ha dicho en más de una ocasión ‘los necesitamos’.”

 

A Diego Bordas, de Industria y Comercio, Martin lo pasa por su criba. “Dice que tiene 40 años, buenmozo, lleva bigote, suave, cuidadoso, inteligente, astuto y quizás despiadado. Es el más controversial, fuerte y capaz de los hombres del gabinete. De Puerto Plata –al igual que su rival Horacio Ornes que le acusara de corrupción, llevándolo a dimitir del puesto para entablar demanda por difamación que incluyó al diario.

 

El Caribe

 

dirigido por su hermano Germán-, Bordas venía de una familia ligada al negocio naviero y al comercio exterior con operaciones en el país, Puerto Rico y EEUU. A mediados de los 40 destacó en la universidad como miembro de Juventud Democrática y estudiante de derecho. Con 14 años en el exilio participó junto a su hermano Manolo en la frustrada expedición de Cayo Confites en 1947, con Bosch como uno de sus líderes.

 

Regresó a final del 61 y fue deportado en el 62 por el Consejo, enlistado como “izquierdista peligroso”, con prisión en Opa-Locka. Según Martin, le confesó sonriente “que estaba supuesto a ser comunista”. El seguimiento que se le daba a Bordas era tal, que el 25 de abril del 63 Richard Helms, subdirector de planes de la CIA –la cual dirigió entre 1966-73-, remitió una ficha biográfica a McGeorge Bundy, asistente especial de seguridad de JFK, aunque indicaba que había dimitido del gabinete el 8 de abril. Antes de hacerlo, a juicio de Martin, “estaba en vías de convertirse en el zar económico de la República”, un calificativo empleado por la oposición: “Secretario de Estado de Industria y Comercio, jefe del complejo azucarero de Haina, jefe de la autónoma Fomento que maneja todas las propiedades que pertenecieron a Trujillo y consultor principal de Bosch en todos los asuntos económicos”.

 

Bordas había acompañado al presidente electo en su periplo por EEUU y Europa, durante el cual se concertaron importantes acuerdos, entre ellos la línea de crédito por US$150 millones con el consorcio suizo Overseas, motivo de una feroz campaña encabezada por Jimenes Grullón. Según Martin, aunque la renuncia había sido aceptada, era “una ficción: Bordas continúa dirigiendo su Secretaría y otros asuntos del gobierno, y Bosch me ha dicho que no piensa reemplazarlo”. Ornes aparte, Martin informaba que Bordas –“blanco principal de la oposición”- rivalizaba fuertemente con Antonio Imbert, su compueblano, porque éste lo consideraba comunista, y con Miolán, debido a aspiraciones políticas. “Para nosotros Bordas es un hombre peligroso”.

 

Otro dolor de cabeza para la diplomacia americana era el secretario de Interior y Policía, Domínguez Guerra. “Joven, robusto y arrogante”. Farmacéutico en San José de Ocoa, donde encabezó el comité del PRD en julio del 61, enrolado por Miolán. Confesó su colaboración con Severo Cabral, compueblano complotado del 30 de Mayo y con López Molina, del MPD, distribuyendo su periódico al final de la Era. “Revolucionario nacionalista”, Martin dice que “conoce muy poco acerca de la Policía”. Se le acusó de haber dado albergue a José Espaillat y Juan Ducoudray, “el Número Uno en el PSP” al regresar del exilio. Concluía: “un comunista capaz” puede convertirlo “en un enemigo peligroso de los EEUU”. Para Volman era un infiltrado, como el Ing. Orlando Haza de la Junta de Planificación, a quien montó un equipo paralelo dirigido por Alvin Mayne.

 

Buenas notas saca el de Salud Pública, el médico vegano Samuel Mendoza de Moya, prestado por el Depto. de Salud de Puerto Rico. Acordó planes de vacunación con AID. Igual Silvestre Alba de Moya, en Trabajo, “abogado, capaz, hábil, con experiencia de gobierno, probablemente un buen administrador”. Buenaventura Sánchez Félix en Educación, viejo exilado del ala conservadora del PRD, era “un político de rutina”. Martin califica a Luis del Rosario Ceballos, Obras Públicas, “joven inexperto bien intencionado”. En Justicia a Lembert Peguero, “todo un desastre”. No menciona a Majluta, en Finanzas. Pondera a Miolán, Virgilio Gell y Sacha, “el más cercano a Bosch y más influyente”. La más cercana lupa americana.

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