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El Conde del Commander

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DIARIO LIBRE / CONVERSANDO CON EL TIEMPO / 12 JULio 2014 / POR JOSÉ DEL CASTILLO

El Conde ha sido materia prima de recreación literaria. Lo hizo Tulio M. Cestero en su magnífico fresco testimonial que es la novela La Sangre, el mejor retrato de nuestra vieja ciudad de finales del XIX e inicios del XX. Moscoso Puello le puso mayor precisión al inventariar familias y comercios en Navarijo, una sección comprendida entre 19 de Marzo y Palo Hincado que sancarleños, canarios y peninsulares poblaron con iniciativas empresariales. Don Rafael Damirón recogió el sabor coloquial de la urbe en transición en sus cronicones de antaño. Los republicanos españoles dejaron sus impresiones de El Conde de los años 40 en textos literarios y memorias de una inmigración fructífera, que nos oxigenó con aportes culturales. Poetas han visto marchitar su estro, columpiándose entre los recuerdos acunados en una vía que transitaron eufóricos, cuando sus manifiestos eran divulgados como banderas de redención del hombre.

Efraím Castillo -nuestro entrañable Commander, escritor y publicista, camarada de sueños libertarios, amén de culto y estructurado pensador, ahora también agroempresario de ajo en Constanza- escribió una novela publicada en 1982, Curriculum (El síndrome de la visa). Cuya dinámica se centra precisamente en esa arteria, enjambre de la vitalidad democrática de la transición tras la dictadura. Estimulado por el llamado condeano, el Commander seleccionó y me envió algunos fragmentos, que me he permitido editar para disfrute de los lectores de esta columna. Pérez-Efraím es el personaje protagónico y la voz reflexiva del narrador, que nos zambulle en El Conde evocado entre finales de la Era y las décadas inmediatamente posteriores.

“Al llegar a La Cafetera, Pérez tomó asiento en una de las mesas próximas a la puerta de entrada y calculó que sólo gastaría -del dinero obsequiado por Julia- unos pocos centavos en un café y le llevaría el resto a Elena. Mientras aguardaba por el café, Pérez observó, pormenorizándolo todo, el escenario que le ofrecía La Cafetera: la barra gastada por mil limpiezas, las sillas y mesas de aluminio y formica, buscadoras de un art nouveau agotado, reciclado, recirculado y que, como todo, había llegado tardíamente al país. Junto a sus ojos, la nariz de Pérez olfateó el olor a humedad de la vieja construcción colonial que se mezclaba al aroma de café recién tostado. Sí, Pérez observó la operación que llevaba hacia la moledora los granos de café tostado y de ésta a la máquina del café espresso. La Cafetera estaba igual que siempre y llevó sus ojos hasta el fondo, donde el espacio se bifurca entre las puertas que conducen a los excusados y la del estudio-oficina de Dionisio, el pintor. ¡Qué poco cambiaban ciertas cosas!”

Reubicado en el bar restaurante Roxy -otro puerto referencial de la narración-, nuestro sujeto proyecta el futuro. Avizora El Conde convertido en paseo adoquinado, algo que acaecería al retornar Balaguer a la presidencia en 1986 y asumir Suberví la sindicatura -con Pipí Delgado en planeamiento urbano. Piensa en la normalización de las relaciones cubano-americanas, con un Fidel “envejecido, con sus barbas blancas” llegando a Washington. Prefigura “una China levantándose desde la gigantesca sombra de Gengis Khan y sus hediondos jinetes mongoles” -profecía cumplida en demasía.

“Pérez abandonó el Roxy y sintió la brisa fría golpear su rostro. Era la brisa que sale a pavonearse en las medianoches de la calle El Conde. Sintió que su cuerpo se refrescaba, sobre todo sus ojos, impregnados del humo de los cigarrillos y el aire viciado del Roxy. Caminó hacia el Baluarte y observó la luz de los letreros. Había letreros viejos y nuevos, de nombres conocidos y desconocidos: el de la fábrica de camisas Commander, el de una nueva heladería, el de la tienda de discos Musicalia, el del hotelito-pensión de la esquina con la Santomé (el Aida), el de la tienda-sastrería La Coruña. Y al observar la calle con su asfalto brillante bajo las luces de neón, Pérez se contempló a sí mismo cantando canciones revolucionarias, caminando con un traje caqui y una camisa desabrochada junto al poeta Miguel, junto a la poetisa Grey; vio a la pecosa Graciela corriendo con un policía detrás y luego su fálico garrote golpearle la cabeza. Oyó, sí, oyó la vieja canción española: El puente de los franceses no lo cruzan los fascistas/porque lo está defendiendo la juventud comunista… Pérez sintió que sus ojos se llenaban de algo líquido y se dio cuenta de que estaba a punto de llorar.”

Le dolió ver El Conde trocado en refugio de “lúmpenes pedidores de tragos y fumadores de marihuana”, reducido por la CIA a una “pésima copia al carbón” de la viciosa 42 St. de NYC. Alcanzó con la mirada “en la esquina Hostos, perdida para siempre en el marasmo de una cronología maldita, la figura fantasmal de Manolo, saludando desde el balcón a la multitud de las cinco y media de la tarde, justo antes de que se iniciara el programa, justo antes de que el grito ¡Tierra para los campesinos! estremeciera los aires y justo antes de que todo el aparato policial descuartizara las aspiraciones, las jóvenes aspiraciones de los hombres con anhelos de igualdad.”

Evocó la tragedia de Las Manaclas, los episodios de Abril del 65 y Caracoles. La imagen del coronel Caamaño, “allí, frente al Baluarte, agitando los brazos y diciendo, casi emulando a los rebeldes históricos, ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”. Fue entonces “cuando oyó la voz del poeta sorprendido”, quien lo llamaba ebrio, “tambaleante, despeinado, empequeñecido por el tiempo de vagancia y los sueños inalcanzados”, para pedirle dinero. “Por sus ojos vio Pérez la frustración de toda una generación y la falta de coherencia que primó en aquel grupo de poetas que se reunió a botar-el-golpe del acoso trujillista”, en torno a la revista La Poesía Sorprendida. Pero reflexionó que “había sido mejor que nada, mucho mejor que el haber permitido un fragmento de tiempo literario transcurrido en el vacío”.

Pérez, ahora menos grave en sus cavilaciones sobre “aquella calle a la que trataban de alejar de su destino, de su principio trascendente de ser-el-corazón-de-las-protestas”, situó su mente en la cuadra musical de El Conde al final de los 50. Con La Guarachita, “que llenó de swing y rock’n roll a Ciudad Trujillo, dándole duro a los discos de Bill Haley y sus Cometas”. En contraste con la expedición libertaria de junio del 59 y el movimiento clandestino develado en enero del 60. “Ahí estaba la música gringa en sus buenas, incorporando a Elvis La pelvis y desplazando a los Leo Marini, Pedro Infante, Daniel Santos, Alfredo Sadel, Daniel Riolobos y los otros, del gusto sabroso de los jóvenes cruzaconde y llenándolos de moñas bonitas y chaquetas de cuero en pleno verano tropical, o usando botas altas y pantalones de vaquero.”

Pérez se trasladó en el tiempo para referir el nuevo hábitat y rol informativo-musical de La Guarachita, ya sita en la Palo Hincado, difusora de la canción de amargue precursora de la bachata. “Donde Bill Haley y sus Cometas están disueltos en el tiempo, deteriorados en la implacable soledad del cambio, donde el viejo Rock around the clock suena como un opacado murmullo de silbidos, de gimoteos, de lloriqueos, de abatimiento y congoja, tal como el propio Pérez. Y es que hoy la competencia del sonido es otra, porque, más allá de la simple alta fidelidad y de la vetusta eufonía del estereofónico, el eco de lo reproducido se disuelve entre drogas, asesores gurús y un marketing religioso que se interna en los imperios. Algo que ni los cometas de Bill Haley ni Pérez alcanzarán a detentar. Nadie, absolutamente nadie, puede ya quedarse a la zaga en cuestiones de competencia…”

“Pérez, a lo mejor, llegó a esta evidencia alguna vez en su vida, prefiriendo la espera como una alternativa, como una visión esfumada que se iba quedando atrás, muy atrás y que le brotaba con los recuerdos, con ciertas visiones repentinas que aparecían como esa con los letreros lumínicos de Musicalia y Bartolo I, enfrentados a los vendedores callejeros de música pirateada. Pero todo era mierda para Pérez y por eso saltaban entre sus recuerdos los bailes frente a La Guarachita: sí, los voleos y trompadas por las disputas de los espacios y que, ahora, hoy, han desaparecido para arribar a La Guarachita radioemisora, con una vigencia de servicios públicos y la voz de Palau hablando de una antena poli direccional de trescientos sesenta grados.”

“La cual apunta para donde le salga del forro a Radhamés Aracena, con tal de que Doña Loló, desde Santo Domingo (y quien está grave, muy grave) avise sus a hijos en Elías Piña, que vengan, que arranquen rápido, que vuelen hacia la capital y para que el raso Etanislao Alcántara, desde la base área de San Isidro, explique a su mujer en Las Matas de Farfán, que todo sigue igual entre ellos y que la fiesta no va porque aún no lo han ascendido a cabo como le prometió el general.”

“Y Pérez observando el letrero de Paco’s con apóstrofe (porque el asunto es que suene y se lea con mucho estilo gringo), la cafetería insomne pegadita a La Guarachita, y decide entrar y sentarse y pedir un café y observar a los trashumantes de la noche, a los que el día no les resuelve nada, nada, y lo salen a buscar cuando surgen las estrellas. Y así los contempló: a dos muchachas tomando café y que, Pérez, lo podría apostar, eran lo más parecido a dos putas; un wachimán tomándose un jugo; dos hombres acurrucados que exhibían uñas pintadas y zapatos de tacones altos tomando cerveza; un pordiosero que aguardaba el día para lanzarse a su labor pedigüeña; un par de camareros con sueño, y un cajero bien despierto, bien alerta, por si las moscas. Y frente al Paco’s y la noche que termina, Pérez vislumbra la silueta del Baluarte y a los dos soldados que lo cuidan con los fusiles atrapados entre sus brazos y cayéndose del sueño.”

Una calle en transición, la retratada por Pérez-Efraím, reflejo de una sociedad cambiante. Mucho antes que la vorágine urbana y la peatonización le afearan el rostro.

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